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Evangélicos y política: la punta de un iceberg por Miguel Pastorino

Evangélicos y política: la punta de un iceberg  por Miguel Pastorino
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Hablar de religiones en el Uruguay es siempre un tema complejo, especialmente por el desconocimiento general que existe sobre el tema. De ello dan cuenta las excesivas simplificaciones, prejuicios y estereotipos que circulan en boca de legisladores, periodistas, académicos y profesionales de todos los rubros. Pero cuando el tema se vincula con la política, suenan las voces de alarma, desconcierto y preocupación, trayendo siempre a discusión las incontables formas de comprender la laicidad y el lugar de las creencias religiosas en la discusión política. El crecimiento de las iglesias neopentecostales en América Latina y su mayor incidencia en las elecciones de diferentes países, ha desorientado a algunos actores políticos sobre el impacto sociopolítico de un fenómeno que no ha parado de crecer desde hace ya varias décadas, pero que solían reducirlo ingenuamente a un problema de “competencia religiosa” sin incidencia en la agenda pública. Todo se complica más cuando se pretende clasificar las religiones e iglesias en los esquemas de izquierda-derecha, conservador-progresista, cuando la cosmovisión de todas ellas es más antigua que estas categorías, las cuales tampoco dan cuenta de lo que realmente sostienen sus doctrinas o de cuáles son sus intereses en cuestiones ético-políticas. Además, dentro de ellas existe una gran diversidad filosófica y teológica, aunque profesen una misma fe. Un ejemplo bastaría: La Iglesia Universal del Reino de Dios (“Pare de Sufrir”) en Brasil ha apoyado a Lula, a Dilma y a Bolsonaro, y de hecho han tenido una fuerte incidencia en los resultados electorales de cada uno de ellos. En setiembre de este año, en sus más de 7000 templos por todo Brasil, hicieron una oración de maldición al PT y proclamaron a Bolsonaro como “el hombre que envió Dios para salvar a Brasil”. Pero el mundo de las iglesias pentecostales no es homogéneo, ni religiosa, ni moral, ni políticamente. Una de las figuras destacadas de la política en Brasil es Marina Silva, que pertenece a una iglesia pentecostal (Asambleas de Dios) y es conocida por su discurso ecologista y feminista. ¿Cómo entender esta diversidad?

Diversidad cristiana.

El amplio mundo cristiano en el continente es muy diverso, plural y cambiante. Si bien muchos se autodenominan “evangélicos” o “cristianos evangélicos”, son muy diferentes entre sí. No son iguales las iglesias protestantes históricas (luteranos y reformados) que las iglesias evangélicas libres (Metodistas, Bautistas, Valdenses) y tienen diferentes posturas respecto a temas éticos y políticos. Tampoco se puede homologar a los evangélicos pentecostales clásicos (Asambleas de Dios, Iglesia de Dios, etc), con los neopentecostales que surgen en la segunda mitad del siglo XX. Estos últimos crecen a partir de los años 70 y 80 con una gran presencia en los medios de comunicación y con un fuerte énfasis en la conversión y los milagros. A su vez los neopentecostales como “Misión Vida” se diferencian claramente de grupos como “Pare de Sufrir” o “Dios es amor” por su sincretismo con elementos de origen umbandista, espiritista y católico. Cuando se usa despectivamente la palabra “evangélicos” para incluir todo en un mismo conjunto, se comete una grave e injusta generalización y se da lugar a incontables malentendidos. De hecho, entre los evangélicos pentecostales existen corrientes teológicas muy distintas entre sí: así como existe un pentecostalismo popular con un fuerte compromiso social, hay  nuevos grupos influidos por las “teologías de la prosperidad” que ostentan su riqueza y su poder mediático. Existen también teólogos pentecostales de la liberación, como también neoconservadores y fundamentalistas; hay pastores militando en política, pero los hay a su vez apolíticos. Existen pastores admirables por su trabajo en favor de los más pobres y su compromiso social, pero los hay también manipuladores inigualables que montan un “show” de la fe y tienen denuncias como movimientos “sectarios” y estafadores. Pero en toda su variedad lo que es innegable es que el cristianismo pentecostal es el que ha experimentado un mayor crecimiento y expansión en el continente, al mismo tiempo que está transformando las relaciones entre fe y política en varios países.

La idea extendida de que han venido todos desde Estados Unidos es equivocada, ya que, si bien hubo grandes oleadas misioneras hacia América Latina en el siglo XX, también es cierto que hay movimientos pentecostales autóctonos que surgieron en Chile y Brasil en la primera década del siglo XX. Pero a partir de los años 70 surgieron “iglesias” que con fachada pentecostal encubren verdaderos negocios y utilizan técnicas de manipulación psicológica con sus fieles, explotándolos emocional y económicamente. La mayoría de estos nuevos grupos se alejan doctrinalmente del cristianismo y son duramente criticados por todas las iglesias evangélicas.

Cambios en el mapa religioso de América Latina.

Según Latinobarómetro (2014) los evangélicos han crecido en toda la región, en su mayoría pentecostales. En Honduras son un 41%, en Guatemala un 40%, en Nicaragua un 37% y en Chile han superado el 25%. En Brasil según los datos del Censo, en 1970 los católicos eran un 92% y en 2014 un 61%, mientras que los evangélicos llegan al 26% (en su mayoría pentecostal). En Uruguay el catolicismo ha descendido de un 63% en 1970 a un 42% en 2014 según el Pew Research Center y los evangélicos llegaron a un 15%. Pero es importante recordar que los católicos “practicantes” son una ínfima minoría dentro de los “católicos nominales”, en cambio en el mundo evangélico la amplia mayoría son “militantes” en su fe y compromiso religioso. Por otra parte, la tendencia que más crece en Uruguay (24%) y en el resto de occidente son los “creyentes sin afiliación religiosa”, es decir, personas que tienen creencias religiosas y prácticas espirituales, pero no se consideran pertenecientes a ninguna institución religiosa.

“Dios señala al candidato”.

Los fieles de las iglesias neopentecostales entienden que la voz del pastor es la voz de Dios, que es directamente iluminado en sus decisiones, lo cual le da un gran poder al líder religioso. El autoritarismo de muchos de estos pastores somete a sus fieles en las decisiones más íntimas y personales, porque entienden que, si están “bajo obediencia”, Dios les bendice por hacer caso al pastor sin cuestionarle nada. Muchos políticos ya se han dado cuenta que obtener el apoyo de un pastor neopentecostal con miles de fieles, es igual a que el 100% de sus fieles los voten. Para la comunidad, si el pastor manifiesta que Dios ha elegido al candidato, “es la persona señalada por el cielo para votar”. ¡No se duda de ello! En cambio, si un político se saca una foto con un obispo católico o con un pastor de una iglesia evangélica o protestante histórica, eso no significa que sus fieles le den un solo voto.

Los líderes religiosos de estas iglesias entienden que toda la comunidad debe ponerse al servicio de la causa del político “elegido por Dios”. Lo viven como una verdadera “guerra espiritual” contra los enemigos de la fe y dedican cultos enteros a orar por el candidato elegido por el pastor y a trabajar en su favor. Pero, así como existen iglesias neopentecostales que ven una oportunidad para crecer en influencia y poder haciendo alianzas con partidos políticos, también hay partidos que ven en estos grupos una seductora cantidad de votos asegurados, especialmente cuando la política partidaria ya no convoca como lo hacen estos nuevos fenómenos religiosos que llenan estadios de fútbol.

José Luis Pérez Guadalupe, sociólogo, politólogo y teólogo, en su nuevo libro “Evangélicos y poder en América Latina” (2018), junto a especialistas de diez países, da a conocer cómo se han transformado las relaciones entre el mundo evangélico-pentecostal y la política en nuestro continente. Esta investigación aporta una mirada más honda y aguda sobre un fenómeno complejo y cambiante. El autor afirma que la razón por la que los evangélicos neopentecostales apoyan a diferentes candidatos, no es por afinidad ideológica, sino por los intereses morales de las iglesias: votan por el candidato que coincida con la agenda de su iglesia, independientemente de la ideología. Según él, las agrupaciones evangélicas neopentecostales se han convertido en efectivos grupos de presión social.

 

El otro lado: la discriminación religiosa por ignorancia.

La otra cara de este fenómeno es la discriminación hacia muchas comunidades religiosas por desconocimiento y prejuicio. No podemos perder de vista que muchos hombres y mujeres de diferentes creencias religiosas, comprometidos con la sociedad en la que viven, queriendo hacer algo por su país y su gente, son discriminados por pertenecer a una agrupación religiosa, especialmente si es cristiana. Los que se manifiestan preocupados por “las religiones” sin muchos matices, insisten en que las personas que se identifican con una religión deberían ser excluidas del debate público, como si fueran ciudadanos de segunda categoría, como si “contaminaran” la política con sus ideas. ¿Acaso existe alguien que no tenga ideas y valores desde donde actúa? Muchas veces cuando personas que no ocultan su fe religiosa quieren debatir públicamente sobre cuestiones éticas, sociales y políticas, se los quiere desautorizar por “mezclar la religión con la política”, cuando en realidad la mayoría de las veces no usan argumentos religiosos, sino éticos, antropológicos y sociales. ¿No tienen derecho a ser escuchados al igual que quienes opinan desde otras visiones del mundo y de la vida? Como si las personas que se declaran ateas o agnósticas no tuvieran puntos de vista subjetivos e ideológicos, e incluso dogmáticos. Cualquier persona, sin importar el lugar que ocupe en la sociedad tiene un modo de ver el mundo, el ser humano y la vida. Es una ingenuidad epistemológica creer que alguien sea una especie de mente neutra desideologizada por no profesar una religión.

La ignorancia religiosa en el Uruguay ha colaborado con el prejuicio y la discriminación hacia las personas por su fe. Se ha confundido no hablar de Dios en la escuela, con no hablar de religión. La religión es un hecho humano, social y cultural que debería estudiarse en todos los niveles de la educación pública y privada. ¿No nos estamos salteando parte de la historia y de la cultura? La idea de que la religión es un hecho privado e intrascendente es un prejuicio cada vez más insostenible.

El Uruguay tiene un Estado laico, pero la sociedad uruguaya tiene una gran diversidad religiosa, ideológica y cultural. No es necesario recordar los peligros del fundamentalismo religioso cuando se vuelve irracional y las dificultades que tiene para dialogar con los que piensan distinto. Pero también hay fundamentalismos ideológicos y políticos que no están dispuestos a escuchar nada sobre religiones. El diálogo y la comprensión también se vuelven difíciles cuando se discrimina a las personas por su fe religiosa, alimentados en prejuicios y leyendas negras. Que las personas quieran debatir públicamente cuestiones éticas y sociales en una sociedad democrática e incidir en las decisiones políticas es un derecho de todo ciudadano, sin importar cuáles sean sus convicciones filosóficas, políticas o religiosas.

Crecer en una cultura de la comprensión y el respeto, del diálogo y la apertura a la diversidad cultural y religiosa, requiere una toma de conciencia del peligro que encierran todos los modos de intolerancia, discriminación y fanatismo. La incapacidad para ver en el otro, en el diferente, un interlocutor con derecho a manifestar públicamente su parecer sobre todos los asuntos que tengan que ver con el ser humano y la sociedad en la que vivimos, es una ceguera de la que es preciso salir para construir una sociedad más humana y más solidaria, más plural y menos violenta. En este contexto se vuelve necesario un conocimiento más serio y profundo de la diversidad religiosa que existe en el Uruguay, casi siempre invisibilizada.

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