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Castillos en el aire

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En la ciudad hay tantas casas… Cada cual con su historia. Mínimas, interesantes, aburridas, triviales, cómicas, trágicas, grandilocuentes, fantásticas y de muchos otros tipos. ¿Quién las habrá de contar?

*

Desde hace tiempo, recorre ese laberinto de asfalto y cemento que es la urbe. De vez en vez, alguna vivienda llama su atención. Entonces, se detiene frente a su fachada e intenta escuchar lo que tiene para decir. En ciertas ocasiones, la narración le es dada in totum, de principio a fin; en otras, debe insistir, asediarla con la mirada durante un tiempo y, poco a poco, ir reconstruyendo con su imaginación lo que creyó oír.

Unos meses atrás, tuvo la suerte de hallarla. Si no fuese por el detalle en el frontis, no se distinguiría demasiado de las demás de esa calle ni de las del resto del barrio. Desde un principio, le pareció que le proponía un cuento sobre la nobleza venida a menos. Pero los detalles no terminaban de cuajar. Así las cosas, guardó su primer boceto en un rincón de su mente y, cada tanto, volvía al lugar para, desde la vereda de enfrente, levantar la vista e interrogar a aquel curioso escudo rodeado de signos aparentemente esotéricos.

De esa manera, un personaje empezó a cobrar corporeidad en su imaginación. Quien había mandado a construir aquel lugar debió haber sido un individuo convencido de que por sus venas corría sangre azul. Esta certeza le había sido transmitida por sus ancestros, que también le contaron que habían arribado a esta pampa salvaje huyendo de alguna de las guerras o revoluciones de la vieja Europa. Lo único que pudieron salvar de la tragedia fueron la vida y el blasón de la familia. Para cuando él llegó al mundo, merced a su tesón y capacidad de trabajo, los sobrevivientes habían logrado una posición económica que les permitía vivir sin apremios. Sin embargo, nunca recuperaron el brillo de antaño. Solo fantaseaban con volver a recuperarlo algún día. Desde la cuna, mamó las historias de palacios, caballeros, nobles y cortes reales. Por eso, cuando al fin, ya adulto, quedó a cargo de todo, se gastó hasta el último céntimo de su heredad en levantar aquel sucedáneo del alcázar familiar del que tanto le habían hablado. A escala de sus posibles, claro.

Fue en ese momento que al hombre se le ocurrió el título para la historia que pretendía contar, la llamaría con la expresión que se reserva para los sueños irrealizables. Lo curioso es que, en ese  mismo instante, otra idea le vino a la mente: ¿acaso no se había transformado él, con su oficio de narrador, al igual que su personaje aunque en una dimensión diferente, en un constructor de castillos en el aire?