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Encuentro de Movimientos Ciudadanos

Encuentro de Movimientos Ciudadanos
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¿Qué tienen en común algunas “movidas” sociales recientes sobre la administración del territorio (Rambla Sur, trazado del Ferrocarril Central, gestión de la cuenca del Río Negro, puerto pesquero en Punta Yeguas, etc.) con la bancarización obligatoria, la situación productiva del campo, la gestión del agua (a la luz de la campaña contra la ley de riego) y el movimiento ciudadano que se opone al “Contrato ROU-UPM”?

Eso es lo que se intentará dilucidar este sábado 8 de diciembre, en el “Encuentro de Movimientos Ciudadanos” que se realizará en el Club Atenas entre las 14 y las 22 horas.

A primera vista, cada una de esas “movidas”  responde a problemáticas específicas y cuestiona ciertas decisiones políticas, nacionales y/o departamentales, con independencia de las otras. Sin embargo, una mirada un poco más profunda puede detectar aspectos comunes en todas ellas.

El primer “aire de familia” es que, en su mayoría, surgen hace poco tiempo y por fuera de las instituciones representativas preexistentes. Algo quiere decir esa necesidad de innovar en las vías de representación y de expresión. Por alguna razón, los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones gremiales y los mecanismos estatales de gobierno local no fueron elegidos para expresar el desacuerdo con la bancarización, o con la ley de riego, o con las políticas sobre producción rural, o con el “contrato” con UPM, o con la afectación territorial que implican el Ferrocarril Central, la privatización del Dique Mauá,  los cambios previstos en la gestión del Río Negro y la concesión de un puerto a la flota pesquera china. Por alguna razón,  los mecanismos tradicionales de representación se perciben como obturados para esos cuestionamientos “no tradicionales”.

El segundo aspecto en común es que los convocados  por esas “movidas” lo son en su carácter de ciudadanos. Participar en ellas no significa compartir una ideología determinada, ni apoyar a algún partido, ni tampoco –y esto es muy importante- reivindicar derechos o intereses particulares.  El objetivo de esas  proto organizaciones es la defensa de intereses generales de la sociedad, que, por ser generales, involucran a los intervinientes, pero no solamente a  ellos. A diferencia de los sindicatos, de las gremiales empresariales y de otras organizaciones sociales (ej: usuarios del sistema de salud, o del sistema previsional, etc.), que representan y defienden legítimamente los intereses particulares de sus afiliados, las movidas ciudadanas aspiran a expresar intereses generales de toda la sociedad, al punto de que sería impensable, por ejemplo, un convenio firmado entre el Estado y una de esas organizaciones para regular el uso del agua o las condiciones a exigirle a UPM o a los bancos.

El carácter ciudadano se manifiesta también en los mecanismos elegidos por muchas de ellas para reclamar sus objetivos. El referéndum, la reforma constitucional, la petición , incluso la denuncia parlamentaria, son procedimientos constitucionales, típicamente republicanos, destinados a que los ciudadanos puedan hacerse valer como tales ante las autoridades del Estado y el poder político.

Todos estos son rasgos en común de estas “movidas”. Pero hay algo que los emparenta aun más profunda y sustancialmente.

Las causas por las que se mueven tienen un común denominador: significan la entrega de un aspecto material, y a menudo simbólico, de la sociedad uruguaya a intereses económicos privados, en su mayoría extranjeros.

Basta pensar en la entrega forzosa de nuestro dinero y nuestras operaciones económicas al sistema bancario, o en la concesión del agua de riego para su comercialización por agentes privados, o en la abusiva entrega de tierras, agua, ferrocarril, puerto, privilegios tributarios, zonas francas, legislación y políticas educativas pactada con UPM, para percibirlo. Todas esas políticas tienen en común la entrega de bienes materiales y de una cuota de soberanía uruguaya en beneficio de empresas privadas.

Eso tiene un nombre. Se le suele llamar “globalización económica”, aunque en realidad es mucho más que un proceso económico. Es un proceso por el que también  las decisiones políticas, jurídicas, culturales, educativas y sociales de los Estados van quedando  condicionadas a los intereses  y a las decisiones empresariales de poderosos inversores transnacionales.

En la jerga de los políticos y de los tecnócratas nacionales e internacionales, que actúan al servicio de esos intereses, la globalización no se llama “globalización”. Se llama “progreso”, “modernización”, “mejora” e “inversión”.  Pero no hay que hacer caso. Se lo llame como se lo llame, los resultados del modelo son los mismos: endeudamiento, sumisión, pérdida de soberanía, corrupción, daño ambiental, exclusión de importantes sectores de la población, deterioro educativo y aumento de la violencia.

Así las cosas, técnicamente, tal vez no haya dificultad en describir a la mayor parte de los nuevos movimientos ciudadanos como expresiones espontáneas de resistencia a la globalización.

¿Cuál será su destino?

No faltan quienes digan que son movimientos condenados. Según esa visión, la globalización es un proceso tan fuerte y universal que nada puede hacerse contra ella. Así florecen los discursos globalistas. Algunos los enuncian porque les gusta el modelo; otros (es el caso del discurso “progresista”) porque se resignan a él.

La cuestión es que unos y otros son discursos de profecía autocumplida. Digo que no se puede hacer nada, y entonces no hago nada. Luego: el modelo se impone, lo que confirma mi profecía.

El resultado de cualquier acción colectiva sólo puede conocerse realmente cuando se actúa. Y, aun en el peor de los casos, todo proceso puede modificarse si se actúa. En política no hay absolutos. No es lo mismo que las políticas globales se impongan en medio del aplauso o la indiferencia pública a que deban enfrentar un fuerte y atento cuestionamiento ciudadano.

En eso estamos. Y sobre eso hablaremos este 8 de diciembre, entre las 14 y las 22 horas, en el Club Atenas. Un encuentro abierto, en el que todos, estemos de acuerdo, en discrepancia, o en duda, estamos invitados a participar.

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