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“Clásicos” mestizos

“Clásicos” mestizos
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En el marco del Festival Temporada Alta en la Sala Verdi el grupo mexicano Vaca 35 presentó dos espectáculos que, partiendo de autores europeos, cuestionan la realidad de su propio país a la vez que problematizan la práctica teatral colonial tan característica de nuestro continente.

El teatro “universal” y el “ser” latinoamericano

Hace más de 30 años Coriún Aharonián hacía referencia a la actitud colonial con que muchos creadores teatrales encaraban su práctica artística: “aún en nuestros tiempos, escribía Coriún, magníficos hombres y mujeres que entregan su vida toda por la causa de la cultura de su pueblo sirven tan sólo a movimientos cuyo resultado, si no el objetivo consciente, es el hacer Shakespeare y Molière y Chéjov y Pirandello y Ionesco tan ‘bien’ como en Europa”[1]. Por supuesto, la circunstancia latinoamericana no es la circunstancia europea (ni el siglo XX es el XVII o el XIX), y por más esmero que se ponga, cuando se intenta ser lo que no se es el resultado, en el mejor de los casos, es entre grotesco y ridículo. El que pensemos que la práctica teatral europea es el “universal” a alcanzar tiene que ver con nuestro antiguo carácter de colonia política y el actual de colonia económica y cultural de la metrópoli. Y no se trata de negar el valor de los autores europeos, el problema, como continuaba Coriún, es que: “No se parte de ese teatro (el europeo): siempre se está tratando de llegar a él”.

 

Genet chilango

Cuando hace algunos años el colectivo mexicano Vaca 35 empezó a trabajar con la idea de hacer una versión de Las sirvientas, de Jean Genet, se encontraron con que algo no cerraba, en palabras del productor José Rafael Flores: “al empezar a hacer lectura de la obra notábamos que había algo viejo, añejo, que no cuadraba con nosotros, algo no nos gustaba”. El proceso derivó en un trabajo de investigación de las dos actrices (Diana Magallón y Mari Carmen Ruiz) bajo la dirección de Damián Cervantes en el que fueron buscando entender la propuesta de Genet: “desde nuestro contexto, en este caso México, y desde la violencia de nuestro contexto, violencia que parte también de nosotros los actores. Entender la violencia que había en esas obras clásicas pero desde nuestra realidad”.

El texto de Las sirvientas dejó de ser el lugar a donde llegar para, al decir de Coriún, ser solo un punto de partida. El otro elemento que configuró el espectáculo, además de la materialidad concreta de los cuerpos y las circunstancias de las dos actrices, fue el espacio. Si bien empezaron ensayando en una sala el director conoció un espacio en la azotea de un edificio de la colonia San Pedro de los Pinos, en ciudad de México, y se decidió a montar la obra allí. Como agrega el productor: “En las azoteas de los edificios en México en general hay un cuarto de servicio donde hay lavaderos, tendederos para tender la ropa, es el mundo de las empleadas domésticas. El espacio tenía un lavadero, dos lámparas, unos muebles y con eso se construyó el espacio y ahí nació la obra.”

El espacio reducido, extremadamente estrecho en donde las empleadas domésticas de hoy en México lavan la ropa a los patrones, cocinan, comen, se bañan y sueñan fue determinante en la construcción del espectáculo. Tan determinante que al trasladar la obra a otras ciudades y países debieron buscar espacios similares, en el caso de nuestra ciudad fue el subsuelo de la Verdi en donde encontraron el lugar para que los espectadores sufrieran la misma estrechez que las empleadas que se representan en la obra.

El viernes 9 de febrero pudimos ver Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar, el resultado de la investigación que Vaca 35 realizó a partir de Las sirvientas de Genet. Los espectadores estábamos apretados, incómodos en el espacio, al igual que lo están las empleadas domésticas que trabajan en esas condiciones, solo que ellas no lo eligen, están obligadas a trabajar en esos lugares para poder ganarse la vida. Las dos actrices encarnaron a dos domésticas que mientras lavaban ropa recitaban el texto de Genet frenéticamente. En una pausa de su “ensayo” las domésticas se halaban mutuamente y lentamente la esencia de la obra de Genet, con mucho de la dialéctica del amo y el esclavo, es captada y reconfigurada por el espectáculo de Vaca 35. No es necesaria la aparición explícita de la señora, la violencia que esta ejerce sobre las empleadas se manifiesta en la estrechez del espacio, en el pan con cebolla revuelta que almuerzan, en las ilusiones de un cambio casi mágico con que las sirvientas anhelan cambiar de situación. La violencia que ejercen entre ellas mismas pauta gran parte del espectáculo, que cierra con un cuento de hadas en que un campesino soluciona un enigma y es premiado por el rey, casándose con la princesa, el viejo anhelo de los pobres. Como decía Sartre sobre la obra de Genet: “La única rebelión de estas criaturas vulgares consiste en que también ellas sueñan: sueñan en un sueño, puro reflejo de una conciencia adormecida, emplean la poca realidad que esta conciencia les ha dado para imaginarse que se convierten en el amo que las imagina”.

 

El teatro del sometimiento

Luego del proceso de trabajo con Genet Vaca 35 encuentra una forma de trabajo en que un determinado autor es un pié para explorar las propias posibilidades del grupo. Como nos decía Rafael Flores: “Hay un extrañamiento al principio de los autores, un destronamiento, un alejamiento, para poder nosotros transitar y entender el mundo de ellos y al final podamos encontrarnos de nuevo, pero ya desde la esencia”. La segunda obra que los mexicanos presentaron en la Verdi, Ese recuerdo ya nadie te lo puede quitar, parte de Las tres hermanas de Chéjov, y lo pudimos ver el pasado lunes 12. Nuevamente la obra empieza con un “ensayo” esta vez en el escenario de la Verdi, compartido entre actores y público ordenados detrás del telón del escenario. El juego es exponer lo obsceno del teatro, lo que está fuera de escena, un fuera de escena que empieza con una desabrida exposición de monólogos de la obra chejoviana de parte de los actores que es recibida por parte del resto del elenco con una mezcla de condescendencia y desinterés. El aburrimiento vital de la situación chejoviana se apodera del escenario y, alcohol mediante, los actores-personajes comienzan un descenso moral cargado de violencia hacia sus compañeros. Allí entra, por supuesto, una reflexión acerca del rol mismo del teatro, de los “universales” o “clásicos” del “éxito” o “fracaso”. Ya no son sirvientas las protagonistas, sino un grupo de seis actores, de clase media, que igual sueñan con un golpe de suerte que los saque de su situación, como las hermanas de la obra de Chéjov.

Lo que comunica Vaca 35 parte del hecho teatral mismo, no de discursos, porque además, como nos contaba la actriz Gabriela Ambriz: “no es que les venimos a decir nuestra ‘gran propuesta’ de teatro o ‘cómo se hace una representación’ sino que nosotros también nos ponemos en jaque con eso, desde el proceso. Al decir ‘rompamos el texto, armemos una estructura y explorémosla’ nosotros también nos metemos en la búsqueda”. En esa búsqueda el elenco conformado por Héctor Hugo de la Peña y los mencionados Mari Carmen Ruiz, Damián Cervantes, Gabriela Ambriz, Diana Magallón y José Rafael Flores ponen en primer plano las relaciones de poder entre géneros, la profunda discriminación hacia el otro que incluso entre compañeros de elenco se puede manifestar, y el autoritarismo que se establece entre dirección y elenco en un proceso teatral. Manifestaciones de una cultura en que el someter al otro es una clave de supervivencia.

Vaca 35 es un colectivo que reflexiona desde el propio quehacer teatral, que conmueve, que incomoda y que nos hacer ver qué tan ridículos podemos ser cuando, en el ámbito teatral pero no solo, pretendemos ser lo que no somos.

[1] Teatro y situación cultural en Latinoamérica, 1983, en Conversaciones sobre música, cultura e identidad, Montevideo, Tacuabé, 2000.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.