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Análisis (provisorio) de la posmilitancia

Análisis (provisorio) de la posmilitancia
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Por Verónica Barzola y Marina Mendoza

La era de la posverdad es también la era de la posmilitancia.

La creciente intervención de las prácticas publicitarias en el discurso político, así como la construcción de liderazgos y programas partidarios en base a los dictámenes del mercado, son expresión de un proceso de banalización y estetización de la comunicación política que presenta formas novedosas de ejercicio del poder. La participación, la implicancia y el compromiso político-partidario tal como se la conoció durante el siglo XX parece estar acabando. El elector contemporáneo vota a líderes más que ideas, y a personas más que a propuestas. La fidelidad a la ideología y, más aún, la herencia de una filiación partidaria de padres a hijos parece ser un fenómeno político demodè en nuestros días.

La declinación de la influencia partidaria en la elección de un candidato y la incidencia de los medios tradicionales y digitales de comunicación que se convierten en líderes de opinión fundamentales en el direccionamiento de las acciones de campaña y de gestión gubernamental, constituyen condicionamientos que dificultan la distinción entre una estrategia comunicacional con base política de un discurso publicitario construido en base a una noticia falsa -pero cuya veracidad no sólo no está puesta en dudas, sino que no interesa develar-.

Si la era de la posverdad es un escenario donde los hechos objetivos y contrastables tienen menos importancia que las propias creencias, la posmilitancia es la contracara directa del fenómeno. Un posmilitante es un ciudadano que opina vehementemente, en general en espacios digitales, sobre asuntos partidarios. No es un comunicador, alguien que difunde hechos planificadamente para generar un impacto en la opinión pública, sino más bien un opinólogo que despliega sus ideas de manera panfletaria y, en ocasiones, desordenada.

Así como no debe confundirse este fenómeno con la participación ciudadana espontánea, tampoco debe hacérselo con aquellos que lideran y conforman los equipos de comunicación política digital partidaria. Los responsables de las redes sociales de una figura política o de una agrupación, además de ser parte orgánica de una institución, por el hecho de tener una estrategia general de comunicación y una coherencia discursiva, se aproximan a la necesaria profesionalización del ejercicio comunicacional.

El posmilitante se siente atraído por un partido o un movimiento, pero la organización desconoce su existencia, ya que su militancia sólo se manifiesta en el terreno digital y de la individualidad. No hablamos aquí de un call center de campaña o de gestión dirigido por un partido político que guiona sus expresiones públicas, sino de micro-acciones que se ejercen de manera cotidiana, desde un aparente lugar neutral, tendiente a fortalecer o refutar una idea, partido o personaje político.

Ello nos permite efectuar una lectura de estas pequeñas acciones cotidianas desde una perspectiva foucaultiana que focalice en el carácter continuo, disciplinario y diseminado en todo el cuerpo social de estas micro-acciones. En efecto, Foucault (1975) nos invita a pensar el ejercicio del poder no como una posesión concentrada en un grupo, institución o clase, sino como una relación social que se ejerce de manera ininterrumpida, produciendo modos de intelección de la realidad, formas de saber, discursos, que destacan su cariz productivo antes que su faz represiva.

La diseminación de estos discursos por el tejido social, desde una estructura comunicacional no regulada en su ejercicio político como son las redes sociales, configuran modos de participación ciudadana reglados por y para las lógicas políticas posmodernas. El posmilitante es, así, el producto inexorable de un continuo ejercicio del poder que crea sujetos acríticos, poco comprometidos con el acontecer social, superficiales en su capacidad de intelección e intervención de la realidad y deseosos del consumo compulsivo de información, sin importar su procedencia, los intereses de quienes la emiten o su acercamiento a la realidad factual.

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