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Entre Bond, Bourne y una impersonal amenidad

Entre Bond, Bourne y una impersonal amenidad
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La chica en la telaraña (The Girl in the Spider’s Web), USA 2018. Dirección: Fede Álvarez. Con: Claire Foy, Sverrir Gudnason, Sylvia Hoeks, Vicky Krieps, Mikael Persbrandt. Estreno: 08.11.2018. Calificación: Aceptable.

La chica en la telaraña está basada en una novela de David Lagercrantz, que continúa la serie Millennium creada por el fallecido Stieg Larsson, quien había planeado diez libros sobre la protagonista Lisbeth Salander, pero falleció cuando estaba realizando el cuarto. Sus herederos contrataron a Lagercrantz para escribir nuevas historias, y esta es una de ellas. Eso explica que la trama del film ocurra años después de los sucesos vistos en los tres films suecos de Millennium, y aunque el uruguayo Fede Álvarez y sus colibretistas juegan con algunos misterios, desde el arranque se nota que hay un cambio de registro total.

Es encomiable que los adaptadores hayan querido hacer de La chica en la telaraña una secuela espiritual de Millennium, pero en esta oportunidad Hollywood es lo que prima, y de esa forma la historia desarrolla un universo menos oscuro, que termina escorando hacia una dulcificada simplicidad. Por ejemplo, uno de los puntos clave de las nuevas aventuras de Lisbeth Salander era conocer mejor su origen: la aparición de una hermana menor y los recuerdos de un padre maléfico eran bazas que en la previa podían dar dinamismo y profundidad a la película. Sin embargo, la resolución termina cayendo en un melodrama de teleteatro, con lo cual la explicación de los verdaderos orígenes de la oscura hacker no terminan convenciendo a casi nadie. Otro de los puntos que convierte a La chica en la telaraña en un producto difícil de clasificar es, como adelantamos, su notorio cambio de registro hacia el prototipo de la típica película de acción y aventuras. Aquí Lisbeth actúa como si fuera James Bond o Jason Bourne, resolviendo todo tipo de desafíos en un segundo, mientras organiza insólitos planes que sacan al espectador del meollo de la historia.

Todo luce más artificial y comercial de lo debido, porque la anécdota carece de la incertidumbre, los dobleces y la densa oscuridad necesarias como para hacer del film algo sorprendente. Hay lujos técnicos y méritos narrativos visibles (Fede Álvarez es un talentoso) pero lo que a la larga resalta es la falta de personalidad en el resultado. Muchos tiros e infinidad de idas y vueltas aportan tensión, pero a la larga se agotan en sí mismas. No digo que la película es un fracaso, sino que ha tomado por caminos más cercanos al entretenimiento liso y llano que al thriller negro de las historias originales. Y Claire Foy está bien, pero después de las notables labores de la insustituible Noomi Rapace y la intensa Rooney Mara, lo de la británica luce más estudiado que natural. En definitiva, como retorno a los infiernos personales de la protagonista, La chica de la telaraña obtiene resultados irregulares: es entretenida pero no está al nivel de la trilogía sueca original, ni siquiera al de la ambigua aunque pulida versión de David Fincher. Bien por Fede Álvarez, que sigue pisando firme en Hollywood, aunque por este camino el futuro de Lisbeth Salander luce bastante más preocupante.

 

COMPROMISO POLÍTICO Y ELEGANCIA CLÁSICA.

El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman) USA 2018. Dirección y libreto: Spike Lee. Con: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Alec Baldwin. Harry Belafonte. Estreno: 08.11.2018. Calificación: Buena.

Spike Lee fue artífice de una talentosa variante racial del cine independiente americano en los años 80 y 90 (Haz lo correcto, Fiebre de amor y locura), y siguió siéndolo aún en sus coqueteos con el mainstream hollywoodense (Malcolm X, La hora 25, Plan perfecto), aunque con un tono más a media máquina, que no molestaba pero tampoco llamaba demasiado la atención. En los últimos doce años, de su autoría sólo se estrenó en Montevideo la fallida remake de Oldboy, pero ahora regresa con un film provocador basado en hechos reales en torno al primer policía negro de Colorado Springs, que con la ayuda de un colega blanco logró introducirse en el Ku Klux Klan de los años 70.

El resultado obtenido es una película dirigida con elegancia clásica y muy respetuosa de un guion estupendo, con lo cual su desarrollo se sigue en forma cómoda, emparentada más al estilo envolvente de Tres anuncios por un crimen que a la rudeza y agresividad de Detroit de Kathryn Bigelow, un film valioso que a inicios de este año la empresa Life devolvió a Hollywood sin estrenar. Dadas sus características de estilo, no es raro entonces que uno de los momentos más valiosos del film sea la relectura del montaje paralelo que inventó Griffith para El nacimiento de una nación, esa obra maestra del cine mudo que es además un monumento celebratorio de las matanzas del KKK. Por esa vía también se cuelan las estupendas y breves apariciones -una en las antípodas de otra- de Alec Baldwin y Harry Belafonte, coronadas por imágenes reales de manifestaciones recientes que explicitan en forma trágica un mensaje que a esas alturas ya estaba claro: el KKK de hoy es igual al de los años 70. Lo que ocurre es que Lee nunca ha sido sutil, y su retrato de los supremacistas blancos es tan chirriante y caricaturesco que de tan ridículos nunca llegamos a tenerles verdadero miedo. Es el único talón de Aquiles de una sátira que devuelve al últimamente vapuleado Spike Lee a su nivel más respetable.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".