Home Teatro Dos décadas imaginando (y haciendo) teatro, por Leonardo Flamia
0

Dos décadas imaginando (y haciendo) teatro, por Leonardo Flamia

Dos décadas imaginando (y haciendo) teatro, por Leonardo Flamia
0
0

 “en el teatro hay que obsesionarse cuando estás en un proceso” (Danilo Pandolfo)

Entre la variedad de propuestas que se pueden ver en Sala Verdi, incluyendo obras de la Comedía Nacional, muestras de festivales extranjeros o ciclos de espectáculos que trabajan en los límites de lo teatral, encontramos regularmente espectáculos del interior de nuestro país. No es que casualmente llegan obras de Fray Bentos, Canelones o Paysandú, sino que es un propósito de la sala programar espectáculos de calidad hechos en ciudades del interior. Gracias a esa apuesta de la Verdi los montevideanos hemos tenido la chance de ver excelentes espectáculos como La defensa (en 2013) y Manduraco, el cabortero (en este 2017) del grupo Imaginateatro de Paysandú. Manduraco surge a partir de ideas que fueron desarrollando el actor Danilo Pandolfo y el director Darío Lapaz, con quienes Voces conversó, en el escenario de la Verdi, sobre la trayectoria de Imaginateatro, sobre la profundidad de sus creaciones, y sobre sus futuros proyectos.

¿Cómo surge Imaginateatro?

D.L.: Surge en 1997 a raíz de la separación con otro grupo, el Teatro Atahualpa, donde estaban referentes del teatro de Paysandú como Omar Ostuni y Diva Merello, que eran de una época más de auge del teatro de Paysandú, y una cantidad de gurises que andaban en la vuelta.

D.P.: El auge es relativo, nosotros hoy por hoy hacemos muchas más obras y muchas más funciones que en aquella época, pero siempre está el recuerdo imaginario de que antes todo funcionaba, y en realidad no. Pero nos quedamos con repetir algunas cosas como: “Porque lo de antes estaba bien y ustedes hacen cualquier cosa” (risas)

D.L.: Es verdad, pero bueno, estaba Teatro Cine Club y el Teatro Atahualpa, con un montón de gurises, había venido un director cubano a dirigir a Paysandú, Ramiro Herrero Beatón, que había montado pila de obras y hubo algunos inconvenientes internos y todo el elenco de la obra que estaban haciendo en ese momento, que era Infieles de Marco Antonio de la Parra, se separó, y ahí nació Imaginateatro. El nombre se lo puso, en homenaje a Imagine de John Lennon, quien era la vestuarista en ese momento, y ahí surgió. Y nace con una necesidad de seguir haciendo, pero no había grandes aspiraciones, éramos todos gurises, algunos no tanto, pero había pila de gente de 17, 18 años. En Paysandú particularmente pasa que gran parte de una generación nos falta, cuando llegan a los 18 años la mayoría se van a estudiar a otro lado. Y a los dos años Imaginateatro perdió como 5, 6 integrantes, de un plumazo, porque se fueron. Pero bueno, nos asociamos los que estábamos desde esa época, Danilo se incorporó en el 2000, con otros compañeros que también venían del palo del carnaval, y se fue manteniendo en el tiempo algo que había nacido como una explosión de ganas pero sin mucho rumbo. No teníamos lugar fijo, anduvimos deambulando por diferentes lugares que nos prestaban para ensayar. Estuvimos en una Iglesia metodista, que tenía como una especie de salita en un subsuelo que nos prestaban incondicionalmente. Después estuvimos en un lugar de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en la Alianza Francesa de Paysandú, en el local del sindicato de AUTE, en casas particulares. Y se hacía lo que se podía, una obra por año, un par de obras por año, y en general hacíamos 5 o 6 funciones y quedaban ahí. Después en el 2003 hay como un mojón que fue cuando tuvimos el primer espacio, que era una casa vieja que le ofrecieron a un compañero del grupo para poner un boliche y la fue a ver y dijo: “acá tenemos que poner una sala de teatro”. Era una casa que estaba destruida, pero le empezamos a meter mano de obra y pudimos acondicionar un espacio pequeño dentro de la casa, y ahí montamos En la lona, de Rolando Speranza, que era una obra que transcurría en una casa vieja, destruida, entonces venía bárbaro.

D.P.: Y para esa obra vendíamos entradas, iba gente, la hicimos como treinta veces, veníamos de hacer 4 o 5 veces cada obra y saltar a 30 en una sala propia… fue un mojón como decía Darío.

Todo eso que dicen parece que está incorporado a La defensa

D.P.: Es que las obras que hemos escrito nosotros están plagadas de cosas que nos pasan, en La defensa en un momento el tipo dice: “nos tenemos que ir de acá, me informaron que nos tenemos que ir de acá” y el día que estrenamos La defensa nos echaron de esa casa.

D.L.: La ficción precedió a la realidad, y no fue la única vez, nos ha pasado muchas veces que planteamos una situación determinada en la ficción y nos pasa.

D.P.: Lo que pasa que en las obras nosotros siempre apelamos al material vital que tenemos, entonces por ahí se repiten algunas historias, o algunas cosas que hacemos en la escena pasan en la vida, o al revés, lo que pasó en la vida después lo hacemos en la escena.

D.L.: Pero pasaron otras cosas, en el 2005 con una obra que se llamaba El coordinador, de Benjamín Galemiri, ganamos el primer Florencio de un grupo de Paysandú. Florencio al teatro del interior ¿no? En esta suerte de separación de Montevideo con dos exteriores, mejor obra del exterior, mejor obra del interior, y después está la mejor obra del mundo…

D.P.: Que es la de acá (risas) la mejor obra del mundo es la de Montevideo…

D.L.: Y esa vez en Paysandú se generó toda una cuestión, porque era la primera vez que un grupo de Paysandú ganaba un Florencio, fue la primera vez que pudimos hacer una gira, la Intendencia puso materiales y mano de obra para que pudiéramos ampliar la sala, se generó un movimiento alrededor del premio que capitalizamos para lo que estábamos haciendo. Fue la primera vez que nos invitaron a actuar en un teatro de Montevideo, en el Circular, arrancamos la gira por ahí, fuimos a Las Piedras. Y en el 2006 hicimos el primer espectáculo patrimonial. Nos convocaron para hacer una intervención teatral en el Monumento a la perpetuidad de Paysandú, que era el cementerio viejo que ahora es un museo, para el día del patrimonio. Y  a la vez nos convocan para hacer una obra para contar una historia del Teatro Florencio Sánchez. Entonces a partir de ahí, con Marcelo Goyos que se incorporó ese mismo año al grupo empezamos a mutar la forma de relacionarnos con el patrimonio, con las historias de la ciudad, y valernos de las herramientas del arte escénico para contar historias que tuvieran que ver con el patrimonio de la ciudad. Y a partir de ahí se generó un ciclo, hicimos espectáculos en todos los museos de Paysandú, hicimos intervenciones en plazas, en la calle. Eso derivó en el bus turístico, que es un espectáculo arriba de un ómnibus, que seguimos haciendo, todos los años, en una versión distinta. Y ahí se empezó a ver que podíamos transitar ese camino de contar nuestras propias historias, que no se consolidó del todo hasta el 2012 cuando hicimos La defensa.

D.P.: Que no quiere decir que mañana encontremos una obra y la hagamos, como pasó con Aarart (de Santiago Sanguinetti). Pero se empezó a dar un proceso en que ya lo que queríamos decir no venía en otro texto

La dramaturgia de Imaginateatro tiene como característica que se nutre mucho de lo local, pero a la vez hay un montón de capas que se superponen y terminan generándose espectáculos universales, con gran profundidad en los personajes

 D.P.: Cuando vos elegís trabajar sobre esos textos que están en el aire, escribir una historia que está y la tenemos que contar nosotros, apelamos mucho a la herramienta teatral, a cómo va a quedar arriba, entonces ahí se empiezan a meter capas, por ejemplo en los personajes, que después de repente no se ven directamente. O sea, de repente a veces somos lineales en el decir, pero se trabaja todo lo teatral para que la historia realmente llegue, y eso empieza a construir capas, empieza a leudar. De un ensayo a otro vamos agregando cositas para que funcione lo que se dijo, o sino funciona se dice de otra manera. La dramaturgia adquiere profundidad en el trabajo teatral, en la escena.

D.L.: Hay como un hacer reflexivo, que es una forma de aprender también. Hacer y reflexionar sobre lo que uno hace nos ha llevado a tener un poco de pericia en identificar qué dispositivos escénicos suman esas nuevas capas, cómo avanza una historia y en paralelo avanzan los vínculos entre los personajes, todo ese juego metateatral que tenía La defensa. La defensa es otro mojón porque nos agarró en un momento en que estábamos muy consolidados un grupo pequeño de personas. Cuatro de nosotros convivíamos, Leo (Leonardo Martínez) y Marcelo estaban viviendo en la misma casa que Laura (Galin) y yo, y Danilo estaba en la misma ciudad, había convivencia. Entonces el límite de los ensayos era difuso, terminaban los ensayos y la seguíamos en casa. El momento de La defensa fue muy poderoso porque además en ese espectáculo trabajamos un año entero, y eso ayuda también, fue un espectáculo de producción de fuego lento.

D.P.: Y nos damos cuenta de algunas cosas ahora, por ejemplo hace un rato, antes de que vos vinieras, estábamos hablando sobre la calidad de los silencios de Manduraco. Nosotros nos juntamos y nos gusta mucho hablar de teatro, también nos encanta hablar de cualquier cosa y comer asado, no nos vamos a poner en monjes tibetanos (risas), pero siempre estamos hablando de teatro. Como ahora en donde pensábamos en como en una parte de Manduraco gana la emoción, y la obra la estrenamos hace tres años, pero hay cosas que nos estamos dando cuenta ahora. La obsesión por contar bien las historias llevó a que La defensa la hiciéramos con mucho tiempo, con mucho cariño y tratamos de ponernos finos en el oficio. Porque ninguno de nosotros es bueno naturalmente de por sí. Si bien hay algunos actores como Leo que son lindos de ver, que te ganan con la presencia, sobre eso metemos laburo, porque sabemos que ahí después hay un terreno fértil para hacer cosas bien lindas. Y seguimos trabajando sobre algunas cosas que le hacen al teatro, en el teatro hay que obsesionarse cuando estás en un proceso, y nosotros no podemos parar.

D.L.: Y nos hemos habituado a hacer obras de largo aliento, por ejemplo Manduraco es una obra que la tenemos en cartel de forma permanente, es una obra súper fácil de trasladar, nos encanta hacerla, la estrenamos hace tres años y todavía le estamos encontrando algunas cositas, la seguimos trabajando. Y cada obra que estrenamos se incorpora a una suerte de repertorio al que le sumamos cosas. La defensa no la hicimos más porque no todos estamos trabajando juntos ahora, Marcelo está por su lado.

D.P.: Igual La defensa descubrimos que era un teatro pesado, de trasladar, si había una moneda éramos 5 o 6 para repartirla, no se había podido haber hecho mucho más. Ya la habíamos dejado de hacer antes de que se fuera Marcelo.

¿Cómo surge Manduraco? Uno oye la voz rasposa del personaje y no se imagina que pueda ser otra. Y hay mucho orgánico del actor incorporado al personaje.

 D.L: La voz de Manduraco surgió ahí afuera (señala la puerta de entrada a la sala Verdi), estábamos haciendo La defensa y había un cuidacoche que nos miraba mientras estábamos descargando las cosas, y lo mira a Leo y le dice (con vos rasposa): “vos no sos vos, vos sos un farsante” (risas). Y después charlando de proyectos en los viajes salió el recuerdo de ese cuidacoche y la voz de Manduraco quedó asociada a esa voz.

D.P.: Y la idea surge porque una vez hablando de cosas de teatro me imaginaba que era repoderosa la idea de ver a un tipo escuchando cumbia, recitando poesía y saltando la cuerda. Me imaginaba eso como en unos tonos sepia, frente a un espejo abajo de la luz, con humo, era esa imagen. Manduraco se llamaba un amigo de mi viejo y me gustaba como sonaba el nombre. Lo de cabortero es porque en el interior se le dice cabortero al potro que no se deja domar, y para un boxeador estaba bueno.

D.L.: Teníamos esa imagen y la necesidad de hacer un unipersonal, yo levanté el guante para dirigir y armar la dramaturgia y me empecé a obsesionar por el dispositivo del unipersonal, y una de las cosas que aporté a ese primer germen fue establecer un código claro sobre cómo se para el actor para el unipersonal. O era un soliloquio donde uno ve al actor elucubrando o vamos para el otro lado, vamos a tratar de jugar a que todo lo que sucede pueda estar sucediendo realmente. Ahí nos metimos en ese berenjenal, y empezó a surgir el universo de la cantina. Es del club Huracán porque el padre de Danilo era de Huracán.

Parece delinearse una estética propia de Imaginateatro ¿Cómo lo perciben ustedes eso?

D.L.: Hace un par de años Estíbaliz Solís, que está haciendo la maestría de teatro en la UDELAR, tomó la obra de Leo Martínez, y en particular Hyde. La niña que quería morir, para una tesis. Después amplió un poco el corpus y puso como hipótesis la existencia de un lenguaje de teatro del litoral

D.P.: Yo ahí la veo más, ampliando la cancha la veo más, solo Imaginateatro no tanto.

D.L: Igual, son cosas que empiezan a existir a partir de que las nombrás. No se podría hablar todavía de un teatro del litoral como sí se puede hablar de la música litoraleña, de la cual Aníbal Sampayo fue un referente ineludible. Sí se puede hablar de dos o tres grupos o 10 o 12 personas que están hablando como un lenguaje común. La gente de Carmelo, la gente de Fray Bentos y nosotros. Ahora nos vamos a juntar, a fines de Julio, y nos vamos a mostrar lo que estamos haciendo y vamos a colaborar para opinar y tirar dispositivos para tres espectáculos a la vez. Y esta gurisa (Estíbaliz Solís) se puso a reflexionar sobre este tipo de cuestiones, sobre la construcción de una poética que tiene una relación fuerte con el lugar desde donde crean los creadores. Y por ahí sí se puede hablar de un estilo de teatro reconocible, de una forma. El año pasado y el otro vinimos a hacer espectáculos en la Biblioteca Nacional para hacer una visita guiada en un acto protocolar en donde se lanzaban los festejos de los 200 años de la biblioteca. Para un público exclusivamente de medios de comunicación y autoridades, y Daniel Machín, que es el que coordina eso, quiso que viniéramos nosotros porque conocía el bus turístico, y los personajes que desarrollamos. Hace poco le pedí que me describiera por qué había pensado en nosotros y el loco termina diciendo: “los convoqué porque hablan en litoraleño y porque hace años que vienen mezclando patrimonio, turismo, teatro”. Entonces montamos un espectáculo que tenía identidad, que tenía la particularidad de la forma de contar historias que tenemos.

¿Qué proyectos tienen en este momento?

D.L.: Hicimos un festejo de los 20 años y presentamos 5 obras que están vinculadas a lo que es Imagina. Y ahora queremos tomar a los personajes de La defensa en una especie de continuación. Queremos ponerle El achique, para seguir con la metáfora futbolera, y queremos poner a esos mismos personajes unos años después, en una situación diferente. Estamos recolectando insumos, vamos a ver de qué viene la cosa. Queremos hacer algo en relación también a un episodio muy confuso que hubo hace unos años en Paysandú, que se profanó la tumba de Leandro Gómez, una cosa muy rara. Queremos meterle algunas intertextualidades con diferentes cosas y desarrollarlo a través de estos personajes, sin Marcelo porque no estamos trabajando ahora con él. Después estoy elaborando con Laura, mi compañera, un unipersonal que va por el universo de la inmigración rusa en el Uruguay. El abuelo de ella era ruso y nos pusimos a investigar en la genealogía de ella y hay algunas historias que queremos contar. Y por otro lado queremos hacer, con el mismo formato del bus turístico, un espectáculo que sea un recorrido nocturno por diferentes lugares de Paysandú, museos y esas cosas, contando historias del universo fantástico, mezcladas con algo de patrimonio también y que sea un recorrido nocturno. Esos son los tres proyectos que están asomando en el horizonte.


Loser sanducero

Manduraco es un personaje extraño, uno podría, en principio y para ubicarlo, decir que es como una mezcla de Ringo Bonavena, Fabián O`Neill y el Canario Luna. Pero en realidad nunca llegó a tener el éxito de ninguno de ellos, apenas la casualidad parece haberle dado un fogonazo de notoriedad sobre la que se apoya para reivindicarse y aprontar su regreso a las canchas, o al ring en este caso. Para ese regreso se recaudan fondos en una actividad en el Club Huracán, y el propio Manduraco recibirá al público que se acerca a conocer su historia, revivir sus momentos de gloria, y escuchar sobre su necesidad de redención, en una nueva pelea con el boxeador salteño, nada menos, Carlos “El Carlanco” González. La obra se llenará de anécdotas entre picarescas y bizarras, pero también brindará un retrato de un fracasado típico, de un loser sin el glamour de los “perdedores” hollywoodenses, pero con el mismo potencial de enjuiciar sociedades que miden todo en términos de éxito o fracaso. Aunque lo de enjuiciar en realidad es una interpretación personal, el espectáculo no saca conclusiones, solo expone la historia de un boxeador veterano anhelando tener la última chance de vivir un momento de gloria. El otro componente relevante de la obra es el universo de la cantina de barrio.  Darío Lapaz cuenta que el universo de las cantinas aparece en la obra: “porque Danilo se crió en un boliche. Y yo iba a buscar a mi abuelo y a mi padre a las cantinas de clubes, y me iba quedando. Mi abuela me mandaba a buscar a mi abuelo, ibas y decías: ‘abuelo, dice la abuela que la comida se enfría’ y ahí el tipo le decía al bolichero: ‘servile al gurí una Coca Cola’ y ahí nos quedábamos los dos”. Esa historia ilustra infinitas variaciones de momentos que algunas generaciones de uruguayos vivimos en boliches que también están contando sus últimas historias. En definitiva el universo de Manduraco, el de boliches de barrio con casín y grappa con limón, desaparece junto con sus habitantes, pero revive en las funciones de una obra que sobre la historia lineal de un boxeador fracasado pone en pie un universo lleno de anécdotas e historias que tienen que ver con la memoria de nuestra sociedad.

Manduraco, el cabortero. Autores: Darío Lapaz y Danilo Pandolfo. Dirección: Darío Lapaz. Actor: Danilo Pandolfo.

Leonardo Flamia

Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga.
Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.