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El extenso espacio de un truma

El extenso espacio de un truma
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El último traje, Argentina/España 2017. Dirección y libreto: Pablo Solarz. Fotografía: Juan Carlos Gómez. Música: Federico Jusid. Con: Miguel Ángel Solá, Ángela Molina, Martín Piroyansky, Natalia Verbeke, Olga Boladz, Julia Beerhold. Estreno: 08.03.2018 Calificación: Buena.

Abraham es un sastre judío de 88 años de edad, y en el arranque del film sus hijas han decidido mandarlo a un geriátrico. El hombre no se niega al paso del tiempo, pero sí a que los demás le resuelvan su vida, teniendo en cuenta que mantiene sus facultades mentales en plenitud. Su físico en cambio no le responde como debería, debido a la honda aversión de Abraham por los médicos. De todos modos decide escapar y hacer un viaje, no uno más sino “el” viaje: una aventura hacia Polonia, su tierra natal, a la que ama y odia a la vez, con el objetivo de reencontrar a un viejo amigo que le salvó la vida durante el Holocausto.

El director y guionista Pablo Solarz se atreve a plantear una reflexión muy atractiva aunque inusual: si te debo la vida, ¿cuánto vale esa deuda y hasta dónde puedo llegar para saldarla? Solarz ha sido hasta el momento un guionista bipolar, como fue definido por un colega argentino. Por un lado tejió las Historias mínimas de Carlos Sorín, y por otro escribió varias comedias exitosas y livianas (Un novio para mi mujer, Me casé con un boludo). En El último traje Solarz se aleja del humor continuo de las últimas y aborda la realidad de un mundo cruel, usando parte del humanismo que caracterizó al opus patagónico de Sorín, mientras cuenta la odisea mínima de Abraham a lo largo de un mundo tan ancho como ajeno.

A primera vista El último traje no parece ambicionar más que una corrección frugal y pulcra, pero esa es sólo la superficie visible de la propuesta, que atrapa al espectador desde el inicio debido al tono empleado para la narración. La historia es profunda y dura por supuesto, pero Solarz tuvo la lucidez necesaria como para no mantener el drama en constante primer plano. De esa manera halla el justo equilibrio entre reflexión, crítica y comicidad en su retrato de la personalidad de Abraham y la comunidad judía que lo rodea. Así conviven instancias graciosas con momentos angustiantes, desarrolladas con tanta habilidad que nunca quiebran la atmósfera del relato, y permiten que el espectador transite por variadas emociones a lo largo de la película.

Otro punto de interés es la manera en que está observado el pasado de Abraham, porque Solarz no hace uso constante del flashback, sino que los recuerdos llegan en forma de relatos circunstanciales o sueños específicos, que aportan pantallazos muy breves de lo que este hombre padeció, para hacernos entender mejor el motivo que lo llevó a emprender el viaje final. En esa vertiente no sólo se observa una crítica hacia el nazismo, sino sobre todo la autocrítica de los habitantes actuales del Este europeo hacia un pasado atroz. Junto a esa preocupación ética y humanista surgen reflexiones sencillas y efectivas sobre la memoria, el olvido, la amistad, la intolerancia propia y ajena, las dificultades de la vejez y la dignidad que no debe faltar ante la muerte que nos cerca.

Por encima de un despliegue de producción generoso, con rodaje en cinco países (Argentina, España, Francia, Alemania; Polonia) y de excelente factura técnica, el alma de la película es Miguel Ángel Solá, actor de 67 años que da vida a un casi nonagenario y que en esa épica tarea ha sabido desembarazarse de los clisés del abuelito querendón dado a la fuga, tan repetido por el cine de todas las latitudes. Solá construye un anciano tan querible como irritante, y la justa apreciación de su memorable labor (la mejor que le hemos visto desde Asesinato en el Senado de la Nación) puede advertirse en un episodio madrileño. Allí, la manera en que el personaje se despierta ante la llamada de la dueña de la pensión (Ángela Molina) revela a un hombre que pasa de la confusión a la lucidez, mientras recupera laboriosamente el control de su cabeza y las articulaciones del cuerpo. Esa instancia es una cúspide que no debería pasar desapercibida (al igual que su memorable monólogo en la estación berlinesa) y revela la minuciosidad de Solá a la hora de dar vida a un anciano decidido a viajar por el extenso espacio de su trauma para cumplir una vieja promesa. El actor es la magnífica fortaleza de una película que sin esquivar totalmente los tópicos logra su plenitud gracias a la suma de sus episodios, marcados todos por una genuina originalidad.

 

TALENTOSA Y DESMESURADA PROPUESTA RUMANA.

 

Sieranevada (Sieranevada) Rumania 2016. Dirección y libreto: Cristi Puiu. Fotografía: Barbo Balasoiu. Con Mimi Branescu, Bogdan Dumitrache, Catalina Moga, Tatiana Iekel. Estreno: 01.03.2018. Calificación: Buena.

 

Cristi Puiu es uno de los pesos pesados del actual cine rumano, y Sieranevada es una experiencia fuera de lo común: dura 173 minutos, sucede casi por entero en un oscuro y cerrado apartamento donde se desarrolla una reunión familiar, con infinitas entradas y salidas de personajes y una proliferación de conversaciones que desnudan nerviosismos y desencuentros varios. Todo a partir de un triste motivo de reunión: la muerte del pater familia, días después de los atentados de Charlie Hebdo en París.

Sería un acto de ceguera no advertir la exquisita manera en que, con extensos planos-secuencia, un elenco estupendo y un libreto inteligente, Puiu aborda sobremesas, charlas de cocina y barquinazos afectivos de las varias generaciones que integran el encuentro. El guion está construido en forma sesgada, ya que no da de antemano al espectador una explicación sobre el motivo de la reunión, sino que a través de las diversas charlas esa información llega fragmentada, en medio de discusiones de amplio espectro que van desde lo político a lo estrictamente personal. De esa manera Puiu nos permite participar de una reflexión con varias puntas, mientras se explicitan los problemas de las parejas, los choques entre padres e hijos, algún adulterio, el peso del pasado comunista en la actual sociedad rumana o la manía conspiratoria nacida después de las Torres Gemelas, que ahora estaría reapareciendo gracias al caso Hebdo.

Hay virtuosismo en el film, eso es innegable, aunque debe decirse que su propuesta y duración demandan mucha paciencia al espectador. Sieranevada es una buena película que en otras manos pudo haber sido magistral, porque si algo queda claro es que Puiu está al mismo nivel de Corneliu Porumboiu (Bucarest 12:08), pero ambos se ubican por debajo de Radu Muntean (Aquel martes después de Navidad) y del mejor rumano, Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas y 2 días, Graduación). La colección de planos-secuencia y el minimalismo de la puesta en escena intentan capturar el estilo de John Cassavetes, y en ese sentido hay que dejar constancia que eso a veces funciona bien y otras no. Hay situaciones divertidas, delirantes y aguerridas, y otras resultan aburridas, triviales y olvidables. Lo que parece increíble es que, aún sin haber utilizado de manera experta las tijeras, Puiu logre que los tiempos muertos en general se le perdonen, debido al sorprendente dinamismo que exhibe la mayor parte del anecdotario. Sieranevada no conoce de mesuras y es inferior a La noche del señor Lazarescu, film previo de Puiu conocido aquí, pero aún debatiéndose entre desbordes y aciertos merece ser vista.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".