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El dilema actual: ¿Doblaje o subtitulos en el cine?

El dilema actual: ¿Doblaje o subtitulos en el cine?
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A.C.C.U. Cuando el 23 de setiembre envié un mail a la directiva de la Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay sugiriendo la redacción de un manifiesto acerca de la invasión del doblaje en la cartelera no pensé que el tema causaría tanto revuelo. Las causas del pedido eran It y Madre, ambas calificadas no 18, aunque dobladas al español en el 85% de sus funciones. Hay dos posiciones opuestas al respecto, y entre ellas se abre una grieta tan profunda como la que luce en su rostro Jennifer Lawrence en el poster de Madre: ¿doblaje o subtítulos en cine? Para algunos el doblaje analfabetiza y atenta contra la integridad de una obra porque, como decía Robert Bresson, transmite “voces que se han equivocado de boca, voces sin realidad, que no se corresponden con el movimiento de los labios”. Para otros, el subtítulo distrae la atención del espectador.

El presidente de ACCU, Guilherme de Alencar Pinto, declaró que “el doblaje hace tiempo causaba molestia ocasional en alguna sala, pero actualmente hay películas que se estrenan sólo con una función subtitulada. Esto afecta muchísimo al crítico, porque es totalmente irresponsable comentar una película cuando en verdad no la ve tal cual ha sido realizada”. Su reflexión es atinada: los colegas veteranos recordarán qué difícil era evaluar antaño los films censurados. El contexto era otro y las causas muy distintas, pero el resultado sigue siendo el mismo: la mutilación parcial de una obra, que como acto creativo, merecería no ser tocada por manos ajenas a las del artista. Alencar razona que “el doblaje es una reinterpretación, es una modificación, es como un remix, por el cual en vez de comentar un disco terminamos comentando el remix de ese disco. Por eso es necesario acceder a la película original. Nadie dice que se deban prohibir las películas dobladas: sólo pedimos contar con otras opciones”.

 

DISTRIBUIDORES. Francisco Armas (Movie), Mariana Chango (Life Cinemas), Carlos Parodi (RBS) y Álvaro Caso (Enec) coinciden en cuatro puntos: 1) Como opción personal prefieren el subtitulado; 2) La demanda del público se inclina hacia la versión doblada, y la programación se atiene a ello; 3) El público de Nuevo Centro, Ejido, Costa Urbana y Las Piedras no parece tolerar el subtitulado; 4) En la incidencia del doblaje respecto a una factible baja de la alfabetización, “como empresarios ante todo debemos velar por el bienestar de nuestras compañías y sus empleados”. Chango reflexionó: “Cuando el adulto llega al cine las fichas ya están jugadas. Es difícil intentar enseñar o cambiar hábitos en una actividad que el uruguayo promedio realiza pocas veces al año. No asistir a una película subtitulada se puede deber a un cambio de hábitos multi causal o a una imposibilidad real para leer los subtítulos a tiempo. La clave es tomar el tema en la niñez o la adolescencia temprana, para que se adquiera adecuada velocidad y comprensión lectora”. Por su parte, Armas cree que se exagera un poco el tema de la poca opción subtitulada, “porque si bien es menor que antes, sigue habiendo una oferta importante de películas con subtítulos. Países del Primer Mundo como España doblan desde siempre sus estrenos”. Desde su óptica de distribuidor independiente Caso aclaró que en Enec se dedican a un cine “para sectores específicos, y ese público no tolera el doblaje. Lo que debemos preguntarnos es si los distribuidores hacemos lo que nos piden o marcamos tendencias y acostumbramos al público. De todas formas los tiempos cambiaron: los derechos de exhibición ya no vienen separados como antes (cine, TV, video) sino que caminan juntos, por lo que los materiales también llegan doblados en los paquetes. Es lógico que las majors intenten centralizar todo por un tema de costos”.

 

I.C.A.U. El director del Instituto del Cine y Audiovisual del Uruguay, Martín Papich, también se declaró en lo personal partidario del subtitulado, y destacó que “además de respetar en todos sus términos la propuesta originaria, los subtítulos benefician a un sector de público como la comunidad sorda o de menor audición”. De todas formas el Instituto no tiene el tema en su agenda, ya que “creemos que hay un asunto principal que está por encima de esto: cómo desarrollar globalmente esta actividad en nuestro país”. Ante el espinoso tema de la alfabetización en juego, Papich opina que “es cierto que el Estado tiene que implementar políticas que atiendan a la cultura, pero todos somos responsables de estas cosas: el que exhibe un material público o tiene una señal de TV, por ejemplo, debe preocuparse también por la incidencia que tiene lo que le da al ciudadano. No sólo el Estado es responsable de mantener en alto el nivel cultural de un país”. Papich también señaló que hay otras opciones que podrían allanar las cosas en el asunto del doblaje: “No olvidemos que todo forma parte de un paquete en el que hay películas, modos de exhibirlas, confort de salas, temas técnicos… En este asunto podría implementarse un sistema que existe, por el cual en la puerta de la sala se entregan al público aparatitos individuales que le permiten acceder al film de la manera que él quiera. Eso tiene un costo, claro, pero podría cobrarse un monto adicional, como se hace con el 3D y el 4D. Por eso digo que este asunto no sólo es cultural, sino que también tiene un alcance social y por supuesto un costado económico”.

 

BALANCE. En todo esto hay una dicotomía: un film es una obra de creación, pero el cine es un negocio. Quienes invierten dinero luego intentan recuperarlo con creces, y es lógico que así sea. Pero el comunicado de ACCU no exagera respecto a la poca oferta del subtitulado: este fin de semana Geotormenta tuvo 52 funciones diarias en Uruguay: 40 en español, 4 en portugués (en Rivera) y 8 en inglés. O sea, 82% de doblaje y 18% de subtitulado. ¿Es tan pronunciada la diferencia entre ambos públicos? Lo dudo: el primer sábado que se exhibió It la única sala que la proyectó en inglés en Punta Carretas no bastó para la demanda, y debió habilitarse una segunda sala de apuro.

Otra puntualización afecta a España, utilizada como ejemplo de país europeo en el que siempre existió el doblaje, porque: 1) allí no existe por preferencia popular, sino que es un negocio que mantiene baja la tasa de desempleo de los actores, que de otra forma estarían desocupados; 2) Franco impuso el doblaje en 1941 debido al alto porcentaje de analfabetos, lo cual no ocurre en Uruguay. Débora Quiring citó en La Diaria un efecto bizarro ocasionado por el doblaje español: al morir Marlon Brando un crítico lamentó la pérdida de “su extraordinaria voz”, cuando nunca había escuchado a Brando sino al actor que lo doblaba. Pero hay un ejemplo aún más bizarro: el doblaje de Mogambo alteró en 1953 la anécdota del film. Para ocultar el pecaminoso adulterio que Clark Gable ansiaba cometer con Grace Kelly, casada con Donald Sinden, se convirtió a éstos en hermanos, y al mostrarlos en la cama el doblaje propició algo peor: un incesto.

¿Hubiéramos disfrutado a Woody Allen con una voz ajena? O al revés: ¿qué sería de Cantinflas si alguien lo doblara a otro idioma? Por eso no parece justo que en el futuro los títulos para adultos terminen confinados al último horario nocturno. Pero todo tiende a eso: no olvidemos que este asunto empezó hace tiempo en pocas salas, y avanzó en forma lenta pero incontenible. No hay sociedad más inútil que aquella que se deja llevar por el oído, porque la lectura es la vía primordial para acceder a la verdadera educación.

El cine es un negocio y también un arte popular, una forma de cultura. Ante un público que no lee porque se dejó ganar por la pereza deberíamos unirnos todos: las autoridades implementando políticas culturales, los críticos transmitiendo una opinión fundamentada con la cual se oriente y persuada al espectador a elegir un producto, y los distribuidores haciéndose cargo de la incidencia social del material que exhiben. Para empezar podría practicarse una fórmula que atienda las características individuales de cada film: exhibir dobladas las animaciones, subtitulado el cine para público sectorizado y para el cine-espectáculo ambas modalidades, con horarios distribuidos en forma más razonable entre ambas tendencias. Como sea, debemos enfrentar los desafíos globales de la exhibición sin rendirnos ante propuestas unidireccionales que sólo se apoyen en la demanda del público o la crítica. Vencer la apatía parece ser entonces el verdadero reto.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.