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Adelanto de libro A salto de mata por Mauricio Rodríguez

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Editorial Planeta presenta en estos días el libro “Una vida en el pretil. Narco, estafador y uruguayo”, del periodista de Voces Mauricio Rodríguez. Se trata de las memorias de Manuel Canosa, un narcotraficante, estafador y ladrón ya retirado, que ronda los 70 años, y que decidió contar una historia que no conoció pausas. Un camino que lo llevó a Las Vegas, Barcelona, Miami, Buenos Aires y Río de Janeiro entre otros tantos lugares. Compartimos como adelanto un extracto del capítulo “La primera vez”

Manuel sintió que el Uruguay que encontró al atravesar las puertas de Punta Carretas y volver a pisar las calles de Montevideo era aún peor que el que había dejado ocho meses antes. Era mediados de los setenta y la dictadura estaba en su máximo apogeo. Alberto, su padre, estaba en Bolivia; y, sin opciones inmediatas a la vista, fue tras sus pasos. Su padre le mandó el pasaje y, a poco de recuperar Manuel la libertad, viajó a La Paz.

Llegué a la altura de la cordillera, donde hacía mucho frío. Era gente muy distinta, coyas que hablaban aimara o quechua. Aquello era otro mundo, más frío y extraño.

Los primeros días se levantaba a las siete de la mañana, vencía el frío y se iba con Alberto a ayudarlo en su trabajo. Pero aquel mundo le era ajeno y el “sufrimiento” duró poco. Estuvo junto a su padre apenas por un mes, porque pronto escucharía nuevamente el canto de sirena de la delincuencia e iría tras él. Nunca había tenido esos hábitos de trabajo ni los quería tener. Fue muy duro para mí todo ese tiempo, recuerda.

Un día se encontraron con un argentino amigo de su padre, que iba de paso hacia Santa Cruz de la Sierra. Le decían el Flaco Rossi, vendía libros a las escuelas y colegios e invitó a Manuel a acompañarlo. “¿Vamos? Es muy lindo, un clima tropical, lindas mujeres”, le dijo convincentemente. Y Manuel aceptó sin demoras.

Se decía que Santa Cruz era la gran meca del narcotráfico. Y era como me la habían pintado. Estaban los cambas, que son cruceños mezcla de blanco con un tipo de indígena muy estilizado. Además, el lugar tenía un aroma único; fue amor a primera vista.

(…) Un día Rossi le pidió a Manuel que lo acompañara a una reunión y lo llevó a la casa de dos hermanos, de apellido Canaro, hijos de indígenas e italianos, a la que se entraba por un pasillo largo y estrecho. Al fondo, lejos de ojos curiosos, tenían un búnker. Era un gran cuarto junto a un enorme patio, y al llegar Manuel se encontró con una gran cantidad de personas que hacían negocios mientras fumaban marihuana.

Ahí hice el primer contacto para hacer negocio con drogas y llevarlas a Montevideo. Era una locura, nunca lo había hecho, pero en ese momento era la única solución para poder llegar a Uruguay y pagar mis cuentas.

Rossi le presentó a uno de los hermanos, quien era el principal referente en el negocio de la familia. Manuel mostró sus credenciales como bandido —la vida nocturna, el contrabando, la cárcel— y apeló a todas sus armas de seductor. Cuando se generó un clima de cierta confianza le pidió si le fiaba 300 gramos de cocaína para llevar a Uruguay. Se comprometió a enviarle luego la plata. Eso le permitiría poner su primer pie en el negocio. Los hermanos aceptaron y dos días después Manuel aterrizaba en el Aeropuerto de Carrasco con una pequeña bolsa disimulada en el cuerpo.

 

Eran épocas en que los controles aduaneros eran menos sofisticados y en algún punto menos rigurosos, sobre todo porque el negocio del narcotráfico aún no estaba instalado. La cocaína que traía Manuel era de muy alta calidad. (…) Con todo el dolor del alma, dejé Santa Cruz y su fiesta y buena vida. Me puse los 300 gramos en la cintura y me subí al avión que me llevaría primero a Buenos Aires y luego a Montevideo.

Fue así como dio su primer paso en el mundo del narcotráfico; la huella lunar de un negocio al que se dedicaría casi exclusivamente por los siguientes 40 años y que lo llevaría a conocer ciudades, países y cárceles en varias partes del mundo. (…) A pesar de los pocos controles, llegar acá con 300 gramos de cocaína era como ir con un tupamaro de la mano. (Risas). Era merca de primera calidad, que nadie había probado nunca en Uruguay. Para venderla elegí a la gente justa, de determinada posición económica. Desde empresarios a estancieros. Sabía que ellos no me iban a originar problemas. Y ahí empezó a sonar mi nombre en este negocio.

Manuel cumplió su palabra y les envió el dinero adeudado a los hermanos Canaro, quienes le agradecieron su honestidad y siguieron en contacto. Aunque todo había terminado como se había planificado, aún faltaba para que Manuel decidiera dedicarse totalmente al negocio del narcotráfico. Sabía que, en plena dictadura, donde todos eran rigurosamente vigilados, no le resultaría sencillo comercializar la droga.

Hubo dificultades tremendas, porque no tenía referencias, en quién apoyarme en mi propio país, y la gente por lo general no sabía cómo manejarse. Entonces tenés que trabajar con gente de afuera, de otros países, de diferente cultura, diferente manera de ver la vida. Todo era muy a contramano, no había facilidades. En otros países, en cada barrio hay 10 o 15 que se dedican al narcotráfico desde que son niños, entonces saben todo. Vas acá o allá y ya estás en el tema. Pero acá era muy complicado llegar a cualquier lado. Había que ser muy creativo y convencer a la gente de otros países de que trabajaran contigo.

A los pocos días de volver, la noticia de que casi medio kilo de cocaína de máxima pureza estaba circulando en Uruguay corrió como fuego en el viento en los círculos por donde se movía y lo obligó a tomar los mayores recaudos posibles; ir con sigilo y pie de plomo. Era como andar con una metralleta arriba todo el tiempo, dice Manuel. Una de las decisiones que tomó en esos días y que le valdría un posicionamiento diferente en el submundo del bandidaje fue que, en el futuro, la cocaína que pasara por sus manos para comercializar iba a ser siempre de máxima calidad.

Se armó un gran revuelo en el ambiente porque todos querían probarla. Y yo tenía miedo porque sabía que en algunos lugares había delatores de la Policía, que por un pucho de marihuana te torturaban hasta que se les antojaba. [Esa era una división] Liderada por un comisario que era famoso por su crueldad.

Para evitar riesgos innecesarios fue eligiendo con cuidado a sus clientes, siempre intentando “salir ileso” de la aventura en la que empezaba a enredarse. La calidad de su cocaína le permitió avanzar varios casilleros y sus clientes aumentaron rápidamente. Hasta que un día supo que su nombre había llegado a oídos de un comisario de la línea dura de la represión. Y, según le confiaron a Manuel, el oficial quería darle caza. Ante esa eventualidad decidió irse a San Pablo, antes de que la soga le rodeara el cuello, “para ver las cosas con otra distancia geográfica” y “poner a salvo” su integridad física.