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EL PENSADOR por Antonio Pippo

EL PENSADOR  por Antonio Pippo
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¿Qué hace un intelectual?

Según la acepción más generalizada –y yo diría exacta- “reducir algo a forma o contenido intelectual o racional”, de tal modo de extender a los demás opiniones que salteen lo superficial, sin aspirar a unanimidad alguna, y se conviertan en aportes a la reflexión colectiva acerca de aspectos significativos de la vida social.

Los sufridos ciudadanos de este país no advertimos que haya por ahí, cercanos,  intelectuales que den esa talla. Peor aún: suele calificarse como tales a unos simples manipuladores de bolas de cristal, cuyas peroratas circulan entre apocalípticas versiones de colapsos ambientales, resurrecciones del peligro de guerras nucleares y opiniones políticas que incorporan colores y dogmas que les quitan seriedad.

¿Qué hace un filósofo?

Pues examinar las acciones humanas, analizando lo que ocurre cotidianamente y meditar sobre ello penetrando en su esencia, propiedades, causas y efectos, tratando de generar juicios racionales y a veces elaborando doctrinas con la intención de orientar el pensamiento crítico de aquellos a quienes se dirige.

Bueno, con todo respeto por aquellos a quienes se llama filósofos o los otros, los que se han incorporado por propia voluntad esa condición, debo decir que los habitantes de este pequeño territorio ni por aproximación tenemos un Santiago Kovladoff –filósofo del agnosticismo cientificista, moderado, sereno y caballero noble del idioma- ni a un Tomás Abraham, filósofo incisivo, desafiante y audaz que actúa como un insistente tábano en su diálogo con cualquier interlocutor.

¿A qué viene esto, lector? ¿Acaso tomé algún brebaje infernal, como algún amigo ha sugerido, y estas son las consecuencias?

No.

Es que nunca como ahora, cuando el país se conmueve y se encrespa por un cambio de gobierno y todos vemos cómo se avecinan tiempos de debates tanto como tiempos de disparates, de fanatismos y de confusión, son necesarios los intelectuales y, sobre todo, los filósofos.

En cambio, habría que borrar de la faz de nuestro suelo a los llamados politólogos, a los encuestadores y a los “lengüita sobada” de boliche, cuya abundancia no supone ningún progreso en nuestro camino al futuro.

No habría que olvidar que la filosofía, como ha recordado Jostein Gaarder, nació en los mercados de las ciudades –cada una un verdadero Estado- de la vieja Grecia. Eso le otorgaría una suerte de patente de aporte imprescindible.

En aquel origen, la filosofía, y los intelectuales, ayudaban a dar a luz el pensamiento correcto.

Se construía así una corriente positiva, aun dentro de inexorables matices y hasta de corrientes que confluían hacia conclusiones diferentes.

Pero ese juego mental, esa aplicación del análisis lógico, de lo racional y de la libertad de pensamiento crítico, que no eliminaba las disidencias porque su principal objetivo era terminar con el pensamiento único, contribuía a que la sociedad madurara de un modo constructivo, ya por acuerdos, ya por consenso, las decisiones que los hechos objetivos iban imponiéndole.

¿Qué ocurre hoy?

Apelo a otra frase de Gaarder: “O somos engreídos y nos conformamos con lo que sabemos, o somos indiferentes y nos conformamos con lo que no sabemos”.

Supongo que hasta aquí he sido claro, aunque acepto opiniones que no compartan lo dicho. Está claro que el punto crucial no reside en esta eventual disidencia, sino en la necesidad, ya que no tenemos intelectuales ni filósofos de la estatura imprescindible, de hacer cada uno el esfuerzo de despojarse de sus ideas intocables y abrir la mente, el razonamiento, para que un aire fresco nos permita debatir con el otro partiendo de la posibilidad de aceptar haberse equivocado.

Jamás habrá unanimidad real y que no haga daño. Siempre será necesario componer, zurcir, levantar algo entre todos, con aportes diferentes, para que nos distanciemos del estancamiento y nos aproximemos al progreso.

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Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.