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Dos antológicas distintas por Nelson Di Maggio

Dos antológicas distintas por Nelson Di Maggio
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Las revisiones de artistas con reconocida trayectoria son, con frecuencia, insatisfactorias. La familiaridad por parte del aficionado y el especialista con la obra casi siempre reclama la ausencia de algunas piezas claves o períodos significativos que impiden realizar la lectura adecuada o convincente del variado ayer.

En Ricardo Lanzarini, dibujo e instalación (Galería Xippas) se advierte de inmediato su estilo inconfundible: la iconografía devoradora de personajes de la sociedad actual signados por un fuerte empuje desacralizador y satírico, manifestado en dibujos enormes que recorren paredes, se hacen minúsculos en papel de hojas de fumar, se encrespan rozando alegremente la escatología e incorporan, guiñando al arte conceptual, el collage sobre el vanguardismo y el arte povera. Nada ni nadie permanece ajeno: la gente común, los militares, los sacerdotes, los políticos, los poderosos explotadores de la globalización, gordinflones boterianos autocelebrantes de la efímera sociedad del espectáculo. Cierto, faltan los aspectos más urticantes y polémicos de las instalaciones (Ensalada rusa, 28 round, Diálogo interguisal) o, por lo menos, alguna sesgada referencia a esos trabajos que afirmaron su estatura creadora en el cuarto de siglo de su producción.

No obstante, la muestra concebida como gran instalación, captura la retórica lanzariniana, debido a la agudeza de la curadora Adriana Gallo —íntima conocedora de la obra y rendida admiradora de su marido, se excede en el breve texto del desdoblable en imprudente adjetivo—, en sabia articulación con la vida personal a través de la serie Artefactos y viejos muebles y objetos de sus años mozos, para encerrar un misterio poético de sólida convicción. La primera gran exposición del año, innovadora, provocativa en la levedad del montaje aéreo, claro, luminoso de la galería hace del recorrido demorado, minucioso en cada detalle, por momentos de registro intimista, casi doméstico simbolizado en el antiguo llamador de bronce de las puertas de las casas, un momento de comunión memorable.

Una instalación diferente es la que propone Raquel Bessio desde la sala de acceso al Museo de Historia del Arte (muhar). El taller al museo es hacer público el ámbito privado, dar a conocer aspectos de una labor cotidiana, de tanteos, ideas, planes y resultados para establecer un diálogo más amplio con la comunidad a la que está dirigido. Porque Bessio encara sus reflexiones dentro de sus preocupaciones de contenido histórico nacional —Solís y los indios, el enfrentamiento de culturas, los países del Mercosur y su destino, frases de Artigas tapadas en una escuela por la dictadura cívico-militar asociadas a las marchas de silencio— para citar algunos trabajos, siempre asociados a candentes situaciones de la sociedad contemporánea, en una suerte de dialéctica de opuestos entre el pasado cuestionado y el presente problemático en una reflexión que, lejos de despejar dudas, las abre a infinitas interpretaciones como un ejercicio de libertad.

Con un lenguaje minimalista, por momentos árido para la mayoría como acontece de manera habitual en el arte conceptual, reducido en hedonismo y sensualidad, Bessio atraviesa los diferentes temas para entender mejor la cambiante realidad de hoy. Así, la serie La tierra prometida, que recorrió varios países, incluso la Bienal de Venecia, fue ejecutada en diversos soportes (cartón, acero, fotografía, video), modificó y cambió como la naturaleza que la rodeaba en un acuerdo tácito con lo perecible de la existencia.

El intento de situar en un espacio museal el taller, de dialogar con el visitante las inquietudes propias no parece logrado. Más que acercamiento, contrario a sus deseos, persistió el distanciamiento. Quizá faltó la vitalidad disparada en varios sentidos que supone la desordenada existencia del trabajo cotidiano que acepta las terribles dudas, los planteos erróneos, las contradicciones que se plantea el creador para materializar las ideas, los papeles rotos y arrojados por el suelo, los cuadros inacabados, los libros abiertos de consulta, las penurias de la imaginación, los aciertos súbitos y encandilantes, como manifiestan los diarios íntimos (Delacroix, Klee, Van Gogh). Ese mundo de confusión y de tanteos es sustituido por el cuidadoso y prolijo montaje, limpio de cualquier alteración a la estructura establecida (por el museo) donde cada cosa está en su lugar (los escritorios y los caballetes, las cuerdas, la silla para ver cómodamente el video, los libros en la biblioteca, los cuadros y esculturas bien colgados). Las personas piensan que un taller de artista es más desordenado y menos pulcro. Un montaje menos rígido, más descuidado, pero calculado, habría aflojado la impecable rigidez del conjunto. Durante la noche, las vidrieras muy bien iluminadas atraen al paseante por la extraña, misteriosa exhibición visual.

Comprometidos con el mundo que los rodea, aquí y ahora, Lanzarini y Bessio, cada uno a su manera, proponen y estimulan la reflexión en períodos de anomia colectiva.

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