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El acuerdo secreto por Hoenir Sarthou

El acuerdo secreto por Hoenir Sarthou
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Una de las más seguras formas de equivocarse en política es guiarse por los discursos.

Aristóteles había advertido ya que la degradación típica de la democracia es la demagogia. ¿Y qué es la demagogia, sino la seducción del pueblo por sus políticos mediante el halago, la complacencia, la mentira, la dádiva y la promesa?

Es así. La política democrática lleva siempre adosado el riesgo de la demagogia, de que sus políticos (o, peor aun, su sistema político) se vean tentados a lograr el aplauso fácil –y el voto- mediante discursos halagadores, acusaciones ruidosas, mentiras complacientes, distorsión de la realidad y manipulación de los sentimientos más básicos, el miedo, el odio, la ambición, la soberbia  y la envidia.  En el fondo, la democracia republicana está obligada a ser didáctica. Si nuestra co-responsabilidad por las decisiones no nos mejora como ciudadanos, nos vuelve peores, nos degrada incluso como personas.

Todos vimos en el Parlamento lo que parecía un feroz enfrentamiento entre parlamentarios frenteamplistas y oficialistas por la entrega del puerto de Montevideo a la empresa katoen Natie. Insultos, agresiones y palabras rimbombantes eran lanzadas desde la oposición al oficialismo: “Soberanía”, “Independencia”, “Mala negociación”,  “Entrega del interés nacional”.  Muy conmovedor.

Mejor dicho, sería conmovedor si pasara algo, o si, un par de años atrás, acusaciones similares no hubiesen sido lanzadas desde lo que ahora es el oficialismo hacia lo que ahora es la oposición, en ese momento por el contrato de UPM2.

Hay una forma de no perderse en el embravecido mar de los discursos partidarios. La clave, paradójicamente, es ignorar los discursos y atender a los hechos. Por esa razón, durante siglos, los marinos no se guiaron por las olas sino por las estrellas. Porque las olas son fugaces y cambiantes, mientras que las estrellas son fijas y constantes.

Los discursos partidarios van y vienen. Se elevan y se aplacan. Rotan, quien ayer acusaba hoy se defiende, y viceversa. Sólo los hechos permanecen. Sólo ellos indican hacia dónde va la realidad, por debajo del oleaje de discursos intercambiables.

¿Y cuáles son los hechos en este caso?

Sencillo: el contrato de UPM2 sigue en pie y el de Katoen Natie también. Pasado el griterío parlamentario y mediático,  la política de fondo se afirma y sigue adelante. ¿Cuál es esa política? Es obvio: de gobierno en gobierno,  una parte cada vez mayor de nuestro territorio, de nuestros recursos, de nuestra economía, de nuestras leyes y de nuestras decisiones políticas son controladas por el  interés y la voluntad de empresas transnacionales.

Píntenlo como quieran. Justifíquenlo como puedan. Los hechos son los hechos. Desde 1987 hasta el presente, a velocidad creciente, hemos ido entregando a empresas extranjeras el control de puertos privados, zonas francas, exoneraciones tributarias, actividad financiera, tierras productivas, vías de ferrocarril, contratos para cumplir servicios públicos, generación y compraventa de energía eléctrica, la gestión del principal puerto del País, el uso del agua superficial y en alguna medida de la subterránea, la determinación de nuestras políticas forestales, educativas y de desarrollo, y ahora hasta nuestras políticas sanitarias y de vacunación.

A cambio, ¿qué tenemos? Una deuda pública monstruosa, menos puestos de trabajo, un viciado sistema educativo, deserción estudiantil, enorme marginalidad social y cultural, un sistema previsional desfinanciado, narcotráfico y otras delincuencias organizadas, más homicidios, menos libertades, y una dependencia político-económico-sanitaria alarmante.

¿Por qué disputan nuestros partidos políticos?

Por un botín político cada vez más reducido. Ya no por ideas, ni por proyectos de país, ni siquiera por verdadero poder. De hecho, ni siquiera pueden cumplir sus promesas a los sectores sociales que los votaron y los llevaron al gobierno. Porque las verdaderas decisiones se toman en otro lado, y se transmiten a los gobernantes a través del aburrido, insulso y políticamente correcto lenguaje de los organismos internacionales, siempre endulzado con créditos y programas financiados. Eso, si el gobernante se porta bien. Si se hace el loco, rigen otras reglas. Por eso pocos se atreven a hacerse los locos.

En definitiva, el papel de los gobernantes es implementar políticas prefabricadas, firmar contratos y distraernos con polémicas huecas. ¿Dudan? ¿Cuánto hace que no ven a un político uruguayo proponer un proyecto propio, original, fruto de noches de insomnio? Vean sus argumentos: “En el mundo se hace así”, “Hay que ser realistas”, “Debemos modernizarnos”, “La realidad internacional lo exige”, “Es lo que recomiendan los expertos (del FMI, el BID o el Banco Mundial)”. Todo viene hecho y precocido. Desde los proyectos de ley hasta las ideas.

El actual gobierno pareció intentar algo distinto. La moderación de la bancarización obligatoria y la “libertad responsable” pintaban como actos de independencia. Se ve que después le apretaron las clavijas. Lo cierto es que le dio via libre a UPM sin renegociar nada, recibió préstamos, aprobó lo de Katoen Natie, compró las vacunas en secreto y aprieta ahora con la vacunación.

Nadie tome lo que digo como un cuestionamiento limitado al sistema político. Si algo es rigurosamente verdad en las democracias, es aquello de Joseph de Maistre: “Las naciones tienen los gobiernos que se merecen”. O aquello más vulgar de “La culpa no la tiene le chancho sino el que le rasca el lomo”. Reitero: si la democracia nos nos hace mejores, nos hace peores.

¿Quién “le rasca el lomo” a nuestro sistema de partidos? Lamentablemente, los que lo votamos. Los que cada cinco años optamos por “lo menos malo” o lo más publicitado. Los que nos desentendemos de la política después de cada eleccion. Los que somos incapaces de ver el rumbo profundo de los hechos, que se nos impone con rótulos como “inversion”, “pandemia” o “crisis climática”, bajo el oleaje de la publicidad y de discursos seductores o atemorizantes.

Dichosos los tiempos de Aristóteles, en que los demagogos sólo podían seducir con discursos en la asamblea y alguna prebenda modesta de esos proto-estados sin muchos recursos ni una burocracia numerosa, cuando no había empresas transnacionales, ni fondos de inversion, ni organismos internacionales, ni agencias de información, ni manipulación mediática, ni encargados de imagen, ni big data, ni agencias de publicidad, cuando la Academia se reunía a filosofar al aire libre, sin financiación de fundaciones, laboratorios ni organismos internacionales.

Hoy, descubrir el verdadero rumbo de los hechos es muchísimo más difícil. La maraña de discursos, dinero, publicidad, falsas o verdaderas complejidades, opiniones técnicas contratadas, información diseñada y manipulación neuro-psicológica, hacen la tarea democrática de los ciudadanos comunes mucho más difícil. ¿Cuántas veces la gente decide confiar en tal o cual voz pública, sea un político, un técnico o una voz mediática, sólo para no romperse la cabeza investigando la verdad?

Nuestro sistema de partidos –con escasas y honrosas excepciones- tiene un acuerdo secreto. Tan secreto que ni siquiera necesita enunciarlo. Hay una política de Estado en el Uruguay. Sólo que no la define nuestro Estado. El acuerdo y la política se resumen en una frase: “Somos políticos profesionales, por eso, hay que ser realistas y seguir la dirección en que va el mundo”.  Esa frase podría traducirse también así: “Cuando yo estoy en el gobierno, entrego lo que me piden y vos gritás para sacarme votos. Cuando vos estás en el gobierno, entregás lo que te pidan y yo grito para sacarte votos”.

Fuera de ese acuerdo esencial, el macaneo es libre. Podés gritar y denunciar. Podés acusar a Cardozo o a Andrade. Podés promover interpelaciones, censuras y referéndums. Podés tratar al gobierno de corrupto e ineficiente. Lo único que no podés hacer es poner en riesgo el rumbo profundo. UPM2, Katoen,  la pandemia, el endeudamiento,  y otros asuntos que vendrán,  tienen que seguir en pie.

Para preservar una situación de este tipo, el truco más viejo del mundo es la rotación. Poner en el gobierno al que hoy grita desde la oposición. Es obvio que la solución no pasa por allí. De hecho, no sé si hay solución. Pero algo es claro: un debate político que no se atreve a nombrar y a discutir los verdaderos problemas, el rumbo profundo que el mundo nos impone, carece de sentido. Es de por sí un engaño.

 

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