Home Entrevista Central Ana Laura Pérez, periodista “Tenemos que usar las herramientas de los malos”

Ana Laura Pérez, periodista “Tenemos que usar las herramientas de los malos”

Ana Laura Pérez, periodista  “Tenemos que usar las  herramientas de los malos”
0

Esta mujer es un peso pesado en los medios locales. Muchos no saben de su existencia, pero seguramente disfrutan diariamente de su trabajo. Periodista de raza, feminista de convicción, amante de la tecnología y fanática de la información, habla hasta por los codos y nos hizo muy difícil sintetizar la charla que tuvimos con ella. Pero es imperdible, que la disfruten.

Por Jorge Lauro y Alfredo García / Fotos Rodrigo López

 

Naciste en Montevideo. ¿Hace cuántos años?

Cuarenta.

Vivís en Malvín.

Soy de Malvín. En realidad, nací en Brazo Oriental, mis padres compraron un apartamento del Banco en Malvín, y nos mudamos, para que yo empezara la escuela en la Experimental.

¿Por qué aclarás que fue un apartamento del Banco?

Es buena la pregunta.

Lo decís como cubriéndote.

Porque soy una burguesa con culpa. Como buena burguesa uruguaya, soy hija de burgueses con culpa. Mi papá trabajó toda su vida en una multinacional. Mi mamá es maestra jubilada y trabajaba en escuelas en barrios de contexto crítico. Nunca quisieron vivir en Carrasco o mandarme a un colegio bilingüe, cosas “chetas”. Burgueses con culpa.

Benedetti al mango. El país de la cola de paja.

Exacto. Mi madre dice que somos esquizoides, con esa cosa de nunca encajar del todo. Después de muchos años y con mucha terapia, siento que es una ventaja comparativa, no ser del todo de un lugar. Está bueno, si sos periodista, no enganchar del todo. Cuando empecé la facultad, hice dos carreras al mismo tiempo, durante dos años. Comunicación en la ORT y Filosofía en Humanidades. Ahí empecé a entender. En la UDELAR era muy cheta. Me acuerdo que el dirigente gremial preguntó cuántos veníamos de liceo público y cuántos de privado. Yo había ido al Varela, un colegio privado de burgueses con culpa.

Y laico.

Eso sí. Eso no se negocia. Yo soy cuarta generación de no bautizados. En eso mi familia, sobre todo la materna, no negocia.

No tenés padrinos, entonces.

No.

Para una mujer es complejo hacer una carrera en Uruguay sin padrinos.

Durante mucho tiempo creí y repetí el discurso de que nadie me había regalado nada, de que la pelea la había dado yo. El proceso feminista que una hace hacia afuera y hacia adentro te hace entender que eso es una mentira. Soy una privilegiada, soy hija de un papá que me pudo mandar a una universidad privada, que me dijo que no trabajara hasta conseguir un laburo que fuera lo que yo quería. Nunca me faltó nada. Fui a Europa a los quince años. Hablo inglés. Es mentira creer que nadie me regaló nada.

¿Largaste Humanidades?

Sí, dejé Humanidades cuando empecé a trabajar en El Observador. Me comí toda la crisis del 2002 trabajando en el diario.

¿Cuándo te fuiste a Búsqueda?

Por el 2004. Trabajé ahí diez años. Era muy chiquita, tenía veintiséis.

Y das clases.

Doy clases en la ORT, sí. Ahora soy coordinadora académica de la carrera de Periodismo.

¿Aprenden algo?

Sí. Tratamos de que aprendan. No creo en lo que dice Haberkorn. Creo que es un gran periodista. Me parece honesto que si sentís eso te vayas. Pero tengo otra aproximación a estas cosas. Primero, yo no les saco los celulares a mis estudiantes. Trato de usar el celular, y creo que está bueno que googleen cosas mientras hablo. Que desconfíen de mí y que usen el teléfono para poner en duda lo que les digo. Es muy incómodo para un docente, pero es así.  Lo que tenés que hacer es seducir.

Ser más atractiva que el celular.

Cuando lo logro me siento Pelé. En general doy clases de noche y te cuesta ir, pero la clase energiza y salís con esa satisfacción.

Los jóvenes que egresan hoy se muestran menos formados que los periodistas de antes.

Tengo cuarenta, y a veces me pasa eso de creer que cuando yo era joven las cosas eran mejores. Trato de combatir eso. También lo he dicho en las redes: vayan a mirar los archivos de los diarios. Andá a mirar si escribían mejor o peor. Había de todo. Marcha era una belleza, pero El Diario de la noche era una porquería. Y lo mismo cuando hablan del amarillismo. Hace unos años, cuando hicimos un trabajo sobre el crimen del Mincho fuimos a mirar las fotos de archivo: una foto a página completa de un muerto tapado con una sábana. Yo llego a publicar eso ahora y nos prenden fuego. En ese momento se publicaba. Hay una romantización de ese pasado.

Había medios especializados.

Sí. Y había medios muy mal escritos, llenos de florituras que hoy no se aguantan. A mí me gusta la redacción sencilla, soy borgeana. Si lo podés decir fácil, eso es escribir bien. Pero sí, había medios como Marcha. Ahora también hay cosas profundas, pero toman otro formato. El formato y el lenguaje es otro, más audiovisual. La profundidad no se mide en caracteres. No creo que los gurises hoy sean menos profundos. Tienen un span de atención mucho más corto, eso sí. Los seducís en cinco segundos o te abandonan. Tengo un hijo de ocho años que a los cuatro segundos te dice: “Me aburro”. Jodete. El “me aburro” no existe en este nuevo universo. En el mío sí existía. No tenías Netflix, jueguitos interminables ni youtubers. No había nada de eso, y te las arreglabas. Hoy me preocupa que no hay espacio para aburrirse. Eso sí es algo que veo que les pasa.

No solamente a ellos.

Me pasa a mí. Hoy no te bancás nada. A veces me indigno porque una página web tarda cuatro segundos en cargar. No podemos tener esta ventana tan corta.

No queda lugar para la introspección.

Me pasa eso, sí. Como soy muy expansiva, para la introspección necesito estar sola y no puedo meterme hacia adentro en un lugar donde hay gente. Hay que hacer el ejercicio de dejar el teléfono, y a veces te cuesta que la cabeza vaya para otro lado. Nos descargamos aplicaciones para meditar. Todo está en el teléfono. Mi agenda en el teléfono es una cosa demencial.

La tecnología nos está matando.

No. Yo soy re pro tecnología. Nos está matando la harina, también. El problema es cuánto, cómo, con qué criterio. Cuando sos niño, tus viejos te enseñan a aproximarte a las cosas. ¿Los cuchillos son malos? No, pero no se lo das a un pibe de un año y medio, porque probablemente se apuñale o lo meta en un enchufe. Con el teléfono todos somos unos bebotes, como tarados con las luces de colores. Creo que ahora perdimos la inocencia. En el mundo de Cambridge Analytica o de las elecciones de Trump, ahí hubo un comienzo de pérdida de la inocencia. Empezamos a ver que Facebook es una empresa pelotuda, millonaria. Roberto Balaguer dice que hay psicólogos mucho más inteligentes que él, y que trabajan en Facebook para que vos estés todo el día con la cabeza ahí. Todo el tiempo les digo a mis alumnos que el logo de Facebook no es azul de casualidad. Que el scroll infinito no es de casualidad. Hay neurocientistas y psicólogos detrás de eso, los mejores del mundo, que tienen toda la guita para invertir en eso. Del otro lado estamos nosotros con las chauchas y los palitos, tratando de combatir eso. Hay una periodista española que fundó una de estas organizaciones de verificación y fact-checking que dice: “Tenemos que usar las herramientas de los malos”. Pienso eso. No tenés que bajarte del barco, tenés que aprender a usar lo que usa Zuckerberg, porque tu público, usa eso. Si seguís diciendo que no podemos seguir hablando en doscientos ochenta caracteres porque es una porquería, quedás solo arriba del cajón de verdura. Esa discusión es una chotada. Lo que tenés que tratar de hacer es generar contenidos de doscientos ochenta caracteres que estén buenos. Hay cosas que requieren mayor profundidad, eso está fuera de discusión. La tecnología está buenísima, y las redes sociales me han dado mucho, pero también creo que son muy jodidas.

Decís que perdimos la inocencia. ¿Sucedió masivamente?

Esas cosas nunca son masivas. Capaz es medio snob decirlo, pero estas cosas son a nivel de la elite. La quiero pila a doña Rosa, pero no fue doña Rosa la que hizo la Revolución Francesa. Y los zares no los tiró el tío Toto. Sucede a nivel de clases dirigentes y formadores de opinión. En Uruguay, aunque no hasta el punto en que me gustaría, han empezado a entender que Facebook no es un lugar para poner gatitos solamente, sino que es una empresa millonaria que manipula tu comportamiento, que vende publicidad, que rastrea permanentemente todo lo que hacés, e incluso las cosas que no sabés que hacés. Los tipos saben cosas de vos que vos mismo no sabés.

¿Cómo cuáles?

Voy a parecer la conspiranoica del año, pero todo esto está probado. Marta Peirano, una periodista española que trabaja estos temas, escribió un libro que se llama El enemigo conoce el sistema. Es muy bueno y lo recomiendo mucho. Es la única periodista de habla hispana que entrevistó a Snowden. Ella dice que siempre hay que ir a mirar qué cosas patentan las empresas. Así encontrás cosas como que Netflix hace lectura de retina, con una cámara con la que te mira mirar contenidos. ¿Vos sabés qué te pasa cuando mirás una serie donde dos tipos se están chuponeando, o donde dos tipos se agreden? Qué pasa en tu cara, en tus ojos, en tu cuerpo. No lo sabés. Netflix lo sabe. Wallmart, con la explicación de que quieren ayudar si a alguien le está por dar un paro cardíaco, patentó un sistema de lectura de los signos del cuerpo que va enganchado al carro. Saben si se te eleva el ritmo cardiaco cuando te acercás a los helados. Te dicen que es por si te da el bobazo en la góndola de la lechuga, pero lo que quieren saber es qué te mueve el cuerpo, para meterte caca adentro del cuerpo todo lo que puedan.

¿Y el reconocimiento facial?

En eso se han desarrollado ideas brillantes para que puedas abrir cosas con tu cara. Ahí hay todo un territorio que tiene que ver con la discriminación. Las caras de los negros no son iguales a las de los blancos. La gente transgénero no podría abrir un baño femenino, por ejemplo. En Estados Unidos hicieron un algoritmo divino para predecir las posibilidades de que un preso reincida, y no se les ocurrió nada mejor que usarlo para ayudarlo al juez en si daba o no la salida anticipada. Después empezaron a investigar y descubrieron que el algoritmo tenía una predisposición a pegarle a gente de raza negra, considerando que la tasa de reincidencia de un preso afroamericano era más alta de la de un blanco. Cuando digo que perdimos la inocencia me refiero a que creo que estamos empezando a ver algunas de esas cosas. No todo lo que me gustaría.

Ya estamos con el pasaporte de que tenés anticuerpos para el Covid.

Los seres humanos tendemos a ceder libertades cuando tenemos miedo. Con el Covid nos estamos dando cuenta. Somos cinco los que estamos discutiendo acerca de darle a Google y a Apple la información de si estuvimos cerca de un tipo con Covid o no. ¿Qué discusión tuvimos cuando llenaron Montevideo de cámaras? ¿Vos sabés qué hace el Ministerio del Interior con toda la información que tiene de tu cara? ¿A dónde vas, a dónde venís, qué hacés, con quién estás? ¿Está almacenado o se borra? ¿Cómo lo usan? No sabemos nada. ¿Por qué dejamos que Montevideo se llenara de cámaras? Porque teníamos miedo, miedo a que nos afanaran, nos mataran, y todo eso. Pero no hubo una discusión, que en otros países sí se dio. En Holanda se prohíbe el reconocimiento facial por cámara. En China las cámaras y las antenas de los celulares se usan para irte a buscar a tu casa el día siguiente de la marcha, para que no haya mucho bardo cuando te meten en cana. China es un país que ha llevado la tecnología a un nivel que no lo tienen otras dictaduras, a extremos increíbles para controlar a su población. ¿Por qué creés que a vos no te va a pasar? A mí me pone un poquito nerviosa.

Ya estamos en el Gran Hermano, entonces.

Obvio, si hay cámaras por todos lados. El día que nos compramos los Smartphone nos entregamos. Si hace quince años te hubiera dicho que te iba a entregar un aparatito que lo que hace es decir dónde estás, con quién y haciendo qué, las veinticuatro horas, o lo que se le cante… Ha habido investigaciones. El Washington Post está publicando investigaciones que han demostrado que Facebook compartía con terceros data que no debía. Los tipos sabían cosas que nosotros no sabíamos. El big data es eso: agrupás los datos de un montón de gente y ves cómo se comportan. Nos creemos re especiales, pero todos hacemos lo mismo. Y no sé si podemos volver atrás.

¿Cómo lo hacés beneficioso, en definitiva?

Creo que lo primero que hay que hacer es tomar conciencia. Siempre pongo el ejemplo de una columnista que trabaja en temas de cultura digital. Ella decía que les preguntaba tres cosas a sus hijos cuando le pedían para instalar una app en el teléfono: para qué la quieren, qué le piden, cuáles son los permisos que la app te pide, que vayan y los lean, tomate el laburo de leerla, si no, no te dejo descargarla, y tres, cuál es su modelo de negocio. El modelo de negocio de una app es cómo mierda hace guita. Como dice la frase célebre, cuando te dan algo gratis, el producto sos vos. Facebook es gratis porque el producto sos vos. Porque lo que venden son impactos sobre segmentos determinados. Cuanta más data entregás más precisos son en cuanto a las características de la segmentación. Por eso en general me parece que los periodistas saben poco, y deberían saber más. También en toda la discusión de las mal llamadas fake news, de la desinformación y todo ese tema, te dicen que siempre se publicaron bolazos. Pero antes te enterabas.

Se ha llegado a la segmentación individual, en definitiva. Capitalismo personalizado.

Sí, efectivamente.

O sea que democratización de la información, un corno.

Y no. Digo, parezco obse, pero vuelvo al mismo tema. Se dice que internet es libre para todo el mundo, pero si no sabés inglés no te enterás de la mitad de las cosas. A veces veo cómo se viralizan artículos con determinadas reflexiones que resuenan mucho en el universo uruguayo, de Twitter. Resuenan pila, y leés la entrevista y es un tipo que dice en español cosas que en el mundo anglosajón hace seis años se están discutiendo. La clase dirigente uruguaya no lee en inglés. No hay democratización de la información si no sos bilingüe, porque hay cosas que te llegan seis años tarde. Y ni que hablar de que yo no hablo chino: seguro sabría diez veces más y te diría todo esto mismo acerca de China. Los tipos no solamente tienen un idioma distinto, sino que usan buscadores y redes sociales distintas. Viven en una burbuja a la que no vas a llegar.

Estamos ignorando a más de la mitad del mundo.

El semestre pasado hice un ejercicio con mis alumnos. Les pregunté si sabían lo que era TikTok. No tenían ni idea. Porque tienen veinte, y el TikTok en Uruguay en ese momento era popular en la franja de entre trece y catorce para abajo. Yo sabía lo que era, porque hago experimentos con mi hijo, porque leo cosas. Es una herramienta potentísima de edición de video, para tarados. Hacés cualquier cosa. Es la primera red social no occidental, nació en China. Tuvo un crecimiento explosivo de usuarios, miles de millones de cuentas creadas en un tiempo muy corto. Gran parte de la gente que está son chinos, y la otra comunidad grande son los indios. A mí me gusta mirar películas indias, que duran tres horas y son muy raras. Es rarísimo el storytelling. Estamos hablando de un público que en su mayoría no lee, es poco alfabetizado, entonces tienen un relato que para nosotros es como del novecientos. Pero después empezás a encontrar cosas interesantes. Cómo construyen, qué piensan del mundo. Todo lo que pasó con la discusión con Huawei no fue por los celulares.

¿Qué fue?

A nadie le importan un carajo los celulares. Huawei es la dueña de la tecnología 5G, y lo que pasa es que los yanquis tienen una y los chinos tienen otra, y los rusos tienen una, pero muy atrasada tecnológicamente, que no compite. Los rusos se dieron cuenta que tenían que hacer algo para competir.

 ¿Y qué hicieron?

Lo otro que hacen muy bien: inteligencia. Empezaron a hacer videos diciendo que el 5G es horrible, que te vas a morir, y la pudrieron. Son unos cracks. Porque todos esos videos empezaron en RT, que es la agencia rusa. Pero las decisiones que tomó Trump, algunas son parte de su viaje delirante, y otras no. Otras tienen que ver con que el tipo está pegando a Huawei porque Huawei es dueña de la fibra óptica que pasa por acá abajo. En el Uruguay tres cuartas partes de la instalación de fibra óptica de la tecnología que se usa es de Huawei. Si quieren escuchar, los chinos escuchan. La guerra ahora es eso, estamos todos cableados acá abajo.

¿Es viable redirigirlo para otro lado?

Creo que hay que construir pensamiento crítico. Tener conciencia de para qué usás una aplicación, de qué datos le estás dando. Educar a los gurises. Nos llenamos la boca diciendo que son nativos digitales, que la tienen re clara. Mentira. Eso no lo tienen claro, porque son niños.  Manejan la tecnología de manera intuitiva y en algunos aspectos mejor que los adultos. Pero la falta de criterio que tenés a los nueve años la tenés ahora y la teníamos nosotros cuando teníamos nueve. Mi hijo tiene ocho y ya tiene claro que si quiere comprar vidas en un juego, tiene que mirar avisos. Y sentarte y decirle al bepi lo que eso quiere decir, y cómo hay una cosa orquestada ahí atrás para que él mire avisos a cambio de vidas en un juego… Está bueno tener la conversación, y no sé cuántos padres tienen una conversación sobre eso.

Cuando se toman decisiones basadas en la generalidad informativa hegemónica, ¿no estamos en problemas?

¡Yo qué sé! Sí. A ver, siempre existieron medios hegemónicos. Acá tengo una opinión muy personal. Me pregunto hasta qué punto tienen sentido las secciones internacionales en los medios hoy. Yo no leo la sección internacional en un medio uruguayo, porque leo esas noticias en inglés. Al Jazeera hace un laburo que es muy interesante. The Guardian tiene una cobertura en Medio Oriente que es muy interesante y bastante despegada de la línea hegemónica de lo que puede ser el New York Times o el Washington Post. Al final pensás para qué. Es carísimo y a la gente no le interesa. Fue una discusión histórica.

¿Cuál?

Cada vez que cierra un medio o un suplemento en el Uruguay, todo el mundo va a Twitter a decir: “¡Qué horrible, qué espantoso!” ¿Pero, vos ibas al kiosko y lo pagabas, valor? Porque la manera de bancar el periodismo de calidad es ir y abrir la billetera. “No, porque la información tendría que ser libre”, te dicen. Vos al súper no le decís que te regale las papas. A nadie se le ocurre decir que liberen los tomates, pero a mí me dicen que tengo que liberar la nota sobre el Coronavirus. Es una cosa ridícula. Es una construcción social en la que los medios colaboramos enormemente, yéndonos a internet a regalar todo lo que cobrábamos en papel. Todos los periodistas y todos los medios del mundo nos dimos cuenta que había sido una gran cagada, y tuvimos que rebobinar. Me pasa con mis alumnos, que sienten que me separa un universo de los periodistas de La Diaria, a los cuales en algunos casos quiero mucho. Es más, con Natalia Uval y Damián vivimos a media cuadra y compramos en el mismo almacén, o sea que tan raros y diferentes no somos. Y tengo conversaciones profundas y coincidencias enormes con ellos. Una, clarísima, es que si querés libertad de prensa y buen periodismo, pagá. ¿Te gusta La Diaria y te parece que El País es una basura? Andá y pagá La Diaria. Pagá uno.¿No te gusta el mío? Bárbaro. Pagá el de él. Pero pagá uno. Y después no salgas a decir que qué horrible que el Cultural no sale más todas las semanas, cuando no leías un carajo el Cultural, y menos lo comprabas. ¿Querés defender un medio? Defendelo abriendo la billetera, porque los periodistas necesitamos guita para pagar las cuentas, como todos los hijos de vecinos, y los medios necesitan plata para subsistir.

¿Hay un rol del Estado?

A esta altura de las circunstancias creo que el Estado debería comprometerse económicamente. En el Uruguay subsidiábamos la cerveza. Y no los medios.

¿Cómo no los medios? Qué es toda esa publicidad…

La publicidad estatal en el Uruguay te diría que hace unos treinta años, y no hablo de antes porque no sé… Trabajo en los medios hace veinte años, y no veo grandes canillas en la mayoría de los casos. Sí ha habido determinados organismos del Estado y determinados medios que tienen relaciones medio chanchas. En eso sí ha habido casos puntuales. Pero después no veo medios mantenidos, como sí pasó en Argentina, donde era obsceno, cambiaba el signo del gobierno y se fundían cincuenta medios mientras nacían cincuenta más. Acá no. Lo que tienen que hacer acá es una cosa que sea igual para todos. O que por lo menos tenga un impacto igual en todo. Creo que el gregre es una papa. El día de la libertad de expresión salen todos a hablar, pero después…

La tendencia es que la gente va a seguir comprando cada vez menos prensa escrita.

Por eso digo. Si hay cosas que como Estado considerás que son una función social… Así como es una función social que una escuela en la loma del quinoto con cuatro habitantes tenga agua. Yo no tengo ningún problema, y creo que la empresa del agua tiene que ser del Estado, y hay que bancar que el tipo que vive en la loma del quinoto tenga agua. Igualmente pienso que, si como gobierno y clase política pensás que los medios son un servicio a la sociedad y que en la construcción de ciudadanía es clave el rol de la información, entonces ayudanos, porque nos estamos ahogando de una manera espantosa. Nos estamos ahogando desde hace treinta años. No es que es circunstancial. Y de nuevo, no es político: no ayudes a los que te gustan. Hay montones de ejemplos en otros países, te podés afanar la idea de algún lado, no hay ni que pensarla mucho. Buscá una alternativa que implique ayudar. Si no, lo que está pasando, también, es que estamos yendo a pedirles plata a Google y a Facebook. Entonces menos los vamos a investigar si son los únicos que no tiran guita. Nos estás arrinconando.

¿Y el rol de periodista?

Podés preguntar qué corno hace el Ministerio del Interior con las imágenes que está tomando en la calle. Sí sé que los periodistas trabajamos demasiadas horas, que ganamos poco, que estamos desafiados por un montón de circunstancias, pero también creo que en varios casos hemos sido un poco cómodos y nos hemos exigido poco. Creo que nos tenemos que exigir un poco más. Mi papá me llama por teléfono después de cada conferencia de prensa de Lacalle Pou por el Coronavirus, con diez preguntas que se le ocurrieron y nadie hizo.

Volvemos al principio. Los periodistas más jóvenes están menos preparados.

A ver, me van a dejar como una snob insoportable. Hay buenísimos periodistas en el Uruguay. Tremendos periodistas, que muchas veces no tienen tiempo, están tapados y agotados. Pero también es verdad que hay una ley de mercado. De nuevo, si vos pagás un montón de guita, los buenos psicólogos se van a Facebook. Si en el Uruguay hay veinte tipos que hablan chino, lo más probable es que no haya ninguno en la redacción de un diario. Si hablás chino, te vas a laburar donde hay tarasca. Habrá alguno que le tendrá amor a la camiseta, y hay, y me consta. Tipos a los que no les importa ganar la mitad cuando son capaces de trabajar en lugares alucinantes. Pero también es verdad que los periodistas hacen eso por diez, quince, veinte años, y un día se van, porque se cansan, porque tienen que pagar cuentas, porque tienen hijos, porque se ahogan. Perdés talento. Es un drama de los medios.

Las conferencias son un drama.

Te tenés que preparar para preguntar determinadas cosas. La mayoría de los médicos no saben un carajo de epidemiología, porque te mezcla la medicina con la matemática. Hay muy poca gente que lo entiende. Volvemos al problema: para tener un periodista de salud en un medio tenés que tener gente a la que le interesen los temas de salud. Ahora a la gente le encanta gritar que por qué no tenemos especializados. No los hay porque vos no leías un corno las notas de salud, y entonces a ese pibe lo tuve que correr de área, porque lo precisaba para otra cosa. También puede pasar que desde el Uruguay tenemos un periodismo con una mirada muy politicocéntrica de los temas. Abordamos todos los temas desde lo político.

¿Eso no le importa a la gente?

Capaz que le importa un poco, pero si vos estás cubriendo la discusión de la ley de cuidados no está mal que hagas una nota sobre los diputados que se putearon sobre un artículo, pero también me parece que tenés que hacer el enfoque que va más allá de lo político sobre qué es la ley de cuidados y profundizar el debate ideológico o social de qué representa. Pero también es verdad que en la interna de una redacción es prestigioso, y por suerte está cambiando mucho, pero cuando yo empecé en el periodismo, todos queríamos ser periodistas de política porque era lo prestigioso. Porque la tenías más larga si eras periodista de política y te pagaban más. Yo no quería ser periodista de salud, aunque me encantaban esos temas. Quería cubrir campañas electorales, porque esos eran los periodistas en serio. Después crecí y dije que no me importa, pero también es verdad, de nuevo, que les podemos pegar a los periodistas, pero es injusto en la medida en que la sociedad está modelizada con esa cabeza. No tenemos periodistas de salud en los medios porque tenemos que elegir, porque a la gente no le interesa ese periodismo, porque la curva de especialización de un periodista de salud es muy larga, y para preguntar cosas interesantes en una conferencia de prensa tenés que saber.

¿Los medios no echaron a todos los periodistas viejos, con más experiencia, que ganaban más, para empezar a tomar pasantes y gurises jovencitos?

No, no es así. No siempre los viejos saben más. De hecho, en el mundo de hoy, muchas veces saben menos. Lo viejos, de tecnología, no saben un pomelo. No, no lo vivo como que hayan echado a los periodistas viejos.

Decís que todo está vinculado a lo político. ¿A la gente eso no le interesa?

Creo que no, y menos cuando son declaracionitis. Cuando se trata de qué dijo el diputado J de lo que piensa el diputado H. Siempre es una discusión facilonga.

¿Eso no es el mercado? Dar el producto que la gente consume.

Es como un kiosko, vos vendés. Está lo que se vende mucho y lo que se vende más o menos, y lo que se vende poco y lo que se vende casi nada.

Vos manejás la parte digital de El País, que debe ser la más visitada.

Pero el día a día no lo manejo yo.

Sabés del tema. ¿Cuáles son las notas más leídas?

Están ahí, son públicas. El otro día tuvimos una discusión entre varias editoras del diario, un debate super interesante. Las dos notas más leídas de ese día eran notas sobre el horóscopo del perro y de no sé qué otra cosa.

¿No te da ganas de cerrar e irte?

No, Otros estaban en esa línea. Yo no. Porque si el horóscopo me da de comer, y me da guita para que el otro pueda hacer una investigación en serio, posta, que la van a leer cuatro, me encanta. El problema es si estamos usando el horóscopo para hacer esa investigación o estamos tratando a las noticias que son en serio como si fueran el horóscopo. Ese es el planteo. Y creo que el horóscopo tiene algo para enseñar al periodista de política. Hay algo que el horóscopo está haciendo bien y que capaz que vos podés reproducir en algún punto. Capaz que sí, o capaz que no, pero pensar que el horóscopo no te puede enseñar nada es de agradando, de soberbio.

Volvemos al tema: el rol de periodismo. ¿Cuál es?

Joder. Y obvio que la gente no quiere que la jodan.

En Uruguay no jode.

Jodemos poco. Menos de lo que me gustaría, sí. También creo que es un servicio. Explicar es un rol profundo del periodismo, que está bueno hacer.

Poner en contexto. Pero incomodar, se incomoda poco.

Creo que sí, que probablemente incomodemos poco. No lo suficiente.

¿Qué hacés vos para incomodar?

En el rol que tengo ahora, muy poco.

Perdón, sos docente. Tenés periodistas con los cuales laburás. ¿Cómo hacés para que incomoden?

A mis alumnos les rompo los cocos con que salgan. Un semestre doy una materia que se llama Introducción al Periodismo, que es al principio de la carrera. Tienen veinte años, o menos.

Se van despavoridos.

Creen cosas muy fuertemente. Parte de lo que hacés para enseñarle a alguien a joder es sacudirlo. Sacarlo de esa cosa de creer que los buenos están de un lado y los malos de otro. El semestre pasado, dando esa materia, me pasó que una estudiante faltó las primeras dos semanas de clase, no me conocía porque no había estado el día en que me presenté. A la tercera clase estábamos hablando de la diferencia entre la línea editorial de un medio y el laburo de los periodistas, que no son esclavos de esa línea. Levantó la mano y dijo que si trabajás en un medio pensás como la línea editorial. Y empezó a dar palo, palo, palo. Me hubiera gustado tener la cámara para filmar la escena: otra estudiante, que claramente era amiga, porque se sentaron juntas el resto del semestre, agarró su teléfono y le mandó un mensaje, en el que seguramente le decía que yo trabajaba en El País. Se le transfiguró la cara y no sabía cómo remarla. Le dije que me había dado cuenta del mensaje. Yo trabajo a partir de eso, de tratar de que empiecen a pensar que las cosas no son blanco y negro, que los buenos no están de un lado y los malos del otro, que hay soretes de los dos lados. Me parece aberrante, por ejemplo, que haya gente poniendo fotos de un abusador sexual con alguien de una ideología y haciendo campaña política con eso. Y me acusaron de cosas insólitas.

Aparte, después ese mismo apareció en otras fotos con políticos de la fuerza política contraria.

Si yo fuera una terraja habría compartido esa foto, pero no hago eso. No seas terraja. Para mí el mundo no se divide entre izquierda y derecha, o entre ideología A o B. Se divide entre gente que piensa y gente que tiene una caja en la capocha. Yo, con la gente que piensa, hablo con toda. Si se puede hablar contigo, hablo contigo. Sigo a gente con la que me siento en las antípodas, y la mantengo cerca de mi vida, y hablo para tratar de entender por qué piensa así. Sigo a gente desagradable en redes sociales, gente que está en las antípodas absolutas de mi pensamiento. Lo hago, como les digo a mis alumnos, para darme baños de caca. Siempre hay que mantenerse en ese lugar. Si no, un día lo que te pasa es lo que les pasó a los periodistas norteamericanos, que son todos progres, o liberales, y que no se explicaban cómo había ganado Trump. Claro, ellos viven todos en Nueva York y tienen el pelo de colores y jamás habrían votado a Trump. Pero Estados Unidos no es solamente eso, es un montón de gente que vive en el Midwest, en las antípodas de ese otro pensamiento, y que además se está cagando de hambre. Y ellos no le hablan a esa gente, no la entienden, y encima la juzgan. Hay que estar todo el tiempo diciendo que es aberrante lo que dice fulano, pero tratar de entender por qué tiene razón. Hagamos el ejercicio de entender por qué Manini tiene once legisladores en el Parlamento, en vez de seguir gritando: “¡Facho, facho!”. Si gritás eso, y además a los votantes, entonces no te van a respetar. Hacé el ejercicio de entender por qué. Es estúpido pensar, además, que esos votantes se fueron todos de los partidos tradicionales. Algunos venían de la izquierda. Tratá de entender por qué desde la izquierda alguien termina votando a Manini. Entender la realidad de esa gente, entender que la izquierda no le respondió a esa gente en algunas cosas. Me parece que ese es parte del asunto. Para mí, como periodista, está fuera de discusión que vos tenés que estar todo el tiempo escuchando gente que piensa distinto que vos. Todo el día en esa.

La dinámica de las redes tiende a la burbuja.

Horrible. Yo hago el ejercicio para salirme, por gusto. El que escribió el libro del filtro burbuja tiene unos tips, consejos para romper la burbuja. Dan Gilmore, un periodista norteamericano que trabaja pila en esos temas, milita en la posibilidad de que las redes te permitan salirte del algoritmo, funcionando en un modelo sin universo de recomendación, donde vos puedas mirar Facebook orgánicamente. Pero yo hago el ejercicio de seguir gente que piensa horrible, de mirar y de entender por qué. Si no, te creés que estamos todos de acuerdo. Con los del Coronavirus es increíble. Si juzgás por Twitter, la gente no sale de la casa. Pero salís a la calle y está lleno de gente. La policía de Twitter está toda en la casa, y la calle está llena de gente.

La vida está en otra parte, decía uno.

Claro. Igual creo que las redes son un lugar interesante y son representativas, y que te dan mucho, y que funcionan y son útiles. Pero, usadas con criterio y pensamiento crítico. Pero sí, contribuyen enormemente a que te encierres en una burbuja, sí. Las burbujas siempre existieron, pero de última, en el sofá del living, a la hora del informativo nos sentábamos todos. Había cuatro informativos, es verdad, podíamos elegir uno u otro. Podías correrte un poco, y no era lo mismo el del 4 que el del 10. Elegí el periodismo como carrera porque mi abuelo, que era colorado, batllista, hijo de un anarquista…

Y masón.

Y masón. Fue Gran Maestre de la Masonería. Compraba todos los diarios. Todos. Y era maestro, durante mucho tiempo no tuvo plata. Después le fue bien. Compraba todos los diarios. El País, que es donde yo trabajo, lo leía puteando desde que empezaba hasta que terminaba, porque era colorado. De hecho, puso plata para revivir El Día, y nunca se la devolvieron, como a todos los que pusieron. Leía La República, Marcha y todo lo que había, porque su idea era que el mundo se construía con esos pedazos. Era caro, sí, no era para cualquiera, no lo hacía todo el mundo. Pero, aunque sea podés mirar las tapas en el kiosco. Si la prensa se hunde, también perdés eso. Está esa mirada de que las redes son el lugar donde podemos decir lo que pensamos, y que son la tierra de la libertad. Mentira. Es una empresa internacional pelotudísima. Me hace mucha gracia el discurso anticapitalista en YouTube. Es como sentarte adentro del World Trade Center a decir que ahí sí podemos hablar contra el capitalismo. Señores, es una ridiculez, una fantochada. Están vendiendo avisos alrededor de tu cabeza. ¿De qué estás hablando?

¿Las personas no tienden siempre en todos los ámbitos a buscar una burbuja propia?

Sí, es muy humano eso.

Vos te definís como feminista.

Sí.

Es una gran burbuja, también.

Claro que sí. Son burbujitas. Yo intento exponerme a gente que cree que el feminismo está pasado de rosca y es exagerado, y que las mujeres tenemos los mismos derechos que los hombres y estamos rompiendo las pelotas por boludeces. Intento eso. Mi papá piensa muchas de esas cosas. Mi hermano piensa otras.

Tu jefe.

Mis jefes, varios, sí. ¿Martín, decís? Sí, con Martín tenemos discusiones. Igual dice que lo tengo casi convencido. En esa batalla, con Martín en particular, me siento optimista. Me encanta tener conversaciones con él aunque estamos en las antípodas en un montón de cosas, y me resulta un tipo inteligentísimo. Es muy sano tener esas conversaciones. Me gusta la gente que me hace pensar, no la que me dice que sí a todo. Eso es un embole, aunque a veces es lindo que te digan que sí, que sos lindo, que sos inteligente.

¿No te dirá que lo tenés convencido para que no le rompas más los cocos?

Es probable, porque soy insoportable. Pero creo que en algunas cosas he contribuido a que exponga una mirada diferente. También me ha pasado a mí con esto que decía de los privilegios, de creerme que a mí no me pasó nada. También hay una cosa del feminismo como producto de consumo, con la que me llevo bastante mal y que me conflictúa mucho. La mayoría de las mujeres que hacemos carrera la hacemos sobre los hombros de una mujer más pobre a la que le pagamos para que cuide a nuestros hijos, y eso no es feminismo, eso es una mierda. Vivo internamente y no sé cómo resolver el conflicto que me genera que mi liberación es la esclavitud de otra mina.

Contratá a un niñero.

La sociedad uruguaya no está construida para que yo contrate un tipo. Igual no estaría bien esclavizar a un tipo. Lo que quiero decir es que también hay un discurso feminista de mercado. Por un lado, me parece que está buenísima la masificación de ciertas cosas, porque para ganar tenés que llegar a todo el mundo, y todo el mundo es todo el mundo, y si yo me pongo a citarte a Betty Friedan y a la teoría King Kong y me paro en el Cuarenta Semanas, me van a sacar cagando. Y probablemente sea muy prejuicioso lo que estoy diciendo, pero también, probablemente, me saquen cagando. A mí me parece una batalla ganada que las feministas se sienten en el living de Intrusos. Pero también cuando voy a una tienda de ropa que explota mujeres en Indonesia y me hace remeras que dicen “Female Power”, me da ganas de llorar, me parece horrible.

¿Y cuando te comprás la remera porque sale más barata?

Las gurisas de diez o doce años dicen “¡Girlpower!” y se compran la remera. Yo lo habría hecho. Eso lo ganás discutiendo con gente que te rompe los cocos, que te dice que muy lindo tu feminismo en una casa de Malvín con todos los problemas solucionados. En Twitter sigo a Romina Di Bartolomeo, que es modelo y es negra. A veces dice cosas que me resultan chocantes, y me descubro como opresora. Me resulta chocante porque yo estoy del lado de los malos. Tiene razón. Está diciendo que nos dejemos de hacer trencitas afro, que ella no es un payaso para que nos disfracemos de ella. Y me descubro a mí misma pensando que no rompa las bolas con boludeces, que no exagere, que es lo mismo que me dice mi papá en los asados familiares cuando le digo cosas sobre su manera de valorar el feminismo cuando le hago discursos feministas. Es lo mismo.

Entonces lo que estás demostrando es que el feminismo es una rama de un árbol que es mucho más profundo.

Es un movimiento de masas, y como todo movimiento de masas tiene cosas que están buenísimas y un montón de caca.

Pero no es el sistema lo que tenés que combatir, el feminismo es una expresión más…

Ojalá tuviera solucionada esa discusión. Sería muy feliz, pero no la tenemos solucionada. Nadie. Si yo espero a poder liberarlas a todas para poder liberar a la primera, entonces no libero a ninguna. La discusión como movimiento de masas es esa. ¿Nos vamos a quedar quietas hasta que podamos liberarlas a todas? No, vamos a romper la pared y después vemos cómo pasamos todas.

Concentrá las energías en las luchas de verdad.

¿Las otras no son de verdad?

Sí, pero son consecuencias.

Lo estoy viendo a mi viejo. Para vos es una pavada decir que la lucha de verdad es otra, porque vos tenés todos tus derechos. Yo hay derechos que no tenía, que no tengo. Algunas cosas que voy a decir pueden parecer una pavada, pero no son. Para que yo pueda ir a una reunión de laburo, por ocupar el lugar que ocupo, me lleva una hora vestirme, peinarme y pintarme. Me lleva kilos de guita en la peluquería a la que tendría que ir, a la que claramente no voy. Teñirme. Entiendo que es un acto de liberación enorme no teñirme las canas, porque gastaría miles de pesos en la peluquería. Mi vieja, sus amigas y mis tías están horas en la peluquería. ¿Porque son idiotas? No, porque viven en una sociedad que les dijo que después de cierta edad eso es lo que tienen que hacer o no existen. Mi vieja me sigue preguntando si no me voy a teñir las canas. No, mamá. La cantidad de guita que se supone que yo a los cuarenta debería haber gastado y que tendría que estar gastando en cremas antiage y en ropa, y la cantidad de horas que tendría que dedicar al gimnasio para estar buena… Esa es la diferencia: a mis jefes, o a mis pares, nadie les pide que estén buenos. Yo, además de todo, tengo que estar buena. En el fondo sentís que te falta algo porque no estás buena. A los tipos eso no les pasa. Y eso es estrés, es cansancio. Hay una cosa que está estudiada en la cuarta ola feminista y que se llama “el peso mental”. Por ejemplo, si bien ha crecido la cantidad de horas que se comparten en una casa, y yo tengo una pareja muy igualitaria en ese sentido, lo que es la carga mental sigue estando muy del lado de las mujeres.

La carga mental.

Claro. Todo lo que es la planificación de que el nene se tiene que vacunar en dos meses. ¿Quién se encarga de la consulta con el pediatra, de la logística para llevarlo a no sé dónde? Todo eso está en tu cabeza todo el día, y te agota horrible. Parece una gansada pero no lo es. Es parte de tu existencia. Yo, ahora, tengo conversaciones en las cuales tengo que decir que cómo hago, porque el pibe está al lado haciendo los deberes y tenés que hacer tres cosas al mismo tiempo. Hay estudios que demuestran que la cuarentena aumentó el estrés en las mujeres de una manera espantosa, porque estamos sometidas a cosas así. Para mí esto no es una pavada. Que a mí me juzguen por la cantidad de tipos con que me acosté no me parece una pavada. Me ha pasado tener que bancar en redacciones, ya no se hacen más esos chistes porque muchas periodistas mujeres no lo permiten, chistes totalmente desubicados y fuera de lugar. A mí un jefe una vez me preguntó si no usaba soutien. Y los demás se cagaban de risa, mis compañeros. Era gracioso preguntarle a alguien si no usaba soutien. ¿Me estás jodiendo? O alguien que en ese entonces era senador de un partido político y luego fue senador de otro, que ahora supongo estará en la casa, que, durante una gira política por el interior, cuando yo tenía veinticinco años, me hacía ojitos y me mandó un secretario para decirme que si yo en algún momento quería dejar el periodismo él tenía un lugar en su secretaría para mí. Supongo que porque me consideró muy inteligente. Yo tenía que dormir sola en hoteles del interior, en el mismo hotel donde estaba él. Después le dijo a un compañero mío, sin saber que mi compañero lo estaba grabando y yo lo escuchaba porque tenía los auriculares puestos, que yo le gustaba porque estaba “sudadita” porque había cuarenta grados. Eso era laburar como periodista cuando yo empecé. Que un dirigente político, cuando tu compañero varón dejaba de cubrir el senado y te presentaban a vos, dijera, adelante tuyo, de tu compañero y de otro dirigente: “Ah, bueno, ahora es mucho mejor”.  Y le parecía que decir eso estaba bien. O que tus compañeros te dijeran que usaras eso para conseguir noticias, y que les pareciera que estaba bien. Y no es que me pasó a mí porque soy una pobre desgraciada.

Era la regla.

Me acuerdo como si fuera hoy el día en que leí un recuadrito en La Diaria, cuando La Diaria recién empezaba, sobre Lacalle padre y algunas cosas que les decía a las periodistas. Me acuerdo de la sensación de decirme a mí misma que eso estaba mal, como fichas que van cayendo. ¿Y ustedes qué hacían cuando me pasaba eso? ¿Nadie me avisó que eso estaba mal? ¿Por qué yo normalicé eso? Que me dijeran bonita en una rueda de prensa. Y si decías algo eras maricona, te estabas quejando. “No jodas, conseguí noticias con eso, mostrale las tetas”. Era así.

Hemos avanzado.

Porque existe el feminismo y minas que dijeron que aquello era una mierda. Yo soy hija de eso, como soy hija de las anteriores. Y le debo, a mi sobrina de doce años, seguir tratando de empujar esa pared un poco más allá y decir que por qué tengo que ir a la peluquería para ser ejecutiva. ¿Por qué tengo que pintarme para ser ejecutiva? ¿Por qué tengo que ser flaca, si mi compañero tiene una buzarda que le llega a la vereda de enfrente? A él no le pedís que vaya al gimnasio. ¿Me explico? ¿Por qué tengo que estar buena? Además de ser inteligente, laburar bien, tener nenes, casa y familia. Mi abuela era una tipa que laburaba doscientas horas. Yo no tengo ejemplos de mujeres sometidas. Pero laburaba y además se ocupaba de la casa. Mi madre también. En algún punto tenés que decir que nos cagaron, porque tenés que hacer todo, y hacerlo bien. Estar buena, deseable, estar pronta, depilada. En pose sexy para cuando el flaco quiera. Te discuto mucho que eso sea liberación. No lo es. Y a eso se le puede sumar toda una discusión que a mí me conflictúa mucho: el tema del feminismo y su relación con el mundo transgénero. Porque si yo te estoy diciendo que ser mujer es ser cualquier cosa que vos quieras que sea mujer, por otro lado, ¿por qué te tenés que disfrazar, vestir de mujer para ser mujer? Si ser mujer puede ser tener el pelo corto y fajarte las tetas y usar pantalones anchos.

Cada uno hace lo que siente.

Claro, pero hay un ruido en cuanto a que deberíamos ser nada. Ser mujer debería ser lo que las mujeres queremos y no la idea que los hombres tienen de lo que es ser mujer, sobre cómo debemos vernos.

¿No hay mujeres que se sienten felices de estar depiladas esperando que el flaco tenga ganas?

Esa discusión es complicadísima. Supongo que sí.

¿Tienen la cabeza hecha por el sistema?

Seguro, la tenemos todos hecha por el sistema. No dudo que haya mujeres que sean felices haciendo todo eso. También creo que muchas otras son felices haciendo todo eso porque ocupan el lugar que la sociedad construye haciendo eso. Combato mucho este nuevo discurso que viene muy fuerte, el del “amate como sos”. No, no. Perdoname. Primero eliminemos el modelo hegemónico de belleza. Encima que tengo buzarda, me hacés sentir mal porque no tengo la autoestima para amarme con buzarda. Mientras me vendés cremas para no tener buzarda. Así no. ¿Me explico? Ese discurso del “amate como sos” culpabiliza a la que no entra en el modelo hegemónico. Encima de que no entra en ese modelo, se tiene que sentir mal porque no tiene la autoestima necesaria para decidir ser hermosa, cuando no tiene ropa para ponerse. Es eso. Hace unos años hice un viaje de laburo con una compañera mía muy linda. Fuimos a hacer unos mandados con un amigo, que era nuestro jefe entonces. En un momento tuve una epifanía: el tipo le estaba cargando las bolsas del shopping a ella, y a mí no. Obvio que yo iba toda transpirada caminando atrás por Miami con todas las bolsas. Al pibe no se le había ocurrido que eso era una mierda. Y después la jorobaba a ella, porque tampoco se había dado cuenta. ¿Y por qué no se había dado cuenta? Porque ella es linda, entonces le pasa todo el tiempo, y para ella no había nada raro. Se lo hice notar yo. Eso te pasa con las bolsas del shopping y en la vida, en el laburo.

Bueno, pero tampoco querrás que te carguen las bolsas por ser mujer.

El tipo ni me vio. No decidió no cargarme las bolsas. ¿Entendés lo que estoy diciendo? Eso te pasa en una entrevista de laburo. Te pasa con un jefe. ¿Cuántas gordas hay en la tele haciendo periodismo?

María Inés Obaldía.

¿Cuántos gordos hay en la tele haciendo periodismo? A que hay más. ¿A cuántos tipos en la tele les piden que adelgacen?

Gorzy y Puglia.

A Puglia no sé si le pidieron. Para mí adelgazó porque quiso. A mí no me interesa trabajar en televisión, pero si me interesara tengo claro que tendría que bajar treinta kilos. ¿Y por qué, si lo que yo haría en televisión no es mostrar el culo? Y los periodistas hombres que deciden trabajar en televisión no pasan por eso. Eso es un muro clarísimo, enorme.

¿Por qué perdió el Frente?

Ojalá supiera. Es más para Chasquetti que para mí.

¿No fue por haberse dedicado mucho a la izquierda cosmética?

Soy muy crítica con el periodismo de interpretación y trato de no ejercerlo.

Acá no estás siendo periodista. Estás siendo entrevistada.

Creo que en algún punto le pasó lo que pasa cuando sos gobierno. Te desenchufás del día a día en muchas cosas. Estás lejos. Quince años lejos. Creo que no tenía un candidato de relevo atractivo.

¿Hay un hombre al que se le pide ser atractivo?

No en el sentido físico, pero sí en el sentido del marketing. En la campaña política vendés un producto. Es como vender un jabón en polvo, es lo mismo.

No estoy de acuerdo.

Creo que la campaña de Martínez fue una campaña para convencidos. Y los convencidos ya están convencidos.

Y hasta a alguno desconvenció.

No se hizo para el tipo que se había desentendido. También tenía los típicos límites que tenés cuando sos el candidato del gobierno. No podés pegarle al gobierno impunemente, porque estás en el partido de gobierno. Pero hay gente que estaba relatando cosas que le pasaban y que no tenían solución. A la gente la afanaban. Al tipo que tenía un kiosco en la loma del quinoto le rompían la ventana y lo afanaban. Entonces vos no podés seguir contestando que la cifra y la cifra. Sí, está bien la cifra, pero a ese señor lo afanaron cuarenta veces. Y no es un oligarca, es el dueño de un kiosco. Ese esquema de los oligarcas, de los dueños y no dueños, en el Uruguay no me funciona. Daniel Martínez ganaba trescientos cincuenta mil pesos por mes. Yo conozco empresarios que no ganan la quinta parte de eso. Y el dueño de un quiosco en Belvedere no gana eso. Esa división del mundo es un discurso para un tipo de electorado, que es válido. Pero no lo es para otro, que no interpreta lo mismo, o que interpreta que vos ganás trescientos cincuenta mil pesos y vivís en Punta Carreras. ¿Qué onda?

¿Es tan importante el candidato? ¿No pesa el programa?

No lo lee nadie. Me peleé con uno en Todas las voces, porque dije que el programa no lo lee nadie. Vamos a sincerarnos. No lo lee nadie.

¿Y lo que asume la gente acerca de lo que es un partido político?

Sí, no es solo un candidato. Es una suma de experiencias, y de determinadas figuras cercanas al candidato. En algunos momentos de un gobierno hay áreas críticas que se vuelven relevantes. En los últimos años de los gobiernos del Frente el Ministerio del Interior fue un área muy relevante. Creo que pesa la administración y el manejo que hizo Bonomi y su equipo en ciertas cosas. Aciertos y errores. Creo que eso pesa en el imaginario de la gente también.

¿Y el rol de construcción del relato de los medios no pesa, en esas áreas específicas? ¿Hoy no ha cambiado la cobertura de los crímenes, lo que genera esa sensación de inseguridad?

Es difícil comparar con el hoy, con esto del Coronavirus que está permeando todo. No creo en la teoría de la aguja hipodérmica. Creo más en una cosa que se parece más a la agenda setting, o sea, a decir que los medios deciden de qué se habla, pero no lo que tenés que pensar.

Pero si todo el tiempo te dicen de qué hablar, terminás…

Sí, e invisibilizás cosas. Es así, En la medida en que la realidad no existe como algo aprehensible, y es utópica esa búsqueda, aunque nunca hay que abandonarla…

Perdóname. Los reyes del Twitter están todos adentro mientras la gente está en la calle, me dijiste.

Totalmente.

Y todos están hablando del Coronavirus. Con la seguridad pasa lo mismo. Los medios pesan, entonces.

Sí, obvio que pesan. Yo no dije que no pesaran. Trabajo en un medio, además. Si no, me tengo que ir para mi casa. Creo que pesan.

Capaz es por el Coronavirus, pero esos medios que te mostraban un asesinato en cada esquina hoy dan un solo asesinado en tal barrio.

¿Te consta eso? Voy a decir algo jodido: yo no miro informativos.

Los de acá. Mirás todo en inglés.

No miro informativos porque si durante el día sos un intenso consumidor de noticias eso te aporta muy poco. Te aporta algo que a mí no me interesa como periodista. A mí el asalto de un kiosco no me interesa. No quiero ver eso. Y lo otro en general ya lo sé, porque leo mucho. Entiendo que sí cumplen un servicio para otro montón de gente, que lo tiene como su momento de consumo informativo. De nuevo, como vos decías, yo no soy población normal. Volvemos a lo mismo: si vos como Estado decidís que los medios son una empresa privada como cualquier otra, que se tiene que autosustentar, de la manera en que lo viene haciendo, y estás viendo que el modelo de venta publicitaria es un modelo que entró en crisis, que en algún punto funciona, pero no del todo para seguir cubriendo ciertas necesidades. Si hacés oídos sordos a eso y lo dejás avanzar, lo que ocurre es que el director de programación de un informativo no tiene más remedio que darles más espacio a los policiales, porque tienen más rating, porque tiene que pagar sueldos, porque los avisadores quieren el rating. No digo que los periodistas no tengamos nada que ver y seamos inocentes. Como sociedad toda, tenemos que asumir la responsabilidad de que, si queremos mejores medios y periodistas, también tenemos que hacer nuestra parte, que es pedir que se los apoye económicamente. Si la decisión pasa por el rating y el mercado, funciona así. Darwin es cada vez más largo. Es una locura. Al final todo el programa de No Toquen Nada es Darwin. ¿Eso por qué es? Porque los avisadores quieren estar donde está Darwin. No lo hacen solo los informativos con los muertos. Lo hacen todos los medios, porque tienen que sobrevivir. Y los horóscopos funcionan en el mismo esquema. Si no querés eso, dame una alternativa. Si no, ¿cómo hago? ¿Cómo hago, si los avisadores te dicen que se van a Facebook? Estamos ahí.

¿Qué expectativa tenés para el nuevo gobierno?

No sé.

Es un cambio generacional. Está más cerca de tu generación.

Para Uruguay es una revolución en términos de edad. Veníamos con señores con causal jubilatorio avanzado. Creo que están muy atados por toda esa coalición que tienen alrededor. Hay que ver cómo navega eso. Hay cosas que si las juega bien son transformaciones que puede hacer, que al Frente le hubiera gustado poder hacer, pero no podía.

¿Como cuáles?

Eso que hizo de descontarle durante tres meses una parte del sueldo a los empleados públicos. A la gente le encantó. Fue una jugada muy jugada para el Uruguay, y le salió bien. Esa es una transformación interesante, qué hace con la máquina del Estado, con ciertas cosas acerca de cómo se piensa la cosa pública. Siempre, históricamente, el Uruguay discute las empresas públicas. Pero nunca se discute que tengan que ser así, desprolijas, con gente poco comprometida en algunos casos. En otros países no son así, son empresas de punta que compiten con las privadas, con los mejores gerentes, con objetivos específicos, cumplimientos, mediciones, exigencias. Pero son públicas. Yo quiero que todas las empresas sean como la BBC de Londres. Me encanta, quiero eso.

Sotelo también.

(Risas).

Vamos a poner que eso fue una carcajada sostenida y pronunciada.

Con esta entrevista voy a ir en cana, con la cantidad de barrabasadas que dije.

Sobre todo lo de Martín fue buenísimo.

¿Quiénes fueron tus referentes periodísticos?

Mi maestro total y absoluto es Claudio Paolillo. Siempre lo va a ser. Me gustaría llegarle a los talones. Y además lo extraño. Me pasa lo que dice Adela: cuando pasan cosas en el Uruguay me imagino cómo pensaría. La voz de Claudio la tenemos en la cabeza varios periodistas en el Uruguay, y la usamos para laburar todos los días. Es un tipo de los que hay uno, no por generación sino cada varias. Fue mi profesor de facultad, el tutor de mi tesis, el jefe que me llevó a Búsqueda. Tengo una cosa afectiva profunda. Fue mi papá laboral. Tuve todas las etapas que tenés con un papá: desde el amor irracional hasta el odio irracional del “sos un boludo, hacés todo mal”, que te pasa cuando tenés catorce. Y después esa cosa de reconciliarte, que por suerte la pude hacer con él vivo. Para mí siempre va a ser un enorme referente. Y después tengo colegas con los que de repente no trabajé pero que me gusta mucho lo que hacen. Gabriel Pereira, por ejemplo. Aunque estoy en las antípodas en un montón de cosas, nos une un cariño mutuo y una cosa profesional de respeto, de admiración. Me lo crucé muy poco en El Observador, y no fue mi jefe, porque yo trabaja en economía y espectáculos y él en política. Me parece un tipo con libertad para decir lo que piensa y con profundidad para preguntar. Lo tienen pocos periodistas. Cotelo me parece un tipo que estudia, y eso como periodista está bueno. A veces tiene un enfoque de los temas que no es político. Sus entrevistas sobre tecnología me parecen las mejores en ese tema en el Uruguay, por lejos. Estudia y pregunta bien sobre tecnología. La que le hizo el otro día al ministro de Industria fue una gran entrevista, y no fue política. Le preguntó cosas sobre la ley de ANTEL que eran interesantes desde ese lugar. Me parece un tipo interesante. Y tengo que decir una mujer porque si no quedo como el culo (risas).

No tenés ninguna referente mujer. ¿Te das cuenta?

Y no, porque cuando yo tenía veinte no eran minas, qué querés que te diga.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js
Semanario Voces Simplemente Voces. Nos interesa el debate de ideas. Ser capaces de generar nuevas líneas de pensamiento para perfeccionar la democracia uruguaya. Somos intransigentes defensores de la libertad de expresión y opinión. No tememos la lucha ideológica, por el contrario nos motiva a aprender más, a estudiar más y a no considerarnos dueños de la verdad.