Home Reflexion Semanal El “humor” y el “honor” en tiempos de cólera 

El “humor” y el “honor” en tiempos de cólera 

El “humor” y el “honor” en tiempos de cólera 
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La tendencia de los últimos tiempos parece ser la condena sumaria a cualquier tipo de expresión crítica. No se admite ironizar, burlarse, reírse o insinuar nada que ya viene las policías, la moral y la real, y te dan con un caño. Pero ahora se suman las denuncias en la Justicia contra el que ose mencionar a alguien que se sienta mancillado en las redes. Con la LUC vendrán los policías ofendidos. Lo del programa La mesa de los galanes y la catarata de denuncias a tuiteros de Laura Raffo marcaron la agenda la semana pasada. ¿Se ha perdido el sentido del humor? ¿Se puede judicializar todo? ¿Hay un avance contra la libertad de expresión? ¿Tienen vigencia el honor y el respeto o son cosas perimidas? ¿Hay una puja entre libertad o libertinaje? ¿Nos hemos vuelto una sociedad pacata? ¿Nos volveremos una sociedad  con temor a expresarse? ¿Pasamos de la corrección política “zurda” a la “facha”?

 

Humor libre por Gonzalo Perera

En otras épocas, reivindicar el “amor libre” era un rasgo distintivo de la izquierda, en el sentido social del término.

A esta altura de mi vida apenas si me atrevo a reivindicar el “humor libre”, clara señal del inexorable paso de los tiempos.

Estimado lector, las dos frases anteriores son una expresión humorística. Basada en una técnica muy usada en el “stand up”, floreciente en nuestro subcontinente en los últimos tiempos: ridiculizarse a uno mismo.

El sentido de humor, sin duda alguna, es una de las manifestaciones más claras de la inteligencia. Ahora bien, así como la inteligencia es diversa y multifactorial, el sentido del humor también lo es.

No existe una forma de medir o percibir la inteligencia, y no hay una forma de practicar o sentir el sentido del humor.

¿Cuál es, entonces la política societaria más sana ante el humor?

La amplitud, y el intento de comprenderlo en el marco de procesos sociales, culturales e históricos.

El humor dominante 10 años atrás hoy tiene varias páginas socialmente inaceptables.

Y si algunas formas de humor hieren la sensibilidad de una inmensa mayoría, buena parte de las expresiones humorísticas enardecen a algunos y deleitan a otros.

Porque humor y política, viven en esquina cruzada. Muchas veces en mi vida, usé el humor para pegar políticamente, a veces cariñosamente, desde sentirme parte del objeto de la crítica, pero otras muy duramente, bajo una indignación que prefirió canalizarse hacia sonrisas. Otras me tocó a mí ser el objeto de la paliza, y en unos y otros casos, me pareció que correspondía simplemente “bancar”.

¿Todo es bancable? No, si hay formas de humor que ensalzan los campos de exterminio nazi o la “Operación Cóndor”, hay instigación al odio, claramente. Pero la frontera de lo bancable, no es de fácil trazado, convengamos.

En la actualidad, me parece que hay una hipersensibilidad e hiper-judicialización del humor. Que es completamente diverso, como quedó dicho.  El que se mata de risa con Petinatti difícilmente se ría en Carnaval y viceversa. Pero disparar legalmente contra unos u otros creo que es errar el procedimiento y entrar en una peligrosa dinámica: la de legislar el sentido del humor, una aproximación a legislar la inteligencia y un claro paso al vacío.

No significa esto que todo valga ni dé lo mismo, quedó dicho. Yo me río con algunas cosas y me asombro como otros humanos pueden reírse con otras. Si ni menciono ni las unas ni las otras, es porque a todos nos pasa lo mismo y lo que tenemos en común, cuando parece perderse la brújula, es central remarcarlo.

Finalmente, para que no quede duda, mi postura ante los juicios que se anuncian y bajo consideración pública es………….

Sólo el dios sabe por Roberto Elissalde

La vida política, bajo los impulsos de la economía, tiende a la eficacia y a acortar los ciclos entre un capital disponible (social, cultural, económico o propiamente político), su conversión en un producto y su retorno en forma de capital ampliado. Para que esto se produzca de forma rápida y sin contratiempos, lo ideal sería tener el monopolio de las ideas y del manejo de la sociedad. El tema es que problemas hay muchos, soluciones varias y muy diferentes y que, para los gustos, están los colores…

Antes de la invención de la radio, los seres humanos normales (los que no iban a bibliotecas y leían casi exclusivamente la Biblia) no tenían grandes dificultades para entender el mundo. Había nociones generales, compartidas por el cura y por la pecadora. Los extranjeros eran raros, los indios atrasados y los locos y los niños no tenían opinión. (Los pobres tampoco, sólo disponían de la opinión de sus amos y de su dios.)

Pero resulta que todo este bochinche de Internet, las redes sociales, los programas humorísticos, la pasión por la diversión que invade Occidente, se suman a la libertad obtenida para que cada uno diga lo que se le canta. Y cada boliche de estaño, cada asado, cada barra de gente que toma un vino en la plaza se convierte en un emisor de opiniones. La mayoría de ellas sólo para despertar una sonrisa o porque “con Claro tenés whatsapp gratis”.

Y resulta que, a las grandes señoras o señores, a los dignatarios indiscutidos les resulta difícil convertir su actual prestigio en un prestigio aún mayor si alguien se ríe de ellos o discrepa de forma burlona o no toma en cuenta su importancia en la vida social al decir alguna boludez sobre ellos y ellas.

Pero la asimetría entre los dignos de respeto y los otros es también evidente.

¿Qué pasaría si el pibe que inventó el jingle “Votá al Maneco” en Tranqueras hiciera una burla a los montevideanos que lo tomaron para la risa? ¿Qué pasaría si dijera que los montevideanos se hacen los finos pero que viven en el lugar con más cantegriles y más asesinatos de todo el país, que su ciudad es una mugre y que viven de lo que se produce en el campo? Seguramente sería tratado como un canario excéntrico, ignorante que vive enterrado en un pueblito que no se sabe si queda en Artigas, Tacuarembó o Rivera. Ningún exintendente de Montevideo pensaría ganar espacios en la prensa defendiendo a sus vecinos y atacando al tranquerense.

Las “discusiones sobre valores” que solemos tener en estos días parecen concebidas para alimentar los trending topics de las redes sociales. No son muy profundas, no se desarrollan mucho sus argumentos, pero se basan en ciertas “convicciones profundas” sobre la moral, el honor y el deber ser. Si reflejan inequidades, problemas o discrepancias reales, nunca lo sabremos, porque a la búsqueda de la verdad o de las verdades que subyacen a esas actitudes nunca les llega su tiempo.

Entonces, quien tiene poder, prestigio o valores valiosos y teme perderlos, llama a las autoridades para que no le impidan la libre acumulación. ¡Que no digan cosas feas de mí! ¡Que no sean mentirosos!

Difícilmente la justicia se preocupe del honor de los pibes del tetrabrik. Y eso es razonable. No debería ocuparse tampoco de investigar las ideas de quienes hablan en los asados o las redes sociales.

Respecto a la verdad de los dichos, sólo el dios de cada uno sabe que tan cerca están de ella. Pero en un mundo posmoderno y relativista, eso no es tan importante.

COVIFANATISMO por José Luis Perera

Que las autoridades -y el poder en general- suelen incurrir en censuras, presiones y persecuciones a opositores, pero también a críticos, humoristas y caricaturistas, es algo muy antiguo. Sin embargo, hay datos que confirman que, en el pueblo, en la gente común, tampoco está bien visto burlarse de él y que no tolera algunas bromas (las que lo incumben).

En La república de los atenienses, 440 a 420 A.C., un autor -hablando de esa democracia- dice: “No permiten que el pueblo sea objeto de burla en la comedia ni que se hable mal de él para que no se tenga mal concepto de ellos”.

Sótades de Maronea, hacia el siglo III A.C. (el agujero del mate aún no se había inventado), fue encerrado en una caja de plomo y tirado al mar por escribir unos versos humorísticos sobre la vida sexual de Ptolomeo II.

Y así como en la Alemania nazi, quedó prohibido difundir comentarios maliciosos, lo que incluía chistes contra el régimen, el partido o sus dirigentes, tras la revolución soviética fue objeto de debate si las sátiras debían ser permitidas en el nuevo orden. Dado que el sistema era perfecto la función de denuncia de la sátira ya no debía tener sentido. Finalmente, el código penal calificó las sátiras y los chistes como propaganda antisoviética. Muerto Stalin la situación mejoró, aunque ya en los años sesenta autores de sátiras como Valeri Tarsis fueron ingresados en centros psiquiátricos.

Lo que en estos tiempos ha cambiado, es la velocidad con que se propagan ambas cosas: la burla y la reacción. Ya no hace falta una dictadura o un gobierno reaccionario para que la censura se ejerza; cualquier opinión, crítica o humor (bueno o malo), provocan que masas de ciudadanos se conviertan en perseguidores de ideas, opiniones y comportamientos. Muchas veces ni siquiera es necesario que la especie sea confirmada, y solo alcanza el “meme” diciendo que tal cosa sucedió o fue dicha.

Dicha censura ya no solo se ejerce sobre lo que pasa hoy, y los dardos también se dirigen hacia el pasado. El objeto de ataque puede ser una antigua novela, una obra de arte, una película (al parecer la Academia creará un protocolo con estándares de inclusión para que una película pueda aspirar al Oscar), cuyos enfoques sean diferentes de los actuales. Antes era un gobierno, ahora son millares de censores que se indignan, insultan, amenazan por las cosas más triviales.

Que quede claro: desde mi punto de vista, todo el mundo tiene el derecho a expresarse, tanto el que emite una opinión, hace una obra de arte o un chiste, como el que no está de acuerdo con esa opinión, esa obra o ese chiste. Lo que está mal, es la intención de acallar al otro, presionar para que se lo condene al ostracismo. Lo que está mal es la intolerancia y la ira, el fanatismo, enfermedad pandémica de estos tiempos.

El Faraón y sus bufones por Mercedes Vigil

Históricamente el bufón fue el encargado de entretener a la Corte diciéndole todo tipo de cosas a los poderosos. En sus performances reclamaban aquello que el pueblo llano no podía reclamar y el centro de sus bufonadas era el Faraón.

En Uruguay podemos decir que el humor, especialmente desde el carnaval heredó la tarea del bufón denunciando en tono jocoso, acciones y a personajes del poder. Esta costumbre, que supo esquivar dictaduras con gran imaginación cambió dramáticamente con la masiva regularización de integrantes de la farándula local como funcionarios, lo que acotó la liberalidad del bufón ante el poder del Faraón de turno.

Si esto no bastaba se crearon miles de subvenciones públicas para impulsar a determinados artistas y financiar sus giras, sin importar calidad. Esta sumisión al Gobierno central y a las Intendencias municipales ha sido deschavada al extremo que los vimos acompañar al Faraón de turno en campañas proselitistas, aduciendo su libertad de apoyar preferencias políticas.

Lo que no dice esa “ola” de colaboradores es que casi ninguno subsiste sin recurrir a la caja del Faraón y por eso su afán de alinearse al poder.  Cuando esto sucede se denigra la libertad de crear.

Esto no se trata solo del “caso Rivera” sino de un comportamiento sostenido que tiende a ridiculizar al débil, al diferente, al de otra raza o religión a falta de libertad para criticar al poder. Se parodia al otro y solo se menciona al Faraón en chanzas amigables y algunos guiños simpáticos, dejando expuesta una connivencia indeseable a la hora de crear. Esta ausencia de cuestionamiento al poder es la causa de que el carnaval hoy requiera de dineros estatales para sobrevivir ya que el ciudadano sabe que allí escuchará pocos reclamos.

Hoy las humoradas se estacionan en asuntos sensibles como la xenofobia, femicidios, suicidios y todo aquello que no comprometa al poder, lo que es abuso y no humor.

El asunto no es si estos actores nos parecen graciosos o no, el asunto es revisar el sustento estatal permanente que reciben y rever la posición de cada cual en relación al poder de turno. Porque no solo el humor está en crisis, músicos y escritores producen obras con financiación estatal, hacen mucha propaganda y poca cultura.

Como siempre dijimos, este es un problema vital que ha ido cercenando la calidad artística en nuestro país, haciendo olvidar que la independencia es vital a la hora de aportar culturalmente a una sociedad.

Hace años que los creadores independientes somo vistos como bastardos culturales en una sociedad que se vuelve cada día más mediocre a fuerza de implementar regresivas “políticas culturales”. Hay que rescatar la importancia de la libertad para crear con calidad y para ello no hay mejor cosa que someterse al apoyo de la gente, desmarcarse del Faraón de turno, un Faraón que en los últimos años se mostró bien dispuesto a financiar todo aquello que le fuera afín, sin reparar en su aporte social.

 

Se puede, pero no se debería por Adriana Barros

Me gustaría comenzar marcando la diferencia entre lo ocurrido en el programa “La mesa de los galanes” y las denuncias a tuiteros de Raffo, No tiene nada que ver un tema con otro. No comparto que se utilicen las redes para difamar a alguien, creo que a eso hay que ponerle coto. Ahora el humor es otra cosa, sin negar el derecho que toda persona tiene a sentirse ofendida, que dependerá de su sentido del humor, de sus creencias, de la comunidad a la que pertenezca (judíos, moros, cristianos, ateos, gallegos, belgas, mujeres, afros, LGTBI, chinos, árabes, etc.) y de su sensibilidad. Pero no deja de ser humor, con lo tragicómico que es el humor.

¿Se ha perdido el sentido del humor?

No me parece que hayamos perdido el sentido del humor. El humor cambia junto con la sociedad. Lo que ocurre es que existe gente muy oportunista y otra gente que nunca tuvo sentido del humor. Y la sociedad en su conjunto creo que está siendo más cuidadosa. Y cosas que antes se aceptaban como normales, ya no se toleran.

¿Se puede judicializar todo?

Como poder se puede, pero no se debería. Porque eso hace perder tiempo y dinero al Poder Judicial y por ende la que pierde es la gente. Lo cierto es que no sólo se ha judicializado el humor, también hay muchos políticos que por no tener argumentos hacen chicanas a través de judicializar la política.

El resultado es que la justicia deja de hacer su trabajo y se desperdician recursos valiosos en temas que no deberían haber ido nunca a la Justicia. Considero un disparate la denuncia penal contra el Rafa Cotelo por la interpretación del personaje Edison Campiglia, un personaje patético, malandra y fracasado.

¿Hay un avance contra la libertad de expresión?

En algún sentido sí. Las causas son variadas. La principal es la judicialización de todo lo que se mueve y otra es debido a una mala interpretación de los derechos que se han conquistado. Hay cosas que antes nadie cuestionaba y que hoy una gran parte de la población las considera aberrantes. Y el humor es la observación de lo que pasa en la sociedad.

¿Tienen vigencia el honor y el respeto o son cosas perimidas?

No son perimidas y siguen teniendo plena vigencia el honor y el respeto. Es un tema de valores y de educación. Mi hija fue educada con esos valores. Creo que en todas las épocas ha habido gente que no tuvo respeto ni honor, ni palabra. En mi casa me enseñaron que la palabra dada es palabra empeñada. La sociedad, la familia, las instituciones y el Estado deben seguir educando en esos valores.

¿Hay una puja entre libertad o libertinaje?

La libertad según la RAE es la facultad natural que tiene una persona de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. La libertad de expresión es el “derecho a manifestar y difundir libremente ideas, opiniones o informaciones”.

Libertinaje es el “desenfreno en las obras o en las palabras”. Y el humor no puede ser considerado un libertinaje, el humor es humor. El humor también es trágico. Te puede gustar o no, te puede ofender o no, y eso es algo muy íntimo y que tiene que ver con la cultura, la formación, la educación, la comunidad a la creemos pertenecer.

¿Nos hemos vuelto una sociedad pacata?

No lo creo. Siempre ha existido una parte de la sociedad que ha sido y es muy hipócrita. Los hechos relacionados con la “operación Océano” por ejemplo, los casos de pedofilia en la Iglesia… etc., etc.

¿Nos volveremos una sociedad con temor a expresarse?

Y quizá si se continúa en esta línea abusiva de judicializar el humor y la política, terminemos reprimiendo y silenciando voces. Hay que tratar que saber dónde está la línea.

¿Pasamos de la corrección política “zurda” a la “facha”?

No es tan simple. El humor siempre ofenderá a alguien, porque eso es parte medular del humor. Y la persona que se siente ofendida, siempre tiene la libertad, la opción de apagar o cambiar de radio, cambiar de programa o de dejar de leer el libro que considera ofensivo, sin necesidad de hacer perder tiempo y dinero a todo el pueblo. No se trata de zurdo o facho. Desde la izquierda hemos tratado de plasmar en leyes muchos derechos, pero eso no implica necesariamente que se deba censurar el humor. La derecha facha (…), mejor no lo digo porque me expongo a un juicio.

Viva el humor por Gonzalo Pérez del Castillo

El humor es una parte imprescindible de mi vida. He actuado en comedias y parodias, se me ha solicitado hacer innumerables discursos en aniversarios, casamientos, despedidas, reencuentros y he aprendido que para transmitir un mensaje con claridad la vía más eficaz es el humor. Lo he también practicado en mi casa, en mi oficina (cuando la tenía), en conferencias, en tertulias y ahora en los chats de Whatsapp. Lo ejercito con amigos, jubilados como yo, en la cancha de tenis donde seguimos intentando pegarle con un mínimo de dignidad a una pelota. Mi padre, que era mucho más divertido e ingenioso que yo, me enseñó que para conquistar a una mujer hay que hacerla reír; que el humor es el único antídoto eficaz para no sobredimensionar tu propia importancia; que debemos saber reírnos de lo que somos y de lo que hacemos y que enfrentar la adversidad con humor –  y acaso con sarcasmo e ironía – es siempre una mejor opción al llanto, la queja y la autocompasión.

El humor verdadero es sutil, inteligente, sorpresivo y ocurrente. Constituye un arma poderosísima contra el poder tiránico porque desnuda la realidad, la expone y la ridiculiza ante los ojos de los subyugados y oprimidos. Charles Chaplin, en el Gran Dictador, ridiculizó no sólo a Adolf Hitler sino a todos los dictadores antes y después de él y para siempre.

El humor es potente y por lo tanto debe ser manejado con cuidado. Cicerón decía: hay dos clases de bromas: una incivil, petulante, malévola y obscena; otra elegante, cortés, ingeniosa y jovial. Es decir que hace 2000 años ya estaba claramente establecida esta diferencia. Si se me permite la audacia de agregar algo a lo que dijo el célebre maestro, diría que la poderosa es la segunda.

Mantengamos entonces la calma. No se ha perdido el sentido del humor. No se va a judicializar nada que no corresponda. Nadie atenta contra la libertad de expresión. El honor y el respeto a las personas no son cosas perimidas ni es necesario acomodarse a una corrección política “zurda” o “facha”.

El humor es lo que es. Uno de los más maravillosos inventos de la genialidad y la inteligencia humana. La vulgaridad, la burla, la calumnia malévola y obscena ya existían en épocas de Cicerón y seguirán existiendo.

 

Uno de censores por Gerardo Tagliaferro

Cuando yo era adolescente, en tiempos de dictadura, dos por tres corría el rumor de que a tal o cual humorista lo habían pescado al pie de un tablado y metido preso por los chistes que contaba. No era política –a la que nadie le entraba, sencillamente porque si lo hacía no pasaba la censura- sino salidas “subidas de tono”.

Nunca supe si eso era verdad o simples bolazos, entre otras cosas porque no había forma de confirmarlo, otra vez censura mediante. Los chistes habituales, a los que había que apelar aguzando la creatividad con sutilezas del tipo “lo que le pasó a Pirulo, que le rompieron el cu…ello” eran de ese estilo: el blanco eran los “maricas”, los gallegos, los enanos, los mellados…

La sociedad evolucionó en su capacidad de comprender que si nos reímos de otro u otros por algo que a ellos les hace sufrir o por lo cual son discriminados, en vez de humor pasa a ser bullyng, y eso está mal porque el bullyng suele hacer mucho, pero mucho daño. A tal punto evolucionó que algunos se pasaron de rosca, pretendiendo ver agresiones ante cualquier bulto que se menea y ahí tenemos la caricaturización de la corrección política, que busca impedir que nos podamos reír hasta de nosotros mismos.

El humor debe tener límites, sí. A mí se me ocurre uno, pero quizás haya más, habría que pensarlo un poco mejor. El límite es, o debería ser, que no se haga sobre situaciones o condiciones que a otros hacen sufrir. Cuando yo me reía de los chistes de “maricas”, había otros que seguramente sufrían con ellos, porque su opción sexual o de vida era estigmatizada por buena parte de la sociedad.

Pero quienes deben, en todo caso, definir ese límite y atenerse a él son aquellos que apelan al humor con la pretensión de divertir a los demás. Para eso es importante la acción de las vanguardias en la comprensión del fenómeno, su prédica inclusiva y persuasiva, y nunca lo será la censura, la imposición ni mucho menos la criminalización. En eso se ha avanzado, innegablemente.

Dicho esto, conviene detenerse en otra cosa. Lo de Campiglia con los riverenses ni siquiera califica en todo lo antedicho. ¿Por qué? Porque la burla del personaje –un individuo despreciable, soez, ignorante, ventajero, inmoral, como muchos otros personajes sobre los que nunca ha pesado denuncia alguna- es sobre cosas que no son ciertas o medianamente creíbles. Nadie ha creído, por lo que dijo Campiglia, que los riverenses sean “retardados”, ni que “garchen entre hermanos” (al menos no más que el resto de los mortales), ni que piensen que China Zorrilla era una “asiática putilla”, ni tampoco nadie ha pedido a Bolsonaro que declare a Rivera territorio brasilero.

Eso es humor. Podrá ser bueno, regular o malo, pero no está pretendiendo hacer reír con una característica real de la gente objeto de sus dardos. A mí me pareció muy gracioso, como en general las columnas de Campiglia, y no me reí de los riverenses sino de los disparates del comentarista.

También me reí, dicho sea de paso, de los argumentos de sus pretendidos censores, aunque eso no es humor sino otra cosa.

 

La Libertad por José Franzini

La libertad es una condición por la cual se han dado varias y diferentes luchas a lo largo de la historia. Todos creemos saber qué es la libertad, sin embargo, existen varias visiones y definiciones acerca de tal estado. A lo anterior se suman la libertad definida para los diferentes ámbitos de actuación: libertad individual, de expresión, de cultos, política, económica e ainda mais.                            Me apego a la concepción socrática del conocimiento atado a la libertad. Sócrates entendía que el conocimiento es condición para ser libre ya que la ignorancia esclaviza.                                              Los gobiernos republicanos no otorgan libertad, las mayorías gobernantes – por tanto – tampoco lo hacen. Los estados democráticos crean y/o mantienen las condiciones de convivencia en libertad.

Días pasados vivimos situaciones donde estos conceptos marcaron la agenda nacional. Un personaje de humor utilizó conceptos de absoluto mal gusto para referir a las características que, el personaje en cuestión observa, de los habitantes del departamento de Rivera. El bufón es encarnado por el conductor Rafael Cotelo que, ante  la reacción del pueblo riverense, con denuncia penal incluida, pidió disculpas con una tan creativa como llamativa reflexión: “El personaje representa todo lo que no soy, todo lo opuesto a mi. Vomita ignorancia y estupidez. Es un ventajero sin escrúpulos…”

El hecho provocó enojo, sin duda. Pero más enojo provoca la disculpa, máxime cuando está sustentada en la cobardía y la impunidad. Que fácil resulta decir cualquier cosa, ofender y luego decir: no era yo, tenía una careta de todo aquello que no soy….  Personalmente no hubiere recurrido a la justicia pero existe una desprotección para el ofendido. ¿A qué recurre aquél herido en su honor? La derogación de la ley de duelo en 1992 dejó un vacío en esa materia. No estamos aquí frente a un ataque a la libertad de expresión. Ella descansa en conceptos bastante más profundos que un tarambana que dice barbaridades con pretensiones de humor irónico intelectual. Concomitantemente, Laura Raffo, candidata a la intendencia de Montevideo, inició acciones judiciales a varios usuarios de facebook porque, según ella, pretendían vincularla – mediante la publicación de una foto – con un empresario imputado en un caso de explotación sexual de menores. No coincido, la foto no estaba trucada. Pero ella tiene la libertad de hacer la acción que crea pertinente. La libertad hay que defenderla, profundizarla, disfrutarla y hasta dar la vida por ella. Pero por sobre todas las cosas: hay que respetarla, pues en general se valora en su justa medida cuando se pierde.

El humor según Mr. Chasman por Ramón Rodríguez Puppo

El Uruguay lleva una semana y media discutiendo el cuplé de murga cantado por un personaje cómico de radio que ofendió a la casi totalidad de riverenses. (Por no contarlos a todos dado que existen un par de decenas de sordos allí, 7 u 8 personas que conocen a Cotelo y 1 solo a Campiglia)

En esos 10 días de discusión ya casi todo se ha dicho. Hay quien se ha escandalizado a extremos que se vuelven insoportables porque solo están alentados por un mero desprecio político hacia cualquiera que haga cualquier cosa (entre ellas humor) y que se lo vincule al FA. La grieta no es solo económica en el paisito. También es cultural y de pura intolerancia.

También abundan los que dedicándose al arte o a la comunicación en medios han señalado que los límites del mismo son tan amplios como el horizonte mismo.

Estos últimos han usado el símil del supuesto humor que pudiera emanar de un personaje que hiciera la semblanza de Adolph Hitler y del que no podría esperarse que de él provinieran palabras de amor, paz y tolerancia hacia el prójimo.

En lo personal considero que este ejemplo nada tiene que ver con el personaje de Campiglia interpretado por Rafa Cotelo. En efecto si vestimos a Cotelo de Hitler en la calle Sarandí de Rivera y se pone a hablar al público ordinarieces contra los riverenses la gente hasta se reiría.

En cambio, sí disfrazas a Cotelo de Campiglia en la misma calle para decir las mismas cosas sería inmediatamente surtido a trompadas. Es simple el ¿por qué? Porque en Rivera nadie conoce la cara ni las tonterías de Campiglia y todo el mundo ´-en cambio- vio alguna vez la figura de Hitler.  O sea, el ejemplo de apoyo, es burdo y no tiene asidero alguno.

En todo caso, sería mucho más aplicable al affaire Campiglia el recuerdo del ventrílocuo Chasman dándole vida al muñeco Chirolita y usándolo como excusa para decir cualquier disparate ofensivo -camuflado de humor- pero ofensivo al fin de cuentas. Eso sí puede ser Campiglia.

Y ¿por qué lo hizo? Bueno…no sé. Pero tengo una teoría. Pegarle al pueblo de Rivera es un recurso bajo y jodido, pero recurso al fin. Para alguna gente se trata de un departamento que hasta en momentos de gloria frenteamplista…allí no anduvieron bien en las urnas. ¿Qué mejor que tratarlos de “retardados” para ganarse algunas simpatías con un recurso facilista y que impacte favorablemente en gran parte de la“barra” con menos luces que consume programas berretas de radio y televisión.

Cotelo estaba por estrenar programa nuevo de tv y nada mejor que armar un tremendo lio previo con tal de ganarse el foco de atención de alguna gente días antes de su estreno. Esa es mi humilde interpretación de lo que espero haya sucedido y no da para mucho más que eso. O si no, creer que Cotelo solo es una víctima de Campiglia como Arthur Fleck es víctima del Guasón”. Quiero pensar que pudo haber sido un simple recurso de reglas de mercado al servicio de un marketing básico buscando la atracción de un determinado perfil de audiencia que consuma dentro de poco un nuevo programa. Prefiero creer eso, aunque no sea cierto antes que teorías conspirativas de otro tipo que andan en la vuelta.

El humor es una extensión del arte y como tal debe ser libre. Ampliamente libre. Tan libre como el derecho de todo un pueblo que se siente ofendido a realizar su queja pública o su denuncia penal. El derecho y la libertad de uno termina donde empiezan los derechos de los demás. El humor además hay que ubicarlo en dimensiones de espacio y tiempo. Pegarle a Rivera pocos días después de un brote de covid19 allí, ya de por sí es un insulto a los riverenses. Muestra al menos, cero sensibilidad.

No sé si ameritará o no algún fallo judicial que condene a Cotelo. Supongo que no. Pero lejos no va a andar porque hay violación al menos del artículo 28 de la Ley de Medios ¿te suena? Y ni siquiera me meto a profundizar en si se configuró o no otro tipo de delitos penales como la incitación al odio o desprecio. Que se dirima en la justicia. O mejor –tal vez- NO.

Si me preguntás en lo más íntimo de mí ser ¿qué es lo que prefiero suceda? Honestamente prefiero no haya fallo judicial alguno, aunque tal vez ya no sea viable. Ojalá que el hecho nos sirva para reflexionar que la libertad de expresión, como todo derecho tiene sus límites y excepciones. Cualquiera sea el contenido del fallo es y será un grave problema para esta sociedad. Si condena a Cotelo será una suerte de censura al arte (si se le puede llamar así a eso) …que no sienta un buen precedente. Y si es a favor de Cotelo será una patente de corso para que en honor a la libertad del humor se pueda ofender, agraviar y lesionar el honor de personas y hasta pueblos enteros impunemente.

Vale recordar: Peor suerte le tocó a aquel pobre pintor Julio de Sosa que un día se le ocurrió exponer a Pepe y Lucía en un lienzo y sin ropas. Ese pobre hombre no pudo decir como Chasman que la culpa era de Chirolita. El Pepe no fue tan libertario como son muchos de sus acólitos hoy al defender a Rafa. Le hizo sacar las pinturas del lugar de exposición con denuncia de injurias a nivel judicial. Y todo en honor… al honor y al pudor. En ese entonces gobernaba el FA. Ese mismo que hoy nos da lecciones sobre los límites infinitos del arte. Pero no lo tomen como algo personal contra dicha coalición política. Es altamente plausible que cualquier colectivo ahora abone teorías libertarias y las defienda. Bienvenidos al mundo Liberal. En cualquier caso, vaya desde aquí mi solidaridad con los riverenses “tan colorados como valientes” parafraseando al prócer (no me refiero al gral. Rivera aclaro por las dudas).  Y buena vida para el sr. Cotelo. Que tenga un buen ciclo televisivo. No hay por qué desearle el mal a nadie. ¿Vio?  En todo caso si le va mal que sea por condena social. Si la sociedad apoya este tipo de humor: estamos jodidos. Y más jodidos aún si seguimos pensando que el que ofendió a un pueblo usando la excusa del humor… fue Chirolita y no Mr. Chasman.

Los límites del humor son los padres por Gonzalo Maciel

Con respecto a L. Raffo, ahí no hay libertad de expresión ni nada, ahí se la vinculó sentimentalmente a una persona acusada de pagar por sexo a menores de edad, ahí lo que hubo es difamación y una información falsa, sobre todo porque intentaron dañar su imagen, no aplica a esta convocatoria, donde lo central es la libertad de expresión y los límites del humor.

El humor jamás debe tener límites, nadie nos puede decir que reírnos y de que no, la corrección política es la imagen viva de la hipocresía.

El episodio Cotelo/Campiglia vs habitantes de Rivera, dejó al descubierto a varios que dicen ser liberales, pero siempre y cuando no los afecte.

También dejó al descubierto que hay gente que mide el mismo hecho con una vara distinta, que hubiese pasado si el chiste sobre la persona humilde que fue a donde hacían hisopado con un tupper pensando que repartían ensopado, ¿lo hubiese hecho Petinati? “otra vez el pelado facho riéndose de la gente humilde, que asco, no lo escuchen más!”. En definitiva, lo que les molesta es el emisor del chiste y no el chiste propiamente dicho.

Otra cosa que dejó al descubierto, los comunicadores/humoristas que se paran en un pedestal moral señalando y acusando a otros de su forma de hacer humor. “yo nunca haría un chiste sobre eso, no corresponde porque hay que tener una conciencia social”, humo e hipocresía pura.

Las conclusiones, desde una concepción liberal, se puede hacer humor con cualquier cosa, el humor muchas veces ofende y apela a lo grotesco, y por eso es lógico que a algunos les cause gracia, a otros no, a unos les sea indiferente y otros los ofenda. Los que se sientan ofendidos, claro que tiene derecho a expresar que están ofendidos y el humorista que ofendió, deberá asumir ese hecho, frente al público y/o frente a la Justicia, aunque en mi caso me parezca una exageración terminar en la justicia.

Y la reflexión final, con la excusa de que ofende, siempre a alguien el humor va a ofender, ¿se va a prohibir, American Dad, Family Guy, Los Simpson, South Park, No Toca Botón, Decalegrón, el viejo Video Match, El Show de Capussoto, Gasalla, a Esmoris, a Darwin, Dolina, Orpi, Petru Valensky, ¿etc? Cuando eso pase, el mundo se transformará en un lugar triste, gris y aburrido, en pocas palabras, un lugar horrible y estaremos perdidos. Habrán ganado el lobby, los colectivos que se escudan en lo políticamente correcto, los fascistas y autoritarios, en resumen, habrán ganado la censura y el pensamiento único. Pero como nuestro presidente actual ha insistido, debemos apelar al uso responsable de la libertad.

Y como mensaje final, según el filósofo contemporáneo, El Gran Gustaf “el humor salvará al mundo”.

El horno no está para bollos por Bea Kon

Más allá del Covid-19 y la incertidumbre que genera, el tema pasaría por otro lugar, y es que la sociedad está dividida. Esa división la resumo con una simple afirmación: dime quién habla y te diré quién se ofende. Lo de Rafael Cotelo en principio me cayó pésimo, y obviamente me enojé. Cuando me enteré de que en realidad era un personaje, cambié mi postura. Disculpen, pero no conocía a Edison Campiglia, y si bien no me gustó ni me pareció gracioso – más bien bizarro – entiendo que hacer una denuncia penal no es el camino. Y resulta peligroso. Si es humor, es humor. Mark Twain decía que el secreto del humor no era la alegría, si no el dolor. Freud, por su parte, decía que el humor sólo es bueno cuando nos permite construir un relato sorprendente y liberador de nuestros traumas individuales y colectivos. Y es esta catarsis colectiva es la que se da en el humor negro, ya sea en chistes sobre terrorismo o sobre el holocausto. ¿Quién no ha hecho chistes de negros, de judíos, de mujeres, de gays, de gente con defectos (el famoso mellado)? y con una mano en el corazón, ¿quién no se ha reído? No todos tenemos el mismo humor ni nos g u s t a n los  m i s m o s  c h i s t e s. P e r o e l humorista, y ahí está el límite, debería saber que hay chistes que lastiman, y mucho y así como tienen la libertad de decir lo que quiera, también tiene la libertad de elegir lo qué decir y de qué reírse, hacer un chiste para después pedir perdón, me parece salido de tono. Si tanta gente no lo entendió quiere decir que eligió un mal tema o que es un mal humorista. Tal vez deba replantear su capacidad humorística, o incluso dedicarse a otras cosas, pero ciertamente en libertad. Entiendo que la gente de Rivera se pueda ofender – hay que entender el contexto – pero ante eso solo se puede hacer una cosa: «cambiar el dial». Porque ir por el camino que se eligió es jugar con con la libertad de expresión. Ni fachos ni zurdos. No se trata de derecha, centro, o izquierda. No es un tema del nuevo gobierno, no nos engañemos. Los linchamientos y denuncias vienen de hace mucho tiempo. Tal vez lo anterior se ve aún más claro ejemplificando con otros temas. No es que haya mujeres que se sienten ultrajadas por un piropo, no es que haya mujeres que denuncien cualquier cosa que las ofenda, no es que no se pueden hacer chistes con las mujeres. Directamente no se puede hablar, porque la horda «feminista» está ahí para atacar, desacreditar y denunciar a todo el que ose criticar lo que dice, hace o deja de hacer una mujer. Eso sí, si esa mujer es de «derecha» como es el caso de Laura Raffo, que se joda. Y volviendo al primer párrafo cual prosa circular, «dime quién habla y te diré quién se ofende»

No es bueno por partida doble por Danilo Arbilla

Los diputados deberían modificar el artículo 11 de la LUC, según les vino del Senado. Decididamente como está redactado constituye una seria y real amenaza a la libertad de expresión. Se criminaliza la opinión con penas de hasta un año y medio de prisión y se introduce un elemento indeseable que puede degenerar en la autocensura.

Se dirá que aplicado con buena fe, equidad, equilibrio y tolerancia no es tan alarmante. Pero el problema son los de mala fe, los desequilibrados y los intolerantes; que son tantos. Para estos la norma puede resultar un boccato di cardinale.

Creo que no exagero. Aparentemente la intención es respaldar a la policía en casos de manifestaciones y mítines, lo que en gran medida está contemplado en el artículo 45. Puede que apunte como disuasivo para aquellos que transformados en   patota creen que todo vale o, particularmente, para los que buscan provocar y generar una reacción violenta de la autoridad y para lo cual no paran de azuzar y subir la apuesta y del insulto a viva voz o en las pancartas pasan al escupitajo, la pedrada, el adoquinazo y el coctel molotov. Esto es, advertirles que están cometiendo delitos debidamente especificados.

Pero “agravio”, “insulto”, “amenaza” ¿quién dice que se está sobrepasando el límite de la protesta, del reproche y hasta de la acusación? ¿Hasta cuándo es aceptable el señalamiento y cuando pasa a constituirse en un delito por agravio, insulto o amenace? ¿Quién los define y determina su grado de gravedad? ¿Cada policía?  Porque, para actuar, se decide durante el barullo.  Todo se hace muy vidrioso.

Pero además el artículo prevé que el delito se pueda cometer por palabras y escritos. ¿En la radio, la televisión en la prensa? ¿No se va a poder criticar, censurar, rechazar, denunciar, exponer ante la opinión publica un mal proceder o desbordes o atropellos o abusos de la autoridad policial?

La espada de Damócles queda ahí. Y no se salva con que “no serán castigada la manifestación de mera discrepancia…”. Decir por ejemplo “discrepo con el proceder del señor policía que puso su rodilla en el tórax del Señor Floyd provocando su muerte por asfixia”, y no poder emitir juicios o hacer otro tipo de comentarios.

Es de sentido común.

Pero además se está pagando un costo muy alto, por muy efectiva que sea la disposición para el propósito perseguido, lo que es discutible. Más allá de la legítima intención de dar respaldo a la policía y de advertir a los que se pasan, a los violentos y a los que se aprovechan con otros fines, está la imagen del país en juego.  Esa norma pone dudas en cuanto a que en Uruguay haya plena libertad de prensa. Aunque no se mal aplique. El hecho es que un ciudadano podría ir preso por escribir o hablar en contra de la policía. Es demasiado.

Me río por no llorar por María Rosa Oña

El humor, como cualquier otra forma de arte, no debe tener límites ni ser censurado, al humor no se le puede marcar una línea y decirle: “hasta acá llegaste”. Mientras decimos eso, el humor ya está del otro lado de la línea riéndose de nosotros.

Un juicio a un personaje, al que un comediante da vida, es tan absurdo y patético que en pocas cabezas puede caber.

El humor no tiene límites, el límite lo tiene cada persona que lo hace y que lo escucha.

Hace poco alguien decía: “un chiste es solo eso, un chiste, y no le puede hacer mal a nadie”. El tema es que los chistes repetidos y repetidos por ahí, van formando o sustentando diferentes formas de ver el mundo: los chistes sobre gordos, por ejemplo, son solo palabras, es verdad, pero, ¿no puede esa broma hacer que alguna persona se sienta mal? Sí, puede y sigue siendo solo un chiste.

El humor está cambiando y eso no es malo, es una evolución necesaria que puede ayudar a formar una sociedad más equilibrada. Hay algunas ideas erradas acerca del humor. Una es que solo sirve como divertimento para pasar el tiempo y nada más. Esa es una de las patas del humor, sí, pero también es un arma muy potente para decir lo que pasa y visibilizar lo que está mal. Otra idea errada es la concepción platónica que sentencia que me río por sentirme superior a alguien y por saberme mejor.

Ese alguien, hasta ahora, mayoritariamente eran los gays, las mujeres, los negros y todo individuo que no encaja en esta loca sociedad en la que vivimos. Bueno, es hora de empezar a mirar más ampliamente el mundo, no reírnos de los que son iguales a nosotros, sino de los que están un poco más arriba y deciden sobre nosotros.

Hay que empezar a pensar qué gana uno haciendo algunos chistes, si suma o si solo ayuda a engordar estereotipos pasados de moda.

Por supuesto que el humor negro, los chistes sobre minorías y todo tipo de formas humorísticas van a seguir existiendo. Está en nosotros saber darles el lugar que deben tener. El humor es tan maravilloso que, si el chiste está bien hecho, la gente va a reír, sea de lo que sea. Esta es otra cosa a tener en cuenta, pensar si lo que estoy haciendo es un chiste o solo un agravio disfrazado de broma.

El querer enjuiciar a un comediante es un tema que tiene que ver más con el momento político que estamos viviendo que con el humor en sí. El humor no está desapareciendo, está cambiando, evoluciona como la sociedad, así como la música, la pintura o cualquier expresión artística. No es que ya no esté bien visto reírse de las minorías, es que nos damos cuenta que eso puede lastimar y ayudar a estancar a las personas en ciertos lugares que no están bien.

Dicho todo esto, defiendo a capa y espada que cada quién haga el humor que quiera con lo que quiera, esa es la verdadera libertad de expresión. En mí está el decidir si me gusta o no, si lo consumo o no. Eso sí, que después ponga el pecho y se la banque. ¿Cuántos censuradores hacen falta para cambiar una lamparita? Ninguno, el censurador es de tener pocas luces. Cuak!!

Decatristón por Leo Pintos

Año 1982: Ricardo Espalter, Enrique Almada y Ximena nos hacen llorar de risa con las peripecias de Toto Paniagua, el nuevo rico en sus clases de urbanidad y buenos modales. Ese sketch en 2020 provocaría indignación por estigmatizar a la gente sin educación, sería considerado clasista, y además Espalter y Almada serían acusados de machistas por reducir a la mujer al papel de sirvienta. Así funciona esto hoy, y solo variará el sentido de la indignación en función del signo político ideológico dominante. Aunque no nos engañemos, el humor –y el arte en general- ha sido en todas las épocas víctima de la intolerancia, solo que hoy sus verdugos tienen más posibilidades de unirse. Por eso la importancia de tener un estado de derecho fuerte, porque es lo único que nos salva del ignorante de turno que, aprovechando su pequeña cuota de poder, no duda en subirse a cualquier carro, aunque su destino sea el precipicio. Así pues, que una, cien, mil personas, o todo un Departamento, se sienta ofendido por un chiste –que en su derecho están- llevarlo al plano judicial penal y político es desproporcionado, por lo que solo se puede esperar el archivo de la causa. Aunque el sentido común no es rentable, y quizá por eso ya casi nadie se preocupa en desarrollarlo. Y el sentido del humor va por el mismo camino, y el sentido del ridículo, aunque dicen que existió hasta hace algún tiempo -a juzgar por las reacciones respecto al personaje Edinson Campiglia- ya se extinguió. Y así es que el mundo es cada vez un lugar más hostil para vivir. Un lugar sin libertad para reírse de uno mismo, de los demás, de la vida y la muerte, de la desgracia propia y ajena, de los defectos físicos, en fin, reírse de la vida y del mundo. Porque escandalizar a la gente retrógrada, rancia e hipócrita es un deber que todo ciudadano de bien debiera cumplir. El comediante británico Ricky D. Gervais sostiene que se puede y se DEBE hacer humor de todo y que lo único que importa es el contexto. No se hará un chiste sobre la muerte en un funeral, pero sí en el ámbito adecuado. Cuando alguien compra un libro o revista de humor, o paga por escuchar o por ver a un humorista, si ese humor es desagradable, deja de comprar libros, de pagar por verle, cambia de radio o de canal o deja de seguirle, todo lo demás es de reaccionario, intolerante, resentido y totalitario.

Vivimos tiempos complejos, en el que se surfea lo importante y se bucea en lo intrascendente, y se dice que pasa lo que no pasa y se niega que pasa lo que pasa. Si la verdad es la primera baja en tiempos de guerra, el humor lo es también en tiempos de paz, por su carácter rupturista, transgresor, atrevido y conmovedor. El humor nos enfrenta a nuestras miserias, cuestiona lo universalmente aceptado, nos expone al ridículo. Y eso molesta al que vive en pose y al que reacciona ante lo diferente. Y para muestra alcanza con ver los promotores de la denuncia contra Rafael Cotelo y el programa La mesa de los galanes. Son los mismos que en su momento censuraron a Oscar Larrocca por pornografía o al Cuarteto de Nos por ofensa a símbolos patrios.

Es seguro que el caso Rafael Cotelo no será el último, así como que este tipo de polémica no es solo propio del Uruguay. Tampoco es algo propio de nuestro tiempo. Dependerá del artista no cederle terreno a la censura, y será nuestra responsabilidad como ciudadanos libres defender el humor y plantar cara a la doble moral y al discurso reaccionario.

Para terminar, declaro en estas líneas mi particular vínculo con el personaje Edinson Campiglia. Honorariamente, y por el solo hecho de provocar la risa, tengo el gusto de guionar el «cómo le dicen a Campiglia y a su señora», con el que se le da la entrada al personaje en La Mesa de los galanes, donde me despacho con toda una batería de groserías y ordinarieces homofóbicas, machistas y misóginas. Y lo hago con toda la tranquilidad de no ser ni compartir nada de lo que allí se dice ni de fomentar ningún tipo de conducta discriminatoria, porque simplemente es humor. Humor bueno o malo, fino u ordinario, gracioso u ofensivo. Porque esa es la esencia del humor, y todo lo que se escriba o se diga para intentar limitarlo es -además de peligroso- de mermado de exposición. Y también hay que saber que la libertad de expresión va en las dos direcciones, y así como alguien puede hacer humor con todo, ese alguien debe saber que se puede opinar libremente sobre el humor que hace.

Cortar el chorro de agua con una tijera por Diego Vignolo

Yo creo que lo que pasó en la mesa de los galanes no es nuevo, una ciudad ofendida por un humorista, asi que en principio no se cruzó ninguna línea que no se haya cruzado. La denuncia es un exceso que, más que censura, responde a unas ganas inmensas de recolectar rédito político, haciendo de cuenta que se defienden valores que el propio denunciante se encargó de pisotear horas más tarde a la denuncia. Se podría discutir meses si algo es divertido o no, o si un chiste es ofensivo, a unos les parecerá que si y a otros no, el límite de la corrección política es muy fino. El tema Rafa Cotelo vs Rivera se podría haber terminado en una disculpa pública, pero alguien vio la oportunidad. No creo que vivamos tiempos de censura, ni corrección política, ni tiempos de gente sensible; el humor entra siempre dónde vea una grieta, si esa grieta está en el honor, se burlará de él. Cientos de cómicos americanos se han burlado del honor militar de quienes van a la guerra por motivos que ni saben. Obviamente esos cómicos no son del agrado de los familiares de militares. Nadie está «sensible por todo», la sociedad avanza y se ven nuestras grietas, por las que pasa el humor, y así, lo que antes era válido, como el humor machista, hoy no está bien visto, pero no responde a sensibilidad, sino a que cambian los paradigmas, y bajo estos nuevos paradigmas, el humor machista pasó al plano del humor negro. El humor y el plano de lo creativo son imposibles de juzgar legalmente, el humor es interpretación y subjetividad, juzgar el humor es como intentar cortar un chorro de agua con una tijera. El arte no se puede censurar, el arte siempre encontrará la forma de burlar la censura y actuar igual, vivimos en el país de las murgas, que supieron planear las censuras de la dictadura. Intentar censurar al arte solo lo hace crecer.

Nada de lo indignante nos es ajeno por Fernando Pioli

Los filósofos y filósofas han buscado a lo largo de la historia distintos orígenes de la esencia de lo humano. Que el ser humano es un animal político, que es un animal simbólico, que es el único ser capaz de venerar a Dios, que es el único ser que puede sentirse libre y por tanto ser expulsado del paraíso. Todas estas explicaciones tienen, cuando menos algo de cierto, y seguramente todas contribuyen a enriquecer la comprensión de nuestro lugar en el mundo. En fin, también podría decirse que el ser humano es el único ser capaz de indignarse.

Para indignarnos debemos poder alcanzar la capacidad simbólica de captar intelectualmente la idea de honor. Posiblemente lo que se requiere para no indignarnos es separar la idea de honor de la de honra. En cualquier caso, debemos advertir que son ideas más bien medievales, quizá de origen clásico y que se hunden en los orígenes de la civilización. El honor refiere a la integridad individual que se percibe en el fuero íntimo, por tanto, es inaccesible para el otro. La honra es una construcción social que refiere al prestigio que se exhibe ante los demás, esto no solo no es inaccesible, sino que es publicitable. Mientras el honor es subjetivo, la honra es intersubjetiva. Cuando una persona se indigna suele aducir que está herida en su honor, cosa claramente poco probable en la mayoría de los casos. La herida suele ser la honra, más que el honor. En los tiempos actuales nuestra exposición pública está sobredimensionada, especialmente cuando alguien emprende la ingrata carrera política. De modo que no debe extrañarnos que las personas que se dedican a esta noble y necesaria tarea sean más sensibles que el resto de los mortales, que de todos modos de por sí solemos ser muy sensibles ante el escrutinio de nuestros pares.

En este contexto tampoco puede extrañarnos que se ponga a andar la aceitada maquinaria judicial para proteger la imagen pública de quienes hacen carrera con ella, pero atención, recordemos que quienes tienen honor no necesitan de nada de esto. Es solo una triquiñuela para hacer pasar como honorable aquello que apenas es honroso, una estrategia para quedar bien, una apariencia de verdad, un intento para ocultar que se es un imbécil o un inmoral, lo que surja primero. ¿Acaso la actual denuncia al personaje de Edison Campiglia no es esto mismo al igual que antes lo fue la denuncia contra la canción del Cuarteto de Nos?

Es un derecho humano el de poder recurrir a la ley para proteger el honor y la honra ante los ataques injustificados, pero tal parece que se ha encontrado el modo de usarlo para atacar la honra y el honor ajeno de modo aún más injustificado. ¿Debería extrañarnos? Claro que no.

Todo está perdonado por Gonzalo Baroni

Así reza -nunca mejor dicho- la tapa con una caricatura de Mahoma junto al famoso cartel: “Je suis Charlie” del 14 de enero de 2015 de la revista francesa Charlie Hebdo. La misma fue publicada una semana después de que dos personas asesinaron a doce de sus caricaturistas y editores en su propia sede. Todo por sus interpretaciones sobre la vida del profeta vía humor. Valentía, ironía y coraje. Todo utilizado para perdonar. Esa tapa la tengo en la pared de mi oficina, la cual miro todos los días, pero sobre todo cuando leo prensa con contenido que no es de mi agrado. Desde esa pared, el personaje me escruta, pero sobre todo, me marca su presencia, el peso de la libertad de expresión. A pocos centímetros, tengo enmarcada solemnemente la edición 1649 del Semanario Marcha del 30 de Junio de 1973. Al pie de su tapa, hay una transcripción del decreto de disolución de cámaras. En el centro, con letras grandes y mayúsculas, ataca: “NO ES DICTADURA”. Tan solo tres días después del golpe de Estado, los periodistas desafiaron con ingenio al régimen. Cuando la observo fijamente, sus hojas amarillentas me tranquilizan. Fue hace bastante tiempo. Sin embargo, no podemos olvidar ni dejar de lado esa lucha por la libertad desde la prensa. El miedo a expresarse, atenta contra la libertad. El sentido del humor con censura, termina siendo pura diplomacia. Pero de la mala. De la que oculta y busca mostrar un mundo feliz, que no existe ni resiste al más mínimo cuestionamiento. El posible exceso en las expresiones siempre va a aportarnos más que el recorte y ocultamiento de nuestros pensamientos. Lo gracioso, filtrado por lo políticamente correcto, es la otra cara de la misma moneda. Donde no se tolera la frustración y se desconoce dolores ajenos, o al menos, los esquiva. A su vez acumula como cuentagotas en una olla a presión, la de la hipocresía. Y lo paradójico es que los censores y atentos jueces morales, pueden terminar recibiendo la bala orwelliana ante el mínimo tropezón. Cuestionarnos, criticarnos, increparnos y ofendernos, son y serán siempre las consecuencias de un humor libre, que prefiero que pida perdón y no que pida permiso. Ante el exceso, siempre se puede pedir perdón, ante la limitación -propia o ajena-, solo tener vergüenza.

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