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El Señor Cinco por Ciento por Nelson Di Maggio

El Señor Cinco por Ciento por Nelson Di Maggio
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Aunque los portugueses, desde la fundación de Colonia do Sacramento en 1680 y aún después, se establecieron en Uruguay, las relaciones entre ambos países no mantuvieron la misma aproximación que con otros países europeos invasores. Portugal en el siglo pasado y en el actual se convirtió en uno de los escenarios más sugestivos, en especial, por su cultura. No se limita a Camoens, Eça de Queiroz, Fernando Pessoa, el nobelizado José Saramago o António Lobo Antunes, escritor más vigoroso postergado, o a la notable Agustina Bessa-Luís, recién fallecida. Enumeración breve, incompleta, reveladora de notabilidades universales. Los artistas visuales de ayer y de hoy son ignorados por estas latitudes, accesibles solo en las bienales paulistas o alguna esporádica muestra colectiva realizada en el Centro de Artes y Letras en pasadas décadas.

Calouste Sarkis Gulbenkian (Scutari, Turquía, 1869-Lisboa, 1955) puso en órbita la cultura portuguesa. Su biografía apasionante es apta para un guion cinematográfico, imposible de resumir. Ingeniero educado en Londres, se convirtió en un empresario de la industria petrolífera del Cercano Oriente a quien, a partir de 1914, le concedieron la participación del cinco por ciento de las transacciones comerciales. Pasó a ser conocido como el Señor Cinco por Ciento (Mr. Five Percent). Acumuló una enorme fortuna para disfrutar de su pasión por el arte. De origen armenio, la masacre de 1918 lo condujo al exilio: El Cairo, Londres, París. En 1944 se radicó en Lisboa con su gran colección de obras de arte. Instituyó una fundación que se convirtió en una república independiente, intocable, durante los tiempos dictatoriales de Salazar.

Durante los trece años en los cuales vivió en Lisboa dirigió sus negocios internacionales y amplió su colección. Hombre de sensibilidad peculiar, su origen oriental denunció la preferencia por los objetos suntuosos y sensoriales de ricas resonancias táctiles y visuales. Adquirió lámparas sirias medievales, trajes turcos, tapices, libros iluminados de varios lugares. Eligió la pintura de generosa materialidad y color: Rembrandt, Rubens, Van Eyck, Boucher, Renoir, Guardi, Degas, Gainsborough y Romney, artistas suficientemente representativos de su refinamiento estético. No era un coleccionista de firmas. Poseía un ojo agudo de connoisseur, a la manera de Bernard Berenson. Es suficiente mencionar Retrato de Mariana de Austria, de Velázquez; Retrato de la señora Stone, de Gainsborough; Retrato de la señora Monet, de Renoir; Retrato de Helena Fourment, de Rubens y los dos Rembrandts, cuadros de perdurable hermosura. Su afán posesivo se alargó hacia las joyas de Lalique, de quien era amigo, la laca japonesa, la cerámica china, la calidez de los marfiles góticos. Esa sensibilidad hedonista es lo que otorga a su colección particular, una de las mayores y mejores del mundo, su férrea unidad. Su creó, al morir, la Fundación Gulbenkian por legado testamentario.

La Fundación Gulbenkian extendió su acción cultural, además del maravilloso museo y el Centro de Arte Contemporáneo, rodeado de admirables jardines, a publicaciones de revistas y catálogos de exposiciones temporarias, el otorgamiento de becas de estudio para nacionales en el extranjero y extranjeros para estudiar en el país —quien escribe las recibió en dos oportunidades—, de amplia aceptación y difusión mundial. La Fundación Gulbenkian celebra en 2019 el 150 aniversario del nacimiento de uno de los mayores filántropos y coleccionistas que beneficiaron a Portugal, cambió el rumbo de su cultura y la proyectó urbi et orbi.

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