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EPIDE(R)MIAS DISPERSAS Por Hoenir Sarthou

EPIDE(R)MIAS DISPERSAS  Por Hoenir Sarthou
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Me escriben amigos y conocidos desde España contando lo que sufren: los contagios, el miedo, la crisis hospitalaria, las muertes, las agonías solitarias…

Leo, en un artículo de Javier Aymat, “La histeria interminable”, difundido por Aldo Mazzucchelli, que tres renombrados científicos, Wolfang Wodarg, epidemiólogo alemán de prestigio mundial,  Manuel Elkin, descubridor de la vacuna contra la malaria, y Pablo Goldsmith, virólogo argentino que trabaja en Francia, denuncian que la calificación de “pandemia” y la alarma global son injustificadas, que  el total de infectados y de muertos por coronavirus es muy inferior al que causan cada año las epidemias de gripe,  y especialmente inferior al que causaron en el año 2018, cuando sólo en España murieron de gripe 15.000 personas y en los EEUU más de 37.000. Los expertos cuestionan las políticas de prevención mediante aislamiento y encierro total, el papel de la Organización Mundial de la Salud, que las propone, el de la industria química, que las alienta y se beneficia, el de la prensa, que difunde datos erróneos y fantasiosos, y el de los gobiernos, que acatan sin filtrarlas la alarma y las medidas extremas con su carga de tremendas consecuencias sociales.

Los tres científicos, además, nos dan un dato clave. El conocimiento del coronavirus es reciente, pero, cualquiera sea su origen, es probable que nos afecte desde hace años, subsumido entre los diversos virus que generan la gripe. De modo que podríamos no estar afrontando algo nuevo, sino algo que ha causado muchas muertes desde hace años, sin que lo supiéramos y sin mayor alarma. Recordemos que hace dos años hubo en Uruguay 33 muertes por gripe.  En tal caso, lo único nuevo sería que le hemos puesto nombre al virus, y que estamos mucho más aterrados que antes.

Vivo y trabajo en el Centro de Montevideo, donde la mayoría de los comercios han cerrado y sólo quedan abiertos supermercados, farmacias y pequeños negocios que no tienen otra chance que intentar subsistir pese a la ausencia de público. Hasta fines de la semana pasada, las calles parecían desiertas. Se podía estacionar en cualquier lugar. Ayer y hoy ya no es tan sencillo. ¿Gente que vino a trabajar discretamente? Es difícil decirlo, pero hay más tránsito y más vehículos estacionados en una zona que, fuera del horario de trabajo, queda vacía.

Por las veredas, escenas variopintas. Una gurisa muy joven, casi adolescente, las piernas y el cuerpo prensadas por el vaquero y el body escotado, camina sola, con un inmenso tapabocas blanco que le cubre casi toda la cara, dos hombres fuman y conversan con naturalidad en la esquina;  por la vereda de enfrente, un hombre mayor, flaco, short, championes, remera descolorida, avanza con tapabocas celeste y guantes de plástico transparente; un poco más atrás, una parejita joven camina de la mano, con paso remolón, se miran a los ojos cada pocos metros, comentan algo y sonríen, cómplices en ese secreto que creen sólo suyo.

Hace pocos días, una niña jugaba con su madre en una plaza casi vacía. Alguien, una mujer mayor, abrió la ventanilla del auto en que pasaba y les gritó: “¡No estamos de vacaciones, para las casas ya!”. Por mi casa, en una escena digna de Ray Bradbury, sobrevuela a cada rato un helicóptero militar o policial, desde el que se incita por altavoz a no salir a la calle.

El Presidente Lacalle Pou anunció públicamente que no dispondría la cuarentena general obligatoria. Y aclaró que no lo haría porque se negaba a meter preso a quien no tuviera más remedio que salir a ganar un peso. Lo cual lo honra, porque seguramente tendrá enormes presiones internas y externas para aplicar las medidas de encierro, parálisis y caos social que recomienda la OMS. Esas medidas por las que clama un sector acomodado y geróntico de nuestra clase media, el mismo que pide “empatía” para su miedo y es miope o insensible para las consecuencias sociales de sus pretensiones.

El ex presidente Tabaré Vázquez también pide cuarentena obligatoria, y la cúpula del PIT-CNT, perdida la brújula de su función social y del clima emocional de su pueblo, planea para esta noche un apagón con caceroleo.

La Reserva Federal de los EEUU aprobó destinar 700 mil millones de dólares para atender las consecuencias económicas del coronavirus. Mucho dinero que, como en 2008, se transferirá a empresas privadas. Mientras tanto, el Uruguay y el mundo entero se aprestan a endeudarse con organismos internacionales para afrontar el costo de la crisis sanitaria y de las socialmente costosísimas políticas que aconseja la OMS.

En China, Irán, Italia y España, murieron por coronavirus unos miles de personas. En el resto del mundo, según los países, pocos cientos, o decenas, o una, o ninguna. Pero hay alarma mundial. Las acciones caen, las empresas cierran, los trabajadores son despedidos, las personas están encerradas y las ciudades desiertas.  No te engañes; hay quienes ganan mucho con ello.

Sigo pensando en mis amigos y conocidos en España y en Italia. No hay consuelo cuando la muerte se mira de cerca. En España van casi cuatro mil muertos y en Italia casi siete mil. Me pregunto qué habría pasado si todas las cámaras y la prensa del mundo hubiesen enfocado a los hospitales españoles el año en que murieron 15.000 personas de gripe. Hay una paradoja dramática: para los españoles y los italianos, y para quienes los queremos, es terrible, como debió serlo cuando murieron los 15.000 españoles, aunque no lo supimos. O como debería serlo por las decenas de miles de niños y adultos que mueren de hambre cada año en África. Pero eso no lo vemos ni lo sabemos. La cosa es: ¿esas muertes actuales, fuera de las medidas sanitarias en los países afectados, justifican la alarma y la paralización mundial, con su cortejo de miseria, endeudamiento, hambre y muertes?

Si uno observa los informes diarios de contagios y de muertes en el mundo, no nota una diferencia sustancial entre países que han aplicado desde el principio medidas extremas y otros que, como Suecia o Brasil, hasta el día de hoy no lo han hecho. Sólo digo eso: que la euforia aislante y paralizante no parece asegurar resultados mucho mejores que un eficaz testeo y una prudente precaución respecto a la población de riesgo y a los casos de infección comprobada.

¿Quién tiene razón en todo esto?

Es difícil decirlo. Al dolor y al miedo no se le pueden pedir razones. Se imponen por su propio peso. Pero al escepticismo y a la desconfianza tampoco debe imponérseles el miedo ajeno.

¿Qué más puedo decirte?

Lavate las manos, desinfectá todo, mantené metro y medio de distancia con el resto de la humanidad y usá tapabocas si querés. Mal no te va a hacer. Incluso, si podés y te hace sentir mejor, encerrate en tu casa. Pero no pidas que se obligue al resto de la humanidad a encerrarse. Muchos no pueden. Y no hay, por el momento, una verdadera razón para hacerlo, ni siquiera científica, aunque la OMS, el sistema financiero, la prensa parlanchina y muchos gobiernos te receten lo contrario.

De lo que no habrá tapabocas ni encierro que nos salve es de la gigantesca crisis económica, social y humanitaria que afectará al mundo cuando salgas de tu casa.  Pero esa es otra historia. O acaso la misma, mirada desde otro lado.

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