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Algo muy personal

Algo muy personal
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Pocos días atrás un amigo me sorprendió, quería saber en qué estaba yo políticamente.

Obviamente, él sabía de antemano mi vinculación al Partido Independiente, pero por el tono confidente de su voz me pareció que no se trataba de saber a quién votaba, había otra cosa en su preocupación. Intercambiamos algunas palabras, los dos teníamos que ir a lugares distintos, así que dejamos la charla para otra oportunidad.

Tal vez esta sea esa oportunidad.

Es curiosa su preocupación, los dos publicamos nuestras opiniones en este semanario, los dos conocemos lo que piensa el otro sobre las más distintas cuestiones de la vida.

En el panel había contado que cuando llegué a España ya habían pasado 37 años desde el final de la Guerra Civil, y me había impactado que todos los conflictos parecían todavía abiertos. A la entrada de cualquier pueblo el nombre del mismo compartía el cartel con el yugo y las flechas, símbolo de la Falange, el partido político de la ultraderecha. En la tierra de mis abuelos, y de mi suegro, a finales de 1976, España no habían enterrado los dolores de la guerra. Vivían dramáticamente el saldo de 300 mil muertos. Se podía entender ese sentimiento de desazón porque Franco había muerto un año atrás, en 1975 y hasta dos meses antes de morir en su cama seguía fusilando gente.

La derecha ultramontana, que había acompañado al dictador durante los 40 años de liderazgo, sólo había podido sobrevivir bajo el paraguas de su dictadura, no tenía una expresión política propia. La izquierda, mientras tanto, había sido permeable a los acontecimientos europeos, hasta latinoamericanos. En aquellos años había pasado menos tiempo del que pasó aquí desde la dictadura militar, al día de hoy llevamos 44 años desde el golpe de Estado de 1973, pero es un trauma del que no nos hemos recuperado, a pesar de que la izquierda ha gobernado por tres períodos Y, lo más fuerte: uno de los rehenes de la dictadura fue el segundo presidente de izquierda en gobernar este país.

Pero en España hubo una renovación generacional, aquí no. El resurgimiento de la política partidaria, en España, estuvo en manos de las nuevas generaciones. Lo que en Uruguay trajo de nuevo los últimos años del régimen: ASCEEP, PIT, nuevos líderes, muy pronto se los comió la democracia. Entonces la curiosidad de mi amigo me generó, a su vez, una curiosidad íntima, muy personal, de averiguar en qué estoy yo mismo, políticamente hablando, y en qué está el país. Yo viví con intensidad mi exilio en España, ni un solo día debo haber olvidado mi tierra, pero creo haber entendido y compartido lo que en España estaba pasando.

Me contaban mis amigos españoles del ambiente pacato y aplastante que se vivía en tiempos de Franco, donde a una pareja podían llevarla a la comisaría por estar apretando y besándose en la calle. Con la democracia primaveral de fines de los 70 todo fue cambiando rápidamente. Por supuesto que había partidarios de la lucha armada, como los GRAPO, y, por supuesto, la ETA, pero España siguió su camino hacia otro lado. ETA mató más gente en la democracia que durante la larga noche del franquismo. ETA mató a numerosos mandos militares y de la Guardia Civil sin que las Fuerzas Armadas reaccionaran clamando venganza. El único episodio en que la democracia estuvo amenazada fue cuando el intento de golpe de Estado que encabezó el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981, y un grupo minoritario de altos mandos militares. Fue una tarde noche de gran incertidumbre, sobrecogedora, nadie podía entender lo que estaba pasando, y mucho menos se podía prever el desenlace. El Congreso de los Diputados fue el epicentro de los acontecimientos. En Valencia se había sublevado el Capitán General de la III Región Militar, Jaime Milans del Bosch, poniendo en la calle 50 tanques y 2000 hombres. La atención se centró en la casa del Rey, la gran incógnita. Milans del Bosch había decretado el “Estado de Excepción”, y nada estaba dicho todavía. Pero nadie significativo entre los mandos secundó al puñado de golpistas. Cuando la situación estuvo controlada por el rey Juan Carlos, España respiró con alivio. Ese era otro país, no había lugar para el pasado.

Esto que todos conocemos, de una u otra forma, fue el resultado de una profunda transformación política en España. No fue la obra del rey Juan Carlos, ni de Adolfo Suárez, ni de Antonio Carrillo, como tampoco de los jóvenes dirigentes del PSOE. España se había redescubierto a sí misma. Uno de los hermanos Fernández Lera, que nos abrieron su familia para que no sintiéramos la soledad, era marinero, y no sólo era esperado por ser una familia muy unida sino porque compraba libros en Latinoamérica y todos ellos siempre fueron ávidos lectores. Ana del Olmo, la compañera de Juan, estuvo 15 días llorando, sumida en una profunda crisis, después de leer “La tregua”, de Benedetti. Valió tanto la pena vivir en España para conocer a Pedro, Josefina, Enrique y Maite, como volver a Uruguay para tener a Pablo y a Valentina, nuestros queridos hijos.

Por más que las circunstancias humanas provoquen cambios en las personas, para mí, el rey Juan Carlos será aquel al que escribí para contarle la situación en que se encontraba el Ñato, que como hijo de españoles le podría corresponder la nacionalidad. El Rey me contestó informándome que había dado instrucciones al jefe de la Casa Militar, general Sabino Fernández Campo, para encaminar ese asunto. No sólo gestionó que se le concediera la ciudadanía española sino que jugó un papel muy importante en conseguir garantías para que se respetase la vida de los nueve rehenes.

Tras la derrota de 1972, el MLN se había vuelto un compromiso humano, no una alternativa de lucha, y a eso nos dedicamos. Más de tres años en Cuba me habían dejado sin certezas con respecto al socialismo con el que había soñado, y por el que habían muerto varios de mis compañeros. No fue sólo una impresión personal, fue un proceso que vivimos la mayoría de los que conocimos el socialismo de cuartel y los engaños publicitarios de la élite del partido único.

A mi amigo le puedo contestar, con tranquilidad de espíritu, que creo saber lo que no quiero para mis hijos, pero a ellos jamás les recomiendo lo que tienen que hacer, seguirán el camino de sus nobles pensamientos, y lo que las circunstancias les permitan, no mis pasos.

Yo seguiré atravesando el desierto, creo haber aprendido a esquivar los espejismos, pero el desierto cansa. Cuando la generación del 83 reapareció con una carta de denuncia al gobierno de Maduro pensé que había llegado el momento de descansar.

En el programa de televisión, donde coincidimos con mi amigo, había echado en falta que esa generación no hubiese dado la lucha interna, le había mostrado los dientes a la dictadura y se había retraído frente a esta dictadura del corazón.

En España ganaron los  jóvenes, porque los de antes ya habían escrito sus páginas, como el general Lister, a quien conocí en casa de un gran amigo que había sido comandante en el frente de Madrid. Los jóvenes supieron reclamar su lugar para construir la España inclusiva que es hoy. A veces más a la derecha, a veces más a la izquierda. Cuando llega el momento más vale darse cuenta antes de que le muestren a uno la puerta lateral que da a la calle oscura.