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En busca de la experiencia perdida

En busca de la experiencia perdida
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Estación Naranjo

Para señalar la diferencia entre la información periodística y la antigua narración oral Walter Benjamin afirma: “La narración no pretende, como la información, comunicar el puro en-sí de lo acaecido, sino que lo encarna en la vida del relator, para proporcionar a quienes escuchan lo acaecido como experiencia. Así en lo narrado queda el signo del narrador, como la huella de la mano del alfarero sobre la vasija de arcilla”. En el trabajo Sobre algunos temas de Baudelaire es que Benjamin indaga sobre una forma de comunicar que la modernidad, en su afán de registrar mecánicamente (“objetivamente”) los hechos, ha perdido. La prensa, según Benjamin, se propone “excluir rigurosamente los acontecimientos del ámbito en el cual podrían obrar sobre la experiencia del lector” lo que se refleja en la “atrofia progresiva de la experiencia”. En definitiva lo que se señala se relaciona con otra característica de la modernidad, la pérdida del sentido de “comunidad” que genera individuos  aislados, aunque, paradojalmente, cada vez más congestionados en el espacio.

Estación Naranjo, localidad del estado mexicano de Sinaloa, también es el nombre de la pieza de teatro documental del actor y director mexicano Marco Norzagaray, pieza que justamente va en el camino inverso al que detecta Benjamin es característico de la modernidad. Norzagaray, de forma consciente, busca que su trabajo “incluya” al otro, que los acontecimientos que narra, de carácter biográfico, se carguen de su propia materialidad como signo a la vez que involucren al espectador. En ese sentido, algo que en definitiva debería ser el centro del hecho teatral, hay una apuesta a recuperar el carácter comunitario de la comunicación.

¿Cómo se logra esto?  Norzagaray trabaja en Estación Naranjo en lo que se ha llamado biodrama o teatro de autoficción, algo que, en sus palabras, “siempre tiene el riesgo de volverse algo tan autorreferencial que deja de lado al público”. Por eso propone en su historia algo que le permita al espectador ubicarse a sí mismo en alguna de las situaciones narradas. Estación Naranjo, que se centra en la abuela del narrador-protagonista y su descendencia (ocho mujeres y un varón directamente, más los nietos y nietas que se multiplican), es una localidad signada por la prosperidad y el deterioro en función del auge y la desaparición del ferrocarril. Este hecho, que recorre gran parte de América Latina, es uno de los puntos en que la experiencia narrada se abre para incorporar la propia del espectador. Otra situación que marca al país de origen del actor, más sombría como lo señala su propio tono de voz cuando lo comparte, es el narcotráfico. “Cuando desaparece el tren de pasajeros la economía del pueblo pasa casi exclusivamente por el narcotráfico, todo lo que tiene que ver con el tráfico de la goma de opio”. Así, la historia de la abuela de Norzagaray, una suerte de Úrsula Iguarán sinaloense, se entreteje con la sensibilidad del espectador que también vivió la desaparición del tren de pasajeros o que conoce del avance del narcotráfico allí donde las posibilidades de subsistir se vuelven mínimas.

Residencia Estación Naranjo

La obra de Norzagaray se presentó el domingo 17 de noviembre en el Centro Cultural Florencio Sánchez del Cerro. En principio el espectáculo fue uno de los seleccionados por el jurado para integrar la programación de la edición 2019 del Festival Teatro para el Fin del Mundo (TFM). Lamentablemente el festival no puedo realizarse por razones presupuestales, pero Estación Naranjo también fue uno de los dos proyectos que el Florencio presentó, en este caso junto al colectivo artístico TFM Montevideo, al programa de ayudas de residencias artísticas de Iberescena. El propio jurado del Festival entendió que el proyecto coincidía con los postulados de TFM (trabajo sobre la memoria del lugar, la desaparición o abandono de un espacio como la estación de ferrocarril, los paisajes humanos que se van modificando a lo largo del tiempo). Iberescena apoya el proyecto y de esta forma se cubren algunos costos operativos de la residencia que comenzó el lunes 18 de noviembre.

La directora del Florencio, Ana Laura Montesdeoca, comentó sobre el espectáculo con que comenzara la residencia que Norzagaray: “Nos trae en ese relato el reconocimiento y homenaje de un joven actor, creador y dramaturgo, a una abuela que fue feminista aunque quizás, nadie lo notó así” y agregó sobre la residencia, “Estamos muy contentas y contentos de haber logrado conectar con este proyecto, de que hayan aceptado nuestra invitación de trabajar en El Florencio porque representan las cosas sobre las que queremos trabajar. Los derechos de todas las personas, y estas historias que tienen estos puntos de contacto con nuestro Cerro, con la identidad propia del barrio, porque esa historia y las nuestras en este Montevideo, se tocan y contactan de múltiples formas”.

Por otra parte Susana Souto, directora de TFM Montevideo, indica que para el colectivo “fue una instancia muy importante, por lo que implica una residencia, que genera una energía de trabajo muy intensa desde algo que parece muy básico pero no lo es, el verse las caras todos los días con otras personas para trabajar artísticamente, darse un lugar para lo creativo. Nuestro colectivo, por el trabajo de la gestión de los festivales, suele dejar un poco de lado el trabajo artístico, pero desde que no estamos haciendo el festival decidimos volcarnos al trabajo creativo, a investigar, algo que ya empezamos con el proyecto Mochilas de intervención, y esto creo que fue un paso más. También nos parece muy importante, algo que como TFM siempre hemos hecho en los talleres durante el festival, en las instancias de formación o en las mesas de debate, el abrir el espacio a otros artistas. Por eso esta residencia no fue exclusiva de TFM sino que fue abierta a otros artistas que quisieran participar, y contamos con cuatro personas que no forman parte del colectivo y se sumaron a la propuesta y que aportaron muchísimo al trabajo. Y fue importante porque los grupos a veces tienen algo como muy cerrado, de pensarse siempre sobre sí mismos, y la mirada de los otros compañeros fue un aporte, ya sea la de Marco como la de los otros artistas del medio”.

Norzagaray propuso ejes de trabajo que estaban implícitos en su Estación Naranjo, generar una estructura teatral en la cual integrar al espectador, incluyendo un contexto histórico alrededor de un relato familiar o personal que tuviera como eje alguna anécdota característica de la situación o personalidad evocada. Sobre el proceso Souto agrega: “Fue muy interesante todo este tema de pensar nuestros propios relatos en bloques históricos y que a su vez tengan una proyección en el otro, ver que ese relato tan personal también pueda tener resonancias en un otro. Y como alguien puntualizaba, casi todas las historias que contamos estaban muy atravesadas por una figura femenina, por nuestras madres, incluso en el caso del único varón que participó, por nuestras abuelas, por mujeres de nuestra historia, y eso no fue una consigna de trabajo. La primera consigna simplemente era partir de un relato personal, y lo que hicimos durante el trabajo fue encontrar los dispositivos para contar esa historia de forma tal que implique a los otros y no sea solamente un ejercicio de catarsis personal. Fue una experiencia muy intensa, quedamos con muchas ganas de replicarla, seguramente lo hagamos el año que viene, en otro espacio pero con las mismas características, desde esta suerte de intervención-instalación escénica”.

Habitar la memoria como un paisaje

El resultado de la residencia fue denominado Habitar la memoria como un paisaje, una “Instalación escénica de piezas de teatro documental a partir del recorrido personal” presentada el viernes 29 de noviembre. Las y los artistas, que se ubicaban en una silla frente a otra que permanecía vacía, ocuparon todo el espacio del Florencio, tanto el escenario como una platea que aparecía despejada de butacas. De esta forma el espectador debía recorrer el espacio siguiendo un trayecto no direccionado, y elegir en qué silla vacía instalarse. Luego de ubicarse comenzaba a escuchar una historia formulada casi como una confidencia, apoyada en diversos registros; fotografías, diarios, objetos personales, audios y videos emitidos desde computadoras o celulares; todo servía para construir un relato desde soportes diversos en que una historia personal se abría para incluir al interlocutor de forma tal que éste quedaba integrado a esa memoria que habría una ventana. Al igual que en la historia de la abuela de Norzagaray, la mayoría del “elenco” de la instalación estaba integrado por mujeres, por lo que la impronta de las historias era claramente femenina, y se destacaron, en el recorrido parcial que pudimos hacer, relatos en que la lucha por la emancipación, por poder estudiar o trabajar de forma independiente, fue protagonista. Otro elemento recurrente fue la crisis económica del año 2002, una crisis particularmente dura en lugares como el Cerro. Las formas de sobrevivir a esa situación se combinaron con violaciones y abortos clandestinos, exilios o desapariciones familiares contadas en primera persona, en historias en forma de puzzle en que un girasol y un viejo álbum de fotos familiares podían jugar el mismo rol para recrear un momento de esa memoria-paisaje.

Más allá de los relatos puntuales la propuesta plasmada en Estación Naranjo o Habitar la memoria como un paisaje parece ir en el sentido de recuperar la memora como una experiencia que pueda ser compartida, pero para que esto sea genuino, como decía Benjamin, el narrador debe dejar su rastro en la narración. No basta con el álbum de fotografías, o el registro de audio, son el cuerpo y la voz de quienes narran lo que vuelven esos hechos de la memoria un paisaje que habitar, un paisaje que abre una puerta al espectador para que se adentre y sienta los olores, las carencias o las alegrías que forman parte de esa persona que está allí, enfrente, logrando un tipo de comunicación que no tiene que ver con los hechos en sí sino con una experiencia concreta. Esperemos que, como anuncia Souto, la experiencia se repita.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.