Home Cine Alfred Hitchcock, un dios profano
0

Alfred Hitchcock, un dios profano

Alfred Hitchcock, un dios profano
0

Cuando parecía que todo lo que se podía decir sobre Alfred Hitchcock estaba agotado, apareció en 2004 un libro del australiano Peter Conrad titulado Los asesinatos de Hitchcock, con la clara intención de aportar nuevas visiones en el estudio de una personalidad controvertida como pocas y una obra cinematográfica muy rica y profusa. Ahora, quince años después, Turner/Fondo de Cultura Económica de México acaba de reeditar ese volumen de 364 páginas. La literatura sobre Hitchcock había registrado anteriormente picos de calidad inusual, como la notable biografía de Donald Spoto, o las famosas conversaciones del director con François Truffaut, donde ambos cineastas recorrían las 54 películas del maestro analizando sus orígenes, contando anécdotas valiosas, haciendo hincapié en la técnica y dando oportunidad al obeso director británico de desplegar abundantes dosis de ironía y causticidad a propósito de algunas sesudas elucubraciones intelectuales de la gente de Cahiers du Cinèma. Peter Conrad sabía que era imposible competir con esos dos antecedentes, y construyó su libro de otra manera.

Ya desde el prefacio, lanza algunos datos reveladores sobre su futuro enfoque (“Las películas son una extensión de nuestra facultad de soñar”, “El asesinato es la venganza de la fantasía contra la mezquina realidad”), para terminar preguntándose por qué las personas se muestran tan entusiasmadas con el hecho que Hitchcock las asuste. El autor por supuesto ha elaborado su respuesta: “Yo creo que el terror es nuestra reacción ante una revelación inminente, es el precio exigido por los sueños, que nos alarman al hacer visible lo que duerme en el interior de nuestras cabezas”. Para convencer de ello al lector Conrad estructura su trabajo en tres grandes partes.

El primer bloque, “El arte del asesinato”, es por lejos lo mejor del libro. Allí establece las diferencias entre suspenso y terror, y demuestra que Hitchcock empleaba ambas técnicas, aunque claramente se inclinaba por la primera. Un ejemplo de Psicosis resulta revelador: “Janet Leigh es sorprendida en la ducha por Mrs. Bates y por lo tanto resulta aterrorizada, pero nosotros ya hemos visto la sombra deslizándose dentro del baño, y lo que experimentamos, por unos pocos segundos antes de que la asesina levante el cuchillo, es suspenso”. Esa capacidad para vincular a su antojo las reacciones del espectador con las de sus actores y personajes convirtió a Hitchcock en una especie de dios profano, en un mundo en el cual el verdadero Dios parece estar muerto, aunque él –cine mediante- pueda obrar milagros. Por eso, según Conrad, las iglesias abundan en su obra, y en ellas siempre se viven instancias siniestras. Otro interesante enfoque tiene que ver con los notorios desajustes entre las películas de Hitchcock y las novelas que les dan origen: para Conrad, la explicación radica en que la mayoría de los relatos son anteriores a la Segunda Guerra Mundial, mientras que las películas resultantes son contemporáneas o posteriores a la misma. Esa terrible contienda bélica marcó las diferencias: “El crimen antiguo derramaba sangre a simple vista provocando un terror religioso, y en consecuencia santificaba las vidas a las que ponía fin. En nuestro mundo, la maquinaria bélica asesina a los hombres negligentemente, negando con ello el valor intrínseco de la existencia. Los crímenes modernos no son pasionales; son estratégicamente planeados, lo cual los hace humanamente imperdonables”. Hitchcock está menos interesado en las razones para asesinar que en la racionalidad de los asesinos, hombres que encuentran en el crimen una razón para existir.

El resto del libro no está a la altura de ese inicio. En la segunda parte, titulada “La técnica del asesinato”, se destacan las características formales del cine de Hitchcock: preferencias por las luces y sombras contrastadas, relevancia del silencio, el cine como espejo de la trama y la cámara como su ojo avizor, el montaje fragmentando anécdotas tanto como las escenografías y los cuerpos humanos. Allí el análisis es correcto, aunque no aporte demasiadas novedades a la literatura existente sobre el maestro. En cambio, en la parte final, “La religión del asesinato”, el nivel termina siendo muy desparejo. Por un lado (eso no está mal) conecta con agudeza las tramas de los films a ciertos acertijos o símbolos caros al surrealismo, y resalta la vital importancia de la música y el sonido ambiental en ese cine. En cambio también hay largas páginas donde el australiano Conrad sobredimensiona los alcances metafóricos del anecdotario hitchcockiano. Por allí se pierde el enfoque, y la apreciación analítica del erudito parece devorada por la exaltación del fanático incondicional. De a ratos incluso llega al divague: sólo con una imaginación desbordada pueden vincularse las tramas de Vértigo, La soga, Rebeca y La dama desaparece a la Esfinge de Gizeh y los Misterios de Eleusis. Ese disparate revela, además, una característica que el lector puede detectar aún en las zonas más talentosas del libro: la tendencia de Conrad a mostrar cuánto sabe de casi todo, tenga mucho, poco o nada que ver con el objeto de estudio. Esa falta de humildad intelectual afea un material que empero tiene varios capítulos fascinantes, y un extenso prólogo en el cual el intelecto deja paso a recuerdos personales de la adolescencia. Ahí el libro logra verdadera comunicación con el lector. Para Conrad “la grandeza de Hitchcock reside en que vio como pocos los extraños monstruos que anidan bajo la delgada capa de nuestra civilización”. Tiene razón en eso, pese a que ocasionalmente se extravíe en el laberinto de sus propias reflexiones. Pero aún con esos descuentos el material no es en absoluto desechable.

POR MÁS PERIODISMO, APOYÁ VOCES

Nunca negamos nuestra línea editorial, pero tenemos un dogma: la absoluta amplitud para publicar a todos los que piensan diferente. Mantuvimos la independencia de partidos o gobiernos y nunca respondimos a intereses corporativos de ningún tipo de ideología. Hablemos claro, como siempre: necesitamos ayuda para sobrevivir.

Todas las semanas imprimimos 2500 ejemplares y vamos colgando en nuestra web todas las notas que son de libre acceso sin límite. Decenas de miles, nos leen en forma digital cada semana. No vamos a hacer suscripciones ni restringir nuestros contenidos.

Pensamos que el periodismo igual que la libertad, debe ser libre. Y es por eso que lanzamos una campaña de apoyo financiero y esperamos tu aporte solidario.
Si alguna vez te hicimos pensar con una nota, apoyá a VOCES.
Si muchas veces te enojaste con una opinión, apoyá a VOCES.
Si en alguna ocasión te encantó una entrevista, apoyá a VOCES.
Si encontraste algo novedoso en nuestras páginas, apoyá a VOCES
Si creés que la información confiable y el debate de ideas son fundamentales para tener una democracia plena, contá con VOCES.

Sin ti, no es posible el periodismo independiente; contamos contigo. Conozca aquí las opciones de apoyo.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js
Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".