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El nuevo imperio por Hoenir Sarthou

El nuevo imperio por Hoenir Sarthou
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Hace pocos días nos enteramos de que la Intendencia de Montevideo se cree autorizada a ordenar qué expresiones idiomáticas debemos usar los uruguayos y en particular los montevideanos.  En el caso, se trata del lenguaje “inclusivo”. Incluso nos enteramos de que hay una resolución formal de la Intendencia que hace obligatorio el uso de ese “lenguaje” en el ámbito de la propia Intendencia.

Mirada como noticia aislada, la cosa parece un simple disparate “municipal y espeso”. En primer lugar, porque no está entre las competencias de ninguna Intendencia imponer expresiones idiomáticas. Y, en segundo lugar, porque ninguna autoridad del mundo tiene facultades para imponer formas de hablar. La misma Real Academia Española (RAE) tiene claro que su cometido es relevar las expresiones que los hablantes espontáneamente usamos y el sentido que les asignamos, para consignarlos luego en el diccionario. Es decir: la RAE estudia y registra el lenguaje, no lo crea ni lo impone. Pero, claro, una cosa es la RAE y otra Di Candia.

El problema es que no estamos ante un disparate aislado. La noticia de los poderes de Di Candia nos llega en momentos en que en el mundo, y particularmente en los EEUU, se consolida una fortísima corriente inquisitorial nacida a la sombra de la corrección política identitaria.  Infinidad de políticos, artistas, cineastas, escritores y académicos están siendo inmolados en la pira políticamente correcta por incurrir en ideas o expresiones consideradas racistas, machistas o discriminadoras, o por proferir “discursos de odio” o por “desinformar” sobre ciertas verdades oficiales de la misma corrección politica.

Muchos de ellos ni siquiera han sostenido o hecho algo políticamente incorrecto. Basta con que algún miembro de una identidad colectiva históricamente discriminada (negros, indios, mujeres, homo o trans sexuales, etc.) se sienta afectado por una palabra o actitud del acusado para que los fuegos se enciendan. El más reciente ejemplo  es el de J K Rowling, la creadora de “Harry Potter”. Cometió el error de decir que “una persona que menstrúa (el nuevo eufemismo correcto para referirse a una mujer”) es una mujer”. Eso bastó para que los colectivos transexuales la emprendieron contra ella, alegando que ignoraba que sus integrantes (ellas, ellos, elles) también se consideran mujeres aunque no menstrúen. Desde entonces, JK Rowlling fue denostada e insultada en la prensa y en las redes sociales, le suspendieron la publicación de su última n,ovela, y ayer la huella de sus manos en “la ruta de Harry Potter”, en la ciudad de Edimburgo fue cubierta con pintura roja.

Lo sucedido coloca a Rowllin en un selecto calvario que, entre muchos otros, contiene a Woody Allen, Kevin Spacey, Abraham Lincoln, Donald Trump y Walt Whitman, así como a académicos, editores y periodistos, o a profesores que recomendaron leer obras “racistas”, como el “Huckleberry Finn”, de Mark Twain, cuyos personajes usan el término “negro” a cada rato.  Al parecer, también Facebook corre riesgo de ser incinerado si insiste en permitir que sus usuarios publiquen “discursos de odio”, apoyos a Donald Trump, o “desinformación sobre el coronavirus”.

Ojo: nadie crea que estas condenas son meramente simbólicas, porque, si el transgresor está vivo, el castigo incluye la suspensión de sus libros, conferencias o películas, el despido de sus puestos de trabajo y la repulsa pública de sus compañeros. Pedir perdón públicamente se considera indispensable, pero no exime de la pena. Si el transgresor está muerto, la nueva inquisición se conforma con proscribir su obra, y, si tiene estatua, derribarla o mutilarla.

El nivel de locura al que se ha llegado fue puesto en evidencia hace pocos días por una carta pública firmada por más de ciento cincuenta intelectuales y artistas angloparlantes, entre ellos Noam Chomsky. La carta denuncia la situación de intolerancia impuesta al medio académico y artístico bajo la apariencia de una progresista reivindicación de políticas identitarias y antidiscriminatorias.

Muchos, con poca memoria histórica, pueden creer que esta aparente locura censuratoria es un fenómeno nuevo, una especie de “fin de los tiempos” propio del Siglo XXI. Sin embargo, ha ocurrido infinidad de veces en la historia. Es decir, la unión de una causa que se considera a sí misma la suma de toda bondad, un poder que se beneficia con esa causa, y una censura férrea, que garantiza a una y a otro, es una constante histórica.

Sólo por nombrar algunos antecedentes, recordemos: la Inquisición a inicios del Renacimiento, Mussolini y sus purgas de aceite de ricino, China y su Revolución Cultural, el senador McCarthy y sus listas negras en los EEUU, la URSS y Cuba y sus “autocríticas revolucionarias” públicas.

El control del pensamiento y de su expresión es uno de los fenómenos característicos de ciertos momentos de los imperios (hablo de “imperio” en sentido metafórico, como equivalente a “sistema o centro de poder”). Al parecer, la preocupación por limitar y controlar el pensamiento surge en los momentos iniciales de un centro de poder, luego se modera cuando ese poder está ya establecido, y reaparece cuando el poder vive momentos críticos o terminales. No es casualidad que la Inquisición se desarrollara cuando el poder medieval de la Iglesia era puesto en entredicho por el Renacimiento, que Mussolini asegurara su acceso al poder purgando literalmente a sus opositores, que McCarthy impusiera sus listas negras de artistas e intelectuales cuando EEUU aspiraba al control del mundo en competencia con la URSS, ni que China, Cuba y la URSS aplicaran métodos similares en los mismos momentos.

La cuestión es cuál es el poder, naciente o en crisis, que está detrás de la nueva Inquisición. Porque disculpen si no creo que un proceso de autoritarismo ideológico de alcance global, como el que vivimos, sea un fenómeno espontáneo y casual. Ni que se agote en meros eufemismos políticamente correctos.

Las causas (las “buenas causas”) que justifican al autoritarismo están a la vista: las identidades raciales o sexuales discriminadas, la crisis ambiental, y recientemente la supuesta pandemia de coronavirus (en apariencia prolegómeno de una serie de pandemias que nos tendrán a todos encerrrados y controlados por tiempo indeterminado), son los argumentos en que se funda una capacidad censuratoria muy amplia, ejercida por orgnismos internacionales, organizaciones sociales, los Estados y una difusa red de censores profesionales o vocacionales en las redes sociales.

Lo cierto es que con aceleración creciente estamos ingresando a un mundo en que es cada vez más peligroso exponer nuestro pensamiento, poner en duda reclamos de ciertos colectivos, usar ciertos términos, cuestionar políticas sanitarias o ambientales, dudar sobre la información relativa a una epidemia, o salir a la calle. El encierro, el temor y el silencio son la receta para el “buen ciudadano”. Nuevas tecnologías de control, que operan hasta desde el propio celular, garantizan ese orden, poniendo a disposición de un poder difuso y desconocido nuestra ubicación, nuestros consumos, nuestras conversaciones, nuestros temas de consulta en internet, nuestros amigos, las peliculas que vemos, nuestra temperatura corporal y hasta nuestros sueños.

Es difícil decir cómo empezó todo, pero no es difícil advertir sus componentes: un cierto imaginario de justicia social (originalmente de izquierda o progresista) que fue derivando en reclamos identitarios y en una extensa red de ONGs y de militancia social, poderosos grupos económicos y empresariales de alcance global que financian esa red y la contactan con los intereses de ciertas industrias (química, biotecnología, telecomunicaciones, agroindustria, etc.), y ahora la alianza de esos factores con la tecnología y las políticas de control que maneja China, parecen ser rasgos características de esta nueva etapa histórica.

Todo indica que vivimos el fin del esquema de poder surgido de la Segunda Guerra Muncial. ¿Estamos ante el surgimiento de un nuevo esquema de poder mundial, compartido por grupos económicos globales y China como asiento político?

Abona esa hipótesis la hostilidad de todos esos factores contra los representantes del viejo esquema de poder: Trump y Putin, EEUU y Rusia.

En cualquier caso, lo que está ocurriendo, lo que vivimos como imposición de ciertas formas de pensar y de hablar, como terror ante posibles pandemias, y como resignación a formas de control que resultan ineludibles, no parecen ser hecho casuales, aislados ni momentáneos.

En ese contexto, resulta entendible que el Intendente de Montevideo se crea autorizado a decirnos cómo hablar y cómo no hacerlo. Ignoro si él lo sabe, pero expresa a un proceso mucho más grande que él mismo. Claramente no habla desde la legitimidad de los votos que no tuvo (ni él ni los sectores que piensan como él). En todo caso, habla desde otra autoridad, que no radica en el Uruguay y que no ha sido votada por nadie.

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