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Cien años de la revolución rusa

Cien años de la revolución rusa
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PRECISIÓN. Ante el centenario de la revolución bolchevique conviene realizar una aclaración, porque la famosa insurrección de octubre tuvo lugar en noviembre. Sucede que en Occidente regía desde 1582 el Calendario Gregoriano, pero la Rusia zarista aún se manejaba con el Calendario Juliano implantado por César en 46 A.C. En él había un ligero error que luego de dos milenios provocó un desfasaje de doce días respecto al inicio real de los solsticios y los equinoccios. Por lo tanto la jornada del 25 de octubre ocurrió, para el resto del mundo, el 7 de noviembre.

 

DEFINICIÓN. A nivel formal, el término “revolución” conlleva ruptura, y es por eso que la victoria bolchevique fue tan importante para el cine mudo ruso. El gobierno de Lenin, al vencer al Ejército Blanco, sintió la imperiosa necesidad de crear un verdadero ciudadano soviético, ajeno por completo a la tradición anterior a 1917. Sabido es que la propaganda resulta el método más eficaz para cambiar a los ciudadanos en los estados modernos. Ante la vastedad del territorio ruso y la escasa formación del pueblo (sólo dos de cada cinco habitantes sabían leer en Rusia en 1917) se requerían técnicas que no fueran literarias y en 1920 Lenin dio con la solución: “Para nosotros la más importante de todas las artes es el cine”, declaró. Lenin había advertido que la imagen en pantalla era una vía efectiva y seductora para propagar el ideal revolucionario entre los sectores más humildes del pueblo, sumergidos en inhóspitos parajes de aspecto medieval. Por eso apeló a hombres jóvenes que, con vigor e impulso, hicieron que el estallido creativo del celuloide tuviera un vigor similar al obtenido por el pueblo en la calle. Lenin tuvo una suerte adicional, porque entre esos jóvenes había un manojo de verdaderos genios llamados Eisenstein, Pudovkin, Dovzhenko, Kuleshov y Vertov. Ellos hicieron un cine efervescente y de verdadero alcance popular, que conmovió a la juventud. No debe olvidarse que en los años 20 casi la mitad de los espectadores eran jóvenes de diez a quince años, edad determinante en la formación ideológica de cualquiera. Las dos armas de esos cineastas fueron un intenso realismo y una tecnología de avanzada, virtudes a las que el estado comunista aspiraba alcanzar en todas las áreas del mundo soviético.

 

CINE SOVIÉTICO. Pero Lenin murió en 1924 y su sucesor, Stalin, se convirtió en un despiadado zar, aunque su ropaje fuera diferente al usado por los monarcas. El resultado fue una censura feroz, la despiadada matanza de enemigos (reales e imaginarios) y el combate a los intelectuales que osaban rechazar los cánones del Realismo Socialista, que hicieron retroceder en forma obtusa al cine soviético. Además el verdadero héroe revolucionario había sido Trotsky, el traidor, mientras que Stalin no había pasado de un oscuro segundo plano. Por lo tanto, durante un cuarto de siglo (1928-1953) el cine soviético abordó varias biografías del intocable Lenin, pero casi ningún film enfocó  específicamente la victoria bolchevique. El verdadero espíritu revolucionario soviético hay que buscarlo, pues, en títulos que estudiaron rebeldías anteriores, victoriosas o no.

En esto, como en casi todo, primero sigue estando Eisenstein, el más grande cineasta de la revolución y el revolucionario más grande de la historia del cine. Sus dos primeros largos se ambientaron en el pasado, pero con la vista puesta en la victoria: en La huelga (1924) plasmó el levantamiento obrero en una fábrica y su brutal represión por parte de la milicia zarista, y en El acorazado Potemkin (1925) sustituyó al héroe individual por la masa proletaria, encarnada por los marinos amotinados en 1905 y el pueblo de Odesa, que al apoyarlos lo paga con su sangre en la famosa escena de la escalinata, la más perfecta jamás filmada. El triunfo mundial del film puso a Eisenstein en primera fila y el gobierno le dio todo el dinero, las facilidades y las libertades para emprender Octubre, que sigue siendo el mejor título sobre la revolución. Allí comenzaron los problemas para Eisenstein, porque la película sólo pudo estrenarse en 1928, luego de haber sido expurgada por orden de Stalin de todas las secuencias en que intervenía Trotsky. El film defraudó debido a esos arreglos históricos políticamente convenientes, y a primera vista pareció un paso atrás de Eisenstein. En realidad, cualquier cosa parecía un paso atrás respecto a Potemkin, pero bien mirado Octubre es más talentoso que la mayor parte del cine que se realizaba por entonces en Europa y USA.

También Pudovkin se situó en el pasado para que sus films emanaran aliento y vigor revolucionarios. Es memorable su adaptación de la novela de Gorki La madre (1926), ambientada en la fallida revolución de 1905 y protagonizada por esa campesina (Vera Baranovskaia, memorable) que sufre por su hijo y su marido, y al final toma conciencia que la victoria sólo se logra a través del ejemplo y la tragedia. Algo similar le ocurría en El fin de San Petersburgo (1927) al campesino que llegaba a la ciudad intentando escapar de la miseria y el hambre, y se veía envuelto en el revolucionario tumulto de 1917. Mejor aún resultó Arsenal (1929) donde Dovzhenko contó la historia del soldado que regresa al hogar después de la guerra para hallar devastada su comarca. La película combinó el heroísmo con una reflexión veladamente pacifista, lo cual incomodó a Stalin y puso muy nervioso a Dovzhenko.

 

OCCIDENTE Y LENIN. De esos ejemplos de cine-propaganda hay que saltar a su opuesto ideológico, Doctor Zhivago de David Lean (1965). El extenso film estaba muy bien realizado (Lean era otro genio) pero los avatares del protagonista en la revolución y la inmediata guerra civil quedaban sepultados frente a su historia pasional con la esposa y la amante, canjeándose así épica ideológica por romanticismo de folletín. Nicolás y Alejandra de Franklin J. Schaffner (1971) era un gran lujo visual y funcionó bastante bien en todo lo referido a los zares y Rasputín, pero reveló verdadera ceguera al abordar el espíritu revolucionario de las jornadas de octubre. En cambio Reds (1981) de Warren Beatty fue un acto de arrojo, al haber sido rodada en plena Era Reagan. Era la historia del activista y periodista estadounidense John Reed, que recogió sus impresiones de octubre en el libro “Diez días que conmovieron al mundo” y con ello se ganó su lugar en el Kremlin. En su extensa epopeya Beatty también revisaba una historia de amor (la de Reed con Louise Bryant), pero la sabía integrar al contexto revolucionario y se servía de ella para explicar con mayor claridad las turbulencias de un período muy violento.

Párrafo final merece el cine sobre Lenin. En Octubre lo encarnó Vasili Nikandrov, quien reveló un inquietante parecido físico con el líder. Similar mimetización se observa en Boris Shchukin, que lo interpretó en dos films de Mikhail Romm (Lenin en octubre, 1937; Lenin en 1918, 1939) y quedó tan agotado que apenas terminada la tarea falleció de un ataque al corazón a los 45 años, aunque se sospecha que Stalin pudo haberlo mandado asesinar. Otro doblete estuvo a cargo del tándem Maksim Straukh (actor) y Sergei Yutkevich (director) en Historias de Lenin (1957) y Lenin en Polonia (1966), aunque mucho mejor fue la labor de Ben Kingsley para la miniserie El tren de Lenin de Damiano Damiani (1988). Por último debe señalarse Taurus (2000) de Alexander Sokurov, con Leonid Mozgovoi como Lenin. El film refleja los días finales del líder, enfermo, encerrado en su casa –embargada por el Estado- y preocupado por el afán de poder y la ferocidad de Stalin. Lenin, nacido bajo el signo de Tauro, se enfrenta a la muerte con el trágico simbolismo del toro, animal destinado al sacrificio, y cuya muerte supuso, casi desde su nacimiento, el lento declive de todo un sistema y un ideario.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.