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Coronagates: La revolución del sentido común por Hoenir Sarthou

Coronagates: La revolución del sentido común por Hoenir Sarthou
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Más de cuatro mil millones de personas han sido confinadas en sus casas, se ha paralizado la economía, se ha expuesto al aislamiento y a la miseria a media Humanidad y se han arrasado los derechos fundamentales de sanos y de enfermos. Nunca ese había vivido algo así.  Ni las guerras, ni las epidemias, ni las hambrunas, ni ninguna catástrofe natural o artificial lo habían logrado. ¡Y vaya que la Humanidad  ha soportado guerras, epidemias, hambrunas y catástrofes!

Me dirán que la causa es el coronavirus. Pero, no. Porque en la historia han habido muchas epidemias tan o más graves que ésta, y nunca se había visto una reacción similar. Digan lo que digan la OMS, la prensa y algunos gobiernos,  muchas epidemias estacionales de gripe han matado a más gente que el actual coronavirus. Basta consultar las cifras. Aquí cerquita, en Entre Ríos, sin ir más lejos, los casos de dengue son  más numerosos y peligrosos que el coronavirus. Y nunca paralizaron a la Argentina.  La información sobre muertes “por” o “con” coronavirus, incluso en Italia, España y EEUU,  así como los pronósticos sobre letalidad, velocidad de contagio, efectos físicos de la enfermedad  y tratamiento, parecen haber sido erróneos o deliberadamente exagerados. Demos tiempo al tiempo para que la verdad pueda conocerse.

El extraordinario encierro, aislamiento y paralización mundiales no parecen responder  tanto al coronavirus como al relato sobre él. Las agencias de noticias y la prensa, bombardeando constantemente con datos y relatos escalofriantes de médicos y periodistas, aderezados con escenas dantescas de tumbas colectivas, ambulancias, helicópteros, tapabocas, en fin…  Ese es el relato, ese aire de “fin del mundo” holliwoodense que aturde desde los noticieros y los discursos oficiales a la gente aislada desde hace meses.

¿De dónde proviene ese relato?

La semana pasada,  me referí  a un notorio grupo de presión global, integrado por conocidos banqueros, especuladores y empresarios, que ejerce enorme influencia sobre los procesos económicos, políticos y culturales de buena parte del mundo. Sus caras más visibles en los últimos años han sido George Soros, David Rockefeller y Bill Gates. Pero no son los únicos, y es claro que, detrás de esos líderes, operan grandes grupos empresariales, dirigidos por ellos, sus socios, sus familias o asesores de confianza. Y, en torno a ellos, giran figuras prominentes de la política internacional, la academia y la cultura.  Esas personas, sus empresas y sus familias, notoriamente asociadas en diversas actividades (financiera, agroindustrial, farmacéutica, biogenética, etc.) controlan además a fundaciones que operan en áreas en apariencia no vinculadas a sus negocios. Reitero: en apariencia. Por comodidad simbólica, llamé “método Soros” a una forma de acción a la que los miembros de ese grupo recurren sistemáticamente.  Creo que me quedaron en el tintero algunas cosas importantes sobre el método.

Ese grupo de socios, ya sea como consecuencia de su actividad financiera o por intermedio de sus fundaciones, ejerce fuerte influencia en al menos cinco ámbitos clave:  a) organismos internacionales: tratándose de organismos de crédito, es muy lógica la influencia por el lado financiero, pero el coronavirus ha dejado en evidencia el papel de la Fundación Bill y Melinda Gates como financiadora privada de la OMS; b) sistemas políticos: importantes figuras políticas de todos los países apoyan las causas y formulan el discurso “Soros”. Hillary y Bill Clinton son el paradigma, pero en ese papel hay muchos políticos, parlamentarios y funcionarios de diversas jerarquías;  c) la academia: desde hace muchisimos años, las fundaciones controladas por los miembros de ese grupo financian a universidades y a programas de investigación académica; d) prensa y comunicación: son destinatarias de sistemáticas donaciones, inversiones, contratos de publicidad, becas y aportes económicos; d) las ONGs: en particular las vinculadas a causas consideradas “liberales”, “progresistas”, e incluso “de izquierda”. Ahora veremos cómo juegan esas influencias en las que podríamos llamar “causas Soros”, en honor al más locuaz de sus impulsores.

¿Cómo funciona el método y por qué es tan eficaz?

Lo primero que requiere es una buena causa (Soros ha reconocido que la idea de asociar sus intereses con “buenas causas” la aprendió de los Rockefeller). Es importante que la causa sea simpática, de apariencia progresista, capaz de captar amplias adhesiones y no demasiado revulsiva respecto a las bases del sistema, es decir “políticamente correcta”. Así, los derechos humanos, el feminismo, la ecología (en especial desde que los Rockefeller dejaron el negocio del petróleo e invirtieron en “tecnologías verdes”),  los derechos LGTB y la despenalización de la marihuana, entre otras, son típicas “causas Soros”. ¿Quién, con sensatez,  se opondría a los derechos humanos, a la igualdad de derechos de las mujeres y de las minorías sexuales , a la libertad en los hábitos individuales o al cuidado del medio ambiente? El problema no son las causas, sino la forma y la finalidad con que se las usa.

Establecida la “buena causa”, el siguiente paso es presentar una situación dramática, vinculada a la causa, que sea capaz de conmover, asustar o indignar a mucha gente. Así, ciertos regímenes autoritarios o fundamentalistas, los crímenes contra mujeres u homosexuales, el narcotráfico asociado al terrorismo, los desastres ambientales, el calentamiento global, o los riesgos de una pandemia, son presentados ante la opinión pública como amenazas contra toda o parte de la Humanidad. Eso justifica guerras, invasiones, golpes de Estado, intervenciones “humanitarias”  de los organismos internacionales, políticos y de crédito, cambios legislativos que recortan garantías y libertades. Por añadidura, se centra la agenda pública en temas que favorecen a los intereses del grupo del que hablamos.

En esta etapa es fundamental el papel de los organismos internacionales, la academia, la prensa, las ONGs de la sociedad civil y los dirigentes políticos afines. Son ellos los que dan respaldo teórico, difusión, voz pública y hasta presencia en la calle a las causas elegidas.

¿Cuántos países fueron invadidos y cuántos gobernantes derrocados o asesinados tras acusarlos de violar los derechos humanos o de practicar el narcotráfico ilegal? ¿Es casualidad que fueran las organizaciones feministas las que hasta último momento se movilizaron para tratar de impedir el triunfo o la asunción de Trump y de Bolsonaro?

El principal problema que parecen enfrentar los intereses de los que hablamos son los gobernantes díscolos. Una categoría variopinta que engloba a los muy nacionalistas, a los populistas, a los muy honestos, a los muy personalistas, a los que pretender ejercer la soberanía de sus Estados, a los que prefieren fundar su poder en el apoyo de sus respectivos pueblos, y también a los que defienden con mucho ahínco los intereses de las oligarquías locales. En suma: los Estados autónomos son un problema para los intereses de alcance global que usan el “método Soros”. Y los gobernantes insumisos lo agravan. Por eso se los demoniza y, si es posible, se los derroca.

Hay una señal clara de cuando uno se topa con una “causa Soros”. Es la condena moral. Porque el método rara vez sitúa sus argumentos en el plano político, sino en el plano moral. Los asuntos políticos son, por definición, argumentables y negociables. Los temas morales no lo son. Por eso, cuando uno cuestiona una “causa Soros”, no recibe argumentos sino condenas. Será “discriminador, genocida, negacionista, misógino, insensible o irresponsable”. Que tenga o no razón es irrelevante. Lo importante es la condena.

Vuelvo al comienzo: ¿son el relato sobre el coronavirus y las políticas aplicadas para prevenirlo “causas Soros”?

Hay indicios claros. La OMS ha sido el gran actor en este asunto. Declaró la pandemia y lanzó a sus técnicos y académicos a difundir datos y tratamientos inexactos y drásticos, recomendó y presionó a los gobiernos para que adoptaran las políticas de encierro y alimentó a la prensa con información aterrorizante, todo ello ante la completa pasividad de organizaciones sociales y políticas que podrían haberlo cuestionado.

La principal financiadora privada de la OMS es la Fundacion Bill y Melinda Gates. La industria farmacéutica, de la que Gates y sus socios son parte, está recibiendo muchos miles de millones de dólares para descubrir una vacuna. Por otro lado, gana el sistema financiero, que integran los socios de Gates, con el que quedarán endeudados los Estados y las personas. Saque cada quien sus conclusiones.

El coronavirus nos ha dado dos datos muy importantes. Uno, es el enorme poder que estos intereses han adquirido. El otro es que ese poder no es omnímodo. Porque son cada vez más las voces de científicos independientes que cuestionan la declaración de pandemia y las políticas de la OMS. Y cada vez más las personas que, en base al sentido común, perciben que la realidad sanitaria no justificaba el demencial secuestro de la humanidad.

Es probable que los virus más peligrosos que nos acechan sean la credulidad y el miedo. Quizá nuestra libertad futura dependa del sentido común y de un sano escepticismo ante la “ciencia” oficial y las “verdades” mediáticas. No está dicha la última palabra.

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