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Arresto a rigor por Hoenir Sarthou

Arresto a rigor por Hoenir Sarthou
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La decisión de imponer treinta días de arresto del Comandante en Jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, resulta al menos sorprendente y puede tener varias interpretaciones.

El motivo aparente de la sanción fueron las declaraciones realizadas por el militar en un programa radial, en el que criticó al proyecto de ley de reforma de la Caja Militar y al ministro de Trabajo, Ernesto Murro, aunque Manini  ha tenido otros choques con el Poder Ejecutivo, y el Ministro de Defensa aludió a esos antecedentes al justificar la sanción.

La Constitución prohíbe a los militares realizar cualquier acto político, salvo el voto. Otras normas les impiden expresamente pronunciarse sobre la aprobación de leyes y otras decisiones políticas. La institución militar se basa en un principio de verticalidad, por el que sus integrantes sólo pueden hacer llegar sus opiniones o pretensiones a su superior inmediato. Por todo ello, pocas dudas caben sobre la ilicitud jurídica de la actitud Manini.

Otra cosa es desde el punto de vista político. De hecho, buena parte de la oposición ha asumido su defensa  y lo presenta como una suerte de víctima del autoritarismo oficial, martirizada por defender los intereses de sus subalternos. Aparentemente, las cercanía de las elecciones hace que ningún tema, por injustificado que sea, resulte despreciable en la lucha por los votos.

Pero lo más sorprendente es el tipo de sanción impuesta.

No se conocen antecedentes de arrestos de militares con tan alto cargo. La tradición es que el Poder Ejecutivo destituya a un comandante en jefe que pierde su confianza o desafía la autoridad del Presidente de la República, que es el jerarca máximo de todas las Fuerzas Armadas. El arresto es un mecanismo humillante, luego del cual es muy difícil imaginar un trato respetuoso, mucho menor armónico, entre el poder político y el alto jerarca militar sancionado.

¿Por qué el Poder Ejecutivo dispuso el arresto y no el retiro de Manini? ¿Por qué lo dispuso estando el militar en el extranjero, en misión, lo que asegura que a su regreso, cuando se le notifique la sanción, habrá la posibilidad de nuevos debates y de declaraciones cruzadas?

Es posible que tensiones internas del partido de gobierno hayan jugado en el asunto. Pero tampoco puede ignorarse otra posibilidad.

La economía en dificultades, el dólar en ascenso, pérdida de puestos de trabajo, denuncias de corrupción, inseguridad pública, leyes impopulares, contratos y negocios inadmisibles, juicios multimillonarios contra el Estado, pasan, por un cuarto de hora, a segundo plano ante este novelesco enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y el Comandante del Ejército.

Todos sabemos que, a la corta o a la larga, no pasará nada. Manini renunciará, o se quedará y hará un poco de ruido hasta su retiro o destitución, pero nada realmente importante se juega en este conflicto.

Sin embargo, la institución Ejército conserva todavía la carga simbólica de la dictadura. Dado que nunca se terminaron de esclarecer las responsabilidades por el pasado, y puesto que la Institución  como tal nunca condenó explícitamente lo actuado por sus integrantes hasta 1985, cualquier enfrentamiento entre el poder civil y las jerarquías militares tiene el efecto de revivir imaginariamente la dicotomía dictadura-democracia, reactivando así a buena parte de la población que mantiene su rechazo a los militares por lo actuado durante ese período. Entre los militantes y votantes de izquierda tiene además un efecto galvanizador. Si hay conflicto entre gobierno y militares, ¿qué duda cabe sobre a quién hay que apoyar?

No aseguro que esa sea la razón por la que se arrestará a Manini en lugar de destituirlo. Pero sí que ese efecto se producirá y que ayudará al gobierno a desviar  la atención pública de temas que le resultan muy incómodos. La distracción es una vieja arma política, pero en tiempos posmodernos ha alcanzado límites insospechados

Si eso es así, algunos líderes opositores parecen haber comprado el buzón y se aprestan a defender a Manini a capa y espada. A veces me pregunto si disputan de verdad el gobierno o, consciente o inconscientemente, son parte de una coreografía, en que oficialismo y oposición giran suavemente al son de una música lejana.