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100 años de “El gabinete del doctor Caligari”.

100 años de “El gabinete del doctor Caligari”.
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El jueves próximo se cumplen 100 años del estreno en Berlín de El gabinete del doctor Caligari, título fundacional del expresionismo cinematográfico. Conviene recordar el acontecimiento.

ANTECEDENTES. Cuando en 1918 terminó la Primera Guerra Mundial Guillermo II abdicó y el Reich se desplomó. Meses más tarde, después del alzamiento en Berlín de la Liga Espartaquista y los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, se instauró la República de Weimar, que sufriría diversos reveses, propiciados por la hostilidad de los burgueses nacionalistas, los grandes industriales y el propio ejército, rápidamente politizado. Un intento de golpe de estado en 1920 y otro encabezado por Hitler en 1923 fracasaron, pero minaron las bases de una sociedad endeble que pasaba instancias de honda penuria económica, con altísimos niveles inflacionarios, hambre y desocupación.

Fue en esos años que surgió el expresionismo, un intento de representación opuesto al naturalismo y la observación objetiva de los hechos y sucesos externos, ya que puso todo el énfasis en lo subjetivo. A los expresionistas le importaba la visión interna de las cosas, y la misma se extendía a todo lo representado, deformándolo ex profeso para hallar su esencia. El movimiento era una crítica al materialismo de la sociedad de entonces, y para ello se valió de una serie de visiones apocalípticas sobre el colapso de la civilización europea. La corriente se extendió a la pintura, la literatura, la música, la arquitectura y el teatro, campo donde Erwin Piscator y Max Reinhardt fueron influencia fundamental para el futuro cine expresionista. En “De Caligari a Hitler”, Kracauer realizó una lectura muy interesante del fenómeno expresionista: “Los hechos eran enfocados desde un punto de vista subjetivo, con lo cual la historia de la humanidad era el fruto de las pasiones de unos pocos”. De esa tendencia surgió un conjunto de películas de las que El gabinete del doctor Caligari sería el punto de partida.

CALIGARISMO. Caligari abrió las puertas a una producción cinematográfica intelectual, inexistente por entonces en Alemania. En este film se hallan todas las pautas estéticas y conceptuales del expresionismo. Caligari fue idea de los libretistas Carl Mayer y Hans Janowitz. El productor Erich Pommer aceptó el guion definitivo y encargó la dirección a Robert Wiene, un mediocre que se apoyó en el fotógrafo Willy Hameister, los escenógrafos Hermann Warm, Walter Röhrig y Walter Reimann y los intérpretes Werner Krauss, Conrad Veidt, Friedrich Feher y Lil Dagover. El resultado es una obra maestra colectiva y una viva negación de la teoría del autor. La anécdota es conocida: Caligari llega a la feria de un poblado y presenta su nueva atracción, el sonámbulo Cesare. Enigmáticos asesinatos se suceden, y el autor de ellos resulta ser Cesare, hipnotizado por Caligari. Francis, enamorado de una chica raptada, será quien revele el misterio: en realidad Caligari es director de un manicomio, y perdió la razón. Sin embargo, una vuelta de tuerca final pone las cosas en su lugar: toda esa historia es en definitiva producto de la locura de Francis, él mismo internado en un psiquiátrico.

 Caligari reflejó la desesperanza, la angustia y el pánico alemán, y los transformó en arte. Mediante el regodeo en lo sobrenatural, lo desconocido y lo siniestro, dio sentido a lo que Lotte Eisner define en su libro “La pantalla diabólica” como la doctrina apocalíptica del expresionismo: “El tema del fin del mundo sobrevuela ese cine como un fantasma más o menos explícito, fruto del pesimismo alemán frente al futuro”. Para Kracauer, en cambio, Caligari manifiesta además la necesidad del pueblo alemán de sucumbir a la dominación del tirano, única ruta viable frente a la caótica y anárquica alternativa liberal de la República. Un tirano que para concretar sus fines puede cometer cualquier acto de violencia criminal, y la prueba de ello es visible para todos: Caligari utiliza a Cesare como arma asesina con total impunidad a lo largo de casi todo el film.

Muy importantes fueron los recursos estéticos, que dieron origen a atmósferas sugerentes que parecían flotar en torno a objetos y personas. Un recurso fundamental fue el uso de la luz como elemento decorativo (intangibles figuras en el humo, rayos de sol dibujados en el polvo al entrar por las ventanas), pero más aún importaron las sombras, que se encargaban de narrar, suplantando a los cuerpos que las provocan: un ejemplo mayor es la sombra sin cuerpo del vampiro en Nosferatu, al subir las escaleras de la casa de Nina, o su mano exprimiendo el corazón de la chica dormida. Otras veces esas sombras simbolizan la Muerte (Cesare en Caligari, el villano que acecha a Sigfrido en Los nibelungos). El decorado fue otro elemento simbólico. Sus perspectivas se falsearon intencionalmente, y Caligari da pruebas de ello: calles que se pierden de manera oblicua, frentes de casas asimétricas, interiores asfixiantes, uso exacerbado de las diagonales, todo sirve para introducirnos en la psiquis de los personajes y su enfermizo mundo interior. El encuadre es casi siempre fijo, la acción parece teatral, y no hay fuera de campo en el expresionismo, porque lo que importa es lo que se ve, aunque resulte tan intangible como una sombra. La actuación resulta muy llamativa por su premeditada afectación, llevada a límites nunca vistos antes ni después en cine. De todos esos hallazgos, el único perdurable fue el uso de luces y sombras, reconocible en Eisenstein, Orson Welles y el policial de serie negra. Pero el expresionismo tradujo la desesperación y el pánico colectivo de una época muy oscura, y al respecto Caligari fue la quintaesencia de ese estado de cosas. Sigue siendo un mojón imposible de soslayar.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".