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EL PENSADOR Por Antonio Pippo

EL PENSADOR  Por Antonio Pippo
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Si hay un tiempo en que debe prevalecer la serenidad es el presente.

Es tiempo de que no nos caiga encima un aforismo de Ernesto Esteban Etchenique, tal como “Intercambiemos ideas, una mía por cuatro tuyas”. O “te regalé flores y me reclamaron el florero”.

Pero no sólo espíritu y actitud serena. También honestidad intelectual.

El gobierno, frente a la crisis que vivimos, está haciendo sus deberes con sentido común, sin histerias, con transparencia y analizando globalmente la situación, de tal modo de resolver esa compleja ecuación entre la evolución sanitaria, ante la cual no puede retroceder, y la recuperación paulatina de la economía, que no le puede llevar a cerrar los ojos y dormir.

Sin embargo, más allá de declaraciones aisladas de apoyo de la oposición –unas pocas que percibo sinceras y la mayoría dignas del Marqués de las Cabriolas-, hay una clara hostilidad que crece empujada por intereses políticos minúsculos, por la hipocresía, por el cinismo y hasta por la ignorancia, como aquella que ciertos españoles un poco oscuros intelectualmente dejaban caer sobre Churchill durante la Segunda Guerra Mundial: -¡Este gordo viejo es un tonto! Con la mano de años que tiene y largándose de un lado a otro como un pollo…

Bastó que el presidente de la República negase el uso de la Cadena Nacional de Televisión al PIT CNT el Día de los Trabajadores, y que insistiese, con prudencia pero firmeza y respeto por las opiniones ajenas, en que el Parlamento inicie el análisis del proyecto de Ley de Urgente Consideración, para desatar una vorágine de protestas, rechazos y advertencias poco menos que esquizofrénica.

No se trata de caer en la ingenuidad de pedir unanimidades. Hablo de un clima ahora cruzado por vientos de hostilidad, que amenazan llevarse al diablo lo que Konrad Lorenz llamaría “la función compensatoria de la moral responsable”.

Quizás el lector se sorprenda al saber que esa función, que desalienta los conflictos capaces de arriesgar el futuro colectivo, es común a todas las especies superiores. Por la incidencia del factor moral, inexistente en los animales y presente en los seres humanos, aquellos terminan siendo más “lógicos”, persistentes y efectivos en su conducta compensatoria por el mero instinto, que nunca les falla. A la inversa, hombres y mujeres suelen errar, tropezar o sencillamente ignorar ese esfuerzo constructivo, debido a sus debilidades morales o éticas.

Los más grandes peligros que han acechado y lo hacen aún a la humanidad tienen su origen, según Gehlen, en los trastornos causados por sus propios miembros en las sociedades, debido a que eso que, a lo largo de los siglos, llamamos “cultura” desde el punto de vista antropológico, les ha ido inoculando los virus del egoísmo, la ambición y hasta los celos.

Hoy lo observamos con tanta claridad que no hay necesidad de centrarse en la oposición para ponerlo sobre la mesa de disección, ya que es advertible, aunque parezca más sutil, entre miembros de la propia coalición de gobierno.

Obvio es que debemos despejar el camino de todo esto y potenciar la referida “función compensatoria”.

Claro, no resultará fácil, aunque las situaciones límite como la que atravesamos suelen servir para devolver sensatez a algunos, ojalá en este caso a la mayoría.

Supongo que me he repetido sobre esta cuestión. Será la cuarentena. O será, nomás, que es necesario dar vueltas como en calesita sobre lo que se intuye esencial.

Ciertamente, ni yo, sacudido a veces por un optimismo que ya no brota del alcohol porque el cardiólogo no me lo permite, puedo sentir esperanzas sólidas al respecto cuando, entre tanta falsedad, guarangadas y malas intenciones que se tiran al aire, ahora nos inventamos un debate absurdo acerca de la obligación o no de usar los tristemente famosos tapabocas.

No sigamos jodiéndonos la vida al santo cohete, perdiendo de vista que ésta es una causa común, de tal manera que nos merezcamos un viejo poema gallego cuyo autor he olvidado:

-Soldados, ya que mi suerte/ me ha puesto en estos apuros,/ os regalo cuatro duros/ porque me deis buena muerte;/ sólo Pérez os advierte/ para que apuntéis derecho,/ aunque delito no ha hecho/ para tal carnicería,/ que toméis la puntería/ dos al cráneo y dos al pecho.

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Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.