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Argentina: La tala del olivo por José Manuel Quijano

Argentina: La tala del olivo por José Manuel Quijano
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El debate sobre el desarrollo argentino es de significación también para los vecinos. Para Uruguay el desempeño de la economía argentina es de relevancia por la relación bilateral (con impacto en comercio, en inversiones, en turismo) y también para las negociaciones conjuntas  con la Unión Europea, China y la Alianza del Pacifico.

El economista José Luis Espert vino a Uruguay hace unas semanas  a presentar su último libro “La Argentina devorada” Espert es expresión de una corriente liberal de pensamiento económico que incluso critica al gobierno de Macri (al que considera poco liberal) y tiene una visión bastante apocalíptica de su país. No haré aquí una  reflexión o una crítica del libro, que no he tenido aún la oportunidad de leer. Pero me referiré a sus dichos, en la conferencia que dictó en Montevideo, según fueron recogidos en la prensa nacional.

Según el autor a principios del siglo XX Argentina se ubicaba en quinto lugar en ingreso per cápita entre las naciones del mundo, y que luego, por malas políticas económicas  fue cayendo en forma progresiva para situarse ahora en el lugar 55.  El centro del análisis es  la decadencia que  incluye, para explicarla,  varios puntos con enfoques  convencionales de la corriente que Espert integra (el cierre de la economía, el papel del estado, etc.) y  otros  más de estructura político institucional pero que saltan a la vista en el país vecino   (el debilitamiento institucional, la violación  de la separación  de poderes, el despilfarro de recursos, etc.)  El autor no profundiza en las claves para recuperar el camino del desarrollo.  Pero en un artículo periodístico  local se señala: “No lo aborda este libro pero es posible deducirlo: apertura comercial, reducción del tamaño del Estado, desregulación laboral y, sobre todo, reconstrucción de la institucionalidad republicana y el respeto del estado de derecho” (El Observador, Ricardo Peirano: “La Argentina que no fue”, 23 de julio de 2017)

1.- Top five.- 

Esta visión de Argentina entre los más desarrollados, que retoma Espert, tiene dos antecedentes: Robert Barro y Xavier Sala-i-Martin (Economic Growth Mc Graw Hill 1995), con una pequeña muestra de 13 países ubica a Argentina, en 1900, en cuarto lugar según ingreso per cápita. (….) Angus Madison, en un trabajo para la OCDE,   sostiene que en una  muestra de 20 países  Argentina  se ubicaba, en 1913, en la  quinta  posición en cuanto a ingreso per cápita  (OCDE The World Economy a Millennial Perspective, 2002)

La verdad es que el resultado se modifica según cuantos y cuales  países  se incluyan en la muestra.  Argentina nunca se ubicó en el cuarto o en el quinto lugar, según su renta per cápita, a comienzos del siglo pasado. Con los mismos datos  que utilizó Madison, el cálculo para una muestra de 21 países, la posicionaba en el lugar 13 en 1900 (detrás de Reino Unido, N. Zelanda, EEUU,  Australia, Suiza, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Canadá, Alemania, Francia, y Austria) y en el 9 en el año 1913, vísperas de la primera guerra europea (superando a Alemania, Francia y Austria) (Fuente: elaboración propia  en base a datos OECD, 2002, op cit).

 

Ejercicios como los que se acaban de mencionar conducen a la engañosa creencia que en 1913 Argentina era un  país más desarrollado  que Alemania o Francia, por ejemplo. Salta a la vista que no era así.  El grado de desarrollo de la industria, los servicios, la infraestructura, y la gravitación económica internacional  de los dos países europeos, era notoriamente superior al de Argentina, cuya ubicación transitoria en esa muestra  era resultado de un boom de la demanda externa y de los precios internacionales de los alimentos y las materias primas. Estos movimientos  valorizaron extraordinariamente su moneda y crearon la ilusión de desarrollo y riqueza. Y es solo una prueba de la pobreza del análisis convencional y  por consiguiente, de la debilidad explicativa de   la decadencia  posterior.

2.- ¿Cuando se inició y por qué el estancamiento y el declive?

Un primer hecho a destacar es la escasa diversificación de las exportaciones argentinas.  Los productos agropecuarios significaban 75% de las exportaciones totales  en 1875-79  y, en el periodo 1910-13, si bien la agricultura y la pecuaria se habían transformado radicalmente, estos representaban el 83 % de las ventas totales al extranjero. No hay duda alguna de que en la “belle époque” de Argentina  una de las características  más notorias fue  el comienzo  y la consolidación de la “primarización” de la economía y de las exportaciones, así como, ligado a lo anterior,  el   atraso relativo   de su desarrollo industrial.

Que Argentina logró un formidable crecimiento entre 1870 y 1913 está fuera de discusión. ¿Por qué razones ese enorme impulso se encontró, en algún momento, con  su freno  y comenzó  a perder posición relativa en el concierto de las naciones?  Una posición (Ferrer, Díaz  Alejandro) fija el punto de inflexión en la crisis del 30. Otra (Di Tella, Cortes Conde y, muy prematuramente, Alejandro Bunge) ubica el cambio en 1913, con el estallido de la guerra europea que cortó o  redujo sensiblemente los circuitos comerciales y de capitales  que la ligaban a  Europa y muy especialmente a Gran Bretaña (Isabel Sanz: “La “belle  époque” de la economía argentina, 1875-1913” Dpto. historia. Universidad de Zaragoza)

El estudio de Alejandro Bunge, publicado en 1928 en tres tomos, una aproximación sagaz y con buen apoyo estadístico  para la época, titulado “La economía argentina”,  da pistas claras y  en muchos aspectos pruebas contundentes de lo que  estaba ocurriendo en la eufórica Argentina. Fue de los primeros en preocuparse y reflexionar sobre “el freno”. Después de años del progreso económico y cultural extraordinarios hasta poco antes de la guerra  “han transcurrido ya  quince de paralización” (Tomo I pág. 36). 1.

Bunge atribuía esta paralización (o desaceleración) a  tres factores: a)  la guerra, que desarticuló  los vínculos comerciales y financieros con el mundo y que  modificó, en la posguerra, la perspectiva y los objetivos de Gran Bretaña  que apuntaba al proteccionismo agrícola y  a sustituir la producción argentina por la de los Dominios ; b)  la ausencia de timón  durante el desarrollo extraordinario del periodo de expansión ;  y c) lo que llamaba “la condición subjetiva de no estimar suficientemente la consagración  vocacional”, es decir la escasa preocupación por la organización del trabajo y el incremento de la eficiencia. Dirá también “muchos de nuestros competidores tienen, por ahora, gran superioridad técnica y de organización” sobre nosotros.

3.- La transición hacia la economía industrial.-

Argentina se encontraba en un periodo de transición desde la economía pastoril y agrícola hacia la economía industrial. Pero ese tránsito  requería un cambio de mentalidad y de políticas. “Ante el esfuerzo de las demás naciones por aumentar y mejorar su producción, poniendo para ello en juego la legislación, la administración, la banca y el comercio, en forma coordinada, y defendiendo con ello el nacionalismo económico, la norma argentina define (…) un verdadero  anti nacionalismo económico”.

Argentina importaba, desde hacía años, más que todos los países sudamericanos reunidos. “Se trata de contener una hemorragia – argumenta Bunge –  y no de un movimiento de ambición y de egoísmo imperialista, puesto que Argentina se está desangrando y empobreciendo, en provecho de países con más hábil y más diligente política económica y financiera” (T I, pag190).   Y luego de repasar la política arancelaria al alza de Gran Bretaña, Sudáfrica,  India, Australia y EEUU  agrega: “ con derechos aduaneros que representan en Argentina menos de la mitad de los que rigen en EEUU, Australia, Canadá, Brasil, etc. nosotros no estamos, como ellos, al amparo de la ruda competencia exterior” (T I pág. 191) 2.Además  no siempre se da buen destino a las divisas por  ventas externas:  Ingresa el dinero de las exportaciones agrícola ganaderas y  se destina a importar sin criterio ni objetivos.3.

Se opuso a “la tala del olivo” (es decir, erradicar los olivos en suelo nacional para traer el aceite desde el extranjero con el argumento de que era más barato). Según Bunge la tala del olivo  había sido “defendida por los ingenuos librecambistas que hace años arremetieron contra Pellegrini y Vicente López porque, al pedir ellos medidas de defensa y fomento (que obtuvieron) para inducir a la producción de trigo, les argùían que eso encarecería el “pan del pobre” y que era un crimen provocar el cultivo del trigo en el país, cuando se obtenía tan barata la harina en los EEUU y en Chile”.4.-  “Hasta cuando,  preguntaba Bunge, seguirá el país tolerando la tala del olivo?”

Percibió tempranamente lo que luego se denominaría “la enfermedad Holandesa”. Después de años de abundante ingreso de divisas como consecuencia del boom  de exportaciones agropecuarias y de ingreso de IED, Argentina  tenía una moneda sobrevalorada.  “Sufrimos el mismo mal que Inglaterra y por las mismas causas: tenemos una moneda excepcionalmente valorizada  en el mundo y, en consecuencia, la  mayor parte de los países manufactureros están haciendo a nuestra incipiente industria el “Dumping” de la moneda. Consecuencia de lo anterior es que tenemos un estándar de vida superior al de muchos de los países que hacen la competencia a nuestra producción y manufacturas (Tomo III, págs. 108 y 109,  126 y 127)

Los tres lustros de estabilización (desaceleración) en la producción  han provocado una retracción en las inversiones y  un aumento sustancial de los depósitos bancarios (la fuga de capitales era todavía incipiente). Estos pasaron, en cuenta corriente y plazo fijo, de 2400 millones en 1913 a 5700 millones en 1926.  Esos depósitos se han destinado al comercio y al comercio de importación. “Si  se hubieran fomentado y amparado debidamente las iniciativas de nuevos renglones productores, estos ahorros hubieran sido absorbidos, en buena parte,  por la producción y la industria (…) La ausencia de una política nacional (orientada) a la propia producción, en momentos en que todos los países del mundo la practicaban, nos trajo la crisis del trabajo, el estancamiento de la producción nacional y luego el comienzo de su decadencia……” (T II, pág. 121) 5.-

Bajo otras circunstancias y en cada caso con características específicas,   el relato y el  análisis de  Bunge puede servir  para distintos momentos del siglo XX.  En el caso argentino  la historia es recurrente. Como en el  acontecer histórico de Vico,  corsi y ricorsi, la historia avanza en forma de ciclos que se repiten.  Y con frecuencia se repite la ausencia de rigor, de estudio y de aprendizaje a partir de los hechos.

¿Cuáles son los retos de ahora?

La  temprana aspiración de alcanzar simultáneamente el desarrollo de la industria (y más recientemente los  nuevos servicios) y la expansión y tecnificación de la producción agropecuaria está aún por cumplirse. Algunas cosas no han cambiado sustancialmente. Hoy podríamos volver a decir, con Bunge, que “muchos de nuestros competidores tienen, por ahora, gran superioridad técnica y de organización” La brecha de productividad con los países desarrollados y con los emergentes como China o Corea   se mantiene o ha continuado ampliándose.

Como han señalado Porta y  Fernández Bugña  la industria argentina necesita  para competir  o bien de mercados cautivos,  de ayudas cambiarias (moneda depreciada) o de salarios deprimidos. (PNUD: La Argentina del largo plazo: crecimiento, fluctuaciones y cambio estructural” BA, 2011). Si bien  los modelos asiáticos (Japón, Corea y más recientemente China) han recurrido a la moneda depreciada  para sostener sus fuertes expansiones industriales y, en un primer momento, de salarios deprimidos, generaron simultáneamente ganancias de productividad “genuinas” a partir de  mejoras en la organización del trabajo, de capacitación de trabajadores y cuadros medios, de incremento en la densidad del capital, de inversión en innovación, de aumento en la escala y  conformando cadenas de valor. Un salto que a la industria argentina le ha resultado difícil de superar.

También podríamos decir  que “tenemos una moneda excepcionalmente valorizada y en consecuencia, la  mayor parte de los países manufactureros están haciendo a nuestra incipiente industria el “Dumping” de la moneda”. En la década de los noventa, con la convertibilidad,  Argentina se asomó a un caso extremo de valorización de su propia moneda con gravísimas consecuencias sobre el sector industrial  que, en verdad, fue sometido a una fuerte desindustrialización. En tanto la pronunciada valorización de la moneda nacional (en Argentina y en otros países de la región) se ha convertido en un instrumento relevante de  la política económica para estabilizar los precios,  al cual se recurre toda vez que la inflación amenaza dispararse, puede considerarse que es un componente que tiende a ser estructural y que es  central tanto en su impacto adverso sobre la competitividad como en  las expectativas de volatilidad.

Esto no es ajeno al predominio de una mentalidad cortoplacista entre los empresarios industriales y  de  una “especialización (industrial)  sesgada hacia las etapas de  escasa elaboración y hacia las gamas productivas de menor complejidad o calidad” La volatilidad de la economía  ha contribuido  a que los proyectos de inversión  sean más bien cortoplacistas y se ubiquen en las etapas de menor complejidad y poca elaboración.

Y cabe preguntar si, en los años de bonanza reciente de comienzos de milenio, cuando la demanda de los bienes primarios se incrementó y movió al alza  los precios, “la ausencia de timón”    de que hablaba Bunge fue característica de Argentina  en el  nuevo periodo de expansión. Quizá puede sostenerse que el timón fue errático,  sumamente conflictivo en el ámbito interno y  muy ajeno a una inserción cuidadosa e inteligente en el ámbito internacional.  A la búsqueda de crear condiciones para la expansión  industrial, logró  un  desestabilizador  aumento  de las expectativas de  ajuste, en algún momento próximo, en los precios relativos. No fue un caso de ausencia de timón sino  de impericia que condujo más hacia las rocas que hacia mar abierto.

Pero no hay que cree  que el éxito estará a la vuelta de la esquina – como se ha señalado en alguna prensa montevideana – si se practica la “apertura comercial” y se reduce “el tamaño del estado”.   Más preciso seria decir que el camino correcto sería apuntar todos los esfuerzos a  elevar la eficiencia y productividad (debidamente evaluada de manera periódica) del estado y avanzar hacia una inteligente inserción internacional, con una  asociación  viable y conveniente  de partida, y  sin olvidar el persistente proteccionismo agrícola de la UE  y los rebrotes proteccionistas de EEUU.   Porque de lo que se trata es  no volver a caer en brazos de  “los ingenuos librecambistas que hace años arremetieron contra Pellegrini y Vicente López”.

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