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“Así fue”  (Sobre el nefasto rol de los prejuicios religiosos) por Marcelo Aguiar

“Así fue”  (Sobre el nefasto rol de los prejuicios religiosos)  por Marcelo Aguiar
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“Así fue” es el título ganador, por votación de los oyentes, en el reciente concurso organizado por el programa radial En Perspectiva, con el tema: “Cuentos sobre mentiras”:

“Esperaban en silencio.

Dos días habían estado encerrados en su choza sin saber qué hacer, y la mayor parte del tiempo llorando abrazados. En la aldea la Ley era implacable. El adulterio y la homosexualidad se pagaban con una muerte horrible.

Eso había sido lo que llevó al joven, dos años atrás, a buscar esposa.

Y pasaron los meses, y ella consultó a su madre, la madre a la vecina y la aldea entera supo de su virginidad. Pero nadie pensó mal sobre las frecuentes visitas del primo mientras el marido estaba en su taller. Y ahora la verdad de la panza era inocultable.

Angustiados, pidieron ayuda a Talía. La vieja curandera era la más sabia, pero por ser mujer, no podía ser juez. Y prometió venir esa noche. Abre la puerta y de un vistazo comprende la situación. Sabe bien qué les espera. Solo un milagro los puede salvar. Explica a la joven lo que tiene que decir. Ensayan cien veces su discurso, porque ahora se juega la vida de tres.

“Tú puedes convencerlos. Todo Belén tiene que creerte, María.” (1)

 

La reacción de los miembros del jurado luego de la lectura al aire es un buen ejemplo de los efectos perversos de los prejuicios religiosos sobre el buen juicio (2). Textualmente: “Quedamos perplejos”, “me inmovilizó”, “muy agresivo”, “herético”, “estamos sorprendidos”, “me parece demasiado”, “¡terrible, terrible!”, “una falta de respeto a una figura muy venerada”, “múltiples agresiones”, etc. Una reacción histérica, indigna del tipo de intelectual con el que uno asocia a un jurado literario y al mismo tiempo incomprensible, dado el reconocimiento y bagaje cultural de los integrantes de esa mesa (3).

Aun a riesgo de que alguno de ellos estuviera leyendo estas líneas y pudiera volver a quedar en estado de shock, parece necesario hacer algunas puntualizaciones fuertes.  La creación del mundo no ocurrió en siete días, sino en un larguísimo proceso que se inició hace aproximadamente 13.800 millones de años; el Homo sapiens no surgió a partir del barro del suelo, sino de un lento proceso de evolución por selección natural muy bien documentado; el Sol no se detuvo un día, (uno de los integrantes de la mesa con sólida formación en ingeniería puede explicar por qué esto es físicamente imposible), y en todo caso, era la Tierra que giraba a su alrededor, por lo que debió haber sido ésta la que detuvo su movimiento, algo igualmente imposible; la mujer no fue creada a partir de una costilla de Adán, y, créanlo o no, siempre que nace un bebé, es porque algunos meses antes un espermatozoide de un macho fértil logró fecundar a un óvulo de una hembra de la misma especie, con lo cual quedaría desechada, también, la hipótesis de la inmaculada concepción.

Todas estas ideas, ¿cómo decirlo para que no resulte hiriente?, no dan cuenta de acontecimientos ocurridos en el mundo real, sino que son producto de la imaginación, propios de una época en la que se desconocían las leyes de la física y los procesos químicos y biológicos que explican el funcionamiento de la naturaleza. Son, técnicamente, mentiras, en su sentido literal de “cosa que no es verdad”, no interesa en absoluto cuantos millones de personas hayan creído o crean aun en ellas, ni cual sea la intensidad o las consecuencias subjetivas de dichas creencias.

Con estas duras revelaciones, sin embargo, no se está queriendo incitar a las personas, solapadamente, hacia un ateísmo militante. A ver, si lo hacen, bienvenido sea. Ninguna guerra, conquista o genocidio en la historia fue causado, que se tenga noticia, por la ausencia de fe, y ningún suicida se hace volar por los aires en un mercado al grito: dios no existe o ¡Viva la revolución científica! Se trata, más bien, de cuestionar el prejuicio que supone que la fe debería seguir anclada en aquellas ideas infantiles, propias de pastores nómades y analfabetos. Aun reconociendo que muchas personas siguen necesitando el escudo protector de la fe ante el carácter irremediablemente efímero de nuestro pasaje por el mundo, ¿no sería más digno presumir en ellos una espiritualidad con un grado de profundidad y sofisticación un pelín más elevado?

Las tradiciones premodernas del conocimiento, como denomina Yuval Harari  a las religiones monoteístas, creían poseer las respuestas a todos los problemas relevantes encerradas en sus Libros sagrados. Con la revolución científica a partir del siglo XVI tomamos conciencia de la profunda ignorancia que teníamos sobre el mundo natural, y poco a poco fuimos capaces de descubrir, como especie, sus reglas de funcionamiento. Cualquier niño de doce años con su computadora portátil tiene hoy un conocimiento cien veces más afinado que cualquier sabio de la antigüedad, sobre cómo se produce la fecundación a partir de la unión de un óvulo y un espermatozoide.

Recorrida ya casi la quinta parte del tercer milenio, las ideas que resultan verdaderamente excitantes, esas que le vuelan a uno la cabeza, vienen probablemente de las perspectivas intrigantes de la inteligencia artificial, con sus connotaciones éticas y ontológicas; del lado de la robótica y sus imprevisibles consecuencias sociales, del universo alucinante de internet, de la biotecnología, la neurociencia o la nanotecnología, con su increíble potencial en múltiples campos. ¿A quién puede inquietar hoy, que en un relato se califique el mito de la virginidad de María como una mentira? ¿No tenemos a disposición un arsenal suficiente de argumentos como para entender que estas fantasías cumplían una función social, perpetuando estructuras de poder y reproduciendo valores (muchos de ellos bastante deleznables, por cierto), como la condena culposa del placer, el horror a la sexualidad y la veneración de la virginidad, propios de los costados más oscuros del cristianismo? ¿No tenemos ya una base de conocimientos científicos suficientemente incorporada en nuestra mente y transformada en sentido común, como para guardar estos relatos ancestrales, de una vez y respetuosamente, en los anaqueles polvorientos de la antigua mitología?

Lo único auténticamente ofensivo en todo este episodio no es el cuento, ingenioso y bien escrito, sino el tono inquisitorial del jurado, más propio de un concilio sacerdotal que de un análisis literario, y constatar que siguen existiendo personas que se sienten cómodas concibiendo aquellos mitos premodernos con una estatura epistemológica equivalente a la del conocimiento. Si fuera por este prejuicioso jurado, y su acomplejada noción del respeto, buena parte de la literatura universal debería descartarse, desde el barón d’Holbach a Nietzsche o Marx, desde Charles Bukowski o Salman Rushdie a Saramago, Benedetti o Nicanor Parra. Todos caen, o por heréticos, o por demasiado agresivos.

El domingo de Pascua de 1906, hace más de un siglo, el presidente de la época, José Batlle y Ordóñez escribió en el diario El Día, bajo el título “La resurrección”:

“Hoy conmemoran los católicos con estruendoso júbilo la resurrección de Jesús Cristo. Para ellos es un milagro, el nacimiento del Mesías, milagro en el que sólo podría creer el bueno de José; y es también un milagro su muerte, o mejor dicho, su resurrección. Con respecto a lo primero, no habría que esforzarse mucho para hacer murmurar al pueblo, por naturaleza maldiciente, de la fidelidad conyugal de María. Con respecto a lo segundo, aun cuando los niños y los viejos creen todavía en los aparecidos, los hombres razonables juzgan que los que después de muertos logran salir del sepulcro es porque sólo han padecido un síncope o un letargo. (…) ¡Jesús resucitado! He ahí un fenómeno que no debemos admitir como verdadero, en tanto que no  obtengamos la certidumbre de que no podemos incurrir en error aceptándolo como tal. (…) La resurrección, pues, parece no ser otra cosa que un grosero embuste urdido por la malicia de unos y acreditada por la simplicidad y la superstición de los más. Sólo otro, también católico, puede compararse con éste: el que le endosó María al cándido José sobre sus relaciones con el Espíritu Santo”

“Caramba con la audiencia”, exclamaba el jurado, sorprendido por la osadía mostrada al elegir el cuento ganador. ¡Caramba con este jurado! tenemos derecho a protestar nosotros, ¿cómo fue que decaímos desde aquella lúcida valentía intelectual a esta penosa y anacrónica pacatería?

(Que conste que preferimos el riesgo de la ingenuidad, al aceptar esta versión sombría pero no guionada de los hechos, para no caer en las desagradables suspicacias que surgen al recordar que la radio que emite el programa pertenece, casualmente, a la Iglesia Católica).

 

 

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