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Algo le duele al aire

Algo le duele al aire
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Esta es la historia del día en que la cúpula de la Aduana se fue de paseo.

Cuenta la leyenda que se aburrió de ver desde arriba a los turistas que llegaban en los cruceros y después, cual hormiguitas en desbandada, allá abajo, se iban de recorrida por Montevideo.

Descendió y se mezcló con el gentío. Subió por Pérez Castellano hasta Sarandí, dobló a la izquierda y, a poco andar, llegó a la Plaza Matriz. Se sentó en un bar, pidió un café, miró transcurrir la vida a su alrededor. Más tarde, visitó la Catedral, atisbó al interior del Cabildo y entró en un museo. El resto de la jornada lo pasó vagabundeando por la Ciudad Vieja.

Sedentaria por naturaleza, al atardecer ya estaba cansada. Así que tomó habitación en un hotel en las inmediaciones del Mercado del Puerto y se dispuso a echar una siestita reparadora, porque luego tenía pensado salir a disfrutar de la noche montevideana.

Empero, antes de meterse en el lecho, se asomó por la ventana. Y, al dirigir la vista hacia la Rambla 25 de Agosto, cayó en la cuenta de que enfrente había un vacío en el horizonte: el que había dejado su propia ausencia. Una inmensa nostalgia la invadió. Entonces, decidió que su aventura había durado lo suficiente, regresó a su sitio y allí se quedó para siempre.

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