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El surubí

El surubí
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Uno. Por los tiempos de la niñez del hombre, era común que los gurises del barrio El Ombú fueran de campamento a Los Arrayanes, frente a la ciudad de Mercedes, cruzando el río Negro. Una de sus diversiones en aquellas salidas al monte consistía en pescar. Don Mario Retamosa, el organizador de la aventura, al mando de su chalana –la Viki– solía llevar al niño que fue el hombre a recorrer el espinel. Ya de lejos, por el movimiento de las boyas, don Mario sabía si había enganchado algo. Cuando las veía hundidas como si alguien las tirase desde abajo, decía: “Capaz que es un surubí”. Entonces, una descarga eléctrica recorría la espalda del menor y se le erizaban los pelos. Es que había escuchado muchas veces el famoso cuento de Retamosa.

Resulta que, en algún pasado remoto, uno de los pescadores que tenían por costumbre  instalarse con sus aparejos sobre el lomo del Caño Maestro, por la zona del Carrasquito, enganchó un pez inusitadamente poderoso. Tanto, que solo no podía con el animal. Pidió auxilio a los que allí estaban y, entre tres, lograron arrastrarlo hasta un par de metros de ellos. Entonces, el fenómeno fluvial asomó su enorme cabeza bigotuda a la superficie, pegó un coletazo, les mostró a los atónitos pescadores su lomo gris constelado de pintas negras y, con un último corcoveo, hizo estallar la tanza que lo sujetaba por la bocaza. “Medía más de dos metros y tenía tanta fuerza que estuvo a punto de tirarlos al agua. El surubí más grande que jamás se vio en Mercedes”, rememoraba Mario. Pero la cosa no terminaba ahí. Tocados en su orgullo, unos pescadores de apellido Pica decidieron que lo atraparían. Compraron cientos de metros de tanza del 12 y anzuelos de acero. Armaron sus aparejos, se embarcaron en su chalana y acecharon al pez en los alrededores del caño. El plan era prenderlo del anzuelo, darle piola y seguirlo a remo –en aquella época, nadie tenía un fueraborda– hasta cansarlo. En principio, funcionó. Una tarde consiguieron que picara, una vez lo tuvieron enganchado, le soltaron tanza y remaron tras la bestia, que los arrastró durante horas. Ya de madrugada, próximos a la desembocadura del Hum en el Uruguay, frente a Villa Soriano, el leviatán de agua dulce se hartó del juego, reventó la línea y se mandó a mudar.

De allí en más, todo pescador mercedario que se preciara de tal soñaba con capturar aquel monstruo de las profundidades. Jamás nadie lo consiguió.

Dos. Un verano de varias décadas después, el hombre se paseaba por la orilla del río Negro y vio a un pescador con su bote atracado en la orilla. Se acercó a curiosear y vio que, entre varias bogas y bagres, había un surubí de unos veinte centímetros. Aún coleaba. Recordó la historia de Mario y le dijo al pescador: “¡Suéltelo, todavía le falta mucho por crecer!”. El otro, sin responder, lo miró con cara de “No te metas”. Entonces, en un arranque irracional de militancia ecológica, el hombre tomó el pez por la cola y lo arrojó al agua. Casi tiene un problema. Por suerte, todo quedó en nada.

Tres. Hace unos días, leyó el titular en el Diario Crónicas de Mercedes: “Pescaron surubí gigante de más de 100 kilos” y, bajo una instantánea donde se apreciaba a un señor sosteniendo al fenómeno de la naturaleza entre sus brazos: “El ejemplar fue capturado por Jorge Belloni […]. Tras inmortalizarlo en la fotografía lo devolvieron a las aguas y se asegura que nunca se ha visto un ejemplar de semejante tamaño”.

Lo inundó una alegría inefable. Había tenido una revelación: para él, el que liberó era descendiente del mítico surubí del caño y creció hasta transformarse en el portento del que hablaba Crónicas.

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