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El beso del duende vegetal

El beso del duende vegetal
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Cual primaveral mariposa volaba de fachada en fachada. Se detenía un momento y depositaba un leve ósculo en un balcón, una puerta, un pretil, una columna… Y justo en ese sitio brotaba, como por arte de mágico amor, una hoja de acanto, o de palma; una rosa, un floripón o una piña, cuando no una guirnalda de flores y tallos entretejidos. Arquitectural vegetación poseedora de secretas y hechiceras virtudes.

La principal de ellas, quizá, la capacidad de despedir un sutil aroma de belleza que inundaba la urbe, llegaba a los ojos de los paseantes y les llenaba la mirada de alborozo.

Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy se ha replegado a su último refugio, donde aguarda el fin, que intuye próximo, a la sombra de las moles de ladrillos, acero y vidrio que han ahogado buena parte de su obra.

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