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Con permiso por Ruben Montedónico

Con permiso por Ruben Montedónico
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Aunque las PASO (primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias) argentinas son comicios partidarios que definirán a los postulantes de octubre en cada bando -algunos intervendrán, probablemente, en el balotaje de noviembre- las expectativas entre la ciudadanía y las consideraciones de los candidatos llevan a observarlas con particular detenimiento. Aunque las fórmulas confirmen las previsiones, lo que acontezca con Mauricio Macri-Miguel Ángel Pichetto atrae más que otras, no sólo por postular la reelección sino porque de tener una baja votación se interpretaría como anticipo de una derrota en la elección federal.

Este resultado se tendría como tropiezo grave y se consideraría que el oficialismo sería desalojado de la Casa Rosada en diciembre, modificando el cuadro legislativo, las gobernaturas provinciales y recortaría la influencia sobre la justicia, incluyendo al Poder Judicial, lo que induciría -probablemente- al presidente y su entorno a, desesperadamente, procurar acomodar su salida y adquirir compromisos extra cuatrienales que heredarían como obligaciones indeseadas.

He pedido permiso (con sentido retórico) porque a un sector de la opinión pública argentina le “indigesta” que un extranjero opine sobre sus cuestiones políticas, aumentando el malestar si el interviniente es oriental. Sin embargo, para un ser de esa geografía, de izquierda, es inevitable mirar y auscultar la realidad política de “la otra orilla” y reflexionar: el momento se observa como un acto ineludible.

El costo social que tiene la administración Macri para las mayorías es enorme en el déficit y el desamparo, por más que se quiera justificar ubicándolo en el contexto del adelgazamiento (por decir lo menos) de la acción progreen América Latina y el resurgimiento a enorme velocidad de la derecha, desde el fin de la guerra fría: los pasados casi cuatro años en Argentina han significado la maximización de los males sociales. Lo que es lo mismo: el breve período de Macri es inversamente proporcional al daño que produjo.

Si se quiere conceder algún logro al actual régimen, debe atribuírsele el que puso tras de sí a las expresiones más rancias de la derecha nacional y no sólo el apoyo regional sumado al de la Casa Blanca y el de su instrumento financiero preferido, el FMI. Este organismo internacional espera tres cosas, de las que dos son cuestiones a las que la Casa Rosada se obligó al extender la mano dócil, mansa, sumisa y pedigüeña: la reforma laboral -que dé mayores ventajas al empresariado y produzca dirigentes sindicales más genuflexos-; la reforma tributaria (formato embudo, con lo delgado para los dueños del capital y lo más ancho para el pueblo) y, además, por encima de todo, que le paguen las siguientes décadas con generosidad y amplitud los intereses delstand by, el empréstito más voluminoso de la entidad a un país, y la deuda eventual del Estado hasta el 10 de diciembre. En lo regional, Macri fue agente coadyuvante de las paralizaciones de la Celac y la Unasur y de la degradación y estancamiento del Mercosur, reducido a simple acuerdo comercial.

En resumen, el cuatrienio derivó en un expuesto sentido de robustecimiento de las fronteras de lo que han sido -en general- estos dos siglos “independientes”, de neocolonialismo: la periferia del capitalismo, que agregaron los latinoamericanos al sistema capitalista dominante, seguirá produciendo materias primas, sin valor agregado o con muy poco, e importando bienes industrializados (sin acompañamientos de transferencia tecnológicas reales) del mundo desarrollado. El futuro que ofrecen es de asociación como complemento de segundo orden con la Unión Europea.

En más de un sentido debe inscribirse a la Argentina de hoy en el círculo vicioso que representa América Latina, donde un colonialismo sin bandera controla su existencia desde hace 200 años y es la resultante de alianzas de sectores criollos (en general exportadores y financieros) con el imperialismo sin salirse del capitalismo. Cuando se dice que las oligarquías -como fracción dominante de la burguesía- no logran hacer que los nacionales ahorren para invertir en la región, lo que se debe indicar por los comentaristas es que esa fracción de clase es la que domina el subcontinente y exporta capitales. Tal vez ésto se vea con mayor claridad en México, Brasil o Argentina, pero así es en cada país de la región, facilitado y favorecido por las condiciones que produjo la balcanización y el ulterior desarrollo socio-político.

Los caminos de las derechas platenses -en estos tiempos- son parecidos: si Macri tropieza no definitivamente y logra llegar al balotaje en noviembre, recurrirá a los grupos menores de oposición de derecha (preferentemente al tercer lugar, Roberto Lavagna-Juan Manuel Urtubey) para que le arrimen votos que le permitan seguir en el sillón de Rivadavia. No es distinto a lo que harían el “pituco trabajador estajanovista” o el “modesto tecnócrata-mandadero” (para “apoyos” del FMI) en Uruguay y derrotar en las mismas fechas al oficialismo.

Si Macri y el PRO salieran de la Rosada, en la Casa Blanca y el FMI lo resentirían y por suerte no encontrarían un plan B de sustitución (sin solución) de los Aramburu, Onganía o Videla: ojalá que ¡Nunca más!, pero, por lo menos, ahora no. Entonces, en vista de lo escrito anteriormente, ¿es necesario que Macri pierda?: sí. Eso significa que ganaría Fernández-Fernández: el viejo adagio dice que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”. Ya vimos al “bueno” Macri, y resultó peor. No pienso que un gobierno peronista-cristinista vaya a ser mejor, pero sí creo que moderará en parte la caída (algo es algo, distinto a “cuanto peor mejor”).

Esto último daría tiempo a la izquierda (¡que lo aproveche!) proclive a la dispersión, para unirse y ponerse al frente una propuesta anticapitalista, asumiendo las aspiraciones democráticas de las mayorías; si no, se sucederán regímenes que tejerán algo que el alternante destejerá para alegría de otros de afuera y algunos de adentro.

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