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El demonio es una fake new por Hoenir Sarthou

El demonio es una fake new por Hoenir Sarthou
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El tema de la columna de hoy fue decidido por una de esas triples coincidencias a las que uno termina interpretando casi como señales del destino.

Tres hechos ocurridos en forma independiente señalaban en la misma dirección. “¿Quién soy yo para ignorarlo?”, me dije. Así que sobre eso va esta columna.

El primero de esos hechos fue un extenso mail de un comunicador, al que llamaré G porque no le pedí autorización para nombrarlo (mi amiga Florencia A. se reirá por eso).

G, preocupado por cierto comunicado de Verificado.uy, en el que se declaró falsa a una información verdadera sobre la ley trans, tuvo la gentileza de compartir conmigo una serie de reflexiones sobre los riesgos que entraña para la libertad de expresión y de pensamiento esa suerte de censura que empieza a ejercerse sobre las redes sociales, tanto por la administración de las propias redes como por este tipo de entidades, como Verificado.uy, en las que participan medios de comunicación, periodistas, universidades e instituciones nacionales y extranjeras.

El segundo hecho es que a un conocido ambientalista uruguayo, Daniel Hardy, le fue clausurada hoy por 24 horas su cuenta de Facebook a consecuencia de supuestas denuncias sobre sus informes respecto al estado del agua en nuestro País.

La tercera y decisiva señal fue otro mail en el que otra persona, L. S., me envía un artículo sobre el mismo desmentido  –en falso- de Verificado.uy.

Estamos amenazados por tantas cosas, el cambio climático, el calentamiento global, la contaminación química, los microplásticos, el narcotráfico, los bancos, el agotamiento del agua y del petróleo, la extinción de las abejas, la inflación monetaria, UPM2, el puerto chino, el futuro gobierno (sea cual sea), que las “fake news” casi podrían tomarse como un mal menor. Al fin y al cabo, ¿cómo comparar una serie de bolazos difundidos por las redes sociales con la posible catástrofe  mundial?

Sin embargo, en todo el mundo han empezado a proliferar este tipo de entidades certificadoras de la verdad de la información.

La intención declarada es buena: contrarrestar la información falsa. Pero eso es decir muy poco. Porque nadie hace algo en este mundo declarando tener malas intenciones. La Santa Inquisición se proponía salvar almas, Adolf Hitler depurar a la raza aria, el gobierno de los EEUU usó la bomba atómica para abreviar la guerra y salvar vidas. En fin, que la declaración de malas intenciones se da poco en la historia. De modo que más vale juzgar a la gente por sus resultados (“por sus frutos los conocereis”) que por sus intenciones (sobre todo las declaradas).

El estreno de Verificado.uy fue bastante penoso.  Arrancó generando su propia “fake new” a pocas horas de que el tema de esa “fake new” fuese objeto de un acto electoral. ¿Un error en mal momento? Puede ser. No hay por qué pensar mal.

Sin embargo, el error de Verificado.uy es inevitable. Si uno se proponer “matar a todos los malos”, es seguro que terminará matando a muchos buenos. Equivocarse está en la naturaleza humana. Por eso no es conveniente que alguien tenga la facultad de matar. Y por la misma razón es inconveniente que alguien se atribuya la facultad de decir qué es verdad y qué es mentira, o qué puede publicarse y qué no.

Supongamos que la verdad existe y es una sola (es tarde y no tengo ganas de honduras metafísicas) ¿Quién nos asegura que alguien puede conocerla? ¿Por qué pensar que alguien está lo suficientemente libre de prejuicios, ignorancia e intereses como para deslindar mentiras de verdades en temas complejos?

Claro, si me acusan de a mí de haber estrangulado a una persona en Madagascar a las 4 AM del 7 de agosto, me será bastante fácil convencer a todos de que es imposible porque a esa hora estaba escribiendo esta nota en mi casa de Montevideo. Pero, si me acusan de escribir esta nota para favorecer el desarrollo de la ideología chiita en el Uruguay, por loco que parezca, me será menos fácil demostrar lo contrario. Es decir, podré argumentar que ni siquiera sé qué piensan los musulmanes chiitas, pero esa será sólo mi versión. Nada impedirá que alguien crea que, efectivamente, soy un agente consciente o inconsciente del “chiismo”.

Hay más problemas. Vivimos en un mar abrumador de impactos informativos. La computadora, la TV, la radio, los diarios (aun ojeados en un kiosco), las charlas de vecinos y de compañeros de trabajo, nos aportan cada día más información de la que nuestros antepasados recibían en años. ¿Quién diablos puede ocuparse de verificar esa catarata informativa? ¿Y con qué criterio se seleccionarán las noticias que deben ser verificadas y las que no deben serlo?

Porque la más terrible “fake new” es el silencio.

Pongo un ejemplo. Todos los medios de comunicación occidentales nos abrumaron hace algunos años con los terribles crímenes del lider libio kadafi. Después de gobernar Libia durante cuarenta y dos años, de pronto la prensa occidental descubrió que era un monstruo absoluto. Inmediatamente fue atacado por ejércitos de los países más poderosos del mundo y terminó linchado ante cámaras por una turba supuestamente “democrática”. ¿Alguien volvió a oír hablar de Libia en los noticieros de TV después del linchamiento de Kadafi? ¿Algún medio nos informó que Libia se volvió una sangrienta lucha de tribus en lugar de una sociedad democrática? Por supuesto que no. Eso ya no importaba. Me pregunto si ese silencio, después de tanta cobertura mediática, no es en sí mismo una “fake new”. Sustituyan a Kadafi por “Estado Islámico” y será lo mismo. Desde que se supo el papel de los aliados de EEUU en el surgimiento del Estado Islámico, esos sangrientos degolladores desaparecieron de la prensa mundial. ¿Otra “fake new”?

En el mundo mueren cada año cientos de miles de niños de hambre, sed y enfermedades curables. Pero comparen la cobertura que ese hecho recibe con la que recibiría cualquier lesión en la rodilla de Lionel Messi. ¿No es eso una “fake new”?

Pongo ahora un ejemplo más humilde. En el Uruguay nos llevó más de un año que algunos medios de comunicación se enteraran de que había oposición al proyecto UPM2. Y todavía es frecuente cruzarse con periodistas que desconocen el “contrato” e identifican el rechazo al proyecto con “protestas ambientalistas” o “quejas de vecinos”. ¿No hay “fake new” allí?

¿A quiénes les sirve el combate a las “fake news”?

Tengo para mí que este fervor mundial contra las “fake news” es ante todo un intento de controlar el flujo libre de información que circula por las redes sociales. Mi corresponsal G piensa lo mismo.

Lo cierto es que los medios formales de comunicación, el sistema político y las grandes empresas han perdido el monopolio de la información y el poder de decidir sobre la difusión o el secreto respecto a hechos y a opiniones.

¿De qué forma recupararlo?

Si uno quiere imponer medidas de autoridad, el método es siempre el mismo. Tiene que crear primero un peligro grave e inminente. Entonces, el primer paso es demonizar a las “fake news”, atribuirles el poder de crear el caos, para así justificar la intervención y el control.

Por eso, en medio de tantos riesgos que acechan a la humanidad, las “fake news” se han vuelto algo similar al SIDA, a la gripe aviar o al Estado Islámico. Un peligro que nos amenaza y nos hace desear la aparición de un poder que ponga orden, que decrete qué es cierto y qué es falso, y que a breve plazo (ya está ocurriendo) censure a las publicaciones que violen unas indeterminadas “reglas comunitarias”.

Lo dramático es que internet y las redes sociales, que nos han dado a todos la posibilidad de tener un medio de comunicación propio en nuestros bolsillos, dependen de servidores y administradores que sus usuarios no controlamos.

Si el combate a las “fake news” logra legitimarse, la misma herramienta que nos ha dado a todos impensadas posibilidades de expresión y de comunicación puede ser el instrumento para controlarnos y censurarnos.

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