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Carta muy abierta a los candidatos por Hoenir Sarthou

Carta muy abierta a los candidatos por Hoenir Sarthou
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Estimados  Daniel y Luis:

Me tomo el atrevimiento de usar esta columna para decirles que he resuelto votar en blanco, es decir no votarlos a ninguno de los dos el domingo 24.

Lo pensé bastante. Oí los argumentos de cada uno de ustedes. Incluso, como todos los uruguayos, me vi sometido al bombardeo mediático de sus partidos y al bombardeo virtual y hasta personal de algunos de sus partidarios. Aprovecho a decirles que la índole de una propuesta política no depende sólo de los discursos de los candidatos.  La actitud de sus milltantes es también muy importante. Porque revela el talante profundo de una propuesta política y es lo que uno percibe en el día a día. En este caso, la actitud de muchos de sus militantes ha sido equivocada. Apelar al miedo o al rencor, demonizar al adversario, sustituir los argumentos por  insultos y acusaciones genéricas, no aporta al aprendizaje democrático que una elección debería significar, en especial para las nuevas generaciones. Todo puede y debe ser dicho, pero hay formas. Que el insulto reemplace al argumento, y la calumnia a la exposición de hechos, es hasta contraproducente.  Los votantes no somos tan tontos.

No confundan mi decisión con algún tipo de rechazo personal hacia alguno de ustedes. Por esas cosas de la vida, he tenido la oportunidad de tratarlos personalmente a los dos. Con Daniel, por una cuestión generacional, me tocó coincidir en la ya lejana militancia contra la dictadura. A Luis lo conocí mucho después, en alguna instancia organizada por gente de “Voces”, y he tenido luego muy ocasionales pero cordiales contactos. Los dos me parecen buenas personas y capaces, cada uno en su estilo. Son dos personas con las que es posible hablar y disentir sin faltarse el respeto, e incluso –y no es nada menor-  sin perder el sentido del humor.

¿POR QUÉ NO LOS VOTO, ENTONCES?

Cada vez percibo con más fuerza que las opciones binarias suelen ser una encerrona, una opción falsa o incompleta. “Peñarol o Nacional”, “izquierda o derecha”, “bueno o malo”, son en general falsas dicotomías. “Peñarol o Nacional” no contiene todo el fútbol, “izquierda o derecha” no da cuenta de muchas de las complejas decisiones que una sociedad debe asumir, y “bueno o malo” no explica ni describe la enorme variedad y complejidad de las conductas humanas.

Del mismo modo, las fórmulas  “Martínez-Villar” y “Lacalle-Argimón” dejan por fuera asuntos que me parecen esenciales para la vida de los uruguayos en los próximos años.

La forma en que nos plantaremos ante el proceso de globalización económica, el papel que jugará la inversión extranjera y los privilegios que le daremos o le negaremos, la forma en que eso incidirá en nuestra soberanía como país, el grado de acatamiento o de independencia con que actuaremos ante las “recomendaciones”, programas y exigencias de los organismos internacionales que endeudan y acondicionan al país para la inversión externa, la forma en que cuidaremos, descuidaremos o cederemos nuestros recursos naturales más valiosos (agua, tierra, etc.), no están debidamente enfocados en los discursos de ninguna de las fórmulas. Son temas que se omiten, o se dan por supuestos, mientras que se destinan horas a hablar de pequeñeces partidarias y a prometer vagas generalidades en cuyo cumplimiento nadie cree pero con las que nadie puede tampoco discrepar.

Hay otra cosa que falta en los dos discursos. Es un proyecto de desarrollo propio, pensado para las posibilidades, necesidades y limitaciones del Uruguay. Esa ausencia no es casual, a mi modo de ver. Si todo se espera de eventuales inversores extranjeros, ¿para qué gastarse en pensar un proyecto propio?

Por último –y tal vez más importante incluso que lo demás- están los proyectos educativos y sociales de una y otra fórmula.

La propuesta de la fórmula oficialista es conocida. Consiste en hacer la plancha, mientras que bastante más de la mitad de los chiquilines no completan ni siquiera el nivel secundario de estudio necesario para aspirar a cualquier empleo formal. Y en paliar el desastre social que eso causa con transferencias economicas asistencialistas, mientras se observa impávido cómo crecen la marginalidad cultural y los índices de delincuencia violenta. El único proyecto nuevo conocido es el de adecuar los programas de enseñanza técnica a “la visión” de la empresa UPM.

La fórmula opositora, en cambio, tiene un proyecto más ambicioso: consiste en alinear el modelo educativo con el modelo productivo centrado en la inversión extranjera. En otras palabras, adecuar a la enseñanza a un modelo económico y social que definirán otros, los inversores. ¿Oyeron hablar de Eduy 21? Bueno, eso.

Así las cosas, desde lo que pienso y lo que creo, ¿cómo votar a una de esas opciones? ¿Por qué legitimar con un voto más a un futuro gobierno que, en cualquiera de las opciones, no tiene un proyecto distinto al que el que los vientos globales dispongan para nosotros?

¿EL FIN DEL MUNDO?

Voy a ser muy realista. Mi decisión y mi voto son hoy una postura muy minoritaria. Los partidarios de las fórmulas que compiten en esta segunda vuelta se empeñan en hacer de la del 24 una decisión a la vez desesperada y resignada: “podés votar esto, que es bastante malo, o podés votar lo otro, que es lo más terrible del mundo. Vos elegís”. Y mucha gente compra esa opción por lo que cree menos malo, aunque lo menos malo no sea lo mismo para unos que para otros.

No comparto ese tremendismo. La sociedad uruguaya ha encontrado la forma de conjurar las peores hipótesis.  Si ganan Martínez-Villar, deberán gobernar sin las mayorías parlamentarias que ampararon los mayores males de los tres gobiernos anteriores. Y, si ganan Lacalle-Argimón, dependerán de una coalición de partidos, y deberán gobernar con el control de una significativa oposición parlamentaria, de los sindicatos, de la Universidad y de una miríada de organizaciones sociales que no les son afines. O sea: por una sabia decisión colectiva, nadie tendrá el control absoluto desde el gobierno.

En definitiva, mi voto apuesta a dejar testimonio de una aspiración: la de que, en algún momento, las fuerzas políticas tomen posición y hagan propuestas concretas sobre los asuntos más difíciles que se le presentan a la sociedad uruguaya. Si todos optamos por “lo menos malo”, es muy difícil que el sistema político advierta que su desempeño es insatisfactorio a la luz de los problemas más graves del País.

¿POR QUÉ “EN BLANCO”?

Mucha gente, por fundamentos similares a los míos, va a anular su voto, o no votará.

Yo prefiero votar en blanco. Por un lado, porque no pretendo expresar un rechazo absoluto al sistema electoral. Mi voto es una objeción a las opciones que se nos presentan, no a la posibilidad teórica de que proyectos políticos convenientes para nuestra sociedad puedan ser aprobados por la voluntad popular expresada electoralmente.

Por otro lado, tampoco quiero que mi voto se confunda con el de aquél al que se le rompió la lista al ponerla en el sobre, o manoteó por descuido varias listas, o puso por error una papeleta vieja. Quiero que mi voto manifieste específicamente (aunque sólo sea para mí y para los funcionarios que deberán computarlo) que ninguna de las dos opciones posibles expresa lo que quiero para mi País. Así de sencillo.

Por compromiso personal, porque siento que el rechazo a cierta mega inversión nefasta para el País es también una forma de abrir caminos a otras políticas de desarrollo, mi sobre de votación contendrá exclusivamente una hoja de papel que dirá: UPM2 NO.

Se me podrán objetar muchas cosas, pero no que mi voto no  sea a conciencia.

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