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Fake sentido común por Hoenir Sarthou

Fake sentido común por Hoenir Sarthou
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¿Qué es el “sentido común”?

Hasta hace algunos años, la pregunta nos traía a todos una imagen mental bastante clara, pero, a la vez, nos exigía una respuesta compleja y a menudo confusa. Porque el sentido común -noción que ha preocupado a no pocos filósofos en todas las épocas- es un extraño revoltijo de experiencia, evidencia, tradición, lógica, consenso (nunca es una creencia solitaria), tiempo y consejos de la abuelita.

Hablamos de un conjunto de saberes provenientes de la tradición, confirmados por la experiencia y, en general, no contradichos por el análisis lógico ni por la opinión mayoritaria.

Todos sabemos qué significa –o significaba- el sentido común, aunque nos viéramos y nos veamos en aprietos a la hora de definirlo.

Bajo su aparente inocencia, no debe de haber cosa más endemoniada y subversiva que el sentido común. Porque una de sus características es la de sobrevivir callado, secretamente burlón, ante los actos de autoridad, las verdades científicas, las modas intelectuales y la publicidad, cuando pretenden negarlo, desautorizarlo o sacarle provecho.  Los dictadores pasan, las verdades científicas son superadas, las modas intelectuales pierden prestigio, la publicidad y sus productos se vuelven obsoletos.  El sentido común espera y observa el proceso, a menudo en silencio y siempre un poco socarrón.

Es probable que lo que estoy describiendo sea una fotografía del pasado. Porque también el sentido común es hoy objeto de operaciones tecno-cráticas. Ya no en forma chapucera, como la del dictador que proscribe cierta creencia, o la del intelectual que desprecia saberes evidentes, o el publicista que aconseja olvidar hasta el olor de la cocina porque apareció una olla automática de última generación.

Me refiero a intentos serios de operar sobre el sentido común generando en pocos días creencias y convicciones que, en condiciones normales, habrían tardado años en consolidarse.

¿Cómo se construye el sentido común?

En teoría, la primera palabra clave es tiempo, y la segunda, experiencia. Tiempo y experiencia compartidos son –o eran- la fuente de esos saberes comunes que llamamos “sentido común”.

Sin embargo, estamos presenciando un proceso por el que los efectos del tiempo y de la experiencia son sustituidos por un cúmulo abrumador de impactos informativos inverificables, que se imponen por reiteración y no por experiencia propia o comprobación.

Basta abrir cualquier motor de búsqueda virtual o portal de noticias para verse atropellado por cientos de “noticias” que, en esencia, nos “informan” siempre de la misma cosa.

Desde hace meses, la enorme mayoría de las “noticias” que vemos a diario, con sus correspondientes y conmovedoras fotos, cada vez que entramos a Google o a un portal informativo (lo hacemos cada vez más y con más frecuencia), son que “El coronavirus mató a no sé cuántos miles de personas en no sé dónde”, que “La madre de un enfermero mexicano llora ante la muerte de su hijo por coronavirus”, “Un médico italiano llora ante cámaras por los horrores del coronavirus”.

La “información” no es políticamente neutra. Entre tragedia y tragedia, se nos informa de la actitud irresponsable, cínica y casi criminal, además de ridícula, de los presidentes escépticos ante el coronavirus o díscolos ante las “recomendaciones” de la OMS.

Así, López Obrador, Trump, Bolsonaro, el gobierno sueco, ahora incluso el artista Miguel Bosè, y cualquiera que ose poner en duda lo tremendo del virus o la eficacia de las medidas de la OMS, es automáticamente crucificado por una serie de notas supuestamente informativas, a menudo sin firma, que califican, insultan y desacreditan en la forma más reñida con la ética periodística que se pueda imaginar.

Una vieja regla del periodismo es no confundir información con opinión. Yo puedo decir que un presidente es un imbécil, pero debo hacerlo en una nota de opinión firmada por mí. Si una nota informativa lleva por título “Muertes por coronavirus humillan a AMLO (López Obrador)”, se está engañando al público, porque se le está vendiendo como información lo que es apenas la opinión (interesada) de un periodista a sueldo del portal que difunde la nota. Es decir “Fake News” en sentido extremo.

Antes se creía que la publicación de algo así en un diario era un escarnio y eso daba lugar a demandas y denuncias.  Hoy un diario lo leen pocos miles de personas. En cambio, los portales y los motores de búsqueda ponen esas notas ante los ojos de millones de personas en todo el mundo. Y ni siquiera es necesario que compren el diario o quieran leer la nota, ya que èsta les “salta” ante los ojos apenas se conectan a ciertos sitios.

Como resultado, millones de personas que jamás fueron a México, ni a EEUU, que no conocen a sus presidentes, ni vieron tampoco actuar a Miguel Bosé, creen tener una opinión fundada sobre lo que pasa en esos países y sobre el valor del presidente o artista involucrado. Así, en Uruguay, personas que nunca vieron a un contagiado de coronavirus ni saben nada de las veinte y pocas personas muertas con esa enfermedad, están aterradas y creen firmemente estar ante “la mayor pandemia de la historia”.

Eso es creación de “sentido común”. Lo que antes requería experiencia directa, o años de tradición, investigación o experiencia acumulada, hoy se sustituye por miles de impactos informativos que nos hacen conocer el mundo en la forma en que nos lo cuentan.

Cabe preguntarse por el destino de un sentido común construido de esa forma. ¿Será duradero, o, como los dictadores, algunas “verdades” intelectuales y la publicidad, caerán en descrédito con el paso del tiempo?

La pregunta es crucial, porque, desde siempre, el sentido común ha sido el refugio último de la sensatez en tiempos insensatos.

No es casualidad que contra ese bastión se dirijan las baterías de Google, Facebook, Yahoo, etc.

La conquista del sentido común, de las creencias comunes y compartidas, es la verdadera “madre de las batallas” en cualquier conflicto de intereses y de poder.

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