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Error y diversidad por Hoenir Sarthou

Error y diversidad por Hoenir Sarthou
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¿Qué debe hacer uno cuando comete un error?

Primero, reconocerlo y asumirlo. Segundo, enmendarlo y pedir las disculpas del caso.

En mi artículo de la semana pasada, transcribí o referí  varios pasajes de la “Propuesta didáctica para el abordaje de la educación sexual en Educación Inicial y Primaria”. Para ello, usé dos ejemplares virtuales del texto (uno que me hicieron llegar y otro que conseguí en internet) y consulté una cantidad de guías y manuales, algunos nacionales y otros extranjeros (hay docenas de documentos similares, provenientes de España y de distintos países latinoamericanos, e incluso una campaña hecha en España bajo el lema “Hay niñas con pene y niños con vulva, así de sencillo”).

Al parecer, en algún momento de la noche (suelo escribir en la madrugada), transcribí un fragmento de otro documento confundiéndolo con la guía uruguaya en cuestión. El fragmento erróneamente transcripto dice así: “algunos niños (varones) tienen pene y otros tiene vaginas (o vulvas o clítoris), y que algunas niñas tienen vaginas (o vulvas o clítoris) y otras tienen pene”. En tanto el texto del documento comentado dice: “Una frase errónea es muy frecuentemente usada: “los varones tienen pene y las mujeres…” El contenido de los tres puntos suspensivos puede variar, “y las mujeres, no tienen” o “y las mujeres tienen vagina” o menos frecuente pero adecuada, “las mujeres tienen vulva””.

Como es evidente, el significado de la cita no es el mismo, por lo que debo pedir disculpas.

En todo lo demás, ratifico lo que escribí la semana pasada y agregaré algunas cosas que en esa ocasión no pude transcribir o decir por falta de espacio.

“PEDÓFILO”

La “Propuesta didáctica…” aprobada por el CEIP concitó críticas de personas tan diversas como la diputada Graciela Bianchi, el Arzobispo Daniel Sturla, el comunicador Esteban Valenti y quien suscribe, además de recibir cobertura de prensa y causar enojo de padres y madres, e intensas reacciones en las redes sociales.

En las redes sociales aparecieron también defensores y defensoras del documento; tres de estas últimas, molestas por mi crítica a las actividades prácticas sugeridas por el manual (en particular la llamada “Cosquillas, besos y abrazos”, que consiste en que los niños se masajeen y acaricien entre sí dirigidos por el docente) no tuvieron empacho en acusarme de cosas como “pedófilo”, sólo porque opiné que los docentes no debían incitar a los niños a mantener esas intimidades, que pueden ser vividas como una agresión por muchos niños. “Pedófilo” es el más pintoresco de los insultos que recibí. Es maravilloso cómo entienden la diversidad de opiniones algunos supuestos partidarios de la diversidad.

Sin embargo, desde el Consejo de Educación Inicial y Primaria se anunció la disposición a revisar el manual, lo que abre la esperanza de un diálogo constructivo sobre el tema, aunque el resultado de ese diálogo no esté todavía asegurado.

A LO QUE IMPORTA

Quiero aprovechar esta necesidad de retomar el tema para centrarlo en lo más importante: el núcleo duro de la discrepancia que muchos tenemos con esa propuesta de educación sexual destinada a las escuelas.

La discrepancia es con lo que se suele llamar “ideología de género”, que recorre al manual de punta a punta.

El concepto medular de la ideología de género, más allá de matices, es que la identidad y la orientación sexual de las personas no dependen del sexo biológico con que hayan nacido, sino que son una construcción social que se va definiendo durante la vida y que puede cambiar con el tiempo y las influencias del medio. En otras palabras, la identidad y la orientación sexual binarias (masculina- femenina) son definiciones que la sociedad nos impone a través de un conjunto de actitudes, conductas y “roles” asignados tradicionalmente a cada uno de los sexos (“roles de género”).

El objetivo declarado de ésta y de otras propuestas educativas previas (descartadas por el rechazo social que generaron, como la de “Ovejas negras”) es “deconstruir” y “desnaturalizar” las actitudes, conductas y “roles” de género, en la creencia de que se liberará así a los niños y niñas de una identidad sexual binaria (masculina-femenina) que les fue impuesta por la sociedad.

Transcribo algunos fragmentos del manual que ilustran el papel que cumple en él la ideología de género: “La sexualidad es una construcción social, se aprende y produce a partir de las instituciones de pertenencia, socialización y referencia tales como la familia, la escuela, los medios de comunicación, el Estado, etc.” . Se omite toda referencia a lo biológico y se afirma que la sexualidad no sólo se aprende sino que “se produce” socialmente. “El sexo refiere a las características y diferencias genéticas, hormonales y anatómicas que distinguen al espectro humano en machos, hembras e intersexuales”. Obsérvese la diferencia entre “sexo” (mero diferenciador biológico entre “machos, hembras e intersexuales”) y “sexualidad” (construcción puramente cultural, según el manual). Pero además agrega: “Esta definición se encuentra actualmente en discusión, ya que han surgido corrientes de pensamiento que también conciben al sexo como una construcción social”. Se omite toda referencia a otras corrientes de pensamiento, para las  que el sexo y la sexualidad están fuertemente incididos por el factor biológico. Y en cuanto a la orientación sexual, dice el manual: “No es una opción de carácter personal que se realice de forma racional ni consciente, sino que es producto de la historia de cada sujeto, de procesos psico-sexuales y afectivos por los que haya transitado. Supone un proceso dinámico que puede modificarse y variar con el tiempo.” Otra vez: lo biológico no importa; la orientación sexual es un proceso psico-sexual y afectivo que puede modificarse por fenómenos culturales, como la educación.

La postura opuesta, para la que el sexo biológico tiene fuerte influencia en la identidad y en la orientación sexual de la mayoría de las personas, sin perjuicio de que algunas personas no sigan esa regla y tengan una identidad o una orientación sexual diferentes a su sexo biológico, ni siquiera se menciona.

DE CIENCIA, NADA

Hace pocas horas, el Consejero de Primaria, maestro Pablo Caggiani, declaró que el Consejo estaría dispuesto a modificar el manual, pero agregó algo inquietante: que lo haría si surgiera evidencia científica que obligara a reformarlo.

La ideología de género, como toda ideología que aspira a imponerse, tiene pretensiones de cientificidad. No se admite a sí misma como ideología, es decir como representación de la realidad determinada por ciertos intereses y por cierta ubicación en el mundo.

Pero la ciencia, salvo para el más rancio y conservador positivismo epistemológico, no puede cumplir la función que le asigna el Consejero Caggiani. No puede afirmar que una hipótesis es cierta, sino, a lo sumo, que su falsedad no ha sido demostrada hasta ahora. Por otra parte, el constructivismo sexual del manual tiene serias dificultades para demostrar que la mayoría de la humanidad es heterosexual sólo porque ha sido adiestrada para eso.

De modo que las premisas teóricas del  manual son en realidad una mirada ideologizada y muy parcial del tema en estudio.

EL CANGREJO Y LA PIEDRA

¿Cuál es el interés de sostener que la orientación sexual es un fenómeno cultural que puede ser modificado por la educación? ¿Y cuál es el motivo para plantearlo en un manual destinado a orientar a los maestros de enseñanza primaria?

Como es sabido, la ideología de género fue desarrollada por colectivos homosexuales militantes, que se sentían –y eran- oprimidos por la heteronormatividad (la regla de heterosexualidad, que sólo admite dos orientaciones sexuales: femenina y masculina) imperante en nuestra cultura hasta hace pocos años. Como es lógico, esos colectivos intentaron romper la heteronormatividad. El asunto es que, en ese esfuerzo autodefensivo, parecen haber llegado a lo inverso: la homonormatividad (no descubro nada nuevo, lo sé), bajo la  idea de que, destruida la heteronormatividad, los seres humanos nos convertiremos en una tabla rasa en la que podrán desarrollarse infinitas diversidades sexuales.

Es una idea y no está mal que la discutamos en cualquier ámbito de la sociedad. Menos en la escuela. Porque la escuela es el ámbito social en que la disparidad de poder es más marcada. Un ámbito signado por la autoridad. Los niños desconocen todavía las reglas del mundo adulto y están solos, bajo un único criterio adulto, el del maestro o maestra. Por tanto, lo que el maestro diga, proponga o sugiera, no será vivido nunca como un planteo entre iguales.

La escuela, como institución, tiene límites. Debe ser muy respetuosa con las mentes y los cuerpos de los niños. Los contactos físicos y las cargas ideológicas no consensuadas deben ser minimizados, porque no se está en una relación entre iguales. La presencia del maestro, terciando entre los niños, modifica incluso la relación entre los niños. Por otro lado, no es ni puede ser un laboratorio ni un campo de experimentación social. No es el ámbito por el que deben iniciarse los cambios ideológicos. Aunque suene feo, su función básica es la reproducción cultural de la sociedad. De modo que, si se quiere cambiar los contenidos ideológicos de la escuela, deberían cambiarse antes los de la sociedad adulta.

En sus objetivos explícitos –no así en los implícitos- el manual en cuestión plantea cosas compartibles. Por supuesto que la educación sexual es necesaria. Obviamente, se debe enseñar el respeto a todas las identidades y orientaciones sexuales. Y, claro, es bueno  –hay suficiente consenso social en ello- que los niños y niñas dejen de cumplir papeles sociales estereotipados. Pero no hay un solo tipo de educación sexual. Ni es necesario someterse a sesiones de masajes para aprender a respetar otras orientaciones sexuales. Ni mucho menos “deconstruir” y “desnaturalizar” la identidad sexual de nadie para que niños y niñas aprendan a cocinar, a levantar paredes y a cuidar bebés.

En suma, el problema de fondo es si los uruguayos deseamos una enseñanza plural, respetuosa de los derechos, creencias y orientaciones de todos, o si aceptamos que en ella se exprese sólo una determinada, y no consensuada, visión de la sexualidad.