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Catorce años luz

Catorce años luz
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Hace catorce años, cuando la primera edición de Voces, casi todas las cosas eran “otra cosa”.

Empiezo por lo más sencillo: Voces era una publicación en papel, convencida de su destino de papel. Hoy es un medio predominantemente virtual. No porque nos lo hayamos propuesto. De hecho, todos los jueves, la edición en papel hace su periplo semanal por los quioscos. Pero la web y las redes virtuales se impusieron. Por cada lector en papel, hay cincuenta o sesenta lectores virtuales. Y esa proporción tiende a aumentar.  Obviamente, eso no le pasa sólo a Voces. ¿Sacaron la cuenta de cuántos puestos de trabajo –de impresión, distribución y venta- se volverán prescindibles por ese aparentemente pequeño cambio tecnológico?

Y no es lo único que ha cambiado. En 2004, el Uruguay también era otra cosa. Mientras intentaba salir de una de sus mayores crisis económicas (la anterior había sido veinte años atrás) se preparaba para elegir a su primer gobierno “de izquierda”. Nada estaba asegurado, pero se olfateaba en el aire que el electorado había dado un vuelco e intentaba probar algo nuevo. Quienes durante décadas habíamos apostado, luchado y sufrido por el Frente Amplio nos sentíamos a punto de tocar el cielo con las manos.

Catorce años después, ¿qué fue de esa esperanza y de esa alegría?

Hoy no voy a insistir en las inconsecuencias, debilidades ideológicas y fallas políticas y humanas que han erosionado la esperanza y la confianza de tantos militantes y votantes en los gobiernos y en la conducción del Frente Amplio. Cada cual sabrá a qué me refiero y qué sentir ante ello. Me parece más importante señalar otros fenómenos mayores y más determinantes.

En 1995, Jeremy Rifkin, un estadounidense que fue asesor de Bill Clinton, publicó un libro que se llamó “El fin del trabajo”. La tesis del libro, en el Uruguay de 1995, parecía de ciencia ficción. Rifkin sostenía que la tecnología estaba llevando a la humanidad hacia un mundo en que el trabajo humano ya no sería necesario. La automatización, la computación, la robótica, las nuevas formas de comunicación y de transporte (hoy deberíamos agregar “la inteligencia artificial”) en pocas décadas harían innecesarios muchísimos puestos de trabajo, dejando a millones de personas sin medios de vida y sin saber en qué ocupar su tiempo.

En realidad ese proceso empezó hace años. ¿Cuántos copistas, dactilógrafos, secretarias, cadetes, contables, telefonistas, trabajadores agrícolas y obreros industriales fueron sustituidos en los últimos veinte años por computadoras, celulares y máquinas “inteligentes”? ¿Cuántos oficios serán obsoletos en los próximos diez años? Además de los empleos industriales, agrícolas y administrativos que se perderán, ¿cuánto falta –si falta- para que un diagnóstico médico, una cirugía, una consulta jurídica o económica, o una clase, puedan ser respondidas, practicadas o dadas por una computadora en menos tiempo y con igual o mayor confiabilidad que un profesional promedio de esas disciplinas?

La globalización no es sólo un fenómeno lejano que ocurre en las alturas. El desarrollo tecnológico y una portentosa acumulación de capital han hecho que ciertas empresas, e incluso ciertas personas físicas, puedan tomar decisiones que alteran la vida, la economía, la política, los hábitos de consumo, las creencias, las relaciones sociales e incluso el clima y la geografía del planeta. No exagero. Las guerras, las ideas, los flujos de capital, los gobiernos, la moda, las leyes, la investigación científica, los organismos internacionales, las vacunas, los medicamentos, la publicidad, las comunicaciones, las estadísticas, las artes y las pautas educativas, que determinan la vida de millones de personas, están hoy sometidas al poder de intereses empresariales que disponen de la tecnología y del capital para influir y controlar esas áreas, con consecuencias planetarias. Es un fenómeno nuevo en la historia, impensable hasta hace relativamente poco tiempo.

La evidencia más cercana de ese poder, y de su influencia, son ciertas decisiones de nuestros gobiernos. ¿Quién y por qué decidió, en 1987, que el Uruguay y otros países de Latinoamérica debían dedicarse a plantar árboles? ¿Por qué el Banco Mundial financió la forestación? Lo supimos casi veinte años después, cuando las plantas de celulosa aterrizaron “milagrosamente” en el país. Pero hay más: ¿por qué levantamos el secreto bancario, nos comprometimos a brindar información tributaria y perseguimos tan celosamente el lavado de activos y la supuesta financiación del terrorismo? ¿Por qué firmamos tratados que nos obligan a proteger a las inversiones extranjeras y a someter al Estado uruguayo a jurisdicciones externas? ¿Por qué aprobamos en 2004 la ley que nos obliga a bancarizar la economía? ¿Por qué mudamos repentinamente de política respecto a la marihuana  y pasamos de reprimirla a producirla legalmente?

Son decisiones incomprensibles a la luz de las demandas del pueblo uruguayo.  Las encuestas de opinión pública indicaban que los uruguayos estábamos  preocupados por la seguridad, por la educación o por el empleo. En lugar de seguridad, se nos dio protección de inversiones y represión del lavado de activos; en lugar de enseñanza, agenda de derechos y legalización de la marihuana; y, en lugar de políticas de empleo,  bancarización obligatoria. Algo así como darnos un paraguas durante un incendio. El secreto, que ningún gobernante divulga, es que detrás de esas medidas hay presiones y estímulos muy concretos de los organismos internacionales, de la OCDE, del Departamento de Estado de los EEUU, y de fundaciones como las de Soros y Rockefeller, entre otros.

Pero la mayor novedad es que,  como vaticinó Rifkin, los capitales ya no necesitarán explotar a millones de personas para acrecentar su poder y su riqueza, porque gran parte del trabajo lo harán las máquinas. Todo indica que, en los próximos años, la riqueza y el poder dependerán mucho menos del trabajo humano y mucho más del control de ciertos recursos escasos o muy valiosos. Por algo, grandes capitales se concentran en el control de las fuentes de energía, los recursos minerales, el agua potable, la tierra, los mares, el conocimiento (la propiedad intelectual es precisamente el control del conocimiento) e incluso el dinero (la bancarización mundial y la previsible sustitución del dinero por registros bancarios hará que los capitales financieros tengan bajo su control a los instrumentos que se usen para representar valor material)

El fin del trabajo parece una buena noticia, pero no lo es, o puede no serlo. Para la lógica del mercado, aquello que no produce valor es prescindible. Si el trabajo humano deja de ser mayormente necesario, muchos millones de personas serán innecesarios como mano de obra y carecerán de recursos para consumir. Ergo: serán prescindibles. De mano de obra explotada y consumidores compulsivos se convertirán (o nos convertiremos) en material de desecho. Desechos incómodos, además, porque su (nuestra) presencia en los territorios dificulta el apoderamiento y la explotación de recursos escasos y/o valiosos.

El nuevo escenario dibujado por la tecnología y la acumulación de capital explica muchas cosas. Entre otras, ciertas ideas que se originan en las universidades y en los “think tank” financiados por las fundaciones de los capitales globales, ciertas guerras, y ciertas políticas de población y de salud impulsadas por el Fondo de Población de la ONU y la Organización Mundial de la Salud.

Al parecer, la idea es que los recursos del planeta (energía, alimentos, etc.) no alcanzan para todos y que es necesario reducir la cantidad de bocas, o al menos excluir a mucha gente de las insaciables pretensiones de consumo de la población “civilizada”.

Ese nuevo diseño mundial sólo será aplicable si predomina la lógica de mercado. Y no lo será si prevalece la política, si existen ciudadanías informadas, instituciones públicas medianamente democráticas, Estados con alguna pretensión de soberanía y un sistema educativo que vaya más allá de la mera repetición de los lugares comunes políticamente correctos.

Eso explica, en buena medida, por qué están en crisis, en el mundo, la política y las nociones de ciudadanía, democracia, Estado, soberanía y educación.

Algo que no esperábamos para el Uruguay hace catorce años, desde un semanario recién nacido que promovía y se preparaba a festejar el inicio de un gobierno de izquierda.