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¿Estaré tan loco que no me doy cuenta?

¿Estaré tan loco que no me doy cuenta?
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Algo raro está pasando.

Ya hay en el Parlamento un proyecto de ley que introduce modificaciones en la forma de prevenir –en este país una cosa casi ilusoria- y tratar la demencia. ¡Y ahora me entero que será presentado otro! y, por lo que me contaron, bastante diferente, elaborado por un grupo de académicos que ya hizo un estudio previo avalado por la Facultad de Psicología.

Pero –agarrate, Catalina- ese hasta hoy hipotético proyecto pretendería algo así como “cambiar el paradigma” en la materia, una aspiración ambiciosa que se resumiría en un lema del tipo de “se puede vivir bien con la demencia”.

O, para ser más precisos, con las demencias, porque científicamente es un hecho que no hay una sola sino un conjunto de patologías al que se simplifica o resume en una única denominación (porque somos boludos).

Como yo soy mal pensado –para qué negar mis virtudes defensivas-, me dediqué unos días a estudiar el panorama político, a ver qué hallaba que pudiese tener que ver con todas estas inquietudes.

Porque aquí, lector, por si aún no se dio cuenta, todo tiene que ver con la política. Tanto si usted quiere organizar un campeonato de bochas, reabrir el histórico bar “El Hacha” probablemente para cerrarlo de nuevo dentro de seis meses por orinar afuera de la escupidera, organizar un viaje turístico ciudadano para viejitos más desorientados que Nin Novoa, fabricar de la nada una línea férrea de trescientos quilómetros cuando no tenemos una sana ni siquiera de cinco, montar un espectáculo casi hollywoodense para celebrar los cien años de “La cumparsita” –como si fuera el casorio de la princesa D’Aremberg con el Pato Celeste, más o menos así de coherente- o impedir que a Sutrla le suba la presión y quede el borde de un ataque cerebral si le hablan de laicidad o le pintarrajean algún templo.

¿Y sabe qué descubrí? En las redes sociales hay quienes, llamándose “batllistas”, han lanzado una convocatoria para hallar a quién podría ser el candidato de esa orientación para las próximas elecciones, no descartando, incluso, que pueda haber interesados en inscribirse en una suerte de padrón. Está claro, mi amigo, que ya fueron sugeridos unos cuantos nombres. Le diré que, a esta altura, está un poco entreverada la cuestión porque hay postulados o postulantes que ni idea tienen de qué es el batllismo, otros que por declaración propia no lo son pero quieren reivindicar al Partido Colorado y hasta algún avivado que alude a militancias que deben haber sido hechas entre tatuceras, porque no hay cristiano que dé testimonio de ellas.

Entonces –y reconozco la audacia de esta idea y la posibilidad de que sea errónea- se me dio por relacionar tanta preocupación por la demencia, y eso de que “se puede vivir bien con ella”, con este movimiento nacido en el seno (es un decir, una metáfora) de una comunidad política en estado de extinción.

A ver: ¿estaré tan loco que no me doy cuenta? No sé. Mire que, afiladísimo, uno de los mencionados repetidamente en las redes es Amadito, que yo ceo que de batllista tiene lo que yo de bailarín de ballet; otro es el Pedrito, que ya ha renunciado a toda postulación en reiteración real (creo que hasta tiene la negativa documentada en una certificación notarial); también figura Tabaré Viera, que sigue allá lejos, en Rivera, pero parece que la distancia le produjo un agrande y ya no es un pajarito folclórico sino un ñacurutú de cruz de palo; y, sí, por supuesto, de los otros que se habla es de Sanguinetti, que se ríe y dice que no, pero como cada día tiene más cejas enruladas que le tapan los ojos no se puede ver si te está haciendo un guiño cómplice y Amorín –cuyo segundo apellido es Batlle y se comenta que eso puede ayudar (¿)-, quien de tan habituado a correr de atrás ahoja viaja siempre en una reposera en la caja del camión de rezagados.

Ah, y no es todo.

Ignoro si por chiste o por qué, hubo gente que anotó a Domingo Arena, a Julio César Grauert y a Tomás Berreta. Sea por lo que fuere, menos mal que no se animaron a añadir a Terra ni a Pacheco. Broma o… ¿demencia?…, estas vendrían a ser propuestas influenciadas por la necrolatía (busque en el mataburros, lector, se me termina el espacio y no quiero perder más tiempo con esta pelotudez).

Confieso que no he podido averiguar el motivo que ha conducido a los académicos mencionados al comienzo a meterse, con tanto empeño y entusiasmo, en su estudio que aparentemente conducirá a un proyecto de ley: cambiar el paradigma de la demencia; combatir la estigmatización (colorados: por ese lado, tranquilos); equipos de varias disciplinas interconectados para la ayuda profesional -¿y si sacasen del mazo de naipes la carta, digo candidato, de oro?-; centros diurnos para prestar atención a los dementes en cualquier momento –batllistas: no tendrán problemas de horario-; y finalmente, que todo tratamiento del demente, o de los dementes, será siempre “adaptado a la situación del país”.

Ah, sí. No hay vueltas. Mucho estudio, muchos académicos, mucho tratamiento, mucho “vivir bien con la demencia”, pero van a tener que prestar atención a las encuestas.

Como siempre, cuerdos o locos.

 

Antonio Pippo Tiene 58 años de trabajo en el periodismo. Ha trabajado en todos los canales de TV del país, abiertos y por cable, menos VTV; ha trabajado en casi todos los diarios, semanarios y revistas (los que se han editado y los que aún se editan en el país); ha trabajado como columnista en varias radios. Ha sido docente de comunicación en la Universidad  ORT. Ha publicado seis libros. Ha dictado charlas y conferencias en la capital y diversas ciudades del interior sobre temas de periodismo. Fue productor general y co protagonista de un espectáculo de tango que se presentó en el país durante diez años, cerrando ese extenso ciclo el año pasado.