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Devaneos inútiles en torno a una imagen por Marcelo Aguiar

Devaneos inútiles en torno a una imagen por Marcelo Aguiar
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Había una vez, en un remotísimo lugar del Universo, un conjunto de partículas y gas que se arremolinaban violentamente alrededor de un agujero negro súper-masivo, las que produjeron un paquete de ondas que salió despedido en una dirección tal que habrían de cruzarse, muchísimo tiempo después, con la órbita de nuestro planeta. Por aquel entonces en La Tierra no había ni rastros de los primeros Homo Sapiens, los que surgirían con el inicio del Paleolítico, unos 52 millones de años después de que aquel paquete de radiación comenzara a atravesar el espacio interestelar.

El viaje fue largo. Hubo tiempo para que aparecieran y desaparecieran numerosas especies y para que la humanidad evolucionara, recién en los últimos cinco millones de años, bajo la forma de grupos nómadas de cazadores-recolectores. Con la invención de la agricultura fueron surgiendo los primeros asentamientos que evolucionaron más tarde en poblados y ciudades, hubo infinidad de guerras, se construyeron imperios que luego cayeron y se inventaron dioses de todos los colores para darnos la ilusión tranquilizadora de que la muerte no es definitiva, y dar respuestas provisorias a las cuestiones que no éramos capaces de entender. Hasta que en los últimos tres siglos o algo más, fuimos capaces de crear un método de conocimiento fiable, porque no sólo daba acceso a verdades comprobables sino que contenía como pieza clave un mecanismo de autocorrección, el escepticismo metodológico.

Ya entrado el siglo XVIII y con la revolución científica en curso, más precisamente, en el año 1724, nacieron dos hombres que habrían de trascender por motivos muy distintos, el filósofo natural británico John Michell, y el famoso erudito prusiano Immanuel Kant. Éste último una de lumbreras más reconocidas del pensamiento filosófico, y el primero, un científico casi desconocido, a pesar de ser considerado por la Asociación de Físicos de los EEUU como una de las mentes más brillantes de todos los tiempos. Después de haber ideado un método para construir imanes, de haber inventado la ley del cuadrado inverso de la distancia para la fuerza magnética y de haber trabajado en geología, siendo el primero en descubrir que los terremotos se desplazan por medio de ondas, John Michell todavía tuvo tiempo para pensar en las estrellas. Fue el primero en observar las estrellas binarias, y combinando la curiosidad de un juego mental con el cálculo matemático, demostró que la velocidad de escape necesaria para vencer la atracción gravitatoria de una estrella era inversamente proporcional a su circunferencia. Es decir, que cuanto menor fuera el diámetro de la estrella mayor deberá ser la velocidad de la partícula para poder escapar al tirón de la fuerza gravitatoria (estamos bajo el supuesto newtoniano de la gravedad entendida como una fuerza, y la luz en su versión

corpuscular). Esto lo llevó a comprender que debía haber un diámetro límite, que llamó circunferencia crítica por debajo del cual para escapar de la gravedad sería necesaria una velocidad superior a la de la luz. Michell calculó esa circunferencia en unas quinientas veces el tamaño del Sol y postuló la existencia de estrellas oscuras en 1783, cuando la expresión agujero negro no tenía relación alguna con la astronomía y la astrofísica. Casi por el mismo año, Kant publicaba algunas de sus obras más notables en las que sostenía que, en su concepción de idealismo trascendental, el mundo no es otra cosa que “una suma de apariencias” ya que las cosas en sí (que llamó noúmenos) “permanecerán para nosotros absolutamente desconocidas”.

A esta altura, las radiaciones que habían salido de las cercanías del agujero negro seguían su curso con independencia de estas disquisiciones, y estarían ya a escasos 250 años de llegar. El fisico teórico Kip Thorne, ganador del Nobel de física en 2017, cuenta que Laplace retomó la idea de estrellas oscuras de Michell trece años después, sin mencionar el antecedente de su colega, pero la abandonó rápidamente convencido de que la naturaleza ondulatoria de la luz, concepción predominante en esa época, no resultaba muy compatible con algo que se frenara por la atracción gravitatoria (1). La idea quedó entonces en el olvido por algo más de un siglo hasta que Einstein formuló su teoría gravitatoria relativista según la cual la luz debería deformarse en presencia de un campo gravitatorio. Esto motivó al astrofísico Karl Schwarzschild a estudiar la curvatura del espacio-tiempo en el exterior de una estrella teórica, perfectamente esférica y en reposo. Schwarzschild recalculó la circunferencia crítica, esta vez a partir de las ecuaciones de Einstein, no partiendo de las de Newton como había hecho Michell, y confirmó su valor.

Estamos ya en las primeras décadas del siglo XX, y vale la pena pensar en lo absolutamente demenciales que resultaban para el sentido común las consecuencias físicas derivadas de estos descubrimientos teóricos y matemáticos. El tiempo no sólo es un concepto relativo, sino que en el caso particular de la superficie de una estrella con un radio crítico, se encuentra infinitamente dilatado (o enlentecido, para un observador exterior) hasta quedar detenido, por lo que la luz, con su longitud de onda desplazada al rojo un valor infinito, no consigue escapar de ese lugar conocido como horizonte de sucesos. Las implicancias eran tan contraintuitivas que incluso las mentes más brillantes de la época, como Einstein y Eddington se negaron a aceptarlas. Einstein escribió en 1939: “las singularidades de Schwarzschild no existen en la realidad física”, (un error absolutamente despreciable, hay que decirlo, si lo comparamos con la inmensidad de su aporte que transformó por completo nuestro entendimiento del universo).

Hasta ahora los científicos habían detectado ya muchas pruebas indirectas de la existencia real de los agujeros negros, pero finalmente con la llegada de aquella radiación que comenzó su viaje hace 55 millones de años, recibimos la prueba directa. Cuesta dimensionar una hazaña tan extraordinaria del pensamiento humano. Partiendo de la más pura abstracción, de artefactos imaginarios como son un conjunto de teorías expresadas en fórmulas matemáticas y del empleo de la razón, se pudo conjeturar la existencia de objetos físicos exóticos, jamás detectados empíricamente y que resultaban inimaginables, por contrarios al sentido común y en apariencia contradictorios con postulados físicos bien establecidos. Es un triunfo del método hipotético deductivo sobre las epistemologías inductivas, aquellas que suponen que las teorías se obtienen generalizando desde lo particular y que las hipótesis y predicciones deben partir necesariamente de los datos de la realidad.

Es además un duro golpe para las filosofías empiristas que suponen que sólo es posible derivar las explicaciones de las experiencias (como se sabe, para Locke y Berkeley conocer consistía en percibir), y lo es también para el positivismo, que parte del supuesto de que el conocimiento debiera limitarse a lo que los sentidos nos permiten percibir del mundo exterior. Como señalaron Bunge, David Deutsch y otros, tanto el empirismo como el positivismo jugaron un rol muy valioso desde la filosofía ilustrada, haciendo frente a las metodologías tradicionales de conocimiento basadas en el respeto a la autoridad y los mitos religiosos, y promoviendo la experimentación, la racionalidad y el cientificismo contra el dogma y la metafísica (2). Steven Weinberg señala además la valiosa incidencia del positivismo en la Teoría especial de la Relatividad de Einstein, la cual se presenta plagada de observadores que miden distancias y tiempos, lo que le permitió cuestionar el sentido absoluto de la simultaneidad (3). Sin embargo, nunca se podrían haber dado saltos cualitativos en el conocimiento sin establecer conjeturas arriesgadas que superaran los límites de la experiencia sensorial, rompiendo la rutina de los métodos inductivos que tienden a favorecer la formulación de predicciones elaboradas con “más de lo mismo”.

Otra baja colateral que bien vale la pena celebrar es la del programa fuerte de la sociología y demás corrientes para las cuales el contenido de la ciencia está determinado por su marco de referencia. Una hipertrofia relativista que pretendió desconocer el valor del conocimiento objetivo con consecuencias nefastas. Bajo el supuesto de que todas las teorías, como productos sociales que son, debían reflejar de algún modo el contexto histórico y social en el cual fueron elaboradas, estos autores fueron mucho más allá para terminar afirmando que no existe la distinción entre una teoría y un hecho, y que por tanto también el producto del conocimiento científico debe estar contaminado de ideología. De este modo, una idea razonable como que la ciencia, al igual que cualquier actividad humana, debe estar condicionada por su entorno cultural, se fue transformando en un dogma anticientífico y reaccionario basado en que la noción de verdad, la objetividad del conocimiento y el progreso no existen, y todo se reduce a una diversidad plural de puntos de vista igualmente válidos. La máxima del inclusivismo posmoderno, cuyas trazas se pueden prefigurar en alguno de los engendros más deplorables del pensamiento humano: la distinción entre ciencia aria y ciencia judía, entre ciencia burguesa y proletaria, entre ciencia patriarcal y feminista, entre ciencia poscolonial o imperialista, etc.

Esta forma de constructivismo social llevó además a la gestación de ideas sencillamente absurdas. En pleno auge de estas imposturas intelectuales, como las definió Alan Sokal en su brillante libro con ese nombre en colaboración con Jean Bricmont (4), gente intelectualmente respetada llegó a plantear seriamente dislates como que los quarks son una construcción social (Andrew Pickering), o que antes de que Robert Koch descubriera la bacteria causante de la tuberculosis (en 1882) ésta no tenía existencia real, por lo que afirmar que Ramsés II murió de tuberculosis tiene tanto sentido como decir que murió baleado por una ametralladora (Bruno Latour). Pero más grave aún que estos delirios aislados es constatar que muchos de sus fundamentos teóricos siguen vigentes hoy en los líderes de algunos movimientos sociales y en parte de la intelligentsia bienpensante cuando, intentando plantarse desde una perspectiva de corrección política poscolonial, opuesta a Occidente y a la globalización, fomentan una

especie de suicidio colectivo al promover la desconfianza en la ciencia, la cual es presentada como una ideología de dominación, o como a un instrumento del capitalismo y la industria, para terminar abrazados a las pseudociencias más infames y a todo cuanto aparezca adornado con el membrete de alternativo, por descerebrado que sea.

Lo cierto es que, desmintiendo las especulaciones de filósofos idealistas, fenomenistas y teóricos constructivistas, aquella idea conjeturada por Michell en pleno auge del Primer Imperio Británico, y mejor comprendida bajo el paradigma relativista ya en el siglo XX, acaba de ser confirmada con el registro histórico de aquel puñado de ondas de radio. Y lo que se confirmó no es un subproducto imaginario, o para decirlo con sus términos, un mero constructo, sino algo bastante más denso y que ni remotamente puede considerarse una construcción social. Se trata de la propia existencia en el mundo real de un colosal objeto astronómico que estaba allí miles de millones de años antes que algún Homo Sapiens se pusiera a mirar las estrellas y preguntarse sobre su significado, y que seguramente seguirá existiendo cuando ya no quede nadie para seguirlo haciendo. Una bien merecida bofetada para esta penúltima versión del más arrogante antropocentrismo.

(1) – Kip Thorne, “Agujeros negros y tiempo curvo” (2010 – Ed. Crítica) (2) – Ver: Mario Bunge, “A la caza de la realidad” (2007 – Ed. Gedisa) y David Deutsch, “El comienzo del infinito” (2011 – Biblioteca Buridan) (3) – Steven Weinberg, “El sueño de una teoría final” (1994 – Ed. Crítica) (4) – Alan Sokal y Jean Bricmont, “Imposturas intelectuales” (1999 – Ed. Paidós)

 

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