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Anacronismos por Ma. Emilia Pérez Santarcieri

Anacronismos por Ma. Emilia Pérez Santarcieri
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En la avenida 18 de Julio, esquina Alejandro Beisso, donde estuviera el Sanatorio Catalina Parma de Beisso, funcionan instituciones de enseñanza. Con grandes letras se anuncia el nombre de una de ellas: Rafaela Villagrán de Artigas.

Pues bien, esto es un anacronismo, y pasaremos a explicarlo.

En España, las mujeres siempre se llamaron y fueron llamadas por sus propios nombres, sin agregar nada que aludiera a sus maridos. En los tiempos en que nuestro territorio integraba el Reino de Indias, las mujeres fueron identificadas de la misma manera. O sea, que la madre del prócer era Francisca Arnal y no Francisca Arnal de Artigas, como aparece en el nomenclátor montevideano.

Y Rafaela Villagrán nunca fue “de Artigas”.

He tenido, hace poco tiempo, en mis manos la copia del testamento de Laureana Méndez, madre de Roque Graceras, quien se casó primeramente con Francisco Graceras, con quien tuvo sus tres hijos; casándose luego con Manuel Pérez Balbás (importante figura de la época). En el documento aparece como Laureana Méndez, a pesar de sus dos casamientos.

En la época de la aparición del Estado Oriental (1828) y de su Constitución (1830), nuestra sociedad se despegó de la tradición española y comenzó a recibir la influencia de Francia y de Gran Bretaña, países en los que la mujer al casarse adoptaba el apellido del esposo, abandonando el suyo propio.

Las mujeres empezaron, bien a abandonar su propio apellido, como es, por ejemplo, el caso de Ana Monterroso, esposa de Lavalleja, la cual firmará Ana M. Lavalleja; o bien  a abandonar su apellido y agregar el de su esposo, precedido de la partícula “de”, como es el caso de Bernardina Fragoso, quien firmará Bernardina de Rivera.

Así, aunque nunca hubo una norma legal que lo obligara, socialmente se impuso la moda de que las mujeres casadas agregaran a su apellido el de su esposo, precedido por un “de”. Muchas veces las mujeres redujeron su apellido a la letra inicial. Debe recordarse que ellas todavía no tenían gran actuación pública y que por entonces el matrimonio era la carrera más preciada. Coincide con esto la frase contenida en “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir, que dice: “Es en el matrimonio donde la mujer adquiere su verdadera dignidad social”.

Entre nuestras primeras legisladoras encontramos a Julia Arévalo de Roche y a la Dra. Sofía Álvarez Vignoli de Demicheli. Ellas fueron conocidas así y firmaban así, y así aparecían en todas las publicaciones y hasta en las listas de las elecciones. Quitar hoy el apellido de sus maridos es también un anacronismo.

Es tan ridículo agregar el apellido conyugal a las mujeres de la Banda Oriental, como quitárselo a las mujeres de la República Oriental del Uruguay, desde su creación hasta hace poco tiempo.

Cualquier genealogista puede dar fe de lo que afirmamos.

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