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Coronavirus: ¿Del miedo a la vergüenza? por Hoenir Sarthou

Coronavirus: ¿Del miedo a la vergüenza?  por Hoenir Sarthou
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¿Y si la población mundial ha sido aterrorizada y encerrada en base a datos y a cálculos “científicos”  erróneos?  ¿Y si los gobiernos se han dejado impresionar y presionar para imponer el encierro y la paralización económica sin el debido fundamento?

La versión oficial, la de la OMS y de las agencias internacionales de noticias, se resquebraja poco a poco. Cada vez son más los estudios, los virólogos e infectólogos y los datos objetivos que cuestionan las características atribuidas a la enfermedad, los tratamientos aplicados y las políticas de prevención adoptadas.

A partir de los estudios de John Ioannidis (Stanford), de la Universidad de Columbia y de la University of Southern California (agradezco estos datos a Aldo Mazzucchelli y a Rafael Bayce), así como de los resultados de autopsias en Italia, coincidentes con previsiones de varios especialistas que en su momento fueron acusados y descalificados, hoy están en duda:

  1. Los niveles de mortalidad del coronavirus, por cuanto varios estudios (tripulación de un barco infectado, de un grupo de mujeres embarazadas, y un testeo realizado en Los Angeles) han demostrado que un porcentaje importante de la población en contacto con la enfermedad estaba infectada sin haber sufrido síntomas, por lo que la peligrosidad del virus sería muy inferior a la estimada y muchos de los “encerrados” estarían ya inmunizados. Añado que las estimaciones apocalípticas de Ferguson (usadas para “convencer” a Boris Johnson) fallaron en toda la línea.
  2. Los efectos físicos del virus, que consistirían en una interacción con la sangre que genera trombos (coágulos) en los pulmones. Eso significaría que el tratamiento aplicado (que no incluye anticoagulantes y prohibe medicamentos como la aspirina) sería erróneo, con la consecuencia de que se estaría atribuyendo a peligrosidad del virus lo que en realidad se debe a un ineficaz tratamiento.
  3. Los datos de muertes y cantidad de infectados, que ya eran dudosos antes, son objeto de reiteradas denuncias según las que se atribuyen al coronavirus muertes que tienen otras causas o concausas. Vale decir que miles de muertes de pacientes “con” coronavirus se clasifican como muertes “por” coronavirus. También parecen exagerados los datos sobre el colapso de los centros hospitalarios, que en algunos casos no fueron tales y, en otros casos, se producen a menudo sin coronavirus.

Si uno se guía por la información que día a día difunde la prensa, nada de esto sería cierto. De hecho, los primeros expertos que se atrevieron a cuestionar la versión y las políticas oficiales fueron estigmatizados. Se los descalificó y atacó en formas inadmisibles, incluidas denuncias y amenazas de privarlos de cargos y de reconocimientos académicos.  Ya esa reacción revela un sospechoso interés extra científico en la preservación del dogma oficial.

En base a ese dogma, se impuso en el mundo el encierro voluntario o compulsivo  (inconstitucional) de muchos millones de personas. Se paralizó la economía, se privó de enseñanza a los niños, se postergó la atención de pacientes por otras enfermedades y se suspendieron elementales contactos humanos, afectivos y sociales. En la mayor parte de los países, incluido Uruguay, la situación sigue hasta hoy, pese a que los argumentos para sostenerla empiecen a debilitarse para crecientes círculos de la sociedad.

¿Por qué aceptaron los gobiernos imponer esas políticas draconianas sin investigar más a fondo sus fundamentos?

Hay respuestas variadas. Muchos gobernantes  se plegaron mansamente, con mayor o menor entusiasmo, a la receta avalada por la OMS y por los grandes medios de comunicación. A otros les sirvió para asumir más poder, o para paralizar protestas sociales, o para dilatar elecciones que podrían serles desfavorables. Finalmente, los que intentaron resistirse, quizá pensando en sus propios intereses políticos, como es el caso de Trump, Johnson,  Bolsonaro o López Obrador,  fueron y siguen siendo visiblemente presionados para que acaten las políticas indicadas por la OMS, al punto de ser prácticamente ignorados o desacatados por miembros de sus propios gobiernos.

¿Por qué todo esto?

A estas alturas es imprescindible separar a la enfermedad de las políticas recomendadas e impuestas para combatirla.

Como ya vimos, la enfermedad es un gran signo de interrogación. No se conoce el origen real del virus, ni su naturaleza, ni su verdadera capacidad de contagio, ni su mortalidad (es imposible saberlo sin conocer el universo de los infectados) y, según está quedando en evidencia,  tampoco se conocen los procedimientos más adecuados para tratarlo.

Otra cosa son las politicas adoptadas ante él. El aislamiento, el encierro, la paralización económica, medidas autoritarias e inconstitucionales contra la libertad ambulatoria y contra la libertad de expresión, el miedo generalizado y alentado por un constante bombardeo mediático,  la censura y el ataque social contra los transgresores e incluso contra las voces técnicas disidentes, han sido el “tratamiento” político para una enfermedad que no tiene aun un tratamiento terapéutico claro.

No existen antecedentes de una paralización mundial de este tipo. Y cada vez hay más razones para sospechar que existe una desproporción entre los riesgos de la enfermedad y las medidas adoptadas para prevenirla. En el Uruguay, por ejemplo, en casi un mes y medio de declarada la emergencia, han fallecido alrededor de una decena de personas con coronavirus y –dato nada menor-  con otras enfermedades crónicas importantes.

Probablemente haya que esperar a que termine el año, y se pueda comparar en los distintos países el total de muertes de este año con los de otros años, para tener una noción más o menos certera de la entidad de la declarada pandemia.

La pregunta del millón sigue siendo por qué se impusieron políticas tan drásticas habiendo tanta incertidumbre respecto a la enfermedad.

No hay mucha duda de que el agente político-técnico que legitimó las medidas fue la OMS, pero no puede saberse con exactitud quien las inspiró realmente, aunque cada vez se mira con más desconfianza a las empresas farmacéuticas que la financian.

Si bien no se puede definir quién o quiénes decidieron políticamente el asunto, algo es claro: no fueron los gobiernos, que en la mayoría de los casos se limitaron a aplicar, muchas veces sin cumplir requisitos democráticos o constitucionales, los protocolos que les llegaban ya elaborados.

Aun con esa incertidumbre, algo que uno puede hacer es seguir el rastro del dinero. ¿Quién ganará con esta crisis económica mundial impuesta?

Hay dos rastros claros. Uno, como ya vimos, conduce a las compañias farmaceuticas, que se están embolsando miles de milones de dólares para investigar en busca de la vacuna. El otro, para variar, conduce al sistema financiero, con el que deberán endeudarse todos los Estados para soportar los efectos de la crisis.

No puedo afirmar mucho más. No sé qué papel le toca a China en el asunto, ni si saldrá de él gananciosa o perdidosa. Pero es evidente que, para el sistema financiero, para la industria farmacéutica y seguramente para ciertos especuladores bursátiles, este mundo en crisis sanitaria y económica es un paraíso.

Al resto, a la enorme mayoría de la humanidad, nos queda el miedo (que subsiste y subsistirá mientras que la televisión, google, yahoo, etc.,  nos hablen el día entero de “la guerra contra el coronavirus”). Nos queda también el endeudamiento, la pérdida de empleos, la reducción de ingresos, las secuelas físicas y psíquicas del aislamiento y el encierro. Eso en las sociedades más o menos solventes, porque, en otros lugares del mundo, las muertes por hambre y desatención se contarán por millones.

Por último, queda algo que, cuando se puedan evaluar las reales dimensiones de la enfermedad, quizá nos avergüence: la evidente disposición a renunciar, por miedo, a la libertad y a las garantías democráticas, el sometimiento irracional a los argumentos pretendidamente científicos,  al bombardeo mediático y a las órdenes autoritarias. Y, sobre todo, el antecedente de acatamiento a una autoridad supranacional, como la de la OMS, que no es puramente técnica ni se asume como política, y que actúa co-financiada por poderosos intereses privados.

Cabe señalar que ese acatamiento se produjo prescindiendo en gran medida de los parlamentos y de los poderes judiciales (declarados en feria sanitaria), actuando los poderes ejecutivos como brazos ejecutores de las “recomendaciones” de la OMS.

Me dirán que nada de esto es nuevo. Y es cierto. Pero convengamos que el coronavirus le ha sacado descaradamente el tapabocas a la realidad.

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