Home Entrevista Central Cristina Lustemberg, diputada frentista independiente: Una fuerza de izquierda nunca se puede escudar en lo que hizo y que eso sea suficiente.  
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Cristina Lustemberg, diputada frentista independiente: Una fuerza de izquierda nunca se puede escudar en lo que hizo y que eso sea suficiente.  

Cristina Lustemberg, diputada frentista independiente:  Una fuerza de izquierda nunca se puede escudar en lo que hizo y que eso sea suficiente.   
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No es frecuente que alguien renuncie a un cargo de viceministro para asumir como un simple diputado. No es usual que se abandone un sector político para quedar a la intemperie en la triturante  estructura frenteamplista. No es común encontrar a una  profesional que opte por dedicarse fulltime a la política. No es habitual  ni está bien visto que existan voces críticas al interior del Frente Amplio. Sin embargo esta mujer, médica pediatra, madre de tres hijas, de cincuenta y un años es una prueba del recambio generacional y de cabeza que se viene en la fuerza de gobierno. Es independiente, tiene ganas y pone mucha pasión en cada una de sus palabras.

Por Jorge Lauro y Alfredo García / Fotos Rodrigo López

 

PERFIL

Nació en La Blanqueada en enero del 66, pero toda su familia es de Juan Lacaze. Hizo los primeros años de escuela en ese pueblo y luego se fue con su familia exiliada a Buenos Aires y después a Cuba, adonde llegó 1974.  Su padre, Hugo, trabajaba en un laboratorio de medicamentos y era militante del Sima, su madre era maestra. Volvió en diciembre de 1985.  Estudió medicina y es pediatra. Tiene tres hijas.

 

Viviste once años en Cuba y no te querías volver.

Volví casi obligada. (Risas.) Nosotros en Cuba tuvimos una formación de vida muy integrada al proceso cubano, y siendo muy agradecidos de lo que Cuba nos dio. Los cubanos nos dieron lo mejor de lo poco que ellos podían tener, a la colectividad de exiliados que habíamos en esa época. Me crié muy integrada al proceso cubano, como una cubana más, pero siempre supe que era uruguaya y que íbamos a volver y mis dos padres nos lo remarcaban a mi hermana y a mí en cada una de las instancias.                                     Volví en abril de 2015, casi después de treinta años, y fue impresionante reencontrarme con los mismos, como si no hubiera pasado el tiempo. Después volví con mi familia este año, con mis tres hijas y mi esposo, y la verdad que también fue muy lindo. No hablo de Cuba por lo que significa políticamente, sino como cualquier adolescente que habla de la sociedad en que se crió, en una etapa que es fundamental para construir lazos.

¿Por qué demoraste treinta años en volver?

Por una mezcla de tener otras prioridades, hasta porque me costaba saber si me iba a encontrar con esos mismos amigos, con ese mismo lugar. Volví en abril de 2015, y me costaba volver. Tenía esa ambivalencia de que a veces no podía desde el punto de vista económico, quizás. Siempre trabajé mucho, entonces las licencias… Somos cinco para viajar, es una mezcla de factores. Pero ha sido muy lindo el reencuentro, a mí me hizo muy bien, y a mi familia también le hizo muy bien ver a esas amigas, y conocerlas. El volver fue para mí algo muy estructurante, y el volver con ellos.

¿Te marcó políticamente Cuba?

Sí, me marcó para bien. Al hablar del proceso cubano hay que entender las raíces históricas y culturales en las cuales vivió el pueblo cubano. La construcción de la revolución fue todo un proceso para los cubanos, que a mí me marcó en el sentirme parte de un proceso de construcción colectiva. Aprendí valores de solidaridad muy claros, los cubanos tienen una solidaridad intrínseca. A nosotros nos tocó vivir en un edificio con trabajadores muy humildes, y la verdad es que con ellos aprendimos mucha cosa de la solidaridad cotidiana. Hoy, si me falta azúcar y estoy cocinando, antes que ir al supermercado voy a mi vecino de al lado, porque tengo muy metidas esas cosas de la vivencia cubana. Hay que entender todo el proceso de Cuba, y soy muy respetuosa de que cada país va construyendo su proceso desde sus raíces históricas y culturales.

Para la izquierda uruguaya y latinoamericana Cuba era un modelo a seguir. Hoy quizás lo vemos con otra perspectiva.

Cuando uno lo ve en perspectiva ve que Cuba ha generado un ejemplo para los países latinoamericanos, desde un lugar que marcó a varias generaciones. Pero también creo que cuando se idealizan los procesos no se ve la realidad como tal, y creo que es un país que para analizarlo hay que conocer las condiciones en que estaba en 1959: un país extremadamente pobre con unos niveles de prostitución y corrupción muy grandes, en ese momento de la dictadura de Fulgencio Batista. Hay que conocer las raíces históricas que tenía Cuba y cómo fue construyendo un país totalmente diferente. Quizás —con la caída de lo que fue el bloque socialista y todo el sostén que había— había cosas que ellos tenían que haber generado, con una matriz productiva más fuerte para poder enfrentar los cambios que se fueron dando históricamente, quizás en eso se tendrían que haber preparado más, para asumir ese contexto histórico que se venía, pero tampoco hay que olvidar el bloqueo feroz que Cuba ha vivido durante muchos años, con los costos que eso implica para ingresar cualquier medicamento. Han tenido que pasar por eso a lo largo de los años. Y creo que esa es la realidad de los cubanos, y cuando uno quiere trasladar cosas a nuestro país tiene que pensar que nuestro país tiene raíces históricas, culturales y antropológicas diferentes.

A nosotros nos choca el tema de un mismo líder durante tanto tiempo.

Claro, en el Uruguay, que tiene unos valores democráticos muy fuertes, con una construcción muy arraigada en su historia y por lo significó la dictadura, nos cuesta entender ese proceso de construcción política que ha hecho Cuba. Pero volviendo a la pregunta, sí, me marcó, y desde ese lugar, en el sentirme parte de un país donde se construye colectivamente, donde se es muy solidario intergeneracionalmente y en la cotidiana. Por lo menos yo viví una etapa que fue la del 74 al 85, una etapa especial para los cubanos. Nosotros vivimos una etapa donde no había una sociedad de consumo. Consumíamos la misma libreta de alimentos, de ropa. Nosotros vivimos bien integrados al proceso cubano. Los primeros vaqueros que tuve me los regaló Alberto Couriel en una visita a Cuba, porque no podía entender que yo con quince años no tuviera vaqueros. Pero bueno, es así.

¿Y en estas visitas de ahora, cómo valorás la situación de hoy en contraste con aquella?

Creo que todos los países tienen que respetar su historia, pero no es lo mismo una generación que vivió el proceso antes de la revolución que una que no. En eso tendrían que haber estado más atentos, en la construcción de las generaciones que no vivieron antes de la revolución. Es lo mismo que hoy nos pasa en Uruguay: no es lo mismo mi generación de hijos de exiliados, o la de los uruguayos que vivieron todo el proceso de la dictadura, en comparación con mis hijas de veinte años, aunque ellas igual han tenido una construcción más vivencial por la historia nuestra, que uno la transmite, pero que no es la vida que hoy tiene la generación de jóvenes y adolescentes que no vivieron ni recuerdan cómo fueron los gobiernos antes del Frente Amplio, por ejemplo. Hay que construir el relato, pero a su vez ese relato no puede invalidar lo cotidiano y contemporáneo de la sociedad que se va construyendo. Los cubanos hoy tienen esas contradicciones, con la generación que vivió el proceso de la revolución, con la generación que construyó la revolución, y con la mía, que hoy tiene hijos que absolutamente no vivieron el proceso anterior, y hoy hay una sociedad de consumo, hay un mundo de las comunicaciones que hoy generan una contradicción.

El turismo.

Exacto. La mezcla con el turismo, al ver cómo ellos pueden tener restricciones para adquirir determinados productos, que el resto del mundo no tiene. Si bien la mayoría de mis amigas son muy comprometidas con el proceso cubano, no dejan de ser críticas con cosas que son comunes a toda la sociedad, porque ojo con hacer un análisis muy exhaustivo de los cubanos y no ver lo que nos puede pasar a nosotros cuando uno gobierna, cuando uno ve la comodidad de estar en los lugares. Ese proceso también atraviesa nuestra sociedad, no es un tema exclusivo del proceso cubano, y también nosotros tenemos dificultades de no adaptarnos a determinadas cosas más contemporáneas. Creo que hoy los cubanos tienen ese desafío, el de ver cómo llegaron al proceso de la revolución y cómo han hecho el proceso del partido comunista, del comité central, del gobierno, de tanto tiempo de Fidel y después de Raúl Castro. Un problema que tienen todos los gobiernos, y particularmente la izquierda, es no hacer un gran énfasis en la renovación generacional y en la transición generacional. Esto lo vivimos nosotros también, quizás lo de Cuba nos choca más porque ha sido con unas particularidades diferentes a las de nuestra historia construida con raíces democráticas y en nuestro proceso eleccionario. Pero esto no está exento a realidades que hoy también tenemos nosotros. Creo que ellos hoy tienen ese desafío, ver cómo se adaptan al mundo de hoy y cómo van haciendo esa transición. Soy igual muy respetuosa del proceso de construcción de cada país. Muchas cosas tenemos nosotros para arreglar en el Uruguay.

Futurología: ¿hacia dónde va Cuba sin los Castro? El mundo socialista se ha venido abajo. ¿Cuba puede llegar a eso?

Creo que tiene un proceso propio que puede desarrollar, y se tiene que adaptar hoy al mundo en el sentido de que tiene que desarrollar su matriz productiva. Hay que ver cómo se comporta la situación del bloqueo, con empresas turísticas a las que se les bloquea la construcción, canadienses o españolas. Sabemos hoy la globalidad que tiene el mundo financiero. Ellos han tenido que sortear todas esas circunstancias que no permiten que tengan la misma igualdad de condiciones para poder crecer. Creo que hoy ellos son muy conscientes de eso. Me encontré con cantidad de gente de mi edad, y de más edad, que sabe que hay cosas que tienen que cambiar en su forma de construir el gobierno al día de hoy. No sé realmente cómo va a terminar. Creo que desde los últimos años hay un proceso de prepararse para esta transición.

Acá también se ha dado ese proceso con los jóvenes, atado a la despolitización de las nuevas generaciones. Se construyó consciencia colectiva para llegar al gobierno, y de algún modo esa construcción se abandonó. ¿Cómo lo ves?

Es un tema que nos tiene que desafiar y preocupar mucho desde el punto de vista político, y no hablo solamente como frenteamplista sino como ciudadana. El no ver la política como una herramienta de transformación colectiva y como algo que consolida una democracia nos pone en una debilidad muy grande. Tengo mucho para aprender políticamente, y hay algunas cosas que me cuestan, si bien en el lugar en que estoy ahora estoy haciendo política, y lo tengo clarísimo, pero hay muchas cosas que tengo que aprender. El Uruguay tiene una formación política, cualquiera de nosotros ha tenido una formación política histórica. El uruguayo es un analista político por excelencia, y en muchas cosas podemos ser opinólogos. Como fuerza política nos hemos alejado de construir ese relato, y sin una comunicación adecuada.

La gestión hoy tiene un espectro potencial de mercado, por sobre la política.

Creo muchísimo en la gestión, pero con una conducción política y un sustento ideológico claro. La gestión me desvela muchísimo. Me acuerdo cuando salíamos a hacer campaña en 2014, cuando uno iba a los comités a conversar con los frenteamplistas y uno veía el posible alejamiento de quienes estábamos en el gobierno, del frenteamplista común y corriente que no ocupa ningún lugar en el gobierno; yo iba a contarles el proceso que estábamos haciendo con Uruguay Crece Contigo, por ejemplo, y la importancia de la primera infancia, y no tenían el conocimiento de que estábamos desarrollando esas políticas sociales. Cuando uno gobierna nunca se puede alejar de la gente. Eso es un principio básico y no es ninguna concepción populista ni nada. Cualquier gobierno tiene que estar muy cerca de sus ciudadanos y de la gente, escuchando qué es lo que pasa. Y cuando uno va gobernando tiene que tener una política de comunicación muy fuerte, y no una que no sea transparente, porque el pueblo uruguayo en eso es muy inteligente, siempre lo ha sido, desde el No del 80, y eso siempre me lo han remarcado mis padres, la inteligencia que históricamente tuvo el uruguayo para poder decidir y que no lo confunda una política marketinera. Pero creo que tenemos que ser muy cuidadosos de que estar en el gobierno no nos aleje de la gente, de la comunicación con la gente.

¿Hay una pérdida de involucramiento en estos doce años?

Me preocupa día a día el perder el relato político. En estos últimos años, donde hemos tenido algunas dificultades porque es siempre mucho más fácil ser oposición que gobierno, no podemos no tener autocrítica ni no corregir cosas ni alejarnos de los problemas que tiene la gente, con la comodidad de estar en el gobierno y en los cargos. En eso soy hipercrítica, desde ese lugar. Por eso tengo una concepción de que un paso quizás era cualitativo, porque hemos resuelto problemas mucho más graves en la gestión, pero en la conducción política nosotros tenemos que poner a los mejores, a los que mejor estén formados para la tarea, y que deben estar bajo una conducción política y un programa fuerte y discutido entre todos. Creo mucho en la construcción que el Frente Amplio hace de su programa en cada una de sus áreas, pero también creo mucho en que en los lugares tienen que estar los mejores, independientemente del sector al que pertenezca, y que tiene que haber un proceso de selección, y no hablo de algo que el Frente ha hecho en cuanto a corregir los llamados a concursos, de lo que tampoco hay que olvidarse, porque somos muy críticos de algunas dificultades que hemos tenido nosotros pero yo recuerdo situaciones de ver entrar gente a mansalva en algunos lugares, sin la formación adecuada. Hablo de los últimos años, porque quizás el deterioro fue en los últimos años. En los primeros años de la primera década del siglo pasado el Uruguay construyó con las reformas batllistas, después nos fuimos quedando y quedando, y ni hablemos del efecto devastador de la dictadura y lo que generó para nuestro país, y también en otros gobiernos, aunque no quiero decir que todos fueron nefastos, pero sí quizás que con su formación y base ideológica ahí teníamos…

El neoliberalismo.

La concepción neoliberal que los atraviesa, que es una concepción diferente a lo que tiene la fuerza política del Frente Amplio, con una concepción ideológica de izquierda. No tenemos que olvidarnos de los lugares donde la gente entraba a un archivo sin saber casi las básicas del alfabeto, con una tarjetita que alguien le había dado. Esas cosas quizás se fueron ordenando en un proceso de transparencia de la gestión pública, y en eso sí ha habido avances muy importantes, desde la Oficina de Servicio Civil y los concursos, pero también creo que nosotros, en los cargos de responsabilidad política, tenemos que ser muy cuidadosos. Yo no me imagino nunca en AFE, por ejemplo.

Pero, por cómo funcionan las cosas, te puede tocar.

Me niego, por suerte soy médica y tengo una profesión. Soy pediatra, y ese es el lugar donde tengo la vocación, desde los cinco años. Y cada día elijo estar acá, o en otro lado, independientemente de que ahora estoy en un lugar que eligió la gente.

Hay un montón de compañeros que no son ni pediatras ni tienen otras profesiones.

No quiero generalizar, y en esto hay que ser muy cuidadoso, y más en esta etapa donde tenemos que ser muy autocríticos pero no destructivos del proceso en que hemos avanzado, y no perder las cosas que nos tienen que unir, y pienso en esa frase de Raúl Sendic padre que yo tenía en mi escritorio anterior, sobre que nos tenemos que unir en las coincidencias y no en las discrepancias. No hay que olvidar el proceso de construcción colectiva, pero eso no puede tapar bajo la colcha las dificultades que hoy tenemos, que también las tenemos que saber corregir. Y una de las que creo que tenemos que corregir es esa, que no podemos tener lugares e instituciones por sectores, sin tener a los mejores compañeros que tengan la formación profesional, técnica o de competencia para asumir esos lugares. Alguien que no tenga una carrera administrativa no puede dirigir una tarea administrativa. En el área de políticas sociales no puede haber técnicos que no tengan la formación que se requiere. Hay algo que es la habilidad y el oficio: un herrero sin oficio nunca puede ser herrero, y en salud es lo mismo, y en todas las disciplinas. Un maestro que no tenga la formación adecuada no puede ser maestro. Creo que es uno de los desafíos que tenemos para adelante. Hay voluntad política, y yo lo he hablado con muchos compañeros. Realmente son las cosas que tenemos que corregir. No podemos salir de una institución a otra sin tener las mínimas competencias para pasar de un cargo de responsabilidad a otro. Como les decía, la verdad es que no me imagino dirigiendo la política ferroviaria, ni en muchísimos lugares para los que no tengo la experticia. Uno no puede saber de todo, no me parecen adecuados los todólogos, y más cuando se ocupan lugares de responsabilidad en el Estado, votados por la ciudadanía, para los cuales hay que asesorarse con las mejores personas que tengan formación para esos lugares.

 

¿La idoneidad como algo imprescindible?

Eso para mí es básico, y a eso me refiero con la gestión, una gestión basada en una concepción política e ideológica clara de hacia dónde tenemos que ir. Esas son las cosas en las que creo que hoy tenemos que ser muy conscientes, y esto en parte nos pone en una debilidad con el trabajador, con el frenteamplista, que ve que pasamos de un lado a otro sin tener la formación, la experticia ni la competencia. No quiero decir que no podamos pasar de un lado a otro, y de hecho yo lo he hecho, pero siempre en lugares para los que siento que tengo a formación adecuada. Una cosa importante cuando uno dirige políticas públicas es siempre rodearse de los demás técnicos que tengan la formación adecuada. A mi alrededor yo a la gente no le pregunto qué vota, personalmente. Cuando uno está trabajando y dirigiendo una institución del Estado uno tiene que saber que está en lugares de responsabilidad política elegido por una fuerza política y por una ciudadanía, pero que está dirigiendo una política pública de Estado donde uno gobierna para todos los ciudadanos. En Cuba vi que el poder puede estar atravesado por determinadas tentaciones, porque de eso la izquierda no está exenta y tenemos múltiples ejemplos. Yo por suerte lo viví de muy chica y por eso no es que me he desilusionado de cosas que nos han pasado. Sí sigo siendo profundamente de izquierda y frenteamplista, y sí sé que el poder… Conocí países del bloque socialista, y no digo que sea algo de la condición humana pero sí que nos atraviesa a todas las concepciones, y una fuerza política de izquierda no puede asumir como algo normal que estar en el poder nos aleje de la gente, ni que estar en el poder nos haga perder la visión de para qué estamos, que es para hacer cosas para mejorar la calidad de vida de la gente. Esas cosas son las que me desvelan, y también aprendí que eso sucede, que gente que estaba en lugares cómodos después no podía ir a hacer trabajo voluntario, porque tenía un cargo. Me crié en un lugar donde el mejor militante es el mejor trabajador o el mejor estudiante. Esa concepción me matrizó, con una autoexigencia importante en mi formación.

¿No te sentís muy sola en esa concepción? A nivel de las jerarquías, digo. A nivel de bases, seguramente, mucha gente piensa como vos.

No quiero generalizar, porque hoy hay mucha gente preparada y que ha hecho cosas, pero creo que hay cosas que tenemos que revisar. Hay mucha gente fuera de puesto, porque no tiene la formación, y hay muchos compañeros que tienen formación, trayectoria y ganas. Eso es otra cosa que quiero decir que hay que tener: los concursos tienen que hacerse como los hacen las verdaderas empresas, públicas o privadas, que priorizan la gestión y el desarrollo de los trabajadores, viendo la preparación que tengan pero también la competencia notoria vinculada a la actitud. También hoy hay que pensar que tenemos gente que ya no tiene ganas de seguir defendiendo este proyecto político, generando transformaciones y teniendo ganas de avanzar. Ahí tenemos también un problema. En la gestión pública hay una burocracia instalada, que en Uruguay da una transparencia en la gestión de políticas públicas, pero que también nos puede llevar al otro extremo, como que hoy pueda haber veinticinco pasos solamente para justificar un sellito, con un funcionario que no hace absolutamente nada, porque no ve el expediente, porque no toma una decisión sobre el contenido de lo que hay. Capaz que tenemos lugares para autojustificar la función donde estamos, y no estamos impactando en un proceso de mejora de la gestión y que eso lleve a perder garantías, en un país que siempre ha sido garantista como Estado y que por eso tiene tan bajos niveles de corrupción. No nos podemos quedar con un modelo que no tenga un Estado más moderno. A mí la reforma del Estado…

La madre de todas las reformas, del primer gobierno de Tabaré.

Me parece que hoy hay una cantidad de empresas que han tenido un modelo de gestión moderno, como ANTEL. Pero hay que tener una reforma del Estado, y que se profundice. También en salud hay cosas donde me parece que hay que tener una gestión más ágil, moderna. Cuando hay algo pero no se evalúa y no se monitoriza para ver en qué está, se perpetúa, y quizás así no estamos impactando en la vida de nadie sino solamente estamos consolidando nuestra función en ese programa o en ese lugar. Creo que estas cosas requieren que tengamos una sinceridad, una evaluación y un monitoreo.

Hablás de las ganas. ¿Este Estado actual no es un asesino de las ganas de hacer?

Es un desafío. El Estado, la burocracia.

Pará un poquito. Estamos hablando de una fuerza política que llegó al gobierno hace doce años para cambiar este país de punta a punta. Para eso se trabajó.

Creo que hay ejemplos clarísimo de que hemos dado cuentas de los avances, de cómo estábamos y cómo estamos. Por eso no tengo problema en sentarme a conversar con la oposición, cuando en salud y en políticas sociales es clarísimo cómo estábamos antes y cómo estamos ahora, cuando uno ve los indicadores de pobreza infantil, y los de salud y empleo. Pero una fuerza política de izquierda nunca se puede detener ni escudar en lo que hicimos y que eso sea suficiente. Esos son los principios irrenunciables que tiene que tener una fuerza de izquierda que acceda al gobierno.

Eso no lo notás hoy en mucha gente en la “nomenklatura” frentista. Hay gente que está para el “no hagan olas”. El Frente, después de doce años de gobierno, perdió el empuje de cambio. Se perdió esa cuestión de mística, de proyecto. ¿Hacia dónde vamos?

Hay que reconstruirlo. Creo en la mística, creo en la utopía, pero no soy ninguna idealista y sé que lleva tiempo. Vengo trabajando desde el 2005, lo sé perfectamente. He pasado por todos los gobiernos. Y a su vez trabajo desde que tengo veinte años. Conozco bien cómo estaba el sistema de salud antes y cómo está ahora. Estuve en el 2002, cuando me llegaron tres niños fallecidos, de los que ninguno se tendría que haber muerto. Me acuerdo del 2003, cuando las madres, con esa dignidad que tiene la gente humilde cuando te mira a los ojos, me decían que no les buscara más nada, que ellos estaban desnutridos, adelgazados porque tenían hambre, y a lo sumo con parásitos, pero que no tenían ninguna enfermedad rara. Y eso la gente te lo decía con dignidad, pero era lo que nos sucedía en esa época, cuando en el servicio móvil de urgencia de la mutualista te encontrabas con trabajadores sin trabajo, haciendo trabajos totalmente por fuera de su profesión, o arquitectos vendiendo quesos, y lo digo sin desmerecer ningún trabajo. Todo eso lo vivencié como pediatra. Me compré una casa con un dólar a diez y se nos fue a treinta. Todas esas cosas las vivimos. Hoy la estabilidad económica y los indicadores son indiscutibles. Ahora, no puede ser que solamente nos quedemos con el relato de lo que hicimos y de cómo estábamos antes en comparación con cómo estamos ahora, y que no podamos decir que el sistema de salud hoy no requiera cambios, que no podamos decir que se requiere un mayor énfasis en la calidad de atención, tanto en el sistema público como en el privado.

 ¿No tenemos que tener más resolución para implementar los cambios?

Sí, para el ingreso de la tecnología, para los recursos humanos, para mejorar el acceso a especialistas para que la atención en el primer nivel sea de mejor calidad. Esas son las cosas que no tenemos que tener miedo a decir, ni dejar de hablar de para dónde tenemos que ir y qué cosas tenemos que mejorar en función de que si decimos esos errores, la derecha y la oposición nos van a caer y eso nos va a desunir. Hace poco un ex profesor de pediatría me dice que soy profundamente frenteamplista y de izquierda desde que me conocía de estudiante, en la cosas más básicas de convivencia estudiantil, pero que tengo otra cosa —quizás muy inculcada por mi familia— y es que me siento profundamente republicana. Y mi vida de Juan Lacaze también me hace ver eso, porque cuando nosotros nos fuimos en el exilio hubo amigos de mis padres que no eran de izquierda y que nos dieron una mano como nadie. Esas cosas también las tengo en la médula: no todos los buenos estamos de un lado y no todos los malos están del otro, y esto es una cosa que creo que ha sido una de las bases históricas del Uruguay, cuando en la escuela pública estábamos todos los niveles socioeconómicos mezclados, cuando jugábamos todos en el mismo lugar. Creo que hay que reconstruir hoy ese relato de que no todos los buenos estamos de un lado mientras los malos están todos en la vereda de enfrente.

Aparte, vamos a entendernos: si el 50% del país apoya al Frente y el otro 50% no, hay que crear puentes. No todos los del otro lado son oligarcas.

Creo totalmente en esos puentes. Tengo muy buen vínculo con cantidad de legisladores de la oposición, pero en mi vida cotidiana tengo cantidad de compañeros de trabajo que no son de la fuerza política de la que yo soy y voy a ser siempre parte. Mis vecinos de al lado son colorados de toda la vida, y tengo valores de construcción de vecinos. Vivo entre Capurro, Paso Molino y el Prado, en esa mezcla que no sé bien qué es, y tengo esa construcción de vecinos, de ayudarnos, por ejemplo si yo o mi esposo podemos resolver un problema médico de un vecino o si ellos aparecen con una torta o me van a hacer los mandados si yo trabajo muchas horas. Eso es una cosa que tengo muy, muy adentro. Y tenemos que saber construirlo. Uno tiene una formación ideológica, tiene determinada concepción por la cual vive, milita y hace cosas desde el punto de vista ideológico, pero también el Uruguay precisa de esa construcción entre todos. Por eso creo que cantidad de cosas tienen que ser políticas de Estado. Creo muchísimo en esa construcción de acuerdos entre todos los partidos políticos, porque la gente quiere que resolvamos sus problemas y no quiere la política partidaria de la forma más mezquina. No quiero decir “barata”, porque no quiero banalizar la política en una etapa donde tenemos que volver a dar ejemplos y volver a construir con la ciudadanía la importancia que tiene la política para un país.

¿Sentís que podés hacerlo ahora en el parlamento?

Cuando yo asumí, venir a este lugar fue una cosa emocionante de responsabilidad ciudadana, pero no solamente con los que me pueden haber votado sino con todos los ciudadanos de este país. Me genera una cosa de solemnidad total, de respeto. Me parece que uno le tiene que estar rindiendo cuentas a todos los ciudadanos que están afuera. Me voy a acostumbrar quizás a algunas cosas de manejo, pero no a no sentir que estoy en un lugar de mucha responsabilidad por los que no están acá y votan y apuestan, y que requieren que cada uno de nosotros construyamos lazos, leyes y acuerdos que garanticen mejores condiciones de vida y de oportunidades laborales para todos los ciudadanos de este país. En eso creo firmemente. Y uno ve legisladores de todos los sectores políticos con muy buena formación, jurídica, política y de construcción del Estado, y ve otros que realmente hacen política de la forma menos profesional y comprometida. Nos debilita como país menospreciar la función legislativa,  hablar de los corruptos, los acomodados, los que no hacen nada. Al contrario: desde que llegué me encontré con una bancada que trabaja mucho. Hay que cambiar esa visión de que acá están todos acomodados, que no hacen nada y que no les importa. Ojo, porque eso debilita la democracia y al conjunto de la sociedad, el no ver que a través de la política se consolida la democracia y la ciudadanía. Cuando uno está en estos lugares tiene que escuchar a la gente y no tener miedo de que te digan que te equivocaste.

Admitir errores no es frecuente.

Es otra cosa que en estos cargos marea, cuando uno se rodea de gente que te aplaude constantemente, porque eso te hace perder la objetividad. Quizás yo vierto cantidad de conceptos que están equivocados, y cuando hablo me importa que la gente me diga, y agradezco cuando me dicen que se sienten representados por lo que digo, pero lo que más pido es que me digan en qué le pifeo, porque esa es la manera que uno tiene de poder corregir y ser honesto. Y asumo el costo de lo que digo cuando estoy convencida, y quizás las cosas que digo hoy las puedo rever cuando me hacen ver que pueden tener otro contexto. Pero creo que en estos lugares, cuando te empiezan a aplaudir y tenés un chofer que te abre la puerta, vas perdiendo el norte. Ese cuadro me lo regaló Soledad, fue de una muestra de niños de Uruguay Crece Contigo, y me hace ver para qué estoy acá. Y tengo las fotos de mis hijas y mi familia, que también me hacen ver que estas cosas son transitorias. Por suerte tengo una profesión que me encanta, y nada me gusta más que ser pediatra. Un compañero de hace muchos años me dijo que tengo que hacer el clic con la profesión en este momento, porque quizás en este lugar donde estoy puedo hacer más cosas por miles, y no en la consulta del día a día. Pero tengo una profesión. Me cuestioné qué hacer, si venía y ocupaba la banca. Quiero hacer cosas, creo en esta fuerza política, quiero trabajar para un cuarto gobierno. Ahora voy a la segunda reunión de la unidad programática de infancia y adolescencia, porque creo que la construcción que como fuerza política nos espera el año que viene es crucial para la construcción del programa, pero no para seguir haciendo lo mismo y autojustificarnos, sino que la discusión que nos tenemos que dar es para qué esta fuerza política quiere tener un cuarto gobierno, y qué cosas hoy tenemos que cambiar, profundizar, mejorar, y dónde tenemos que dar un salto cualitativo. Por eso quiero apostar a eso, y veremos las cosas que quiero hacer vinculadas a una ley de primera infancia.

¿Hay grupos de gente que estén hoy planteando las mismas cosas que estás planteando?

Sí, creo que sí. Ahora me estoy introduciendo en un lugar de más diálogo político, y son las cosas que con algunos compañeros he conversado y que quiero instaurar.

Como frenteamplista independiente es muy difícil logran incidir en el Frente Amplio. Los aparatos son picadoras de carne.

Lo sé, y me lo ha dicho una cantidad de personas que tienen mucha más formación política que yo. Muchos me han hablado de las dificultades que puedo tener como independiente para lograr acuerdos. Los sectores son mayoritarios. Pero por ahora me siento frenteamplista independiente. No sé después qué rumbo tenga que tomar dada la coyuntura, pero creo que hoy hay muchos frenteamplistas con los que me identifico, y también soy muy respetuosa de las historias de los partidos políticos y los sectores que tienen una construcción de décadas en el Uruguay. Realmente me sentiría poco honesta y soberbia si no respetara la historia de los partidos, como los partidos Socialista y Comunista, la 609, el Frente Líber Seregni, la Vertiente, y toda la cantidad de sectores que tenemos.

Más vale no hablar, porque no te acordás de todos.

El otro día pedí que me hicieran la lista, y cuando vi aquello… de algunos no sabía bien…

No sabés ni quiénes son.

Pero entiendo que la coyuntura se ha dado. De hecho cantidad de gente me pregunta si voy a tener un sector. Hoy no sé.

Sos consciente de que hoy con los temas de género y de renovación generacional sos una candidata interesante para que te traten de captar.

Veremos. Creo en la renovación generacional, creo en la incorporación de las mujeres en todos los ámbitos. Estoy convencida de que puede haber una mujer presidenta en este país. El Uruguay tiene tres inequidades que no hemos podido resolver. Una es la intergeneracional, sin duda, porque es el debe más importante que tenemos con los niños y los jóvenes, histórico, que se ha laudado en los últimos años, pero donde todavía estamos lejísimos.

Mandan los viejos.

Los niños no votan. Desde la asignación del gasto público social. Todo lo que Juan Pablo Terra dijo hace treinta años. Todo el análisis económico de asignación del gasto y los indicadores que lo reflejan desde el punto de vista de política social. Después está la inequidad de género, en Uruguay, que tiene una democracia donde somos tan avanzados en la agenda de derechos, cualquier extranjero cuando viene de afuera y ve la participación de la mujer en los ámbitos legislativo y ejecutivo, y en la empresas privadas, donde solamente el 19% de las ejecutivas son mujeres, y en el ámbito sindical, donde recién ahora hay ejemplos de participación sindical.

Y las mujeres son el 52% de la matrícula universitaria.

Y quienes llegan a grado cinco mayoritariamente son hombres. Realmente somos muy hipócritas en esa cosa de avanzada, intelectualoide, de que somos un fenómeno, y que, cuando uno ve los indicadores duros de la equidad de género, se ve que tenemos un debe importantísimo en oportunidades. Desde que estoy acá estoy más feminista que las feministas tradicionales. Me considero profundamente feminista en estos lugares. Creo en la igualdad de oportunidades y creo que tenemos que construirla desde ahí. Y la otra inequidad es la territorial. Son las tres inequidades que nos atraviesan todo. Cuando uno ve el indicador de mortalidad infantil y pobreza y ve que en el cinturón costero tenemos indicadores de los países nórdicos mientras que en el cinturón periférico del área metropolitana, particularmente de Montevideo y Canelones, parecemos África, y lo digo con mucho respeto por el continente africano. Hace poco hablé del embarazo adolescente, que es la punta del iceberg de otro tema que me descerebra. Primera infancia y adolescencia son dos temas que realmente me importan.

Si no apostás a esos dos temas, marchás como país.

Hay que convencer, esto requiere un acuerdo intergeneracional, político y ciudadano, y una reforma del Estado. Si un empresario o un ciudadano de a pie que hoy está preocupado por la seguridad, la convivencia y la educación no entiende que si el Uruguay sigue reproduciéndose en un 49% en el quintil uno, y que éticamente todos tenemos que tener las mismas oportunidades para los potenciales que todos tenemos al nacer, y que éticamente hoy es inadmisible que el futuro de un niño dependa del lugar y de la estratificación económica donde le tocó nacer, entonces tenemos un problema como sociedad y como construcción ciudadana. Un empresario no va a tener mano de obra y trabajadores calificados si solamente un tercio egresa de la educación media. Si no cambiamos ese, chip entonces nunca vamos a llegar a ser un país desarrollado desde el punto de vista productivo y económico pero sobre todo social. Y ese es el clic que hicieron los países nórdicos en 1940, y sobre todo Finlandia, que estaba entre Suecia y Rusia y tenía el mismo problema que nosotros: eran pocos y tenían que ver cómo se salvaban de las potencias que la rodeaban. Bueno, lo hicieron apostando a que cada uno de los pocos que eran fueran los mejores para poderse introducir en un mundo tecnológico y desarrollado, y así fueron construyendo sus políticas de Estado, con continuidad, sin cambiar de acuerdo con el gobierno de turno, aunque sí adaptándolas al momento histórico, porque si uno construye una cosa y en treinta años no la logra cambiar, entonces también estás en el horno, por más buena que haya sido hace treinta años.

¿Tras doce años de gobierno de esta fuerza política, es aceptable la cantidad de niños que nacen en la pobreza?

Es inaceptable. Como fuerza política de izquierda, me niego a seguir diciendo que antes teníamos el 63% de los niños bajo la línea de pobreza, en 2004. Hoy es el 10%, pero es diez veces más la pobreza concentrada en donde hay niños que en donde hay adultos. El 90% de la pobreza en este país está concentrada en los hogares donde hay niños y menores de dieciocho años. Estudio todos los días, y si voy a hablar de algo, lo quiero estudiar, y entiendo que no puedo saber de todos los temas. No voy a ser opinóloga, no me gusta ir a un lugar a hablar de algo de lo que no sé nada. Quizás es por un tema de la formación médica profesional, y de respeto por el otro: si voy a un lugar, tengo que saber qué es lo que se va a hacer, y qué fundamentos tiene. Cuando uno ve un estudio serio, que trata sobre poner fin a la pobreza infantil en Uruguay como un objetivo posible para la política pública, que dice claramente que es el 90% de la pobreza, medida por ingreso, que no es la estructural. Hoy sería fácilmente alcanzable sabiendo que estos problemas hay que verlos de forma multidimensional. Hay problemas gravísimos de déficit habitacional, cuando hay problemas de generaciones con muchas debilidades en el capital socioeducativo, pero me niego a aceptarlo, en una fuerza de izquierda, que nacen solo cuarenta y ocho mil niños, y que hemos construido la trazabilidad del sistema vacuno, y que lo defiendo, porque el país precisa el desarrollo agropecuario y de todas las industrias para poder crecer, pero no podemos perder ni uno de esos niños que nacen. Y lo que es inadmisible es que hoy sabemos que todos nacemos casi con las mismas potencialidades, ¿pero por qué unos llegamos a un lado y otros a otro? Por las posibilidades del entorno. Hoy no nos podemos dar el lujo de perder a ninguno de esos niños.

No hemos cambiado nada, en definitiva.

Hemos cambiado algo, pero lo conceptual sigue estando. Esto tiene que estar basado en una concepción de derechos, los niños y los adolescentes son sujeto de derechos. El 80% del cerebro crece en los dos primeros años de vida. Toda etapa de la vida tiene su plasticidad, pero esto es como una casa, y hay cosas que son de sentido común: los primeros años de vida, desde el embarazo, son como los cimientos de una casa, y eso es lo que va a condicionar lo que se pueda construir después. Si ves la tomografía de dos niños que nacieron con el mismo peso, uno alcanzó el desarrollo normal y al otro, en el que tuvo cuidados negligentes, violencia, malnutrición y situaciones de institucionalización, el cerebro creció mucho menos. Ni hablemos de todo lo que hay adentro, las habilidades socioemocionales. Miremos la visión más economicista, la de James Heckam, un economista republicano que ha asesorado a Obama, a Clinton, a Bush y que demostró que por cada dólar invertido en la primera etapa de la vida, ese individuo cuando sea adulto va a retornar entre ocho y diecisiete dólares. No hay que decir que después no haya que seguir invirtiendo en las demás etapas de la vida, pero si solamente empezamos a invertir cuando los gurises están insertos en la etapa escolar, ahí vamos perdiendo la importancia que tiene trabajar con las familias en la primera etapa y las políticas que han tenido impacto son las que trabajan con ese entorno donde vive y se desarrolla el niño. Nosotros hemos avanzado muchísimo en estas políticas, en los indicadores más duros de mortalidad infantil y materna, de pobreza, de aumento de la cobertura de los CAIF, la puesta en marcha del Sistema de Cuidados. Ahora bien, a esta altura del gobierno en que estamos, nos debemos un diseño de evaluar y de ver qué cosas han impactado y qué cosas son intolerables, como por ejemplo que el programa Uruguay Crece Contigo no tenga el presupuesto adecuado para llegar al total de la población que mayor vulnerabilidad tiene, y además tiene niños pequeños. También eso requiere que hagamos un diseño de evaluación de todos los programas que hoy el Estado tiene, y ver cuáles hoy están impactando, cuáles hay que rever, cuáles hay que cambiar en su diseño, cuáles programas se superponen, a qué poblaciones no llegamos y, si llegamos, dónde no tenemos las prestaciones para resolver esa situación. Si llega una situación de abuso tenemos que tener los dispositivos para proteger a ese niño, a ese núcleo familiar, para dar respuestas de contención adecuada. Si hoy nos encontramos que en el 30% de las situaciones hay una situación de emergencia habitacional y este país invierte menos del 9% en los programas de vivienda que atienden las situaciones de especial vulnerabilidad, tenemos dificultades. Si no tenemos prestaciones rápidas de reinserción educativa y laboral para las familias que precisan, si no tenemos dispositivos de salud mental cuando uno llega a una familia y ve que hay situaciones graves de salud mental de ese entorno y que dificultan la crianza. Uruguay es de los países que más niños institucionalizados tiene. No puede ser. No puede ser que hoy tengamos los niveles de institucionalización que tienen los adolescentes. Hay programas y se ha hecho un esfuerzo, pero ese adolescente tiene que tener una reinserción social. Tenemos que trabajar en esas cosas porque realmente ahí se nos va el futuro del país. Y la frase de Gabriela Mistral, que me marcó a través de mi madre maestra, “El futuro de los niños siempre es hoy”. Los niños son el futuro, pero se construye en el día a día.

El discurso oficial es de conformismo: “Antes era el 60% y hoy bajamos al 30, alcanza”. De ahí no emana que las prioridades absolutas sean terminar con todo eso.

Vengo de trabajar mucho en las políticas en que hemos avanzado, y no tengo ningún problema en sentarme a discutir y convencer a la ciudadanía de cómo estábamos antes y cómo estamos hoy, pero eso no me justifica que…

Pero comparándolo con los datos de la crisis del 2002.

Ni con la crisis ni antes, porque en la década del noventa este país invertía poco de su gasto público social en niños.

Los índices no eran los de hoy.

No tengo ningún problema en discutir qué programas ejecutados en otros gobiernos han tenido demostración de haber impactado, de haber tenido indicadores de calidad, porque tampoco todo lo que se hizo antes estuvo mal, porque Uruguay tiene una trayectoria de políticas en educación y por algo históricamente tuvimos un sistema laico de educación. Ahora bien, lo que sí sostengo, es que hay cosas para seguir avanzando y que hay que rever. No hay que tener miedo de decir que una cosa funcionó en una situación donde tuvimos que resolver la emergencia social saliendo de la crisis del 2002, pero que hoy requiere otro diseño porque tenemos que dar un salto cualitativo. Si bien el Sistema de Cuidados está avanzando, la mejor política social es el empleo y los salarios. Eso hay que decirlo así.

Sin duda.

Nadie en este país vive de las transferencias monetarias. Es otra cosa que tampoco tenemos que tener miedo de decir, y hay que comunicarlo bien. Los países nórdicos tienen los niveles de pobreza infantil más bajos porque son países en los que hubo un acuerdo intergeneracional donde hay transferencias monetarias poderosísimas en los hogares donde hay niños, licencias parentales generosísimas y tienen sistemas de empleos que priorizan a las mujeres y a los jóvenes, y tienen sistemas de educación inicial y de cuidados fortísimos en los hogares donde hay niños, y tienen políticas de salud sexual y reproductiva fuertes en manos de las mujeres, lo que hace que las tasas de remplazo sean homogéneas por sectores socioeconómicos y no como nos pasa en nuestro país, donde hay una insatisfacción del patrón reproductivo, donde las mujeres de clase media tenemos menos hijos de los que queremos o podemos tener, mientras que las mujeres de los sectores más vulnerables tienen más hijos de los que quieren tener, por la situación en donde viven y del lugar, que no pueden elegir. Nosotros hoy tenemos que evaluar, como gobierno y como país, qué cosas han funcionado y cuáles tenemos que rever.

¿Cuáles son en tu opinión?

Dos trabajadores que tienen dos salarios mínimos, ¿cómo pueden hoy sostener la crianza de cada hijo, en el sector de educación inicial en los primeros años de vida? Después por suerte hay una escuela pública que todavía sigue siendo de mayor acceso y universal en nuestro país, y el sistema de salud ha avanzado, pero si estamos en los primeros años de vida y tenemos licencias parentales de poco tiempo, y después tenemos que costearnos un centro de educación inicial —uno de calidad sale entre seis y ocho mil pesos— para poder compatibilizar el trabajo con la crianza de los hijos… Una cajera de un supermercado ¿cómo puede hoy financiar la crianza de ese niño con su desarrollo productivo y no dejar su fuente laboral, para después tener mucha inequidad, con lo que eso la debilita en su ingreso? Tenemos que reverlo. Se está avanzando con el Sistema de Cuidados y las mejoras en las licencias parentales, pero todo eso es hoy insuficiente para dar un salto cualitativo hacia donde queremos ir. Una estudiante universitaria que queda embarazada va a poder compatibilizar esas dos cosas dependiendo de su bolsillo o de la ayuda que pueda tener de sus padres. Y a su vez, y a esto tiene que volver la clase media, tenemos que reclamar tener servicios de calidad. Esto va de la mano de una reorganización impositiva. Pero tenemos que saber que venimos muy de atrás, y si uno no trata de que los hogares de mayor vulnerabilidad puedan alcanzar ese piso mínimo de necesidades satisfechas que son vivienda, educación y salud, tampoco vamos a poder dar el salto cualitativo, porque esas personas de por sí solas no pueden salir adelante. Tenemos que no seguir produciendo ese discurso de que esas personas viven de las transferencias y que no tienen hábitos de trabajo. Todo eso hay que reconstruirlo con oportunidades concretas. A mí me tocó coordinar Uruguay Crece Contigo, y está evaluado y medido cómo las familias de mayores indicadores de vulnerabilidad logran tener mejores indicadores que los quintiles cuatro o cinco o los igualan, cuando uno los acompaña y les acerca servicios y trabaja con ellos en educación en el hogar, fortaleciendo esas familias. Pero para eso hay que tener una política social evaluada. Hay que tener una clara responsabilidad con la asignación de los recursos. Uno no puede siempre pedir más y más recursos si de lo que asigna no sabe qué porcentaje se está haciendo, y si no evalúa y monitoriza que lo que está haciendo es realmente lo correcto. Por eso, ni es la versión economicista ni la social para el otro lado, sino que tiene que ser la visión de la responsabilidad en la política pública asignando donde no hay pero también evaluando las cosas que no funcionan y redireccionando.

 ¿Es tan difícil hacer todo esto que estás planteando?

No es difícil. ¿Quién va a decir que no le importan los niños? La cosa es hacerlo. Y tener clarísimo que requiere un acuerdo. Como decía antes, los niños no votan. He ido a muchos lugares del mundo a ver cómo esto se ejecuta, y cada vez que voy vuelvo enojada. Uruguay tiene hoy una fortaleza como pocos países tienen en el mundo. Tenemos que enamorarnos del país que tenemos. Somos pocos. Para algunas cosas somos débiles, y los precios que negocia la industria de los medicamentos no son los mismos para Brasil o Argentina que para nosotros, que somos tres millones y poquito. En todo lo que tiene que ver con relaciones económicas y comerciales no es lo mismo ser tan pocos. Pero para mejorar los indicadores de desarrollo humano Uruguay tiene una potencialidad como pocos lugares la tienen. Geográficamente no tenemos dificultades, no tenemos situaciones realmente graves, aunque hoy el cambio climático es más que visible. No tenemos una población indígena ni…

Tenemos una lengua común.

Tenemos una lengua común y somos pocos. El Uruguay tiene una potencialidad, tiene un Estado fuerte. A veces los uruguayos nos damos para abajo. Hace poco leí un libro de una periodista venezolana que vivió acá, y decía que nos damos para abajo. Y otra cosa que aprendí en Cuba es eso, a ser más alegre, a vivir con poco y ser más alegre.

El clima caribeño ayuda.

El clima nos tira un poco para abajo, también. Pero creo eso, que cuando nos comparamos con otros países vemos toda la potencialidad que tenemos. ¿Qué nos pasa? Nos pasa que a veces todos somos expertos en todo. Tenemos muchas chacras; con el tema de primera infancia la ley que queremos hacer es para tener un centro donde esté el niño, y las características de esa familia donde le tocó nacer, y las prestaciones del Estado se activan en función de las características que tiene ese niño y no en función de mi sectorialidad y mi programa. No, no, no. Es el niño, y en función de eso es como lo organizó Chile, con un programa que se llama Chile Crece Contigo. Colombia está hoy intentando hacer ese proceso. El centro es el niño y su familia. El otro día un periodista nos preguntaba si nosotros veíamos que eso iba a romper chacras. Y bueno, sí. Esas son las verdaderas reformas del Estado que tenemos que hacer.

Y aparte están los controles, a nadie le gusta ser controlado.

Hay que rendir cuentas a la ciudadanía. No tengo miedo de pensar que tengo un discurso neoliberal cuando digo que apuesto a la gestión. Sí, yo apuesto a la gestión, pero a una gestión basada en resultados, pensada para la gente, bajo una concepción política e ideológica de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Ese es el relato completo en el cual digo que creo en la gestión y en los mecanismos de evaluación y monitoreo, y en la rendición de cuentas a la ciudadanía, a decir a qué nos comprometimos, qué es lo que hemos ido haciendo, qué no dio resultado y qué no pudimos cumplir. En los lugares en que hemos estado hemos tratado de tener esa conducta.

¿Sigue habiendo niños desnutridos?

Sigue habiendo. Es un 5%. En Uruguay Crece Contigo empezamos a hacer una encuesta nacional sobre inseguridad alimentaria y desarrollo infantil, y todavía tenemos, si bien el problema más grande es el de la obesidad y el sobrepeso. En el año 2012 era el 10,9% el porcentaje de niños con retraso del crecimiento. Ahora bajó. Chile tenía el 3%. Otro problema que tenemos es el de la anemia, en un 31,5% en los niños menores de cinco años, con anemia por falta de hierro, y el hierro es el que hace que las vainas de mielina, que es donde sucede toda la conexión intersináptica, y nos damos el lujo de tener casi un tercio de los niños en nuestro país con ese déficit.

Esas cosas ya no son estructurales.

Pero ahí venimos trabajando. Hay una nueva encuesta que se está haciendo en Salud con UNICEF para ver si con las políticas que hemos implementado hemos bajado esos niveles tan altos de anemia que tenemos por déficit de hierro.

La desnutrición y la falta de hierro son cosas fáciles de solucionar con pocos recursos.

Muchas de estas cosas son con pocos recursos. Por eso digo que hoy es inadmisible esto en el Uruguay. Tenemos mejoras, pero es inadmisible que tengamos determinados indicadores como los que tenemos en la infancia y en la adolescencia. A esta altura los tenemos que revisar. Fíjense, cuando uno analiza la mortalidad infantil, estamos entre los más bajos de América Latina y disminuyendo, y cuando uno la baja a menos de un dígito es cada vez más difícil, pero casi el 50% sería evitable. Imagínense si todavía tendremos para hacer, y más cuando hablamos de mejorar la calidad de los que sobreviven. O sea, tenemos mucho para hacer. En Uruguay nacen solamente cuarenta y ocho mil niños. Cuando uno va a Colombia, ve que nacen cientos de miles, o en Chile, o en todos estos países. Tendríamos que seguirlos uno a uno.

Tendríamos que chipear a todos los niños.

Exactamente. El Uruguay ha avanzado mucho con el certificado electrónico del nacido y la identificación civil. No nos podríamos dar el lujo de que un solo niño tenga esos indicadores, ni de retraso en el crecimiento ni de anemia ni de bajo peso. Todas esas cosas son las cosas que tenemos que rever para ver cómo damos un salto cualitativo. Tenemos tres desafíos que enfrentar en Uruguay, uno es construir un sistema de protección integrada de primera infancia, que es a lo que queremos darle un soporte con la ley, que ordene las prestaciones y regule la cantidad de superposiciones que tenemos en el Estado, y ordene el marco normativo y vaya aunando toda esa fragmentación, que vea dónde hay ineficiencia en el uso de los recursos, y cubra los déficits que hoy tenemos, y que tengamos una institucionalidad que evalúe y monitorice. Otro desafío es mejorar la calidad de las actuales prestaciones dirigidas a la infancia, tenemos que evaluar si las cosas que estamos haciendo en salud, en educación inicial y en programas sociales están siendo de calidad y suficientes. En Uruguay tenemos una formación tan fuerte en la calidad, y en esto quiero ser cuidadosa, pero estar tan en función de la calidad nos deja a dos tercios sin cobertura de prestaciones. O sea, tenemos que tener las dos miradas.

Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Exactamente, todavía nosotros no somos Finlandia. O sea, tenemos que llegar y siempre compararnos con los buenos, eso sí, siempre me quiero comparar con lo mejor.

Pero estamos en un país sin consciencia de esto, tendría que ser no solo una política prioritaria de gobierno sino también un arma de la oposición para pegar todos los días, y no se ve de ninguno de los dos lados.

El gasto político y social en infancia y adolescencia ha aumentado un 101% desde el año 2005 hasta el año 2013, cuando se hizo la última evaluación. Ha aumentado, pero solamente es un tercio lo que este país invierte en los niños y adolescentes con respecto a lo que invierte en adultos. En el programa del Frente Amplio ha sido una prioridad que hoy tengamos estos indicadores. Ahora bien, todavía estamos lejos. Cuando presentamos la ley hubo acuerdo de toda la bancada. Cuando presenté mi renuncia al presidente de la República conversamos mucho, cuando le dije que iba a trabajar en una ley para priorizar y organizar y poner el tema en la agenda política y generar una política de Estado, estuvo totalmente de acuerdo. He hablado con muchos legisladores de la oposición, y hay acuerdo en que tenemos que generar esto como una política de Estado. Ese es el desafío que tenemos, ponerlo en la prioridad en las agendas públicas, en la asignación de recursos, en la evaluación de lo que estamos haciendo. Y tener un acuerdo interpartidario y ciudadano de que realmente acá se nos va la vida y el futuro del Uruguay. Y el futuro es hoy, como te decía. Organicémonos. Esto no quiere decir que no hayamos hecho cosas bien, y en esto me gustaría construir una generosidad política, porque si en cada cosa que avanzamos la oposición te cae y a su vez el que está en el gobierno se atrinchera defendiendo solamente lo bueno, perdemos todos. Es perder y perder. Las políticas de infancia se construyen a mediano y largo plazo. A corto plazo impactan en la sobrevida inmediata, pero la calidad de los que sobreviven rinde a mediano y largo plazo.

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