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Y atención, que quedan joyitas

Y atención, que quedan joyitas
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Bob Marley, además de otras cosas, era un iluminado. Es por eso que dijo: “Un día sin reír es un día perdido”.

He ahí gran parte de la razón de que en ésta, la última columna de este año –porque por decisión arbitraria, no sujeta a plebiscito, como todas las suyas, Alfredo García decidió tomarse vacaciones y volver en febrero- la voy a dedicar a describir cómo sería ese día de risa, ese día de felicidad de vivir, en la existencia de un pensador ilustre que se dedicase, precisamente, a no pensar.

Primero que otra cosa: ¡Al carajo con Alfredo García!

Ahora a lo nuestro.

Querido lector, ¿entiende usted la cálida alegría que me envolverá al no estar obligado a pensar que es imposible callar a Bonomi, como pasa con esos cuzcos peludos y petisos que ladran como endemoniados a la madrugada, desde patios o azoteas de vecinos, al tiempo que uno los putea como un descosido?

¿Alcanza a entender la serenidad de espíritu, el placer que a uno lo invadirá cuando no piense en que Verónica Alonso se seguirá haciendo la Frida Kalho pintando paredes, ya antes pintadas por pichis del barrio, dándoselas de artista popular en el Marconi, donde, si no mide riesgos, en cualquier momento la secuestran y la venden a algún Harvey Weinstein criollo?

¿Es capaz de comprender la plena satisfacción que ganaría mi alma si yo no pensara en que el soberbio canoso amarillento seguirá siendo el Ministro de Economía, que existirá un tipo llamado Mujica –suerte de envejecido dibujo animado para asustar niños ricos, creado por Walt Disney en su decrepitud-, que Fernando Amado no dejará de tomar lo que está tomando y que le está haciendo tanto mal y nadie lo persuadirá de ser candidato a Mama Vieja del carnaval, que Murro, enfurruñado, se negará a cepillarse los dientes con Colgate 12 para sonreír en las fotos al lado de Tabaré, que el Cuzquito, cuando caliente motores, va a seguir con esa costumbre de poner el mentón en ristre que heredó del padre (aunque por suerte no le tocaron los mismos carrillos) y que el Guapo persistirá en ser el segundo de la clase por no encontrarle la vuelta a la matemática, porque dos más dos le sigue dando tres?

Lector, ¿advierte el orgasmo mental que me sacudirá hasta las uñas de los pies al estar seguro de no tener que ocuparme de los tropezados discursos babeantes de Javier Miranda, del intercambio de mates –previamente escupidos a hurtadillas- entre las nuevas estrellas televisivas Conrado Hughes y el Oso Andrade, de olvidarme al menos  por un mes (¡Alfredo, te reivindico!) de que continuará reptando entre nosotros, pobrecitos mortales que no tenemos dónde pellizcar, algo llamado Raúl Sendic y de que Novick seguirá cargando cajones con globos multicolores para repartir entre la gilada que no entiende un joraca lo que dice?

¿Imagina usted, mi amigo, y ni siquiera usted sino cualquier parroquiano de boliche, la borrachera de whisky etiqueta negra que puedo agarrarme al estar seguro de olvidar que no pararán de joder con el corredor Garzón –la obra municipal más descacharrante jamás inventada por un ser humano en el universo desde el Paleolítico-, de perder en los más profundos recovecos de mi mente las revisteriles verblizaciones de la Goyeneche y el discurseo digno de una October Fest criolla de la senadora de los tres mil rulos y ciento veintitrés dientes?

Y atención, que quedan joyitas.

¿Entiende lo sano que será para mi vida no meterme ni de refilón en las doscientos mil polémicas que mi compañero Hoenir Sarthou desatará con irrefrenable espíritu libertario cada vez que escriba una columna o abra la boca en ciertas tertulias radiales y hasta televisivas, que lo han convertido, a su pesar (supongo, intuyo, me parece), en una suerte de ayatolá islámico, tajante, pero de una rigurosa caballerosidad renacentista, casi eclesiástica?

¿Es capaz, lector, de compartir, apenas un poquito, como un perfume fumigado sobre su cuello al pasar, mi indescriptible música anímica -¡plim, para arriba, cumbia, loquito!- al olvidar a puro propósito que el Pacha Sánchez no cerrará la boca cuando hable, y que Bergarita seguirá mintiendo a calzón quitado sobre cualquier cosa que le pregunten acerca de la economía, menos, claro, si es la economía de la noche (esto me lo susurraron al oído, pero no sé muy bien a qué se referían)?

Y finalmente, porque me tengo que ir a gastar el aguinaldo de papel picado –una mísera bolsita- que regaló el director para las fiestas, ¿tiene usted noción de la inmensidad de mi satisfacción no por ya no pensar sino por no ver fotos de Lilián Kechichián, María Julia Muñoz y Marina Arismendi y entonces dormir sin ansiolíticos ni hipnóticos, ¡al fin!, para evitar pesadillas?

¡A la mierda con el pensador y sus reflexiones! Todos tenemos derecho a nuestra feria judicial.

Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.