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¿Cuál será la democracia de la nueva normalidad? Ernesto Kreimerman

¿Cuál será la democracia de la nueva normalidad?     Ernesto Kreimerman
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Los ciclos históricos no se ajustan a calendario, no cuidan esas formalidades. Los historiadores gustan de definir los períodos por ciertos hechos de impacto que su sola referencia marca un quiebre o punto de inflexión, radicalmente atada a la interpretación ideológica de los ciclos, y nunca inocente.

La pandemia que nos azota ha puesto al desnudo el grado de deterioro de la calidad institucional de la democracia y de la construcción de la ingeniería política de los organismos internacionales, muchas de las cuales se fueron instalando lentamente y generaron una suerte de acostumbramiento a dicho creciente desgaste.

No es sencillo ponerle una fecha a este proceso global, en principio, porque lo abarca todo. Nada de lo humano ha quedado fuera de este impacto. Pero por aquello de la ley del desarrollo desigual y combinado, formulada por León Trotsky, pero antes explorada por el ruso Aleksander Israel Helphand, instala tres ideas. Muy resumidamente: primero, la comprensión de la globalidad del sistema capitalista como un todo, evidenciando el declive de los estados-nación, trascendiendo los intereses del proletariado y de la burguesía más allá del marco de sus estados. Segundo, lo que Michel Löwy ha referido como las peculiaridades “del desarrollo social de Rusia”, por la influencia que tuvo el carácter “semi-asiático” del estado ruso. Y que los pueblos de Rusia eran núcleos concebidos como centros administrativos y no de intereses económicos. Tercero, una de las lecciones que dejó la Revolución de 1905, que rompía con el reduccionismo socialdemócrata, era la idea de que “el proletariado ruso podía y debía llegar a la toma del poder a través de una revolución”.

Así, sólo para tener un marco referencial de inspiración, la idea fuerza que inspira la formulación de aquella ley, listemos, no necesariamente en orden de importancia y trascendencia, algunas constataciones empíricas que ponen de manifiesto que sí, que efectivamente estamos frente al fin de una era, que inadvertidamente había acumulado demasiadas tensiones, y que ahora estalla. Tan evidente es esa idea de agotamiento, tan intuitiva, que la pandemia parece licuarlo todo, asumir todas las culpas, y a la ilusión mágica de ponerle fin merlinescamente, todo lo que vendrá después será nuevo. ¿Pero qué es eso nuevo? ¿Acaso existe una nueva normalidad? ¿O no será un nombre de marketing que esconde a algo muy poco democrático, nada integrador, excluyente, como una versión degenerativa de la posverdad?

El desorden…

Hace unos días, Ricardo Sidicaro reflexionaba desde Infobae sobre el pensamiento de Max Weber, a un siglo de su fallecimiento. Y Sidicaro hace una revalorización de un aspecto del pensamiento weberiano: “ante los procesos de globalización, con la fragmentación de las sociedades y el avance de los más variados individualismos, la teoría weberiana se hizo, bajo muchos aspectos, altamente pertinente para indagar sobre los tiempos actuales, en los que no pocos se preguntan si nos acercamos a un mundo más ordenado o hacia mayores desintegraciones. Bien cabe recordar al respecto que desde su óptica teórica Weber en repetidas ocasiones sostuvo que el capitalismo sin valores, que había hecho de la búsqueda de lucro un fin en sí, vaciaba de sentido no sólo la economía sino también los más diversos ámbitos de la vida”.

 La retórica de la provocación

Con el fin de la guerra fría, y aún un poco antes, la dialéctica del mundo binario llegó a su fin. Pero también se disolvió aquella plataforma de los movimientos de los no alineados. Desde los países centrales algunos profetas se atrevían a anunciar un mundo más colaborativo, pero ello no resultó así. Más bien, lo contrario.

Las advertencias de Weber no fueron consideradas y los escándalos de cotizaciones de bolsa irreales, con CEO’s con gratificaciones de decenas de millones de dólares no solo sucedieron en Estados Unidos y Europa. También en Argentina, Brasil y Chile. Incluso el furor salpicó estas orillas. “Capitalismo sin valores” a todo esplendor. Y un proceso acelerado de concentración de la riqueza.

Los organismos multilaterales lejos de beneficiarse por el fin del mundo bipolar, empezaron a conocer las estrategias del ninguneo de las grandes potencias. Y las mentiras de Bush, Blair y Aznar (éste sólo por aquello que dos es una casualidad y tres una confirmación, nada más), llevaron al mundo a una guerra devastadora y ambiciosa, como sería más tarde la búsqueda y muerte de Gadafi, para que otros poderosos se adueñaran de la fortuna del equilibrista y del petróleo del país arrasado.

Obama fue un freno a esas pretensiones. Pero esas reformas muy significativas sólo fueron un impasse entre dos presidentes republicanos. El instinto intolerante de Trump, sus burdas operaciones de marketing, representan una burla a una democracia como la que alentaron los “padres fundadores”. La mentira, la ignorancia, la fanfarronería, la falta de respeto, el atropello discursivo marcó desde el inicio la era DT; esos fueron los instrumentos con los que ha degradado su propia investidura y a su propio país.

Pero lo de Trump no ha sido a lo Johnson, Putin, Bolsonaro y Erdogan. No son los únicos sino los más notorios.

Por aquí, los ejércitos de trolls están en pleno auge. Los desarreglos orales son cada vez más frecuentes, como la descortesía parlamentaria.

La democracia liberal que tanto sacrificio nos costó reconquistar está jaqueada en el mundo, en buena parte, por lo señalado. Pero también, y aún más grave, por el perverso uso de las redes casi siempre anónimo, la utilización de trolls, ejércitos mercenarios de inexistentes usuarios que acosan y destruyen, y la venta y robo de las bases de datos, la legitimación de la violencia verbal y la depredación moral.

No habrá una nueva normalidad democrática poscorona sino hay un replanteo de la institucionalidad democrática, de la representación, del relacionamiento entre las fuerzas políticas y las organizaciones sociales, del rol de todos los actores incluidos los medios y sus profesionales, de la convivencia en las redes, del respeto a las formas y al fondo de la resolución de conflictos de intereses. No es señalando con el dedo acusador que se resuelven las diferencias, sino construyendo nuevos equilibrios.

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