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“El campo” por Hoenir Sarthou

“El campo”  por Hoenir Sarthou
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Como la mayoría de los uruguayos (la sociedad uruguaya es abrumadoramente urbana), conozco poco del campo. La ganadería, la lechería, la agricultura en general y las múltiples actividades técnicas, comerciales y de servicios que las rodean me son casi desconocidas. Como todos, sé que de ellas proviene la mayor parte de lo que comemos y buena parte de los recursos de que disponemos para vivir, pero, insólitamente, la escuela, el liceo, la Universidad, y el lugar en que me tocó nacer y vivir, me permitieron  permanecer casi ignorante sobre el campo y las tareas rurales.

El mío dista de ser un caso aislado. Es bastante loco, ¿no? ¿Qué pensar de una sociedad que mantiene a sus miembros ignorantes de las actividades de las que come y vive?

Así las cosas, la convocatoria  y la proclama de diversos sectores rurales, en enero, nos sonó a muchos –incluidos muchos que no quieren admitirlo- como un clarinazo en plena siesta.

Para entender cualquier mensaje, y más si es inusual recibirlo, es necesario saber algunas cosas. Básicamente: ¿quién habla, desde dónde habla, a quién le habla, qué vía utiliza, qué dice, y qué es lo que realmente busca?

Sorprende la rapidez con que algunos “habitués” de los debates públicos presumieron de conocer las respuestas a esas preguntas.

Así, el Frente Amplio (no tanto el gobierno) se apresuró a identificar al discurso con la oposición blanca y su mítica base social: la oligarquía ganadera conductora de 4 X 4 y rebenqueadora de peones, sin dejar de alertar sobre supuestos intentos de “desestabilización política”. Los principales dirigentes blancos se apresuraron a declarar que la proclama coincidía con su programa, al tiempo que,  desde el diario “El País” se “fogonea” al movimiento para que se politice y asuma carácter antioficialista. La Federación y la Asociación Rural, que no fueron tomados como voceros por los autoconvocados, oscilaron en un principio entre la tentación de aceptar el papel de interlocutores que intentó reasignarles el Presidente Vázquez y el temor a desafiar a los verdaderos convocantes. El PIT CNT ha adoptado una actitud discreta que puede calificarse como prudente. Pero, en las redes sociales, los niveles de agresividad confirman que la convocatoria metió el dedo en alguna clase de llaga colectiva.

¿Quiénes son, desde dónde hablan, a quién le hablan, qué vía utilizan, qué dicen y qué es lo que realmente buscan los “autoconvocados” del medio rural?

Desde mi modesta ignorancia, me atrevo a decir que faltan datos para responder a varias de esas preguntas. Por tanto, nos faltan datos para decodificar debidamente su mensaje, sus aspiraciones y sus posibilidades de futuro.

Varios de los convocantes más notorios son personas sin actuación gremial, política o social conocida. Ha apoyado la convocatoria gente de diverso pelo ideológico y de muy diferente situación económica –me consta. Eso impide “encajar” al movimiento en alguna de nuestras cómodas casillas político-ideológicas e incluso decir con certeza a qué sector económico-social expresa. Por ahora, la heterogeneidad es evidente. Veremos si dura.

¿A quién le hablan los autoconvocados? Es la pregunta del millón. La primera impresión es que la proclama le habla al gobierno, que además se dio por aludido. Sin embargo, ciertos contenidos discursivos (que las demandas de austeridad y transparencia incluyen a las Intendencias, la exigencia de propuestas políticas concretas en sustitución de los jingles publicitarios) y sobre todo la vía elegida para comunicarse, desde fuera de la institucionalidad política y gremial establecida, permiten suponer que el mensaje no es sólo para el gobierno. Sin duda es también para la oposición o los opositores políticos y las gremiales tradicionales. Y me atrevo a suponer que hay algo más: la demanda de un sector de la sociedad, pequeños productores, comerciantes y gente vinculada a la actividad rural en forma no asalariada, cuya voz no suele figurar en el debate público, monopolizado desde siempre por políticos profesionales, grandes productores rurales, bancos, industriales y comerciantes urbanos, sindicatos, ONGs, y, ahora, agroindustrias multinacionales. La ausencia de esas otras voces probablemente esté relacionada con el hecho de  que en la escuela no se nos enseñe a distinguir a una oveja de una vaca.

Respecto a lo que explícitamente dice el punteo de demandas leído en Durazno, hay que concluir que le falta claridad o –más probablemente-le sobra heterogeneidad. Es de suponer que el reperfilamiento de las deudas de los productores, la rebaja del gasoil y la exigencia de detener el cierre de pequeñas empresas y el éxodo rural son aspiraciones específicas de los mismos productores. Otras, como las demandas de austeridad (cese de contrataciones públicas, revisión de cargos de confianza, rendición de cuentas de gastos y viáticos), o la rebaja del precio de la energía eléctrica y la mayor efectividad de las políticas sociales, podrían ser suscriptas por cualquier trabajador o cuentapropista del país, pese a que algunas de las medidas de austeridad son meramente simbólicas. Finalmente, demandas como el achicamiento del Estado, la limitación del gasto público y el cese del atraso cambiario parecen reflejar el interés de un sector socioeconómico mucho más alto. El aumento del dólar frente al peso  les serviría a los exportadores, pero sería catastrófico para los endeudados, para los asalariados y para los pequeños productores que dependen de insumos importados. Así como el achicamiento del Estado parece poco compatible con ciertas políticas que se reclaman.

¿Cómo atar a unas medidas con otras? ¿Cuáles son las voces y los intereses realmente expresados en la proclama de Durazno?

No es descabellado suponer que se aspiró a unificar un conjunto de malestares del medio rural. Pero los malestares pueden no ser los mismos y los remedios tampoco. Porque los desacuerdos sobre el presente no constituyen necesariamente un acuerdo hacia el futuro. Muchos “No” no equivalen a un “Sí”. Y eso se nota en la proclama.

El Frente Amplio ha reaccionado ante el fenómeno como ante una agresión. El acto del pasado domingo en Piriápolis intentó ser una respuesta masiva, aunque, por concurrencia y contenido,  no lo logró. El gobierno, por su parte, ha mostrado su estrategia: tratar de disolver el malestar mediante un conjunto de medidas parciales y sectoriales que desinteresen progresivamente  a los reclamantes. El tiempo dirá si lo logra.

Tal vez lo que nadie debería hacer es tomar este asunto como un tema de verano, una acción espectacular en momentos en que hay pocas noticias. Algo se le está diciendo a la sociedad uruguaya, aunque el mensaje no sea del todo claro y no tengamos muchas ganas de oírlo o queramos leerlo como nos conviene.

Marcelo Marchese, en su artículo “Autoconvocados, la punta del iceberg”, publicado en “uy press”, señala que el texto de la proclama (no así el punteo de demandas, aclaro yo) contiene una clara referencia a la inequidad con que se trata a la producción agraria nacional en comparación con la megainversión extranjera. Ese reclamo de igualdad, y la denuncia de la inexistencia de políticas destinadas al desarrollo de la producción agrícola nacional, cobra mayor importancia ante el dato de que las agroindustrias transnacionales controlan más de un millón de hectáreas de nuestro territorio y que unas 11.000 pequeños establecimientos rurales se han perdido en los últimos años, junto con unos 36.000 puestos de trabajo.  Estos últimos datos están en la proclama y, sin embargo, no dieron lugar a una propuesta concreta dirigida al gobierno o al sistema político.

No hay dudas de que un sector de la sociedad, al que no estamos acostumbrados a oír, nos está hablando. Tal vez el mensaje tenga contradicciones o carezca de la claridad suficiente para que todos lo entendamos. Pero algo está pasando y no se puede cerrar los oídos.

No sé cuál será el futuro del incipiente movimiento surgido en enero. Pero algo es claro: sus demandas –aunque no lo expliciten del todo y atribuyan la culpa al tamaño y al gasto del Estado- chocan con un modelo económico que se orienta sólo a la inversión extranjera y carece de plan para la producción nacional. Las aspirinas sectoriales que este o cualquier otro gobierno pueda dar para calmar los reclamos no serán solución si toda la política y toda la legislación siguen dirigidas a facilitar la inversión extranjera, dar poder a los bancos y renunciar a impuestos de los inversores grandes cargando a los chicos.

No lo dice expresamente la proclama, pero lo grita el sentido común.