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El viaje a Marte

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Desde que Donald Trump fue investido presidente de los Estados Unidos no ha hecho otra cosa que mostrarse como el ser inmaduro que se esbozó en la campaña preelectoral, sólo que, ahora, tiene el poder real como mandatario de la mayor potencia mundial.

Trump ha hecho del destrato algo normal, rompe con todo el lenguaje medianamente civilizado entre mandatarios, y sus pares políticos, y hasta parece prescindir de sus servicios de seguridad, algo insólito. Se ha mostrado innecesariamente grosero con Michelle Obama, a menos que quisiera lanzar por elevación un tiro certero al entonces presidente, lo que sería una despreciable vileza. Si alguien se propusiera desprestigiar la institución presidencial de la primera potencia tendría que actuar como Donald Trump, ni más ni menos. Y si las investigaciones sobre la trama rusa que inició el senado no llegan a una conclusión acusatoria, si el impeachment no consigue apartarlo de la presidencia, seguirá adelante con la motosierra echando chispas sobre todo vestigio humanista que pueda haber dejado la administración anterior.

En su primera salida internacional, la gran noticia fue la colosal venta de armamento a Arabia Saudita. El discurso que dirigió al mundo árabe no fue para apaciguar las tensiones sino para señalar con el dedo a Irán, cuando cualquier observador medianamente informado se daría cuenta que sólo la maquinaría de guerra podría festejar la apertura de un nuevo foco de preocupación. En contraste con el discurso del Cairo, donde el expresidente Obama se dirigió a la espiritualidad árabe y su enorme legado intelectual, Trump, telepromter mediante, habló sobre vaguedades, más para aquietar las aguas que sus declaraciones previas habían agitado. En un prodigio de desubicación había definido que la situación actual estaba determinada por el odio que el islam tenía hacia el cristianismo.

Las grandes luces de la visita de Trump al Próximo y Medio Oriente estuvieron puestas sobre cuestiones que muestran su falta de equilibrio emocional y afectivo. Es obvio que cada aparición de un presidente de Estados Unidos es seguida por la prensa, y cada detalle será visto por la población mundial. Si existe un distanciamiento entre él y su esposa no contribuiría mucho a la imagen de un presidente equilibrado el andar a los manotones, o cruzando miradas de hielo. Ese hombre tiene bajo su mando un poder inmenso, pero cada vez parece más evidente que no le alcanza para someter del todo a una esposa que le cobra en público vaya uno a saber qué miserias íntimas. Todos somos humanos y entendemos de qué se trata, pero mantener nuestras vidas privadas lejos de las responsabilidades de un gobernante debería ser parte de las cualidades del liderazgo.

Trump suele pelear con todo el mundo. El haberse negado dar la mano a la canciller Merkel en su visita a la Casa Blanca, ocupó más prensa que el contenido de la visita en sí; la acusación a Obama de haberlo espiado durante la campaña electoral, cuando éste ya no era su adversario político; el recurrente destrato a la prensa; la reciente destitución de James Comey, el jefe del FBI que había contribuido al knock out de Hillary Clinton durante la campaña presidencial, son sólo algunos de esos momentos reveladores.

Dentro de los anuncios de redistribución de gastos e inversiones, Trump fijó sus prioridades: Drástica reducción de programas sociales y de impuestos a las grandes empresas. La NASA fue una de las áreas que debió reducir sus inversiones. Estados Unidos ha tenido que desarrollar programas de largo plazo, tanto por lo que implica la construcción de cohetes capaces de trasladar al espacio más material científico y más personas, a la vez de mantener su compromiso con otras naciones en el mantenimiento de la Estación Espacial Internacional.

Cuando le preguntaron a Trump sobre este asunto respondió que tenía amigos que sabían cómo hacerlo más barato. Desde que fueron retirados los transbordadores con que Estados Unidos trasladaba material y gente a la estación internacional, ha dependido de lo que hicieran los rusos en cuanto a traslados. La nueva generación de cohetes más potentes y económicos está en marcha, pero no es de un día para otro, ni, quizás, algo que se resuelva durante el período de gobierno de un presidente. Mientras se construyen los nuevos transbordadores, varias empresas privadas desarrollaron cohetes capaces de abastecer a la estación internacional, y mantienen un servicio de lanzamiento de nuevos satélites al espacio. Básicamente, la Boeing y SpaceX, del sudafricano Elon Musk, hicieron su aparición en el mercado espacial. Ya no depende, exclusivamente, del esfuerzo y del control del Estado sino de la habilidad empresarial de empresas privadas.

El fabricante de coches Tesla, uno de los cerebros de Silicon Valley, que avanza en la línea de coches impulsados por energía renovable, se mantuvo al lado de Trump, a pesar de tener serias discrepancias con su política inmigratoria. Musk defiende uno de los aspectos cruciales de la política del presidente: lo made in USA. Esto no es nuevo en Silicon Valley, fue la esencia de su desarrollo como polo de promoción del conocimiento tecnológico de los Estados Unidos. A las críticas por permanecer como consejero de Trump, Elon Musk responde que prefiere estar hablando al oído del presidente que sumar su voz a la protesta. Al parecer está cosechando los primeros frutos.

Trump había definido rebajar el presupuesto de la NASA, y, posteriormente firmó una ley en la que destina un presupuesto de 18,5 billones de dólares para el programa de llegar a Marte para el 2030, o antes, dentro de su segundo mandato (si es reelecto), preferentemente dentro del primero, que acaba en 2021. En eso está  su consejero Elon Musk, con su empresa EspaceX, que, eventualmente, se beneficiaría, como se está beneficiando por el uso de sus transbordadores que llevan y traen materiales hacia y desde la E.E.I. En una conferencia con la Estación Espacial Internacional, Trump le preguntó a la astronauta Peggy Withson cuándo sería posible enviar una expedición a Marte, a lo que Withson contestó que llevaría mucho tiempo, mucho dinero, y mucha colaboración internacional. Pero Trump le dio su opinión: “Bueno, queremos tratar de hacerlo durante mi mandato, o, en el peor de los casos, durante mi segundo mandato. Así que vamos a tener que ir acelerando eso un poco, ¿de acuerdo?”

“En el peor de los casos”, quiere decir adelantar el programa espacial, por lo menos, cuatro años. El sometimiento de los ritmos científicos y tecnológicos a la voluntad de un gobernante es una señal contrastante con el recorte de fondos para los programas de combate al cambio climático. Antes de financiar el  faraónico esfuerzo para llevar un puñado de humanos a Marte debió colocar al frente de la Agencia de Protección Ambiental a otro que no fuera su amigo Scott Pruitt, un convencido de que el cambio climático no es obra de la acción humana. Trump borró de un plumazo el rol de vanguardia que había adquirido Estados Unidos en la última presidencia por el fomento de las energías limpias, devolviéndole al petróleo y el carbón su predominancia como fuentes de energía.

Nuevas guerras, hollín y contaminación es lo que espera a los que se queden en la Tierra si Trump está convencido que debe aumentar los recursos para colonizar Marte como alternativa a frenar la degradación de la Tierra.