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Coherencia y vitalidad por Nelson Di Maggio

Coherencia y vitalidad por Nelson Di Maggio
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No es frecuente en los  pintores de la segunda mitad del siglo pasado mantener un estilo sostenido durante mucho tiempo. La impetuosa irradiación del arte otro,  informalismo o abstracción lírica según las denominaciones  a fines de los 50 y principios de los 60 desestabilizaron las convicciones  estéticas sostenidas hasta ese momento. Incluso Costigliolo y María Freire, maestros indiscutidos de las corrientes geométricas no pudieron, por breve lapso, dejar de incursionar por la espontaneidad de la materia liberada  aunque casi de inmediato se arrepintieran.

Surgido en varios países europeos, el informalismo creció en la atmósfera efervescente y crispada, de inusual vigor en la posguerra, paralela al existencialismo y la popularidad de Jean Paul Sartre, filósofo que escribió textos sobre diversos artistas. La insatisfacción y el desasosiego existencial de un continente arrasado y empobrecido encontraron su refugio en el tumultuoso mundo interior. París todavía, era la capital de la cultura, el lugar de los lugares.

Huellas, la  sintética antología de Gustavo Vázquez, inaugurada la semana pasada en el Museo Nacional de Artes Visuales, pone en evidencia esa situación. Montevideano nacido en 1943, con estudios en el Instituto de Bellas de San Francisco de Asís en las clases de Lino Dinetto, fuerte dinamizador del ambiente local, y José Echave, Vázquez –familiarmente conocido por el Pollo- ya en la niñez encontró su afinidad en el campo de las artes visuales: un pequeño cuadro ejecutado a los 12 años expresa la tristeza de la desaparición de un familiar en la copia de una obra de Von Ruisdael. Apenas veinteañero, viajó con un grupo de compañeros estudiantes a Europa, se detuvo en Italia, Grecia y Egipto, frecuentó los atiborrados museos de El Cairo, hoy  con  nueva  arquitectura y presentación diferente financiada por la exitosa gira de los tesoros de Tutankamón en diversas ciudades del mundo, subió las estrechas escaleras  del interior de las pirámides, visitó los templos de Karnak  y Luxor (la antigua Tebas) y toleró los 50º del desierto. Vázquez obtuvo dos becas decisivas. Una,  del gobierno francés (1967-68) para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes y otra del gobierno italiano (1973-74). Ambas y la venta de cuadros permitieron su larga estadía en París hasta 1976, fecha de regreso a Uruguay.

Huellas evita el tradicional despliegue cronológico, apuesta a la sencillez, a los cuadros sin marco. Dotado para  el dominio del pincel, Vázquez obtuvo desde joven un éxito comercial excepcional. Pero no se satisfizo con  la facilidad operativa  y  los resultados  epidérmicos. Hizo de la disciplina del trabajo su mejor arma. La antología arranca con un trabajo de 1963, experiencia con plástico derretido y betún negro sobre cartón con finos  grafitos de hilos de plástico, en coincidencia con el color característico de la época utilizado por Sposito, Barcala y Espínola Gómez,  influencia heredada de Tapies y Manabu Mabe, conocidos en Montevideo en esos años. Sin embargo, Vázquez hace, en obras del 90 hasta hoy, del signo y la dinámica espacial un contraste entre planos y elementos caligráficos, de igual habilidad en el empleo de óleos y acrílicos, en la introducción del color -azul, amar illo- o los restallantes blancos sembrados de señales lineales negras, el fundamento expresivo. Un panel de 2019 de cuatro cuadros, de suaves resonancias paisajísticas, cierra el ciclo de coherencia y vitalidad de Gustavo Vázquez, acordes con su propia personalidad.

La pintura es el  aspecto más conocido de  Gustavo Vázquez. En 2017 presentó en la Fundación Atchugarry una importante retrospectiva  y exhibió esculturas y objetos comprometido con  las experiencias contemporáneas.

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