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El profeta afónico

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La mía nunca ha sido una profesión con gran reconocimiento. Vale decir que, a lo largo de la historia, los que la practicamos hemos corrido diversa suerte. Algunos, según tengo entendido, lograron inscribir sus profecías en libros que la humanidad todavía en la actualidad lee. Así las cosas, podría decirse que su voz nunca se apagó.

Todo lo contrario de lo que ocurrió conmigo. Aunque, cuando recién me inicié, pensé que las cosas iban a ser diferentes. Suponía que desde las alturas de la bella ermita en que me instalé, mi mensaje conmovería a los habitantes de esta ciudad. Vanidad de vanidades. Algo tuvo que ver la distancia que me separa del suelo, pero la causa última de mi fracaso se encuentra en mi voz. Nunca tuvo la suficiente potencia como para imponerse al mundanal ruido y, al final, de tanto forzarla, se silenció para siempre, sumiéndome en este mutismo que me duele.

Hasta hoy, lo acepto, jamás nadie me prestó la menor atención. En todo caso, muy de vez en vez, algún transeúnte, casi siempre un niño, eleva sus ojos hacia mí por un instante para seguir luego su camino, sin más. A decir verdad, me siento como aquellos de mis colegas que se retiraron al desierto. Mas no por ello he dejado de dar mi mensaje.

Y, a pesar de que permanentemente me pregunto si los montevideanos se enterarán algún día de lo que les vengo anunciando desde hace tantos años, creo en el milagro de que, en un futuro no muy lejano, la chispa silente de la verdad de mis palabras ha de caer en un oído sensible que comprenderá y la hará resplandecer cual un faro en la oscuridad.

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