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Dos reflexivos dramas franceses

Dos reflexivos dramas franceses
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El porvenir (L’Avenir), Francia/Alemania 2016. Dirección y libreto: Mia Hansen-Love. Fotografía: Denis Lenoir. Con Isabelle Huppert, André Marcon, Roman Kolinka, Edith Scob, Sarah Le Picard, Solal Forte. Estreno: 25 de mayo. Calificación: Buena.

 

En lo previo esta película prometía muchísimo, porque no todos los días se unen en un mismo proyecto un peso pesado de la pantalla francesa y una directora talentosa con cosas para decir y hacernos reflexionar. A estas alturas nadie debería ignorar el nivel de entrega y exigencia en el que se mueve Isabelle Huppert, actriz diminuta que ha sabido compensar su magro físico con una fuerza demoledora a la hora de encarnar mujeres complejas, torturadas y para nada dulces. Por su parte, Mia Hansen-Love supo captar la atención del cinéfilo en sus dos películas previas exhibidas en Montevideo (Todo está perdonado, 2007; El padre de mis hijos, 2009) y en otras dos no llegadas aquí, pero vistas por este cronista (Un amor de juventud, 2011; Edén, 2014). Sin duda alguna, el plato estaba servido y parecía tan sabroso como suculento.

El resultado, hay que decirlo, es valioso, pero no una obra mayor. El porvenir, como los films anteriores de Mia, vuelve a tocar problemáticas ligadas al desarrollo humano y personal. Huppert es una profesora de filosofía a la que a lo largo de la trama le suceden esas pequeñas grandes cosas que pueden pasarle a cualquier persona al borde de los 60 años. Por un lado tiene una madre (Edith Scob) con serios problemas de salud física y mental. En una segunda vertiente, advierte que su matrimonio navega inexorablemente de la crisis al directo descalabro, mientras sus hijos parecen ir alejándose de ella (¿o será al revés?). Y en el medio de esos dilemas, comienza a experimentar una evidente falta de pasión por su labor docente. Aunque pasó hace rato “el medio del camino de la vida”, Huppert (y con ella el espectador) advierte que esta etapa de su vida está signada por la distancia. La que existe entre ella y sus apasionados e intelectuales estudiantes, pero también la que detecta frente a sus mayores, que han abandonado toda esperanza y sólo saben refugiarse en la soledad más absoluta.

Por todo ello El porvenir es un film sobre el paso de la vida, más específicamente sobre la etapa de transición que se da en el ser humano entre la adultez y la tercera edad, cuando nos percatamos que a los 60 aún nos preguntamos lo mismo que a los 20: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos? La de El porvenir es, qué duda cabe, una historia humana, y necesitaba un enfoque de similar característica para llegar al espectador con toda su contundencia emocional. En cambio, Mia Hansen-Love tiene una forma muy cerebral, incluso pretenciosa, de encarar la propuesta. Está claro que a nivel narrativo la directora acierta en lo que tiene que ver con la sucesión de hechos, el acercamiento psicológico a sus personajes y la estupenda contención del elenco. Pero el espectador siente que un condimento falta en este plato, y no es otro que una mínima acentuación dramática que permita distinguir cuáles son los hechos específicos que privilegian la paulatina transformación de la protagonista. En cierto momento dice en voz alta que por fin se siente una mujer libre, pero nos quedamos sin saber por qué siente eso en ese específico instante. En El porvenir todos los personajes son muy inteligentes, y hablan y razonan como tales. Sin embargo, deambulan desnorteados, y nunca se apean del intelecto, nunca se embarran con eso tan valioso llamado emoción. Por eso este film con contenidos profundos nunca se nos cuela en la piel. Mia Hansen-Love apela al cerebro y desdeña el corazón. Con su talento, en el futuro debería decantarse por ambas vertientes.

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Después de nosotros (L’Economie du Couple), Francia/Bélgica 2016. Dirección: Joachim Lafosse. Libreto: el mismo con Fanny Burdino, Mazarine Pingeot y Thomas van Zuylen. Fotografía: Jean-François Hengens. Con: Bérénice Bejo, Cédric Kahn, Marthe Keller, Jade Soentjens, Margaux Soentjens. Estreno: 18 de mayo. Calificación: Buena.

 

El título en español con el cual se exhibe esta película en Montevideo es engañoso y reduccionista. El espectador deberá prestar atención al nombre original (La economía de la pareja) para saber por dónde transcurrirá esta historia, un camino marcado por las inversiones a todo nivel: el económico, por supuesto, pero también el afectivo (pareja e hijos), el laboral y el de invertir roles en el hogar. La economía de la que habla el título en francés se detecta incluso en la forma del film, de manera muy notoria en el extenso plano-secuencia inicial. Esa apertura es un ejemplo perfecto de economía de recursos en la puesta en escena, porque en breves minutos y en una sola toma se describen todos los elementos que se desarrollarán más tarde en la historia. La pantalla muestra el comedor y la cocina de una casa en el instante en que Bérénice Bejo llega con sus hijas gemelas después de un día como cualquier otro. Lo que sucede de inmediato es lo que pasa a diario en cualquier hogar: la mujer debe cocinar algo rápido mientras las indóciles niñas se bañan a regañadientes, provocando nerviosismo y agitación en mamá. Pero de golpe todo empeora, porque aparece en escena Cédric Kahn, que hasta ese momento no había sido visto por nadie. De inmediato estalla un breve y filoso diálogo entre los adultos, y todo queda claro: esa pareja se halla en un avanzado estado de separación, y si la vida en común aún prosigue es sólo por razones económicas.

Esos tremendos minutos iniciales signan las características de todo el film, marcado por la abundancia de escenas extensas (una reunión de amigos, la mejor secuencia del film, se convierte en una de las instancias más incómodas que el cine ha ofrecido en los últimos años) y la unidad de lugar: el 99% de la historia transcurre en el interior de ese hogar. Eso pudo convertir a Después de nosotros en un ejemplo de teatro filmado, pero no lo es porque los recursos cinematográficos están a la vista, y se hacen valer mediante la sutil combinación de sugestivos fuera de campo con elegantes planos-secuencia.

Otro punto fuerte de la película es la esgrima verbal de los personajes, que posibilita magníficas labores de sus dos protagonistas, muy especialmente de Bérénice Bejo, que muestra una precisión temible a la hora de apostar por la tensión que imprime a su delgada figura, apoyada en unos ojos feroces y a la vez desencantados: es en ellos donde advertimos cuán liquidada está esa relación. Pero hay una casa en medio de ella y su marido, y es ese espacio físico el centro de todo el problema, ya que fue construido con dinero de la familia de ella, pero fue él (arquitecto) quien la hizo posible levantándola, embelleciéndola y otorgándole el valor económico que hoy posee.

Después de nosotros no moraliza con esta situación, ni aporta soluciones mágicas a los problemas. No tiene esas intenciones, y esa es otra de sus virtudes. Lo que pretende y consigue es detallar de manera realista una situación límite a varios niveles intentando resaltar una serie de incómodos síntomas, para que sea el espectador quien se vaya de la sala buscando un diagnóstico. Lo hace mediante gestos y tristezas tan momentáneos y certeros como desesperados, de esos que nadie podrá negar que existen, como cuando Bejo dice que ya no puede soportar ni siquiera la forma de moverse de Kahn. Este es un film que sin alharacas, pero con gran calado, habla del hombre como lobo del hombre, y de cómo podemos ser capaces de lastimar profundamente a quienes más hemos amado.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".