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Adelanto del libro Carlos Julio Pereira de Alejo Umpiérrez

Adelanto del libro Carlos Julio Pereira de Alejo Umpiérrez
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La larga noche de la dictadura: el partido en la resistencia

AU: Profesor, la noche del golpe de Estado: ¿qué hizo usted?, ¿cómo la vivió?

CJP: En la sesión de la noche que transcurre entre el 26 y 27 de junio de 1973 había pedido autorización para realizar una exposición sobre irregularidades en ANCAP, ya que existía una connivencia dentro de la empresa con algunos de sus gerentes y se realizaban maniobras que perjudicaban al organismo. Estaba por lo tanto haciendo la exposición, y había rumores de que el golpe era insoslayable: se había prolongado una larga intervención con Vasconcellos, en su polémica con el presidente de la República sobre la posibilidad del golpe de Estado que se concretaría horas después. Cabe recordar que Bordaberry contestaba que lo sacarían muerto antes que aceptar un golpe. Yo estaba en mi exposición y de repente empecé a notar ciertos movimientos raros, legisladores que se corrían de un lado para el otro, se hablaban. Entonces empecé a preocuparme, a mirar, y en eso Wilson se da cuenta y me manda un billete: «Vamos a pedir un cuarto intermedio porque se ha firmado el decreto de disolución de las Cámaras». Acto seguido se levanta la sesión. Wilson se va a un acto que tiene en la zona de La Teja y yo me quedé por ahí, en reuniones con los compañeros, en intercambio de ideas con legisladores, esperando un poco los acontecimientos, analizando qué podíamos hacer. Pensábamos que iban a venir a ocupar el Parlamento. Enseguida de medianoche empiezan a llegar otra vez los legisladores que se habían retirado y se resuelve reiniciar la sesión, pero Sapelli, presidente del cuerpo, no estaba, se había ido a hablar seriamente con el Poder Ejecutivo. Cuesta un poco llegar al quórum necesario. A nosotros nos faltaba Carminillo Mederos, que estaba enfermo, y viendo que era el que iba a permitirnos llegar al quórum, lo mandé a buscar, lo saqué de la cama. Como a las dos de la mañana se reanudó la sesión. En ausencia de Sapelli, presidió Paz Aguirre. Wilson me pide una interrupción e inicia su famosa exposición que ha sido muy difundida, la que termina con un «¡Viva el Partido Nacional!» y diciendo que este será el más implacable enemigo de la dictadura. Inmediatamente habla Vasconcellos, que cierra su discurso con un «¡Viva Batlle!». Por nuestra parte, manifestamos [lee]: «La República ha pasado por sombras como la de esta noche, pero como en esta hora también ha habido quienes adelantándose a los hechos con una visión del porvenir aseguraban: pronto en este recinto volverán a levantarse las voces de los hombres libres, crean que la libertad es tan eterna como el hombre y tan inmortal como las conquistas espirituales que el hombre ha conseguido a través de toda la evolución de la humanidad. En consecuencia, quiero señalar mi profunda fe en el pleno resurgimiento de las libertades públicas, porque el pueblo uruguayo no sabe vivir sin ellas. Nuestro pueblo tiene un viejo pacto indisoluble con la libertad que arranca en los tristes días de 1811 y ha confirmado a través de nuestras luchas cívicas. Por eso no podrán apagar la luz de la libertad ninguno de los tiranos que esta noche están tramando la muerte de la República, ella no morirá».

Después siguen las exposiciones de todos los legisladores. Entre ellos, la del suplente de Beltrán, Jaso Anchorena, que había ingresado hacía unas horas haciendo su debut y fue senador apenas por esas horas. De ahí en más todos los legisladores que hablan condenan el golpe de Estado y sobre las tres y media de la mañana se levanta la sesión. Wilson se había ido apenas terminó el discurso. En el intervalo entre las dos sesiones, antes y después de conocerse el golpe, nos encontramos con Wilson en un bar que había frente al Palacio Legislativo y ahí estuvimos pensando sobre la situación que se nos venía encima y Wilson me dijo que se marchaba, que se iba a exiliar. Y yo le dije que había resuelto quedarme, era un compromiso que había contraído con mi familia. Los compañeros me exigían que me fuera, que preso no servía. Yo no quería irme, pero más allá de que no quisiera no tenía plata para pensar ni en moverme. En tanto, empezaron a llegar los rumores de las detenciones que se efectuarían esa misma noche. Ahí comenzó la presión de los compañeros del Movimiento de Rocha para que me fuera y yo no estaba dispuesto –todo esto sucedía en el Palacio Legislativo–. Los diputados y senadores compañeros se reunían a nuestro alrededor, comentando el impacto de los acontecimientos. Ellos insistían en que también me exiliara, sosteniendo que un dirigente preso no servía para la resistencia que había que hacer. Pero yo tenía hijos chicos, la administración del campo de mi esposa y de su madre y, además, carecía de dinero para sobrevivir en el exterior, incluso para el primer viaje. Fue en ese momento que un excelente compañero y diputado, Enzo Mascheroni –admirable ciudadano y amigo– me prestó 600 dólares. El último argumento mío había caído. Y me dispuse a situarme en el Chuy, zona fronteriza, para observar desde allí los acontecimientos.

Entonces fui primero a casa a avisarle a mi familia, les aconsejé que se fueran a Rocha. Ellos así lo hicieron. Yo tenía un perro como el tuyo [un pastor alemán] y no lo podía dejar encerrado en el apartamento y lo mandé para Rocha con un compañero del Palacio Legislativo que solía andar conmigo. Es increíble cómo el animal pareció intuir que algo importante sucedía, porque estaba muy nervioso, y en el viaje a Rocha –que acostumbraba a hacer semanalmente conmigo– el compañero que lo llevaba me contó que mantuvo permanentemente el estado de inquietud y nerviosismo. Estos animales conocen nuestro estado de ánimo a fuerza de convivir con nosotros, comparten nuestras tristezas y alegrías.

Los compañeros antes de salir propusieron reunirnos en un café. En la puerta nos despedimos y recién ahí nos dimos cuenta de que habíamos estado, cerca de una hora, enfrente del Servicio de Inteligencia del Ejército, evidencia de que no teníamos ninguna preparación para la actividad clandestina.

Yo no había previsto el traslado hasta el Chuy. Pero apareció Juan Raúl Ferreira y me dijo «Este hombre lo va a conducir esta noche», y me llevó al Chuy, puesto que yo había resuelto pasar el día siguiente y lo que quedaba de la noche ahí, en esa localidad fronteriza, observando los hechos que se suscitaran en el Uruguay. Nunca supe el nombre del chofer, ni intenté saberlo, en un momento en el que era mejor ignorar datos de personas que podrían ser víctimas de represalias. Fuimos en
un Volkswagen, pensando en lo que se venía. Escuchábamos música folclórica que difundían las radios, alternando con mensajes de las Fuerzas Armadas golpistas. No había noticia de nada. Me detuve en La Coronilla, en la casa del buen compañero Edwin Díaz Saravia, un hombre que tenía una estancia ahí en Potrero Grande, quien como vecino conocido podía pasar la frontera sin problemas. Yo estaba nervioso y apurado, mientras mi amigo, con una gran tranquilidad, me decía «Tomamos unos mates, desayunamos y después lo acompañamos», sin entender quizás la gravedad del momento. El hombre era descendiente de Aparicio Saravia. Llegamos al Chuy al amanecer, finalmente.

Ya en el Chuy, fui derecho a la vieja fábrica de tabaco de la familia Fossati, excelentes compañeros del Partido. Ese mismo día se organizó una reunión partidaria en una chacra de las proximidades, propiedad del compañero nacionalista Ángel María Arrieche. Los compañeros, muy solidarios, rodearon –incluso llevando a la reunión a sus familiares, grandes y chicos– la chacra. Ellos, más conocedores de la zona que yo, me dijeron que allí no había garantías, por lo que debía ir más allá de la frontera. Así me trasladaron hasta Porto Alegre. Ahí resolví tomar el avión para Buenos Aires, a fin de encontrarme con Wilson y ver si se encontraba alguna luz para actuar.

AU: Y tema de documentos, ¿no necesitaste nada?

CJP: No, nada, nada. Argentina no te exigía visa y en el Chuy cruzabas la frontera como estamos acostumbrados a pasar ahora. Las comunicaciones con Wilson durante toda la dictadura las mantuve usando los teléfonos del Chuy del lado brasilero, pasaba para allá y hablábamos sin interferencias.

En Buenos Aires encontré a Wilson en un estado anímico muy especial. Se hallaba con la desazón de que una carta que había mandado para Uruguay había llegado a manos de los militares. En esa carta era muy duro con los golpistas y eso sirvió también para abonar el odio de los milicos contra Wilson. En ese primer encuentro en el exilio estuve cuatro o cinco días.

Estaba también en Buenos Aires [Eladio] Fernández Menéndez. Nos encontrábamos para charlar con Wilson y varios exiliados. No hacíamos grandes planificaciones, estábamos a lo que saliera, todavía creíamos que era una cosa de poca duración. La versión general era que la alcaldada iba a durar poco. No teníamos un conocimiento claro de la conspiración militar, de la dimensión que había detrás de todo lo que se iniciaba.

AU: ¿Cómo retornaste?

CJP: Fueron a buscarme unos compañeros de Mercedes, Raúl Rosales y su hermana Dolly. Yo los esperaba en Gualeguaychú, porque a ellos les quedaba cómodo atravesar el río en la balsa que hacía el servicio de pasajeros entre Fray Bentos y Gualeguaychú. En ese momento todavía no existía el puente. Los compañeros me llevaron, además, una tarjeta con la dirección a donde debía llegar en Montevideo, con tanto cuidado que ellos ni siquiera quisieron saber cuál era el lugar.

Ya en Uruguay, me ubicaron en la estancia de los hermanos Besozzi, junto al río Negro. Al día siguiente, el diputado por Colonia, Borrás –vilmente asesinado poco después– y otros compañeros de Mercedes, me llevaron hasta Rosario y desde allí me trasladó a Montevideo un representante de una fábrica de galletitas, que como pasaba muy frecuentemente para Montevideo se presumía que no revisarían su camioneta. Así fue, y al amanecer estaba descendiendo en la dirección señalada, pero no se me indicaba el número de apartamento. Ahí me esperaba otra sorpresa reveladora de nuestra falta de formación para la clandestinidad. Miré el tablero del edificio y encuentro el domicilio del escribano Campanella, que era compañero, llamé y acerté. Era allí y me esperaba. Pasé la noche y al día siguiente volví, contra la voluntad de mi anfitrión, a mi apartamento de Pagola y 26 de Marzo, donde pasé encerrado un día sin novedades. No podía estar más así, totalmente aislado. El teléfono no se podía usar porque estaba intervenido. Tomé el auto y lo llevé a hacer un service en un taller que estaba en Yaguarón y Soriano. Para volver tomé el primer taxi que pasaba.

«Barbosa, blanco de Tacuarembó»

«El chofer del taxi me mira por el retrovisor y me dice: «¿Usted es fulano de tal?», a lo que le contesté que sí y el hombre me sacó el tema político de la situación del país. Yo tenía reservas para charlar, porque en todos lados había tiras –así se llamaba a los informantes de la policía– que traficaban información. El hombre se dio cuenta y me dijo: «Conmigo puede hablar de eso, yo tengo un hermano en Paraguay y ya sé cómo son las cosas, porque cuando voy a allí mi hermano me dice, «tené cuidado que esto no es el Uruguay y ahora estamos acá igual a Paraguay». Por las dudas no le di la dirección de mi casa y descendí una cuadra antes. Entonces le pregunté cuánto costaba el viaje, y me dijo que nada. Y le digo «¿Cómo nada?, usted es un trabajador, tiene que cobrar». Y me contesta: «Por eso, porque soy un trabajador y no puedo hacer nada y usted puede hacer algo, déjeme contribuir por lo menos de esta manera». Le pedí que por lo menos me manifestara su nombre: «Yo me llamo Barbosa, soy blanco de Tacuarembó». Nunca más lo vi. Esas cosas pasaban, ese gesto de solidaridad sorprende y emociona, cuando piensas que estás rodeado de gente que te va a joder, aparecen cosas así».

AU: Tú me contabas que no se veía posible el golpe aun algunos meses antes de que se produjera…

CJP: Había gente que pensaba que sí, que el golpe se venía, y había muchos, creo que entre los que me encontraba yo también, que pensábamos que eso era propio de las republiquetas centroamericanas, que aquí eso no iba a pasar, que no tenía lugar en el Uruguay, con su tradición institucional y democrática; después de un período en el que la democracia se había afirmado, no parecía viable. Además los militares hasta entonces no habían dado señales ostensibles, por lo menos hasta que aparecen los tupas a todo vapor a fines de los 60. Estos le sirvieron de pretexto a Pacheco, para tomar medidas duras en aras de mantener el poder, y a los tupas, para su propaganda. En la medida en que la gente reaccionaba contra los procedimientos no siempre lícitos utilizados en el gobierno de Pacheco y no se encontraban soluciones a la crisis social y económica, todo servía para engrosar la guerrilla. El MLN estaba compuesto fundamentalmente por gente joven y de clase media. La última tanda de los tupas era gente muy joven, una muchachada idealista que creía que el mundo se cambiaba a punta de pistola; no tenían la misma experiencia que los viejos presos y en su mayor parte empiezan a caer como moscas.

La situación de perturbación, en todos los aspectos de la vida nacional, sirvió para que Pacheco y su sucesor Bordaberry endurecieran la represión y los tupas también intensificaran sus acciones. Toda esta circunstancia de violencia fue pretexto para empezar a hablar de la «debilidad de la democracia» y que el terror llegara a toda la población. Curiosamente, fue argumento para la ultraderecha, para la ultraizquierda y, por supuesto, también para los militares golpistas.

La decisión de Bordaberry de sumarse al movimiento golpista les sirvió de pretexto a los militares para negar la existencia de la dictadura, invocando que el presidente electo por el pueblo seguía estando al frente del Poder Ejecutivo. Fue una pantalla para la propaganda del régimen, que invocó una institucionalidad inexistente, y de obstáculo para que desde el exterior se comprendiera la verdadera realidad uruguaya.

Casi todos los golpes desalojan al presidente del poder, pero este fue un caso excepcional –que demuestra en el fondo la importancia de la legitimidad democrática aun para los que dieron el golpe–, puesto que se plegó a la acción golpista.

De la misma manera, para muchos mi libertad en esa época no fue casual: algunos interpretaron que a mí no me tuvieron en prisión, ni me sacaron del país, para mostrar que había dirigentes políticos libres, y de paso, hablar de la cobardía de Wilson.

AU: O sea ¿tú crees que no sufriste persecución y cárcel porque fuiste utilizado para castigar indirectamente a Wilson? Nunca había pensado en eso.

CJP: Entre otras cosas, sí. Solo me llevaban y me tenían dos o tres días detenido e incomunicado, y a veces, por horas. Fui detenido creo que seis veces.

AU: Ante la caída de las instituciones, ¿no hubo ninguna reacción popular inmediata?

CJP: Nada. Salvo la reacción de la Marina. El grueso de la opinión pública pareció no darse cuenta. La información por la prensa hablaba de crisis, cambios de ministros, etc., pero la gente no entendía –o no quería entender– que estaba muriendo el sistema que le había estado garantizando sus derechos. Contribuyó a ello, también, que el gobierno no tenía respaldo en la opinión pública. Por eso, cuando se llamó a la población para que lo apoyara en febrero, la concurrencia fue prácticamente nula.

AU: Pero con el cierre del Parlamento, ¿nadie acusó recibo?

CJP: Con el cierre del Parlamento, desde luego. Pero la gente no pensó que era una dictadura en forma inmediata. Empezó a darse cuenta con el transcurso del tiempo y el estado de situación que fue virando. Nuestra acción empezó, increíblemente, por informar a la gente –por medios clandestinos o semiclandestinos– que había golpe de Estado. El pueblo comenzó a darse cuenta del deterioro con la caída del Parlamento y cuando se iniciaron las detenciones por el delito de opinión, las torturas y la muerte de personas en los cuarteles. Hubo que denunciar que se entregaba a los presos, muertos en la tortura, en cajones cerrados, que no les permitían a los deudos abrir el féretro para ver al muerto ni velarlo decorosamente. Hubo que explicar todas esas cosas, difundirlas. Porque la gente no estaba enterada. Se pensaba que eso pasaba en otros países. Además, porque tenían miedo; miedo a todo, miedo a los tupas y miedo a los militares que empezaron a detener a la gente en catarata. Los primeros dirigentes blancos detenidos fueron Santoro, Galán –que había sido designado por Wilson para que quedara al frente de su grupo, era militar y diputado de Maldonado–, y a otros dirigentes que habían estado en la manifestación del 9 de febrero.

AU: Lacalle también fue también de los primeros detenidos…

CJP: También. Mira la mala información que tenían: a todos los blancos les preguntaban dónde tenían las armas, ¡no teníamos nada! Pero era recurrente la pregunta, a todos.

Francese: «Estos son unos locos, estos no duran»

«No, no se pensó, siempre se creyó que lo del golpe iba a ser breve. Por ejemplo, yo fui a hablar con Francese, el ministro rechazado por el Ejército el 9 de febrero. Y Francese, el mismísimo ministro depuesto por los militares, se reía: “Estos son unos locos, estos no duran”. Esto fue después del golpe. Se reía, como que era una locura. Sí… fue una locura en realidad que sumió al país en el caos económico y social».

AU: Tú me comentabas que pensaban que el proceso iba a ser corto, que nunca esperaron que fueran casi 12 años.

CJP: Al principio pensábamos que era algo de corto alcance. Empezamos a tomar conciencia que todo venía para muchísimos años, como un proceso que buscaba echar raíces, cuando en 1976 se decretan las proscripciones. Fue el golpe más duro contra los partidos políticos. La suspensión de los derechos políticos por 15 años de miles de personas de todos los partidos y colores. Tengo los listados de proscriptos todavía…

Ocurrió luego de la caída de Bordaberry. Su sucesor, Alberto Demichelli, dimitió porque no se animó a firmar el decreto de las proscripciones, no le dio el cuero para semejante barbaridad, a la cual sin embargo no tuvo empacho en ponerle su firma al pie Aparicio Méndez.

AU: ¿Cómo actuó el Partido en esos primeros tres años, desde junio de 1973 hasta que llegan las proscripciones?

CJP: Inmediatamente que regreso al Uruguay desde Buenos Aires se hace una citación del Directorio, que no se pudo reunir en la casa del Partido porque estaba vigilada. Entonces es cuando los dirigentes comienzan a efectuar reuniones en las casas de familia. Se entiende
además que es imposible sesionar en la clandestinidad con 15 miembros –la cantidad que integra el Directorio–, y comienza a elucubrarse la idea de una autoridad de emergencia, provisoria, en virtud de que el Directorio estaba desintegrado porque sus miembros más importantes habían ido presos, entre ellos su presidente, el capitán de navío Homar Murdoch, que fue incluso procesado. Así empieza a gestarse el Triunvirato.

La primera actitud del Partido luego del golpe indica la ingenuidad con que vivimos aquel proceso, como no queriendo asumir lo que en realidad estaba pasando: inmediatamente después del golpe se presenta, por parte de varios compañeros blancos, una denuncia por «atentado contra la Constitución» ante la Suprema Corte de Justicia. Se pensaba que el derecho seguía subsistiendo sin darnos cuenta de que el desbarranque del Estado de derecho era total.

No hubo pronunciamiento de la Corte, una candidez. Eso te revela que no había idea cabal de lo que iba a pasar. Querían evitar un golpe de Estado con un recurso jurídico. No había noción de lo que se venía.

Hubo que esgrimir la situación de la gente presa para tomar cabal conciencia de lo que sucedía en el país. Un compañero de la lista 51 fue de los primeros presos. No recuerdo la razón de su encarcelamiento, creo que fue por unos documentos que le encontraron; el hombre salió de la cárcel totalmente desequilibrado y terminó en el suicidio. Lo llevaron, lo torturaron, le hicieron creer que se habían llevado a la mujer y a la hija y que las estaban violando. Y sentía gritar a mujeres y pensaba que eran su mujer y la hija, y el tipo cuando lo largan se suicida. Hubo que divulgar esos hechos para que la gente se diera cuenta qué estaba pasando.

Las primeras manifestaciones de resistencia, o simplemente de demostraciones de presencia partidaria en medio de las prohibiciones, fue colocar en los autos la calcomanía con el rostro de Aparicio Saravia, como un símbolo del amor a la libertad, como un distintivo comprendido por el significado, puesto que cuando la gente lo veía celebraba con aplausos o bocinas de automóviles. Lo más efectivo eran las reuniones semiclandestinas –cumpleaños preferentemente, y hasta sepelios–, las que a veces terminaban con intervención policial y de vez en cuando con detenciones. Hubo un homenaje a Oribe disuelto por la Policía. La primera reunión pública de significación política fue una rueda de blancos en un almuerzo que se realizó en el parador Kibón. Allí irrumpió la Policía, que tomó datos de todas las personas que estaban y había un grupo grande. No hubo discursos, ni tampoco detenidos, pero actuaron tratando de intimidar. Era una reunión de todo el Partido.

Me acuerdo que uno de los organizadores de ese evento fue un hombre al que tuvieron preso varias veces. Era Washington Bermúdez, secretario del Directorio. Un gran blanco. Él repartía los documentos del Triunvirato hasta en los ómnibus. Entraba, jugándose el pellejo, dejaba los documentos doblados en manos de cada pasajero para que no se viera qué decía, y se bajaba en la parada siguiente.

De los pegotines de Saravia pasamos a las reuniones clandestinas. La primera que recuerdo fue en Paso de los Toros. Terminamos detenidos. La organizó Jorge Rodríguez Labruna, que tenía una chacra sobre el río Negro. El estar reunidos en ese lugar tal vez les trajo el recuerdo de la revolución de 1935, culminada en ese lugar. Además, se había corrido el rumor de que a esa reunión iba a concurrir Wilson. La concurrencia era numerosa, para las condiciones que entonces se vivían en Uruguay; había más de 50 personas. Después del intercambio de información y de ideas, nos disponíamos a comer un asado cuando apareció el subcomisario con un grupo de guardias civiles, y cuando quisimos acordar estaban atrás de los árboles rodeándonos. Había un miliquito, muy cerca de nosotros, que había sacado el revólver y le temblaba la mano, y le dije a Marino Irazoqui –un dirigente zonal que luego fue diputado– que fuera a hablar con el subcomisario actuante. Él lo conocía y le dijo: «A ese hombre se le va a escapar un tiro y va a matar a uno y acá no hay nadie armado». El oficial le contestó que el despliegue no era por orden policial, sino a solicitud del Ejército, que nos tenían rodeados, pensando que Wilson estaba en la reunión. Estaban cuerpo a tierra, rodeando, con fusiles y ametralladoras, ¡y nosotros no teníamos ni un cortaplumas!, solo los cuchillos para comer. Esa noche me llevaron preso y me arrojaron en el cuartel.

Como un jazmín del país donde menos se espera

«Estando detenido en el Cuartel de Paso de los Toros, aun allí, llegaron gestos de solidaridad. Quizás el más increíble. En la madrugada, estaba despierto en medio de la noche, y el silencio se rompió de pronto, con la voz –presumiblemente de uno de los soldados de la guardia– que cantaba la composición de Benavides Como un jazmín del país y repetía insistentemente el estribillo: “Yo me voy con Aparicio”. Lo recibí con mucha emoción, fue un mensaje solidario de apoyo de alguien que nunca supe quién era».

AU: ¿En algún momento el Partido pensó o alguien planteó la idea de una resistencia armada?

CJP: Sí, se pensó entre algunos dirigentes. Hubo gente que ofreció colaboración económica, médicos que se ofrecieron, si había una situación de fuerza, a ayudar con los heridos que pudiera haber. Hubo algunos que intentaron, pero cuando se vio el costo de las armas asumimos que era imposible.

Eran pequeñas reuniones que hacíamos para pensar, nada multitudinario. Había mucho miedo entre los propios dirigentes y algunos se habían retirado a sus casas.

AU: Y algunos de los que lo plantearon esa idea loca, ¿quiénes eran?

CJP: Uno era un fuerte terrateniente de Tacuarembó, tenía dinero y generosamente lo ofreció, pero era absolutamente imposible. Fue en una reunión en un balneario, yo no lo conocía, y me planteó el tema. Yo le dije que por ahora no podíamos, era un escenario que no nos imaginamos y no estábamos en condiciones de hacer nada. ¿Cuánto cuesta una ametralladora, por ejemplo?, ¿y formar gente para eso?

Muchas veces se discutió el tema, pero se discutió ligeramente. En la época de Aparicio había un ejército blanco, gente armada y preparada, y cuando Saravia citó aparecieron 4.000 hombres de golpe. No estábamos en eso. Pero ese argumento era el que yo empleaba para los temerosos: 50 años atrás andaban por las cuchillas, pero ahí había que ir, IR o IR. Ahora no, ahora no había que ir porque no hay CÓMO ir, no había medios. Entonces la resistencia era de otro tipo, sin armas: una resistencia de ideas, de ir desgastando la dictadura, irle mostrando que no hay miedo, porque entre otras cosas jugaban con el miedo. Y todo eso había que hacerlo a pesar de que lo teníamos.

Un moreno de los de Aparicio

«Cuando salen las pautas para la reforma constitucional del 80, el plebiscito, había que informar a los compañeros, comentar todos los disparates que tenía eso. Entonces les digo a Ortiz y Mario Heber, “Tenemos que ir los tres a Rivera”. Fuimos y nos quedamos en el Nuevo Hotel, bonito, grande. Había un moreno que había hablado conmigo, pidiéndome que lo presentara a algún dirigente de Rivera, porque se había jubilado de tropero y peón rural y allí el dinero le iba a rendir más. Era un hombre de más de 60 años. Se lo recomendé con una tarjeta al Dr. Guadalupe, un dirigente departamental que lo contrató para hacer mandados, entre otras cosas para repartir El Civismo, el diario que sacábamos nosotros en Rocha durante la resistencia. Mandábamos un centenar de ejemplares para Rivera y el moreno los repartía. Cuando yo iba a Rivera, él aparecía siempre en el hotel, y me decía: “Don Carlos, usted no vaya a un hotel, mi casa es pobre pero limpia”. Y le respondía: “Yo no puedo ir para su casa porque tengo reuniones que no se sabe dónde son, ni cuándo empiezan ni cuándo terminan, yo no puedo ir a su casa que es una casa de familia, no puedo caer de madrugada y menos poner en peligro de represión a su familia”. Un día me encontraba en Rivera, en plena dictadura, esperando que me vinieran a buscar para una reu-nión partidaria que realizaríamos en una chacra ubicada en territorio brasilero. Yo procuraba mostrarme lo menos posible, cuando veo entrar a don Pedro –así se llamaba el hombre– tratando de averiguar dónde podía encontrarme. Yo estaba pronto para irme a la reunión, cuando lo veo caminar hacia mí, con su bombacha blanca inmaculada y sus botas coloradas gastadas ya por el tiempo y la pobreza. Y me dice que tenía que hablar conmigo. Me encara y me dice: “¿Cómo anda de plata?” Yo pensé que necesitaba pedirme dinero. Don Pedro siempre se había portado como un caballero. Dispuesto a ayudarlo, rápidamente meto la mano en el bolsillo, apurado y nervioso y le digo, “¿Cuánto precisa, don Pedro?” y me dice: “No, yo no preciso nada. Yo tengo unos pesitos guardados y se los vine a traer, porque en estas cosas que usted anda se precisa andar con unos pesos”. Me quedé sin voz y solo atiné a abrazarlo. Pensé en ese instante: “Este pobre hombre me viene a traer unos pocos pesos que tiene, quizás todo su capital, y cuánto compañero blanco hay que tiene plata y no da ni un peso para la causa de la libertad”. Pensé también que la gente de Aparicio, sus “indios”, debían ser así también. Los hombres de Aparicio eran de esa madera».

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